Gabriela González Fuentes llegó a la Argentina en 2016 junto con sus hijas, cuando la crisis económica, institucional y social de Venezuela volvió insostenible la vida cotidiana. Productora audiovisual y cineasta, encontró en la escuela pública, en los vínculos afectivos y en su oficio distintas formas de reconstruir la pertenencia. Ese recorrido, atravesado por la migración y la memoria, se proyecta en «Rita, lado B» y, especialmente, en «Pertenencias», su película más reciente.
Gabriela Alejandra González Fuentes tiene 50 años y lleva una década en Argentina. Cuando salió de Venezuela creyó que regresaría dos años después, apenas la situación se normalizara. Cerró su departamento, pidió dinero prestado, guardó lo indispensable en una valija y viajó con sus hijas. Había estudiado cine, había levantado una productora con otras mujeres y había construido una vida que no imaginaba abandonar. El viaje hacia Argentina fue directo y duró unas ocho horas. El otro viaje, el que debía reunir el cuerpo con el lugar al que había llegado, le tomó años.
Salir de Venezuela y llegar a Buenos Aires
Migrar nunca había estado en los planes de Gabriela: «Yo no pensé nunca que me iba a ir de mi país», afirma. Entre 2015 y 2016, sin embargo, la crisis económica e institucional venezolana se aceleró hasta modificar las acciones más elementales de la vida cotidiana. Había cortes de electricidad, interrupciones del agua, dificultades para conectarse a internet y una escasez de alimentos que volvía imposible calcular los gastos de una semana a la siguiente. A esa inestabilidad se sumó el aumento de la violencia. Una tía sufrió un asalto dentro de su casa, donde también estaban la abuela y unos primos pequeños. Gabriela lo recuerda como «un asalto de película de terror».
Otra escena ocurrió en la escuela de sus hijas. La administración convocó a las familias para explicar el aumento de las cuotas y los recortes que debían realizar. Aun si las familias aceptaban pagar más, el jardín ya no podía garantizar las viandas porque la escasez volvía imprevisible el precio de los alimentos. Gabriela salió de aquella reunión impresionada. En su propia empresa observaba el mismo desorden. Los números perdían vigencia de una semana a otra y los proyectos culturales comenzaban a desaparecer. Llamó a su socia y fue directa: «Tenemos seis meses para cerrar, seis meses para cerrar dignamente, para poder pagar las cuentas. Tenemos que hablar con las chicas para que empiecen a buscar trabajo, porque no lo vamos a poder sostener. Es importante que cerremos antes de que colapse», recuerda.
La decisión de partir terminó de tomar forma durante un viaje laboral a Buenos Aires. Al finalizar una reunión por la noche, le explicaron que ya no había tren y que debía tomar un taxi. Puso cara de naturalidad, pero sintió terror. Hacía mucho tiempo que no se subía sola a un taxi de noche. El trayecto duró alrededor de quince minutos y le permitió ver, desde otra ciudad, lo que había naturalizado en Caracas. «Para mí era normal que yo no podía salir sola, que no podía tomar un taxi», recuerda. También había naturalizado depender de un automóvil para desplazarse o juntar agua en baldes porque el servicio se interrumpía varias veces al día. «Ahí me di cuenta en qué estado estaba mi vida».
Su madre se encontraba en España. A causa de la diferencia horaria, Gabriela la llamó de madrugada y la despertó. «Ustedes siempre quieren que les cuente las cosas en directo», le dijo. Después anunció: «Acabo de decidir que me voy a Buenos Aires». Según recuerda, organizó la salida en aproximadamente un mes y medio. Esperó a que sus hijas terminaran las clases y sus actividades, cerró el departamento, pidió préstamos a familiares y viajó dispuesta a aceptar cualquier trabajo. El desembarco no fue una aventura elegida con tiempo. Fue una decisión vital nacida del miedo a que su familia no pudiera alimentarse o sufriera una violencia irreversible.
