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Desde su llegada de Perú en 2012, Yefry Mosquera construyó un camino donde la educación pública, la identidad de género y la militancia peronista se entrelazan. Hoy, como referente de la Casa Migrante, apuesta por la construcción colectiva como la mejor herramienta contra la hostilidad.


El trayecto entre El Callao y Buenos Aires para Yefry Mosquera no fue solo un cambio de coordenadas, sino una búsqueda de libertad para ser y para decir. A sus 33 años, el periodista y activista repasa catorce años de militancia territorial, donde el derecho a migrar y la identidad disidente se transformaron en un refugio compartido en los barrios porteños. 

El recorrido de un migrante está repleto de nostalgia, ideales, sueños, obstáculos y miedos. La noche antes de comenzar su vida en Buenos Aires, Argentina, Yefry Mosquera conversó con su abuela y le confesó los temores que sentía al emprender su viaje.

Y es que decidir tomar la brújula y virarla hacia un país desconocido a los 19 años puede generar vértigo. Aun así, la voz interna de Yefry siempre le indicó que el destino era el indicado y, efectivamente, así fue.

Hoy, a los 33 años, su juventud está tan viva como la de un estudiante que, en tiempos turbulentos, quiere enfrentar al poder de turno por sus compañeros y por su gente. Mosquera llegó desde el Callao, Perú, hace 14 años.

Desde los primeros días se conectó con el espacio que hoy es su comunidad: El Hormiguero, una organización peronista territorial. Desde su lugar de militancia, Mosquera, una marica y migrante orgullosa, también forma parte de la Casa Migrante, un frente de dicha organización. Pero su militancia es transversal a la vida; por consiguiente, también es activista LGTBIQ+.

En esta oportunidad, Mosquera compartió su perspectiva de la militancia como una forma de conectarse y comprender la historia argentina y latinoamericana. Encontró en ella una manera de entender la nación que eligió para vivir.

«Yo llegué a un barrio muy popular, la Villa Rodrigo Bueno, que es una villa muy pequeña donde todos se conocen», cuenta, a la vez que describe la militancia como una «conexión» que le permitió desentrañar la historia del país.

Antes de llegar a Argentina, Mosquera ya se sentía ligado a la ayuda colectiva. «En Perú siempre estuve ligado a la iglesia, al catecismo y a jornadas para jóvenes orientadas a ayudar y estar con el otro. La militancia se refleja en esto: en poder pensar en una cuestión colectiva. El Hormiguero fue un lugar para conectar con eso», comenta.

El espacio en el que milita es partidario del peronismo, concepto que se ve reflejado con pasión cuando relata su recorrido. «No entenderías el peronismo si no militás», afirma. «Siento que los libros y los vídeos te pueden enseñar qué significa un movimiento como este, pero si vos no militás dentro de la construcción de la historia, es muy difícil que lo entiendas, porque el peronismo es muy complejo», agrega.

Una imagen de la organización «EL Hormiguero» , CABA | Foto: Christian Acuña

Del acceso al DNI al ingreso a la universidad pública y gratuita

Cuando Mosquera arribó a Argentina en 2012, se encontraba vigente la Ley de Migraciones actual. Al respecto, recuerda lo rápido que obtuvo su primer documento argentino, algo que para su familia era «impensado». A su vez, ese conocimiento lo impulsó a acompañar a su tía, quien ya residía en el país desde hacía 30 años pero nunca había tramitado el documento por desconocimiento.

«Lo sacó a partir de que yo lo hice. Como yo me anoté en la universidad, tenía que tener el documento; entonces acompañé a mi tía a hacerlo», relata, y recuerda que entre los motivos de la demora de su familiar estaban el costo y su trabajo como vendedora de comida dentro del barrio.

Toda esta apertura hacia la regularización documental llevó a que Mosquera empezara a militar la necesidad de que otros migrantes tramitasen el DNI, entendiendo que allí radica «su identidad en este territorio».

