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Mayra Stepa cruzó tres continentes buscando su lugar. A la distancia, lideró el branding y las redes de Nuhra: un proyecto de peluches para niñas y niños afectados por el sismo en Venezuela. Pero también le tocó enfrentar sus propios temblores: la migración, la precariedad laboral y un tumor. Hoy, aferrada a su hija Salma y a su compañero Asa, Mayra terminó de construir su propio hogar.


A miles de kilómetros de Venezuela, Mayra Stepa forma parte de un proyecto de peluches para abrazar a niños y niñas afectados por un sismo. Mientras brindaba contención a la distancia, ella misma debió enfrentar la crudeza de migrar por tres continentes, la precarización laboral y un inesperado diagnóstico de salud. Esta es la crónica de cómo logró, paso a paso, construir ese refugio definitivo al que hoy llama hogar.

Atravesar una tragedia a la distancia puede generar un caos mental que, dependiendo de la persona, a veces pueden canalizarse en proyectos que apelan al cuidado y al abrazo, de manera literal. No suelen ser los más visualizados en primer lugar como herramientas de apoyo emocional en momentos difíciles, pero el valor terapéutico de los peluches de apego es algo que ha sido sumamente estudiado en ámbitos de la psicología clínica.

Un rayito de luz para abrazar: Mayra Stepa y la historia de contención detrás de Nuhra

Mayra Stepa fue otra de los millones de venezolanas que vivieron aquel 24 de junio de 2026, día del doble terremoto de magnitud 7,2 y 7,5, a la distancia. Y es que al adentrarnos en la vida de Mayra, encontramos una serie de episodios que permiten comprender mejor su participación en el proceso que alunbró Nuhra.

Pero, ¿qué es Nuhra? Consiste en un proyecto comunitario y organizado que nació específicamente para confeccionar de manera artesanal peluches de contención destinados a niños y niñas que se encuentran en los refugios tras el terremoto.

Detengámonos un poco en la historia personal que explica buena parte de esta iniciativa. Aunque nació en Los Teques (Estado Miranda) en el año 1992, Mayra realizó una migración interna hacia San Cristóbal (Estado Táchira). Justamente por ello conserva un marcado acento «gocho», un rasgo que no ha perdido a pesar de haber vivido en China, en España y, ahora, en Estados Unidos, donde finalmente echó raíces.

«Yo, afortunadamente, ya siento que tengo un hogar, porque yo llamaba a mis techos, que gracias a Dios nunca me faltaron cuando salí de Venezuela, pero los llamaba mi casa. Ahora puedo decir que tengo mi hogar, porque el hogar es donde el amor está», cuenta, a la vez que en su relato se encuentra aquel primer punto que hizo su aguja, con el punto final en el que ya puede verse completado ese ciclo que dio paso a lo nuevo.

Vivir la tragedia desde lejos: «Me hizo moverme y colaborar»

El día del doble terremoto que golpeó fuertemente a la capital venezolana y, sobre todo, al estado La Guaira, para Mayra era otro día habitual en su rutina. Cuenta que su morocha (hermana melliza) trabaja en La Meseta de Mamo (en La Guaira), pero por cosas quizás del destino tenía un trabajo tomado en Punto Fijo (Estado Falcón). «A ella le tocó salir un día antes», agrega.

Su hermana le contó que había temblado en Caracas, a lo que Mayra pensó que era algo casual, ya que el centro de Venezuela es una zona sísmica y puede temblar ocasionalmente. Pero, como ya es de público conocimiento, lo acontecido aquel día no tenía nada de ocasional.

«Mi hermana me cuenta que su esposo e hijo están allá y yo les escribo, pero no me contestan. Entonces, empiezo a buscar en redes. Me voy a Twitter y veo todo lo que está pasando. No lo puedo creer», relata Mayra, sobre aquellos primeros momentos de incredulidad ante la situación.

Desde ese momento, su foco estaba en Venezuela: buscar y dar una mano desde las redes al intentar compartir imágenes de amistades de su hermana o conocidos que estuvieran desaparecidos. «El saber que estaban desaparecidas me hizo moverme y colaborar con difundir información», explica.

Durante los primeros días, llenos de desesperación y angustia, tanto por ver la cantidad de personas desaparecidas como por la intención de querer aportar y que fuera tan complicado por la distancia, Mayra empezó a plantearse formas para colaborar. En este proceso, se involucró en una iniciativa que estaban llevando a cabo mujeres del Táchira, Mérida, pero también de Bogotá.