Gabriela evita explicar Venezuela mediante una única etiqueta ideológica. Habla desde la experiencia concreta de un país cuya vida social, económica e institucional se desarmó con enorme rapidez. Cuestiona el proceso político que culminó bajo el gobierno de Nicolás Maduro, pero también desconfía de una discusión concentrada solamente en decidir quién miente, quién tiene la culpa o qué bando debe apropiarse del relato. A su juicio, esa disputa desplaza una pregunta todavía pendiente. Los venezolanos necesitan comprender qué les ocurrió como pueblo, cómo llegaron hasta allí y qué formas adoptó una violencia que no siempre lleva el nombre de guerra, aunque produzca desplazamientos masivos y vidas arrasadas.
Su posición tampoco se organiza cómodamente en la división entre izquierda y derecha. Retoma una formulación de Rita Segato y prefiere hablar de los antagonistas de un proyecto histórico, ya que distintos gobiernos pueden impulsar políticas que vulneren derechos. Desde esa perspectiva, expresa una mirada crítica sobre decisiones del gobierno argentino actual. Le inquietan la hostilidad hacia las personas migrantes, el ataque a la escuela pública, el deterioro de las políticas culturales, la paralización del cine y el desprecio por docentes, científicos y trabajadores de la cultura. Su mirada está atravesada por su propia historia personal y por la atención que presta a cualquier transformación capaz de debilitar espacios que considera fundamentales para la vida colectiva. Por eso insiste en la organización ciudadana, en la distribución del poder y en la necesidad de defender colectivamente las condiciones que hacen posible una vida común. En la actualidad vive el retroceso del sector cultural con dolor. Para ella, defender el cine, la educación y la cultura también es impedir que una sociedad pierda las herramientas con las que puede narrarse y reconocerse.
Llegar también es ser recibida
Gabriela y sus hijas llegaron a mitad del ciclo escolar. Entre los contactos y recursos con los que contaba había algo que no había previsto: la recepción de la escuela pública. Las maestras y los maestros de la escuela pública argentina «nos dieron cupos, nos explicaron, nos recomendaron, nos atendieron, nos hicieron sentir aceptadas, queridas».
En el jardín cantaban una canción para los más pequeños que comparaba el celeste de la bandera con el cielo y el blanco con las nubes, y decía que bastaba mirar hacia arriba para sentirse argentino. Al salir, Gabriela miró el cielo de Buenos Aires y se sintió abrazada. La pertenencia comenzó allí, en una canción infantil y en una institución pública que hizo lugar cuando su familia todavía estaba aterrizando. Por eso, cuando recuerda esos primeros meses, afirma: «Yo solo tengo agradecimiento». Cada vez que escucha relatos de venezolanos perseguidos, discriminados o expulsados en otros países de la región, mide de nuevo la importancia de ese gesto. Buenos Aires no borró Caracas. Durante mucho tiempo, sin embargo, Gabriela no pudo hablar de Venezuela. El viaje físico había terminado, pero el otro viaje continuó durante años: «Algunos pueblos indígenas dicen que el alma y el cuerpo viajan a velocidades distintas. Nosotros viajamos en un avión de ocho horas, pero yo creo que una parte de mí aterrizó recién hace unos dos años».
El cine como una forma de pertenecer
Gabriela estudió Cinematografía en la Universidad Central de Venezuela y realizó estudios técnicos en el Instituto de Formación Cinematográfica Cotrain. Trabajó en televisión y desarrolló proyectos audiovisuales en un medio que, según recuerda, hacía muy difícil conciliar los deseos creativos de las mujeres con la crianza. En 2007 fundó con un grupo de amigas La Taguara Fílmica. La productora nació como una respuesta práctica a ese problema, pero pronto se volvió algo más amplio. Allí podían organizar sus horarios, llevar a sus hijas y sostener los proyectos sin expulsar los cuidados de la jornada laboral.
