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Marta Guerreño López nació en Caacupé, Paraguay, y vive desde hace cuatro décadas en Córdoba, Argentina. El relato de su trayectoria personal, profesional y política, y sobre todo sus reflexiones críticas abren puertas para pensar la migración por fuera de los lugares comunes. Recorriendo con ella desde su llegada a fines de los 80 para estudiar medicina a los múltiples espacios de participación colectiva y militancia por los que transcurrió, llegando a su rol actual en el Estado provincial y sus proyectos vigentes, podemos poner en cuestión sentidos arraigados, prejuicios y mandatos sobre quiénes son o deberían ser las personas migrantes, su lugar en las sociedades de origen y destino y los derechos que deben serles garantizados.


Marta busca posicionarse por fuera de las narrativas corrientes acerca de las personas migrantes: la falta, el problema o el mérito excepcional. Hablamos con ella sobre aceptación condicionada a la asimilación, visión utilitaria, hipercorrección social, imperativo de éxito, etnocentrismo, estructura de desigualdad y rol del Estado, voto migrante en la agenda de luchas, entre otras cuestiones. Finalmente, a través de su sentir «soy de aquí y soy de allá», Marta nos invita a pensar por fuera del molde del Estado nación y las fronteras, a poner en horizonte el diseño de las posibilidades de vivencia de una ciudadanía transnacional en términos emancipadores.

Las primeras experiencias de participación en Caacupé y Córdoba

Marta nació en la ciudad de Caacupé, ubicada a 50 kilómetros de Asunción. Fue una de las menores de una familia compuesta por diez hermanos y hermanas. Desde pequeña se interesó por participar en espacios colectivos, principalmente en grupos juveniles; también daba clases de catequesis y de danza. Más tarde se convirtió en la primera de la familia en irse a otro país para estudiar, cuando, al finalizar el secundario, decidió migrar a Córdoba (Argentina) para estudiar medicina. El proyecto migratorio de la joven Marta fue acompañado por su familia, de quien recibió el apoyo para concretarlo. La idea original, según nos cuenta, era venir junto a uno de sus hermanos; sin embargo, solo había un pasaje: «Entonces dije: creo que voy a viajar yo», recuerda y agrega: «Yo siempre fui así, sin miedo».

Al llegar a Córdoba la esperaba una amiga de su hermana. Uno de los primeros recuerdos que Marta tiene de la ciudad es haber confundido a Carlos «La Mona» Jiménez con el homónimo boxeador paraguayo. Nos cuenta risueña: «Vi un cartel de la Mona y dije: «No sabía que a Jiménez, el boxeador, le decían La Mona, y que estuvo en Córdoba», y después de mucho me enteré de que era un cantante de cuarteto, siempre me río de esa anécdota». Otro recuerdo de aquella época es que, mientras buscaba alquilar una habitación cerca del Hospital de Clínicas (donde tendría las clases), conoció estudiantes que siempre la invitaban con mate, lo que la sorprendió mucho: «Yo decía que los argentinos vivían de mate, que no comían otra cosa».

Sin embargo, junto con esas primeras experiencias de descubrimiento y encuentro, también aparecieron situaciones que marcarían profundamente su trayectoria. Al conversar sobre aquello que la llevó a involucrarse en espacios sociales y políticos de su nueva ciudad, Marta responde sin dudar: «La injusticia», y recuerda un acontecimiento que ilustra en su propia vida los mecanismos sociales que construyen jerarquías entre pertenencias.

A fines de los años 80 Marta se encontraba cursando el cuarto año de su carrera cuando, en una de las clases, un profesor preguntó al estudiantado a quién votarían en las próximas elecciones. Al llegar a ella exclamó: «Ah, cierto que vos sos extranjera y no entendés nada». La respuesta de Marta no se hizo esperar: «Solo soy extranjera, no soy estúpida. Y, por lo que vengo escuchando, entiendo más de política que muchos de mis compañeros». El resto de estudiantes intentó minimizar el episodio, relativizarlo, decirle que el docente «no había querido ser ofensivo, que no me lo tomara a mal, que los argentinos son así». Sin embargo, ese día para Marta se condensaron algunas certezas: que estaba totalmente capacitada para ejercer derechos políticos, que incluso estaba más al tanto de la política de su nuevo país que de la de Paraguay, sintió una profunda frustración al no poder votar y, sobre todo, la voluntad de organizarse para generar un cambio.