El foco era generar material para «mujeres parturientas», desde ropa interior, pezoneras, hasta la producción de muñecos de contención. «Este término lo conozco desde hace muy poco, porque desde hace muy poco soy madre y he estado leyendo cómo los bebés se autorregulan. En mi caso, pues mi bebé se autorregula con el pecho, entonces he estado estudiando más a fondo que hay niños a los que la mantita o el peluche les da seguridad», explica.

Nuhra: un abrazo en forma de peluche

El proyecto Nuhra llega a Mayra a través de una amiga, Reina Zambrano, quien vive en Michelena (Estado Táchira). Zambrano tomó la iniciativa de coser, pues tenía tanto la máquina de coser como el conocimiento del oficio. Pero Mayra, por la distancia que la separaba, tomó la posta en materia de branding y difusión por redes sociales. «Así nació Nuhra, que es el proyecto de muñecos de contención para los niños que están en refugio», añade.

Cabe destacar que Nuhra también está ideada junto a la biocomunidad y bioparteras. «Son un grupo de mujeres que tratan temas de parto, de postparto y de lactancia que están en Bogotá, Táchira y Mérida. Es una comunidad súper linda y organizada. Ellas hicieron la producción de, si mal no recuerdo, unos 300 peluches en Bogotá, más 100 que pudimos hacer nosotras en Venezuela», reseña.

El trabajo, cuenta Mayra, fue completamente «artesanal» de la mano de mujeres tachirenses y andinas que justamente se involucraron para llevar contención, a través de un peluche, a las infancias afectadas por el doble terremoto.

«Cuando se organizan estos grupos de mujeres, salen cosas maravillosas. La gente se movió no solo con dinero, sino ayudando a coser, facilitando máquinas, y toda esa logística se hizo súper amena», cuenta sobre la necesidad y predisposición que la gente tenía de ayudar a través de Nuhra, destacando el «orgullo» que le generó que un grupo de personas se haya movilizado para hilvanar agujas que llevaron un abrazo hecho peluche a decenas de niños y niñas en las zonas afectadas.

Nuhra, que significa «luz» y también es interpretada como «ser iluminado», fue el nombre idóneo para el proyecto que llevaron a cabo estas mujeres de Colombia y Venezuela. «Por eso el eslogan es como un rayito de luz para abrazar», cuenta emocionada Mayra.

«Creer en la bondad de extraños»: los primeros pasos fuera de Venezuela

El recorrido como migrante de Mayra empezó en 2016, exactamente, cuando tenía 30 años. Su intención le había sido compartida a su padre, quien la acompañó en su decisión sin manifestarle oposición alguna. El detalle estaba en el destino. A diferencia de millones de venezolanos y venezolanas que durante el éxodo (que empezó en 2014 y tuvo su etapa más aguda entre 2017 y 2019, según Human Rights Watch) eligieron países de la región, así como también Europa, Mayra compró un boleto con destino a Hohhot, China.

Sin importar el nivel de inglés y la reticencia de su madre, Mayra partió sola hacia esa ciudad de Mongolia Interior. Allá tenía una amiga muy cercana, quien la recibiría y hospedaría durante los siguientes tres meses. Pero por complicaciones de visado e idiomáticas, seguiría su camino en Madrid, España.

«A mí lo que me salvó fue el carisma», cuenta sobre todas las peripecias que vivió en sus primeros meses fuera de Venezuela. Mayra recuerda emocionada la ayuda que le llegaba de personas totalmente desconocidas. Tan incrédula estaba de toparse con aquellas acciones que lo tilda de milagroso: «Era como volver a creer en el ser humano; creer en la bondad de extraños, que de verdad pueda haber extraños que, en vez de elegir hacerte mal, elijan hacerte bien», esboza.

Al llegar a España, Mayra solo conocía a la persona donde iba a hospedarse. Sus amistades estaban regadas en otras partes del mundo. Ya había hecho un grupo de amigos y amigas en Hohhot. Eligió hacer su camino sola, pero de la mano de «ángeles» que iban apareciendo en el recorrido.

Los primeros meses en España y la precariedad laboral

«Llegando, trabajé como becaria en una revista gastronómica durante cuatro meses, cobrando moneditas, como 300 euros. La habitación me salía en 250 y el pasaje de la tarjeta me salía en 60, o sea, que quedaba debiendo. Después encontré un trabajo de camarera, donde ya me pedían papeles. Ahí logré estabilizar mi situación, aunque los primeros 8 meses trabajé sin estar registrada porque no tenía papeles para trabajar», explica.