Luego se inscribiría en la carrera de Periodismo en la Universidad Nacional de Avellaneda. «De ahí comencé a entender a la educación como un derecho valorable», destaca, y revela el motivo por el cual comenzó su camino migratorio.

«Soy el primer graduado de mi familia. Al terminar el secundario, empecé la aventura de ver dónde estudiar Periodismo, que en Perú es una carrera muy cara y gestionada para la clase media-alta, no para la clase baja como yo. Salí del colegio y comencé a trabajar, que es lo que hace la mayoría. Tenía 18 años e iba a una privada porque era lo más accesible para poder estudiar», cuenta.

En ese trayecto aparece su tía Gloria, quien por motivos personales hizo un viaje repentino al Callao. Tras enterarse del deseo de su sobrino, ella le comenta los beneficios de Argentina: universidad pública y gratuita; simple y concreto. «Tenés que venir a Argentina a vivir un tiempo y estudiar», recuerda Mosquera que le dijo su tía.

El derecho a ser y la memoria como puente

Mosquera finalmente decidió lanzarse por esta alternativa que en su relato se esboza como un designio; un lugar que, a sus 33 años, ha resultado el idóneo para habitar. Sin embargo, la búsqueda educativa no era el único motivo para emigrar.

«Dentro de mi identidad más personal, que no compartí en ese momento, también había una búsqueda de identidad de género y de poder estar libre para decir qué era yo», expone sobre su necesidad de encontrarse con quién es Yefry Mosquera.

A diferencia de Perú, a la que describe como «una sociedad muy discriminatoria», y sumado al «miedo familiar» de vivir su identidad gay, Argentina le permitió desarrollarse en toda la complejidad de su persona.

«Esos fueron los pilares que me trajeron aquí y no a cualquier otro país. Me trajeron a un país que tiene matrimonio igualitario, identidad de género y una sociedad abierta a dialogar con lo diferente», explica.

Para Mosquera, existe también una unidad entre Perú y Argentina que trasciende cuestiones de conocimiento general como las Malvinas. Algo que conecta a ambos pueblos y que suele estar invisibilizado es la historia sobre los desaparecidos en las dictaduras militares.

«Hay algo de esa conexión que yo pude deconstruir con mi militancia y con la visita a la ex ESMA», comenta, y concluye que en ese vínculo histórico también yace su propia historia.

El desembarco en la militancia territorial

Desde antes de llegar a Buenos Aires, Mosquera ya tenía delineado su recorrido como militante. Su tía Gloria les había hablado a los referentes de El Hormiguero sobre su llegada. «Mi tía vivía en el barrio y les venía contando: ‘mi sobrino va a venir a estudiar’. Para ella, los chicos de El Hormiguero eran quienes ayudaban a los jóvenes», cuenta.

Mosquera recuerda que, tras arribar en abril de 2012, conoció a Guille, Anita, Franca y Maru, referentes de aquel momento, quienes lo acompañaron a visitar diferentes universidades hasta que finalmente eligió la Universidad Nacional de Avellaneda para estudiar Periodismo.

«Siempre milité en El Hormiguero. Mi primer encuentro fue a través de un taller de escritura: hacíamos un taller para jóvenes donde escribíamos notas sobre un barrio discriminado como la Villa Rodrigo Bueno», rememora.

Luego, se vincularía con la militancia a través del reclamo por una ley de urbanización para la villa. «En ese momento me puse esa camiseta y la defendí, sin robarle protagonismo a la gente que había estado históricamente. Después pasé a militar activamente como referente de diversidad y migrantes, y cada vez tomaba más protagonismo», señala orgulloso de todo lo que ha construido en sus 14 años en Buenos Aires.

La construcción colectiva como hogar

Con una dialéctica propia de quien nació para la tarea, Mosquera describe a la comunidad que hoy es su red, su hogar y parte fundamental de su identidad.

«El Hormiguero es una organización social y política territorial que milita en diversos barrios. Hoy estamos en once territorios de la Ciudad de Buenos Aires. En la Rodrigo Bueno, cuando yo empecé, se construyó un Bachillerato Popular porque la mayoría de las personas eran analfabetas o no habían terminado el primario o el secundario», explica.