La injusticia vivida, la frustración de no poder ejercer derechos en igualdad de condiciones y el deseo de transformar esa realidad de manera colectiva se convirtieron desde entonces en un motor central de su trayectoria. Desde sus inicios en la Universidad Nacional de Córdoba, Marta se involucró en organizaciones estudiantiles y fundó junto a un amigo el Centro de Estudiantes Paraguayos. Al mismo tiempo, comenzó a vincularse con otros compañeros y compañeras migrantes de diferentes procedencias, con quienes compartían la experiencia común de «venir de otro lado», de «habitar entre dos pertenencias», pero también el deseo de compartir saberes, tradiciones y, más adelante, de organizarse para disputar derechos.

En ese proceso, en 1996 nace la Unión de Colectividades de Inmigrantes de Córdoba (UCIC) con Marta como miembro fundadora y nucleando en ese momento a 17 colectividades que llegaron posteriormente a más de 40. Lejos de ser un punto de llegada, ese espacio sería el inicio de un recorrido sostenido de organización, militancia y construcción colectiva. En la actualidad la UCIC en tanto federación nuclea 53 instituciones de 32 países distintos, cuentan con una sede física en el centro de Córdoba Capital (Rosario de Santa Fe 374) pero trabajan con localidades del interior provincial.

Marta Guerreño López en el Festival de Colectividades de Alta Gracia. Foto: gentileza

La UCIC: representación cultural, tejido social y acción política

Tal como nos contó Marta, en sus comienzos la UCIC, como organismo de la sociedad civil, tenía como principal propósito difundir tradiciones culturales de los países representados. Con el tiempo, el propósito principal se fue acercando a la defensa de los derechos de las personas migrantes y la promoción de la igualdad: «Empezamos con el objetivo de difundir la cultura de nuestros países pero después nos transformamos en un espacio de militancia muy fuerte y hasta cambió nuestra forma de representación y de relación con el Estado».

Marta nos relata que al principio costaba mucho tiempo y debate llegar a los primeros acuerdos por la diversidad de maneras de pensar y trabajar: «Para poner el nombre estuvimos casi seis meses y con la bandera ni te cuento, pero con el tiempo fue más fácil trabajar juntos y se transformó en un espacio de lazos de amistad». Sin embargo, la diversidad siguió siendo una fuerza motora del espacio que los impulsaba a proponer maneras nuevas de hacer las cosas. Por ejemplo, respecto al tema de las religiones Marta nos cuenta que «había variedad de credos entonces dijimos: “Vamos a celebrar el día del inmigrante, pero no con una misa como vienen haciendo”, y lo hicimos con una celebración interreligiosa».

El recorrido de la UCIC, según el relato de Marta, es un ejemplo de cómo las diferencias e incluso el conflicto son constitutivas y parte fundamental de lo colectivo. Sus palabras también dan cuenta de un proceso de crecimiento que implicó aprender a trabajar en conjunto para «valorizar nuestros países sin caer en el chovinismo, y principalmente para valorar sobre todo nuestra condición de transnacional».

Cada institución integrante de la federación elige a tres personas (2 titulares y 1 suplente) que conforman la comisión directiva, siendo las personas migrantes las que ejercen los roles de liderazgo: «Nuestros líderes deben poder entender lo que es no tener documento o tener uno con un cartel rojo y en mayúsculas que dice “EXTRANJERO”, lo que es no tener presencia de Estado y muchas cosas más».

Actualmente la UCIC se ocupa de acompañar a migrantes en la gestión de documentación, el acceso a la salud, la educación, etc.: «Nos dimos cuenta de que no queríamos ser solo un lugar para tiempo libre, necesitábamos de este espacio para nuestros documentos para que la gente pueda ser aceptada en los hospitales, decidimos que no queríamos ser un bufet de comidas y bailes».

La UCIC también trabaja para promover la autonomía económica de las personas migrantes, asesorando sobre derechos y partiendo de experiencias previas de personas de la misma colectividad: «Buscamos el acceso a fuentes de ingreso, la documentación, intentamos velar porque no le paguen la mitad de lo que deben como ya nos pasó. Tratamos de que si conseguimos un trabajo les paguen bien».

Por otro lado, la UCIC también se involucra en acciones directas «hasta salir a las calles, acá se conquista en las calles y bueno, salgamos a las calles», que tiene que ver con reclamar derechos de las personas migrantes cuando están siendo vulnerados.

