Hoy, 28 de junio, las calles vuelven a llenarse de color, de cuerpos y de memoria. Cincuenta y siete años después de Stonewall, el orgullo sigue siendo una conquista que se defiende, no una celebración que se hereda. Dos voces de migrantes venezolanas cuentan cómo el desarraigo se convirtió en el camino inesperado hacia la libertad de ser.
Caminamos por las calles del orgullo este 28 de junio. Lo hacemos en un tiempo donde los derechos conquistados por la lucha y la organización se ponen en debate, aunque sabemos que quienes conforman el movimiento LGTBIQ+ nacieron en el calor de la lucha en las calles, en el eco de los abusos policiales y en el amor de ser libres, de amar y ser amados con libertad.
En la madrugada del 28 de junio de 1969, en el Stonewall Inn —un bar gay ubicado en el barrio de Greenwich Village, en Nueva York—, las fuerzas policiales llevaron a cabo uno de sus habituales allanamientos. En aquella época, la homosexualidad y las disidencias estaban criminalizadas en la mayoría de los estados de Estados Unidos, por lo que las redadas en bares y espacios de encuentro LGBT+ eran una práctica frecuente y arbitraria. El Stonewall Inn funcionaba como uno de los pocos refugios para personas gay, lesbianas, bisexuales y, especialmente, para mujeres trans, drag queens y personas de color de sectores populares. Esa noche, sin embargo, la represión encontró una respuesta distinta: hartos de las detenciones, las humillaciones y la violencia policial sistemática, los presentes se resistieron. Lo que comenzó como una redada más derivó en protestas y enfrentamientos que se extendieron durante seis días, del 28 de junio al 3 de julio de 1969. La resistencia dejó de ser individual para convertirse en un acto visible, colectivo y claramente político.
Este levantamiento no quedó aislado. Un año después, el 28 de junio de 1970, se organizó en Nueva York la primera marcha del orgullo, conocida como la Christopher Street Liberation Day March, con el objetivo explícito de conmemorar lo ocurrido en Stonewall y visibilizar las demandas de la comunidad LGBT+. Desde entonces, el mes de junio se celebra internacionalmente como el Mes del Orgullo, porque recuerda el origen del movimiento moderno de liberación sexual y de género en la revuelta del Stonewall Inn y honra a quienes, con su coraje, iniciaron una lucha continua por derechos, visibilidad, dignidad y comunidad.
Recorremos este camino del orgullo, sin perder de vista que las luchas de las disidencias sexuales y de género en América Latina y el Caribe tienen otros territorios, otras heridas y también otras formas de resistencia. Existen en las travestis perseguidas por las dictaduras, en las que fueron detenidas por demostrar sus afectos en la vía pública, en quienes sobrevivieron a la violencia policial y en quienes encontraron refugio en la comunidad.
La historia del orgullo en nuestros territorios también está escrita en nombres como Mónica Briones, Daniel Zamudio, Lohana Berkins, Diana Sacayán, Marielle Franco, Carlos Jáuregui, entre otros. Pero también en miles de nombres que nunca llegaron a los diarios: personas que fueron expulsadas de sus hogares, las que fueron obligadas a esconderse para sobrevivir.
La memoria de nuestras comunidades también está atravesada por el VIH y por la discriminación, por el estigma, por el miedo y el abandono. Durante muchos años, fueron las propias comunidades quienes construyeron respuestas cuando las instituciones y el Estado no llegaron o simplemente decidieron mirar para otro lado: las personas con VIH fueron las que transformaron el diagnóstico y el estigma en organización política, y fueron los activistas quienes exigieron salud, prevención y dignidad. En la historia del movimiento, las lesbianas fueron quienes sostuvieron redes de cuidado y acompañamiento, porque cuando el miedo alejaba a otros, ellas eligieron quedarse y sostenerse.
Hablar del orgullo en estos tiempos también implica recordar esas redes, las que sostuvieron, porque la supervivencia nunca fue una tarea individual, fue una construcción colectiva. La memoria del colectivo también vive fuera de los archivos oficiales: en cada organización de base, en los espacios culturales, en las agrupaciones de derechos humanos, en las comunidades que decidieron sostener la vida.