Dicha organización ha impulsado proyectos como bachilleratos, radios, profesorados y centros culturales que llevan nombres de compañeros desaparecidos. «Entendemos que su militancia sigue viva en ese activismo. Dorita Costa era una docente que daba apoyo escolar y fue desaparecida en la dictadura en el Barrio 31», detalla en relación al profesorado que hoy lleva su nombre.

«Hacemos una investigación cuando construimos la institución: pensamos en un compañero que haya militado en el territorio, que haya tenido una trayectoria», explica Mosquera sobre el compromiso del espacio por mantener viva la memoria de quienes tuvieron un compromiso social.

La lucha por el derecho a migrar en tiempos de hostilidad

Uno de los espacios fundamentales de El Hormiguero es la Casa Migrante. En este recorrido, Mosquera trae a colación la «primera intervención» que sufrió la Ley de Migraciones 25.871.

«Es la primera vez que un Estado vuelve a discutir la temática de la migración como un delito y no como un derecho. Y es ahí donde yo comienzo el activismo más puramente migrante», cuenta sobre su acercamiento a esta problemática.

En su relato, Mosquera analiza la promulgación del DNU 70/2017, dictado durante el gobierno de Mauricio Macri, el cual, según explica, «cambió la visión de Migraciones: dejó de ser un lugar de refugio para convertirse en un lugar que busca expulsarte del país».

Dicha legislación dio lugar a las primeras expulsiones bajo una lógica mediática. Mosquera también destaca que fue a partir de ese momento cuando comenzaron a tejer redes que les permitieran encontrar no solo un espacio de sostén, sino también de defensa colectiva.

Antes de que apareciera la Casa Migrante, conformaron el Frente Migrante (2015-2019), un espacio compuesto por abogados y psicólogos, entre otros profesionales, que acompañaban a la comunidad en aspectos como la regularización de su situación en el país.

«En medio de la pandemia nace el proyecto Casa Migrante, que escribí con otros compañeros. Ganamos un fondo de un programa internacional que financiaba el acompañamiento a comunidades migrantes», cuenta sobre el origen de la institución.

La iniciativa surge del deseo de Mosquera de desarrollar un «lugar de encuentro para las comunidades que signifique la casa que dejaste». Su objetivo es brindar contención al migrante que recién llega y necesita sentirse acompañado en una etapa que, a menudo, es difícil transitar en soledad.

«Teníamos talleres de regulación migratoria tres veces por semana con abogados y psicólogos; hacíamos todos los trámites y también talleres culturales. Además, era un espacio abierto para quienes quisieran realizar asambleas: venían senegaleses, haitianos, dominicanos o venezolanos», narra Mosquera sobre algunas de las labores del espacio.

Integrantes de la «Casa Migrante» | Foto: Christian Acuña

Militancia como refugio en tiempos de incertidumbre

En su recorrido como militante, Mosquera confiesa que bajo la actual gestión se ha «profundizado la persecución hacia los migrantes».

«No es nada nuevo, pero creo que esta vez se ha profundizado el lenguaje de violencia hacia el inmigrante. Notamos que hay algo diferente: eso de ir a los lugares con la policía y migraciones para extraditar; eso no se veía tanto. Hay una diferenciación ahí que es más para ‘la tribuna’ que lo que realmente está pasando, pero nos encontramos con una migración bastante lastimada y desorganizada», refiere sobre la coyuntura actual.

Al ser consultado sobre cómo vive la Argentina de hoy, Mosquera admite transitarla de dos formas. Por un lado, siente la «complejidad de ver al otro sufriendo, ya sea la comunidad migrante o las diversidades». Por otro, recurre a la militancia para enfocar sus energías y potenciarlas en favor de su comunidad.

«Yo milito constantemente para vivir en una sociedad más justa y no en la que vivo hoy, que es una sociedad bastante angustiante, muy endeudada y muy enojada con la política y los referentes. Creo que la Argentina está pasando por un momento muy difícil al que le está costando encontrarle la vuelta, porque nunca se enfrentó a un lenguaje tan violento como el de ahora», expone.