Este gran abanico de ámbitos de inserción de la UCIC demanda mucha energía, tiempo y trabajo por parte de sus integrantes: «Lleva mucho tiempo, lleva mucho compromiso, lleva mucho trabajo, lleva poner el cuerpo y no todo el mundo tiene el tiempo para hacerlo porque la prioridad siempre es la comida, la educación, el trabajo, el ahorro y un montón de cosas; por eso es importante que los que ya estamos un poco más acomodados estemos presentes para los demás que quizás recién llegan y tienen muchas urgencias por resolver». Esta disposición solidaria de la UCIC, donde personas de más trayectoria en el país destinan tiempo, trabajo y energía para acompañar la inserción de personas migrantes recién llegadas, es una de las experiencias de fortalecimiento del tejido social más importante en la coyuntura actual argentina.

Todo este recorrido les ha permitido construir una conciencia muy fuerte en relación a la posición migrante y lo que representan como colectividad en la sociedad. Al respecto Marta menciona que van buscando de a poco deconstruir el mandato de la «eterna gratitud a la Argentina», entendiendo que el país receptor también se nutre de la presencia de las personas migrantes: «Nuestro espacio empezó a centrarse en lo que nosotros tenemos para ofrecer, porque si este país es bueno con nosotros, también nosotros lo somos con él, trajimos mano de obra, saberes, ideas, trajimos un montón de cosas».

Esto resulta absolutamente importante en términos del desafío a la mirada habitual que se tiene de las personas migrantes ubicándolas en un lugar folclórico, que no reconoce el valor político de lo diverso en la construcción de la sociedad y que tampoco reconoce las desigualdades sociales existentes a las que se enfrentan las personas migrantes. Este corrimiento también es fundamental en términos de transformar el vínculo con el propio Estado, de la lógica del «agradecimiento» a una lógica de «interlocución política» que disputa derechos y sentidos.

La trayectoria de movilización política de Marta no se agota en la UCIC; por el contrario, se encuentra atravesada por una presencia en múltiples ámbitos que van creciendo y cambiando con el tiempo. «Voy creando espacios», resume. Uno de esos espacios es la Casa Paraguaya, pensada como un lugar de encuentro, contención y reconstrucción de lazos; y como una entidad que facilita la conexión con la administración de Paraguay para algunas gestiones. Otro gran espacio que viene a potenciar el trabajo de la UCIC es la Red Nacional de Líderes Migrantes en Argentina, como espacio de articulación a nivel nacional de colectividades migrantes que también persigue la reivindicación de derechos para las personas migrantes y la plena igualdad. Dicha red se inserta en otra red latinoamericana que busca alcance regional.

Primer Festival  “Una Ciudad Todos los Pueblos”, organizado desde UCIC con la Municipalidad de Córdoba. Foto: gentileza

El Estado

Marta se desempeña actualmente en el Área de Atención Integral a las Mujeres Migrantes, dentro de la Secretaría de la Mujer de la provincia de Córdoba. Dicha dependencia comenzó a funcionar en 2021 con el objetivo de asistir de forma integral a las mujeres migrantes. Entre las funciones del área se encuentra ofrecer orientación psicosocial, asesoramiento en cuestiones documentarias, acceso a políticas públicas en salud, educación, etc., trabajo con instancias de capacitación, apoyo en procesos de inserción laboral y asistencia en situaciones de violencia procurando intervenir desde una perspectiva interseccional e intercultural, así como toda acción tendiente a la garantía de los derechos de las mujeres migrantes en la provincia. Allí Marta coordina un equipo que interviene en situaciones complejas, muchas veces atravesadas por violencia, trata o necesidad de retorno.

De acuerdo a su testimonio, la experiencia en este espacio le ha permitido dimensionar la relevancia del Estado en relación al alcance y potencial de las intervenciones cuando se institucionalizan y pasan a ser políticas públicas: «Yo pensaba que las organizaciones sociales eran lo máximo, pero en un mes en el Estado hago lo que antes hacía en seis años». Marta destaca la posibilidad de contar con recursos, la capacidad de articulación y, sobre todo, el sostenimiento en el tiempo: «Lo que se hace desde el Estado es más estable, permanece, o resulta menos efímero», señala, en contraste con muchas iniciativas de la sociedad civil que dependen de voluntades particulares o recursos intermitentes.

El equipo interviene en situaciones diversas: acompañamiento a víctimas de violencia o trata, mujeres que necesitan retornar a sus países con sus hijos e hijas, personas que requieren gestionar documentación o acceder a derechos básicos. «Nos llaman de todos lados», dice, y cuenta cómo articulan con ministerios, tribunales, organismos públicos, organizaciones sociales y redes comunitarias. Desde distintos ámbitos recurren a un área que, aunque pequeña, se ha vuelto referencia en la temática no solo para la capital sino también para el interior provincial. Cabe destacar que no únicamente intervienen con personas que han migrado de otros países hacia la Argentina sino también con personas argentinas que han retornado al país.