La Taguara Fílmica produjo televisión, publicidad y documentales. También construyó una forma de familia. Esa experiencia ayuda a entender por qué, muchos años después, Gabriela sigue pensando el cine como una red antes que como una suma de funciones individuales. Producir significa conseguir recursos, organizar un rodaje y resolver imprevistos, pero también crear las condiciones para que otras personas puedan trabajar, hablar y cuidar. La amistad entre mujeres no aparece solamente como tema de sus películas. Forma parte del modo en que esas películas se hacen.
Su filmografía anterior a la migración incluye Guerreros del arcoíris, de 2008; Escrito en la tierra, de 2011; Las muchachas, de 2013; y Palestina y otros relatos, de 2014. Los registros de Cinélatino documentan selecciones y reconocimientos para varias de esas obras, entre ellos premios en el Festival de Cine Latinoamericano y Caribeño de Margarita. Gabriela fue además programadora de Vive y Telesur. Cuando llegó a Buenos Aires se incorporó a Motoneta Cine, productora con la que ya mantenía vínculos de trabajo. Esa continuidad profesional fue una ventaja que ella reconoce con claridad.
Se define, con ironía, como una «migrante prémium». Había viajado varias veces a la Argentina, le gustaba Buenos Aires, tenía amistades, una prima y un socio argentino. No llegó a una ciudad desconocida ni tuvo que abandonar por completo su profesión. A diferencia de muchos compatriotas, pudo comenzar a trabajar en su área desde el primer momento. Con el tiempo también fueron llegando su madre, una tía y varias de sus antiguas compañeras. Algunas integrantes de La Taguara migraron a Chile o a Nueva York; otras volvieron a encontrarse en la Argentina. Gabriela fue la primera en partir, pero después sintió que su red afectiva desembarcaba detrás de ella.
El cine le dio otra ventaja menos visible. Quienes trabajan en una producción audiovisual aprenden a pasar del guion a la fotografía, del sonido a la organización de una jornada y, si hace falta, a preparar los sándwiches o manejar. Gabriela llama a ese conjunto de recursos «la valijita del arte». En la migración descubrió que aquella valija servía para leer un escenario nuevo, ajustarse a lo inesperado e inventar una salida cuando los planes dejaban de funcionar.
El cine comenzó a darle palabras para ese desfase. En Rita, lado B, documental escrito y dirigido por ella y estrenado en octubre de 2025 en el Cine Gaumont, siguió a la antropóloga argentina Rita Segato a través de sus afectos, sus ancestros, la maternidad y un exilio de décadas que había comenzado en Caracas. La conversación con Segato terminó por devolverla a su propia experiencia: «Rita todo el tiempo me miraba y me decía: yo viví el exilio, viví la migración; sé que eso es doloroso y sé que encontrarte con los tuyos es doloroso». Gabriela recuerda que, al principio, no podía reconocer esas palabras como propias: «Yo decía: no sé de qué me estás hablando, no entiendo». La película hizo visible el silencio que había construido alrededor de Venezuela.

«Rita, lado B» ocupa un lugar decisivo en su trayectoria porque la cámara se convierte en una forma de escucha. La película se acerca a una intelectual reconocida sin separarla de la mujer, de sus hijos, de sus amistades ni de las pérdidas acumuladas durante el exilio. Al mismo tiempo, ese acercamiento obliga a la directora a mirar su propia historia. La película comenzó un recorrido -que aún continúa- por espacios culturales, centros de estudio, bibliotecas populares y universidades. Se proyectó en Jujuy, Formosa, Córdoba, la provincia de Buenos Aires y la ciudad de Buenos Aires; también llegó a México, con funciones en Ciudad de México y Puebla. Para Gabriela, esta forma de circulación prolonga el sentido de la película: compartirla con distintas comunidades y abrir, después de cada proyección, un espacio de reencuentro y conversación.