La despenalización de la homosexualidad, como la Ley de Antidiscriminación, como la Ley de Identidad de Género, como los avances de la salud y prevención del VIH, nada fue un regalo, nada fue magia: todo fue conquista de lucha en las calles, en la organización popular y el amor a estar en comunidad. Nos enseñaron que el orgullo era una celebración, pero nuestra historia nos enseñó que también es memoria, cuidado, comunidad y resistencia.
«Seguiré diciéndome abiertamente lesbiana porque esconderme no es una opción»
Transitar el orgullo resulta un recorrido arduo, agobiante, liberador, esperanzador, colorido, desafiante, mágico, agotador y lúcido, entre tantas otras palabras que quedan a elección de quien lo habita. Quizás, en alguno de estos términos, muchas personas puedan encontrar un sentimiento que las transporte a su propio concepto de «orgullo».
Hay una canción insignia que sonaba en las discotecas de «ambiente» en San Cristóbal (Táchira, Venezuela): «Sobreviviré», de Mónica Naranjo. Era el símbolo de las noches de disfrute para los cuerpos que buscaban escapar de las jornadas donde, muchas veces en aquella ciudad, teníamos que pretender habitar un ser y un estar que era muy distante de nuestro verdadero yo. Cada fin de semana sonaba en esos locales que frecuentábamos junto a personas como Desiree Duarte y Yorney Suárez.
La letra tiene estrofas que representan parte de ese «colorido» que buscábamos explorar y explotar cuando encontrábamos espacios donde escenificar los colores de la bandera que nos representa, al menos como comunidad LGTBIQ+:
«Pelo, acrílico, cuero y tacón.
Maquillaje hasta en el corazón.
Y al anochecer vuelve a florecer
lúbrica la ciudad.
No hay en el mundo, no
Nadie más dura que yo»
Este breve reportaje donde se entremezclan el orgullo y las amistades que nos dan la mano para caminar a la par, la identidad que sentimos grabada en el cuerpo, parece performativo al traducirse en algo tan vital como una canción de una cantante española; una especie de símbolo dentro de la comunidad en países como Venezuela.
Para adentrarnos en las protagonistas de este reportaje especial por el Día del Orgullo, resultaba necesario dicho paréntesis personal que traslada a quienes escribimos estos párrafos.

Desiree, migrante y lesbiana, con quien compartí aquella canción en la pista de baile de «La Guacamaya», entre otros lugares nocturnos de San Cristóbal, hoy vive en Guadalajara, México. Su voz ya pasa desapercibida con el acento de la región que hoy la acoge. Sin embargo, noto en algunos recovecos de su acentuación que aún conserva ese rasgo identitario del ser «gocha» (persona oriunda del Táchira).
El proceso de la identidad y el impacto de la migración
Una de las primeras frases clave en el relato de su orgullo es que ocurrió por «etapas». En su niñez no tenía una claridad que le permitiera entenderse o conocerse, algo ligado también a su trasfondo familiar, puesto que la religión marcaba el tránsito y su padre, que es militar, el ritmo. Comenzó a analizar su identidad en su adolescencia, pero debido a ese entorno no pudo habitarla libremente.
«Poco a poco fue que fui dándome cuenta de las cosas, pero a medida que me iba dando cuenta, pues también me iba reprimiendo», cuenta a la vez que analiza lo que para ella representa la Marcha del Orgullo.
«Creo que la marcha del orgullo para mí es necesaria. Es algo que no puede dejarse de hacer. Sin embargo, no siempre siento ganas de estar ahí», aclara. Su crítica pasa puntualmente porque, según ella, «se volvió un tema de marketing». Incluso, este año no sintió la necesidad de asistir.
Respecto a la migración y su identidad como lesbiana, Desiree comenta que, más allá de vivir en una ciudad conservadora, en Guadalajara hay «muchísima comunidad LGBT». Define esto como una «dualidad». Sostiene que junto a su expareja decidieron mudarse allí por los avances en materia de derechos, como el matrimonio igualitario.
Al conectar el orgullo con la libertad de habitar la identidad, Desiree reconoce que la migración le permitió sentirse más «libre».