Desde 2002 el área integra junto a dependencias de justicia y derechos humanos de la provincia un programa interministerial, llamado Estación Migrante, que funciona como sede y punto de referencia para las personas migrantes recién llegadas a la provincia. De esta forma la oficina del programa se encuentra ubicada en la terminal de ómnibus para brindar la primera asistencia, asesoramiento y derivaciones pertinentes.

Un aspecto central de este trabajo en la dependencia de Marta es que el equipo está conformado también por personas migrantes, lo que permite construir respuestas más cercanas a las experiencias concretas de quienes consultan. «La gente quiere llorar en su idioma», explica Marta, mientras recuerda una escena que la marcó: «Una chica me dijo: “Necesito llorar en inglés”, su lengua materna».

La lengua materna no es solo una herramienta de comunicación: es la forma en la que sentimos, recordamos y organizamos la experiencia. Es cierto que el inglés ocupa una posición de prestigio global, pero en este caso lo que está en juego no es su valor simbólico sino su dimensión íntima: la necesidad de nombrar el dolor en la lengua en la que ese dolor existe. Las instituciones, sin embargo, no siempre, o casi nunca, pueden ofrecer una escucha que habilite esto, no solo en términos lingüísticos sino en relación a los universos de sentido que atraviesan a las personas.

En este punto, distintas perspectivas críticas han señalado que el problema no es que las personas subalternizadas no hablen, sino que muchas veces no pueden ser escuchadas dentro de las estructuras dominantes. No se trata simplemente de «dar voz», sino de transformar las condiciones de escucha. Así, poder «llorar en inglés», en guaraní o en cualquier otra lengua no es un detalle operativo: es una condición de posibilidad para que ese sufrimiento pueda ser efectivamente dicho y reconocido. Cuando esto no sucede, no se trata solo de un problema de comunicación, sino de la imposibilidad misma de que ese dolor exista en el espacio institucional.

Es legítimo preguntarse hasta qué punto una institución puede acoger plenamente esa diversidad de experiencias. Sin embargo, el desafío radica justamente en acercarse lo más posible a esa escucha: generar condiciones para que las personas puedan expresar sus demandas en sus propios términos y que las respuestas institucionales logren alojarlas de la manera más adecuada posible.

En paralelo, una de las líneas de acción más importantes del área tiene que ver con el derecho a regresar. «Hay muchas personas que quieren volver a sus países o ir a otros destinos, pero se encuentran con un montón de trabas», explica Marta. La documentación y los permisos, especialmente cuando hay niños y niñas involucrados, suelen ser obstáculos centrales, sobre todo en situaciones de violencia.

En este marco surge la iniciativa Puentes de Regreso, Camino Seguro a Casa, orientada a acompañar a mujeres migrantes en situación de vulnerabilidad que desean retornar de manera segura. Marta explica que, si bien anteriormente organismos internacionales financiaban este tipo de procesos, actualmente esos recursos se han reducido significativamente, lo que obliga a construir nuevas estrategias basadas en la articulación territorial. «Estamos armando una cadena de rutas para retornos cuidados», señala. La propuesta consiste en construir una red de apoyo a lo largo de todo el trayecto, articulando con organizaciones sociales, instituciones estatales, redes comunitarias y credos religiosos que puedan brindar contención y asistencia en cada tramo del recorrido: «Que alguien pueda cobijar a la persona mientras atraviesa cada provincia y cada país». Desde el área se encuentran relevando y consolidando esta red a nivel regional, convocando a organizaciones y dispositivos de acompañamiento en distintas provincias argentinas y en países como Bolivia, Perú, Ecuador y Colombia. El objetivo es claro: garantizar trayectos protegidos que prioricen la seguridad, la dignidad y los derechos de las mujeres.

Quienes puedan aportar contactos, información o dispositivos de apoyo pueden comunicarse al +54 9 351 767 8600 o escribir a mujeresmigrantescba@gmail.com.

Oficinas de Estación Migrante en la Terminal de Ómnibus de Córdoba. Foto: gentileza

Desarmar categorías y disputar sentidos en torno a la migración

Todo el diálogo con Marta sobre su vida y trayectoria de participación es una oportunidad para desandar junto con ella sentidos profundamente instalados sobre las personas migrantes.