Identidad, resistencia y los desafíos del activismo disidente

En su habitar la militancia, Mosquera también se afianza como activista LGTBIQ+. Su llegada a Buenos Aires estuvo marcada por su identidad, que hoy abraza como marica. A Yefry también se le puede llamar por los tres pronombres (ella/él/elle), un aspecto significativo para cualquier persona y que en nuestro primer contacto le fue consultado, pues habitar el respeto a la comunidad es también una práctica necesaria de la sociedad.

Es así que, en su contexto como activista del colectivo LGTBIQ+, Mosquera comparte algunos ejes que invitan a pensar en materia de debate político puertas adentro:

«Creo que todavía hay un eslabón muy débil en el debate político de nuestra comunidad, porque también tiene algo de lo fácil. Nuestra comunidad LGTBIQ+ ha perdido un poco lo político y la batalla; hemos estado más en la liminalidad diciendo: ‘bueno, somos una marcha del orgullo, somos una fiesta’. Somos una fiesta, sí, pero tenemos una política porque nacimos en la resistencia. Creo que hay algo del olvido», reflexiona.

En este sentido, Mosquera refiere sobre la historia de la marcha del orgullo y cómo esta «nace desde el cuerpo racializado, desde el cuerpo trans», haciendo alusión a Stonewall (protestas de 1969 en Nueva York que marcaron el inicio del movimiento moderno por los derechos LGTBIQ+) y que a nivel regional también habitaron, vivieron y lucharon «esos cuerpos racializados que estuvieron en la calle defendiendo su vida y al colectivo».

«Yo creo que en la militancia diversa se vienen construyendo, de a poco, lugares de refugio. Yo juego en un equipo disidente que es Yacarés, pero hay muchos equipos que fueron encontrando en el deporte disidente un lugar de encuentro también político; no tan partidario, pero sí de encuentro y de sanación», concluye Mosquera sobre su experiencia en Yacarés Buenos Aires, una «organización deportiva diversa, inclusiva y disidente», como refiere su biografía en Instagram.

Entender la historia para defender el futuro

En su recorrido compuesto por militancia, colectividad, empatía y felicidad, Mosquera transmite una seguridad que parece acompañarle desde aquel día en que decidió no tener miedo a emigrar.

Aquella decisión vino integrada con una sonrisa que surgió de la plenitud de habitar una nueva Matria que le recibió como la marica orgullosa que hoy es: un pilar de la Casa Migrante y de El Hormiguero, sin olvidar su rol como asesor en la Legislatura Porteña.

Es así como, en una Argentina donde lo colectivo parece ser moneda de cambio, hoy toda persona que busca resistir y sobrevivir debería tener un Yefry Mosquera en su vida para seguir sosteniendo la búsqueda de mejores derechos para las personas migrantes, para mantener la memoria de los y las desaparecidas, y para activar políticamente a la comunidad LGTBIQ+.

«Yo deseo muchísimo que todo migrante que llegue a un territorio, sea cual sea, ojalá tenga un Hormiguero en su vida o una militancia que le haga entender la historia de ese país. Porque si vos entendés la historia de ese lugar, seguramente vas a entender por qué defender los derechos que defendés», cierra Mosquera.


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Equipo periodístico |  + notas

Venezolana de nacimiento y cordobesa por elección, es licenciada en Comunicación Social con una maestría en Comunicación y Cultura cursada en Córdoba, ciudad donde reside desde 2012. Su investigación de posgrado exploró la intersección entre fútbol y género a través del estudio de una hinchada feminista de Talleres de Córdoba.
Es poeta con dos libros publicados —Feliz tristeza y Garabatos del alma (en formato digital)— y ha ejercido el periodismo en medios argentinos. Actualmente se desempeña como redactora de contenidos SEO.
Le apasionan los deportes, especialmente el fútbol, el tenis y el béisbol, y milita en la Asamblea de Disidencias Sexuales de Córdoba.


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