«En Venezuela no me sentía libre por muchos motivos, no solamente por los políticos, sino porque la gente puede llegar a ser mucho más agresiva. Ver a dos mujeres en la calle agarradas de la mano… la gente no se contiene y les dice cosas, incluso en un bar; es complicado», revela.
Sin embargo, también toma nota de lo que advierten las estadísticas: México es uno de los países más peligrosos para ser lesbiana. Según el Primer mapa de asesinatos de mujeres lesbianas en América Latina, elaborado por el colectivo GeoFeministas, México y actualmente es el país de América Latina con más mujeres lesbianas asesinadas. Pero más allá de este hecho, para Desiree la mudanza le permitió, sin embargo sentirse más libre, aunque «con ciertas limitaciones». Una de ellas se dio en el lugar donde vive con su pareja actual: decidieron no decirle nada al dueño por miedo a que no les quisiera alquilar el espacio, algo que define como «miedos originarios», en sintonía con aquellos que experimentó en Venezuela.
Las batallas pendientes y los desplazamientos internos
Las luchas por los derechos de la comunidad LGTBIQ+ demuestran que, sin importar el país, a algunas disidencias les cuesta sentirse realmente seguras y libres. Al consultarle sobre cuáles cree que son las banderas de lucha en la actualidad, Desiree afirma que todavía queda un largo camino por recorrer.
Por otra parte, la entrevistada confiesa sentir cierto agotamiento respecto al activismo LGBT tradicional, al que percibe impregnado de machismo. Sostiene que en México es muy notorio el desplazamiento de las mujeres lesbianas, ya que la masculinidad y sus vertientes más tóxicas resultan sumamente dominantes. Esto provoca una alarmante falta de espacios propios, incluyendo lugares para salir de fiesta, y hace que muchas no se sientan a gusto ni representadas.
«Siento que el atravesamiento del feminismo acá me ha hecho abrir un poco los ojos en cuanto al poco criterio que hay por parte de los hombres de la comunidad», puntualiza.
«Para mí, la lucha que se mantiene viva acá es la de las mujeres y hombres trans, sobre todo por las violencias que están viviendo. Hay muchísimo transfeminicidio; muchísima violencia», recalca con preocupación antes de concluir de manera tajante: «Yo no siento, como lesbiana, que aquí haya una comunidad en la que me pueda sentir respaldada o cómoda, porque no me siento muy identificada».
«El orgullo para mí es sacar todo el poder y toda la fuerza que tienes dentro de ti y ser quien eres»: el arte drag como proceso de liberación y pertenencia
En el seno de una sociedad machista, escrita en clave religiosa desde una perspectiva de rechazo hacia quien camina diferente, Yorney Suárez entendió que los zapatos que le fueron asignados al nacer no eran para su recorrido. Muchos años después, cuando la migración golpeó su puerta a raíz del éxodo masivo de millones de venezolanos, conoció el arte drag.

Quizás algunas personas familiarizadas con el término drag recurran al icono más popular dentro de esta cultura mercantilizada: RuPaul, un ícono que ha llevado a las pantallas a sus drag queens a través de un reality show que hoy, en 2026, ya supera las quince temporadas y cuenta con diferentes ediciones tanto en Estados Unidos como en otros países.
Sin embargo, esta lectura es apenas una parte de una compleja historicidad. La televisión comercial ofrece una mirada que muchas veces deja de lado el underground de una cultura que trasciende un mero programa de entretenimiento.
Antes de presentar a Isadora Morris (nombre drag de Yorney Suárez), resulta importante hacer una breve acotación sobre la historia de esta expresión por fuera de la televisión, una trayectoria muchísimo más vívida y experiencial.
Aunque los espectáculos de transformación y personificación drag tienen un largo recorrido que se remonta al siglo XIX y al Renacimiento de Harlem, la verdadera cultura de las «Casas» y el ballroom, estrechamente ligada al nacimiento del vogue, estalló en Nueva York durante la década de 1970. Esta subcultura, retratada en el documental Paris is Burning de 1990, nació como una respuesta política de las comunidades afroamericanas y latinas frente al racismo de los concursos de belleza hegemónicos de la época.