Sin embargo, al ser un trabajo precarizado (pues la industria gastronómica usualmente conlleva la explotación, sin dejar de lado que las personas migrantes suelen atravesar por las peores condiciones por obvias necesidades), Mayra describe aquel periodo de su vida como uno «muy turbio».

«El trabajo era súper agotador y maltratador. No tenía derecho a las propinas y yo no podía decir nada y necesitaba realmente el dinero. Trabajaba de martes a domingo, de 6 de la tarde a 3 de la mañana por 800 euros», ilustra sobre aquella situación.

Mayra, quien había salido de Venezuela con un título de comunicadora social de la Universidad de Los Andes, entendía que su recorrido profesional no tenía por qué estar ligado a su profesión, pero utilizó aquella «plataforma» que le dio el estudio para «hablar con el cliente», cuestión que sí le permitiría ir hilvanando el hilo conductor para su presente laboral hoy en Estados Unidos.

«Conocí al amor de mi vida»: el impulso para cambiar de rumbo

En esta búsqueda de encontrarse por fuera de Venezuela, después de haber renegado con la burocracia china y atendido centenares de mesas, otros «milagros» (haciendo uso de su narrativa) le llevarían «nuhra» a su vida. «En España conocí al amor de mi vida, porque es que no tiene otro nombre», revela, y en su relato su mirada viaja a ese momento en que conoció a Asa.

Él ya tenía tiempo viviendo en Madrid y esto le permitió guiarla en cuestiones que le ayudaron a darse cuenta de que debía dejar el trabajo en el bar. «Fue la primera persona que me lo dijo. Otros me decían: «Ay, no, es muy complicado buscar empleo, tienes que agradecer a Dios que estés ahí». Y yo pensaba que me tocaba tragarme todo esto porque no había trabajo», explica.

Un diagnóstico inesperado: «Me sentí vulnerable porque nadie me explicaba qué pasaba»

Años después, ya con un presente más estable viviendo en Madrid junto a Asa, Mayra fue diagnosticada con un disgerminoma. El diagnóstico pareció haber sido comunicado en chino y no en español, dadas las complicaciones en cómo le fue transmitido a Mayra. «Mi vida nunca ha sido una línea recta; ha sido como empedrado y montañoso», cuenta al respecto.

Para 2020, Mayra había cambiado de trabajo. Realizaba encuestas y por la pandemia había perdido el empleo. Para ese momento, Mayra y su pareja empezaron a conversar sobre convertirse en padres. Justo en ese entonces, acudió a realizarse un examen ginecológico, pero los exámenes no llegaron por el plan de emergencia que fue declarado a raíz de la situación de salud pública.

En junio de aquel año, sentía algo en el útero y la prueba de embarazo dio positivo. Asa (quien es oriundo de Estados Unidos) y Mayra celebraron aquella noticia que parecía ser lo que buscaban. «Acudí al médico de cabecera para ponerme en control, conocer el proceso, ver qué ginecólogo me iba a atender. La doctora me consulta sobre mi última menstruación, a lo que le digo: ‘Eso es lo raro, porque acabo de menstruar hace como una semana, pero tenía barriguita‘», ahonda sobre los momentos previos de enterarse de que estaba desarrollando un tipo de cáncer muy peculiar.

La doctora la envió al hospital a realizarse una serie de estudios. Tras unas idas y vueltas, Mayra notó cómo la actitud de los médicos cambiaba de un momento a otro. Pronto aparecieron otras personas analizándola en la camilla sin decirle una palabra, tensando el ambiente y llenándola de incertidumbre.

«Me sentí vulnerable porque nadie me explicaba qué pasaba, pero después entendí por qué no reaccionaban». Fue la doctora Oliver Reyes quien finalmente rompió el silencio y le explicó a Mayra que había una masa en su ovario derecho y que, de estar efectivamente embarazada, no la veían por este motivo.

«Esa masa es lo que hace que tu vientre se vea pronunciado y tenemos que removerla porque va a seguir creciendo y será doloroso e incómodo para ti», relata Mayra. Sin embargo, en ese momento «nunca mencionó cáncer ni la palabra tumor», revela.

«Con los días hicieron más exámenes porque, bueno, no puedes estar embarazada si te van a hacer resonancia magnética. Al final me hicieron exámenes de sangre para ver una hormona de embarazo que, bueno, si se dispara estoy embarazada, si baja hay pérdida, pero si se mantiene eso quiere decir que es el tumor que está segregando esa hormona. Y, efectivamente, eso fue», aclara.