Pertenencias y la familia como red
Durante la pandemia, Gabriela participó del Taller con Perspectiva de Género de Directores Argentinos Cinematográficos, DAC. Allí comenzó a trabajar «Pertenencias», su proyecto cinematográfico más reciente, cuyo estreno está previsto para el 29 de noviembre de 2026 en el Cine Gaumont. «Es mi reflexión sobre qué es la migración, qué nos pasa en el cuerpo y adónde pertenecemos. ¿Qué significa pertenecer? Es una pregunta que desde que salí de Caracas me hago».
Pertenencias reúne a mujeres venezolanas migrantes que conversan sobre sus procesos. Quienes filman y registran son amigos argentinos. La composición del rodaje expresa el presente de Gabriela: «Todo este proyecto lo hago con mi comunidad venezolana, pero también con mi comunidad argentina».

En su propia familia ya existía una historia semejante. Una mujer argentina, una suerte de tía abuela elegida, había acompañado la crianza familiar en Venezuela. Medio siglo más tarde, el recorrido se invirtió y fueron argentinos quienes recibieron a Gabriela y a sus hijas. La película vuelve sobre ese ciclo, sobre la amistad entre mujeres y sobre una familia que no coincide con la imagen cerrada de las publicidades. Para Gabriela, la familia es una red hecha de esfuerzos, solidaridad, casas, tierras y sabores diferentes.
Cuando empezó a escribir el proyecto quería hablar de la migración, las amigas, las ancestras, los cuidados, la familia elegida, el arte y el papel de las mujeres. Le aconsejaban escoger un solo tema, pero ella insistía: «Yo quiero hablar de todo y quiero, además, que hablemos todas». Una amiga terminó por comparar la película con una hallaca, el plato venezolano que se prepara con masa de maíz, un guiso y hojas de plátano; las carnes, los adornos y los condimentos cambian según cada región y cada familia. En la hallaca conviven ingredientes dulces, salados y agrios, crudos y cocidos, pasas, almendras, cerdo, gallina y carne vacuna, y en esa comida encontró una imagen para la identidad que buscaba narrar: «Yo creo que la identidad es un encuentro: cómo armonizamos todos estos distintos, dulces, salados, crudos, cocidos, en una mixtura».
La comparación no adorna la película. Propone una manera de pensar la identidad. Cada elemento conserva su sabor y, al mismo tiempo, participa de una forma compartida. Venezuela y la Argentina, el origen y la elección, la pérdida y la gratitud, la familia heredada y la familia elegida pueden convivir sin fundirse en una identidad uniforme. Pertenecer no exige escoger una parte y renunciar a la otra.
Después de filmar Pertenencias, pudo cerrar una etapa de terapia y volver a Venezuela. En mayo de 2025, Gabriela regresó a su país de origen por primera vez en ocho años y permaneció hasta junio. Temía ese regreso. Sin embargo, al aterrizar en Caracas, encontró un viaje bello, sanador y lleno de reencuentros. Comprendió que Venezuela seguiría siendo su lugar de origen y que Buenos Aires era el lugar elegido. Ambas certezas podían existir juntas.
Hoy piensa la patria grande como un territorio que desborda los pasaportes. La historia de la humanidad, dice, también es la historia de personas que buscan la vida y se trasladan cuando un lugar se vuelve hostil, con una urgencia todavía mayor cuando deben garantizar la vida de sus hijos. En Buenos Aires se siente parte del país y se describe como una argentina más, inventando cómo pagar las cuentas, sostener sus proyectos y seguir buscándoles la vuelta a las dificultades. Su cine nace de ese movimiento. No fija una respuesta acerca de dónde se pertenece. Reúne las voces, los cuerpos y las memorias que permiten habitar más de un lugar sin traicionar ninguno.
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Profesora de Lengua y Literatura, magíster en Literatura Argentina y doctoranda en Literatura y Estudios Críticos por la Universidad Nacional de Rosario y Fonoaudióloga (USAL). Su práctica articula docencia, investigación y escritura crítico-académica. Participa en congresos nacionales e internacionales y publica reseñas y artículos. Su intervención académica se centra en la literatura argentina y latinoamericana contemporáneas, con eje en migraciones, desplazamientos y configuraciones de género.