La producción audiovisual se centra en las vivencias de mujeres trans, hombres trans y jóvenes gays en los márgenes de la sociedad. Las «Casas» no eran solo equipos de competencia para los desfiles, sino que funcionaban como refugios reales que brindaban un sentido de familia y pertenencia, un formato de resistencia que hoy vemos reflejado y replicado en la cultura ballroom a lo largo de Latinoamérica. Por supuesto, dichas comunidades se encontraban atravesadas por el racismo de la época, la pobreza y la urgencia de encontrar un sostén en momentos donde ser diferente implicaba la exclusión total, una realidad que también remite a las raíces del orgullo.
Yorney encontró en Isadora Morris un conducto hacia una liberación que en Venezuela nunca pudo hallar.
«Mi identidad fue bastante difícil de descubrir, sobre todo en Venezuela por el mismo entorno, pero ya luego de que salí hacia Ecuador creo que me sentí un poco más libre. El drag me ayudó mucho a descubrirme a mí mismo, a no estar pendiente de qué pensaban o qué decían los demás sobre mí. Ahora mismo me siento feliz con quién soy», confiesa.
A diferencia de Desiree, Yorney encuentra en la Marcha del Orgullo un espacio de visibilización fundamental para mostrar su propuesta artística, algo imprescindible en un circuito tan competitivo. «Este año voy a ir drageado a la marcha. Me gusta que la gente vea lo que expresamos, el arte que hacemos, porque es un arte», cuenta.

Yorney lleva casi dos años encarnando a Isadora Morris. En su relato aparece una línea directa que conecta con la historia de Desiree: la travesía de tomar un avión para emigrar y el recuerdo compartido de aquellas discotecas de San Cristóbal donde sonaba cada fin de semana «Sobreviviré» y otros clásicos que los migrantes venezolanos de este colectivo identifican como himnos de la comunidad.
Ecuador se convirtió en un nuevo hogar donde abrazar su identidad sin miedo al rechazo o a la violencia de un desconocido mientras caminaba por la calle.
«Cuando llegué a Ecuador me seguía escondiendo, pero poco a poco fui soltándome y conociendo gente. Luego, cuando acá se aprobó el matrimonio igualitario, lo sentí como una forma de liberación personal a pesar de que no era mi país. Me sentí súper libre después de eso», revela.
Las batallas internas y la conquista de los espacios
Yorney plantea que una de las banderas de la lucha actual por parte de la comunidad LGTBIQ+ debería estar enfocada en la salud mental. «Somos personas que nos hemos criado escondidos, maltratados, sintiéndonos minimizados, y creo que la salud mental es muy importante tratarla ahora y siempre», comenta.
Sin embargo, su principal batalla no ha sido tanto con el afuera. A pesar de que crecer en un entorno familiar machista le impidió aceptar su verdadera esencia durante mucho tiempo, Yorney reconoce que la pelea más difícil fue interna. «Mi gran batalla fue conmigo mismo. Aceptarme y salir tal cual soy frente a las personas», se sincera.
Si algo tiene que agradecerle a la migración es el nacimiento de su alter ego. «En Ecuador nació mi artista draga, esa que llevaba por dentro desde hace mucho tiempo y que no me había atrevido a sacar. Este país me brindó la libertad que necesitaba para hacerlo. Estoy muy satisfecho con el trabajo y con la acogida que me han dado en los distintos sitios para presentarme. Poco a poco me han ido abriendo espacios en diferentes locales de la ciudad», concluía con orgullo.
Ambos testimonios coinciden en que crecer en Venezuela fue difícil debido a entornos familiares religiosos, militares o machistas que reprimieron sus identidades. Sin embargo, migrar les otorgó la libertad necesaria para aceptarse y mostrarse tal como son.
Somos un movimiento, una comunidad, somos quienes salimos a las calles a marchar por los derechos de estar vivos, por los que no están más y por los que aún no pueden estar. Somos cuerpos que no decidimos quién ser, pero sí decidimos cómo transitar esta vida: no como unos espectadores más, sino como parte del colectivo LGTBIQ+. Nosotros no vinimos a este mundo a encajar, vinimos a ser. Ser disidentes no es algo que elegimos, pero sí elegimos vivir con orgullo, con dignidad, con amor.
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