Finalmente, el tumor fue removido. Recibió el alta (todo esto también durante la pandemia, cuestión que complicó la presencia de su compañero en el hospital) y a las semanas le dieron los resultados de la biopsia.

«Me dijeron que me iban a llamar de oncología ginecológica», cuenta Mayra, a la vez que agrega que se sentía confundida porque pensaba que ya había quedado todo saldado tras la cirugía. «Cuando llego a oncología sale una enfermera que me da una carpeta con unos stickers y un brazalete de quimioterapia», narra reviviendo aquella sorpresa. Sin saberlo, la enfermera le estaba revelando a Mayra que, efectivamente, tenía cáncer.

«Ahí nos enteramos de que tenía disgerminoma. Es un cáncer muy raro porque se da en niñas y yo tenía 34 años cuando me fue diagnosticado. Se da en niñas de unos 13 años que están empezando con su menarquia y es más común en hombres con cáncer testicular. Yo creo que mi tumor al ser tan raro está envasado en formol en la escuela de medicina», cuenta a modo jocoso, pues si algo denota Mayra es que, después de tantas escaladas en caminos rocosos, siempre puede volver a su risa para salir de cuantos tropiezos se le presenten.

El milagro de Salma y el cierre de un ciclo: «El hogar es donde el amor está»

Luego de haber enfrentado el anuncio, junto al apoyo de Asa, familiares y amistades en el terreno y a la distancia, Mayra superaría el cáncer. Emprendería otro nuevo camino rumbo a Orlando, Florida, donde finalmente se casó y, de la mano de la familia de Asa, empezaría de a poco a insertarse en otra sociedad. Pero Estados Unidos también les regaló otra sorpresa, en este caso a ambos: un «milagro» que, casi desde una perspectiva literal, podría sorprender incluso hasta a los no creyentes en terminologías milagrosas.

«A mí me dijeron que no podía ser madre. Terminé la quimioterapia y mi recuperación fue muy lenta. A pesar de que me sentía bien, yo no me sentía completamente sana. Yo era Chernobyl, mi amor. O sea, tú apagabas la luz y yo segurito alumbraba», comenta, nuevamente haciendo uso de esa chispa jocosa que pareciera jamás poder ser removida de su esencia, sin importar vivir en China ni en el Imperio mismo.

Para mediados de 2024, Mayra consiguió aquello que tanto buscó: quedar embarazada. Esperó varias semanas para evitar sorpresas que volvieran a producir cicatrices desde lo mental y emocional, hasta que finalmente fue confirmado. Salma, su hija, «llegó de la forma más inesperada». Mayra ya estaba «rendida» a ser, como se suele decir en Venezuela cotidianamente, «lo que Dios quiera». Nuevamente, esos «milagros» parecen hilvanar los hilos conductores en la narrativa de Mayra.

«Yo, afortunadamente, ya siento que tengo un hogar, porque el hogar es donde el amor está. Yo llevaba años, incluso dentro de Venezuela, sin sentir esto que siento ahora. Sé que tengo mis raíces en otra parte, pero tengo este sentido de pertenencia ahora más robusto. Hoy tengo mi hogar y tengo algo que me entusiasma todos los días al despertarme. Va mucho más allá de tener a mi hija; es el hecho de construir, mejorar, seguir adelante, apostarlo todo. Así me siento en este momento», reflexiona con esa misma sonrisa que la acompañó desde su salida de Venezuela hasta este presente que al fin llama «hogar».

La historia de Mayra Stepa es, al fin y al cabo, un reflejo del propio proyecto Nuhra: un intento constante por crear contención en medio del caos. Hoy, después de haber cruzado tres continentes, superado el cáncer y haberse convertido en madre, esa misma aguja metafórica que hilvanó peluches para contener a niños y niñas, tras el doble terremoto hizo lo suyo para permitirle tejer su propio hogar.


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Equipo periodístico |  + notas

Venezolana de nacimiento y cordobesa por elección, es licenciada en Comunicación Social con una maestría en Comunicación y Cultura cursada en Córdoba, ciudad donde reside desde 2012. Su investigación de posgrado exploró la intersección entre fútbol y género a través del estudio de una hinchada feminista de Talleres de Córdoba.
Es poeta con dos libros publicados —Feliz tristeza y Garabatos del alma (en formato digital)— y ha ejercido el periodismo en medios argentinos. Actualmente se desempeña como redactora de contenidos SEO.
Le apasionan los deportes, especialmente el fútbol, el tenis y el béisbol, y milita en la Asamblea de Disidencias Sexuales de Córdoba.


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