Al referirse a múltiples experiencias personales tales como la que vivió con su profesor cuando era estudiante universitaria, Marta expone sin titubear: «A las personas migrantes a veces nos tratan de tarados, no se valoran los saberes de quien nació en otro lugar, lo bueno es lo local, para ser parte tenés que parecerte lo más posible a los argentinos: hablar como acá, comer como acá, vestirte como acá». Esta «sobredimensión de lo local», como la nombra, da cuenta de un comportamiento social etnocéntrico en la sociedad de destino que contrasta con el relato hegemónico del multiculturalismo, de que «somos una sociedad diversa e igualitaria».

Como es sabido, el Estado nación se erigió sobre un proyecto de homogeneización de la población bajo el paradigma europeo y el desprecio a la matriz originaria. Tal como señala la investigadora Sofía Soria, en las últimas décadas se ha dado un reconocimiento en términos formales de la diversidad cultural; sin embargo, la estructura social profundamente desigual no se transformó y se sostiene la idea de que las personas migrantes deben asimilarse a la sociedad argentina.

Marta cuestiona esta idea de «inserción social»: «Mucha gente nos habla de que te insertás si te parecés, pero yo creo que hay que ir a fondo con la inserción, respetando tus conocimientos». Y va más allá: «Si les interesa cómo hablás o cómo cocinás, ¿por qué no les puede interesar cómo resolvés una problemática?, ¿por qué el local te tiene que decir qué le interesa de vos?, no te deja contar lo que vos creés». A partir de su experiencia, muestra cómo saberes y formas de organización social construidos en otros contextos son sistemáticamente deslegitimados: «En Paraguay el cooperativismo tiene una fortaleza enorme, y acá yo tenía que preparar todo un discurso para que me escuchen, ¿por qué no utilizamos esas cosas?». O también: «Cuando ganó Evo en Bolivia, yo decía: “Enséñennos cómo hicieron la campaña”, pero te dicen: “Acá no se hace así”, ¿y quién dice que lo de ustedes está bien?».

Este fenómeno fue analizado por la antropóloga Cynthia Pizarro como un proceso de «folclorización» de la alteridad, donde la diversidad es entendida en términos de danza, comida, festividades, etc., y es aceptada en tanto no resulte incómoda, no tensione el orden existente, no amenace el statu quo. Al decir de Marta: «Nos dan la bienvenida si traemos danza y comida… pero si pedimos igualdad ya no somos simpáticos, y si competimos somos una amenaza». Esta jerarquización social opera señalando ciertos lugares como posibles para las personas migrantes y negando otros.

La búsqueda de eliminar todo aquello que pueda resultar incómodo o conflictivo en la otredad, además de soslayar a las personas migrantes, empobrece a las personas e instituciones locales encerrándolas en sí mismas. La UCIC trabaja para deconstruir esa idea y proponer otro relato: «En ese sentido las personas migrantes tenemos una gran ventaja porque podemos valorar cosas de diferentes universos culturales y más nosotros que estamos nucleados en la UCIC». Esta identificación de una fortaleza existente en las personas migrantes basada en el conocimiento y la puesta en valor de elementos de diferentes culturas es algo que Marta y la UCIC buscan recalcar para combatir otra idea ampliamente extendida sobre la «vulnerabilidad intrínseca» de las personas migrantes.

La idea de que las personas migrantes son intrínsecamente vulnerables se refuerza en muchos relatos que circulan en el espacio público, donde se resaltan los aspectos vinculados al sufrimiento, las carencias, las travesías, etc., sin señalar el vínculo con la estructura social que los provoca, por lo que terminan siendo asociados a las propias personas. Y en este punto Marta identifica como importante lo que tiene que ver con los motores de la migración, siendo común que se crea que las personas que migran únicamente lo hacen al ser expulsadas o motivadas a irse de situaciones indeseables para ellos. En este punto es importante volver a rescatar la agencia de estas personas y no reducirlas a un lugar pasivo: «Yo como mucha gente decidí venir a vivir acá, sé que otras personas fueron traídas por las circunstancias o que la situación económica las obligó, pero en mi caso yo decidí venir a estudiar a Córdoba. Yo decidí quedarme, yo decido seguir acá».

Esta falta de mirada sobre la estructura social también ocurre para el caso de los discursos que buscan resaltar las capacidades o «méritos» de las personas migrantes. Marta al respecto señala que «a los medios les encanta contar las historias de los migrantes sufridas, que pasaron hambre, que tuvieron muchos problemas, o de los hiperexitosos, a mí me parece que con el tema de la migración se sobredimensiona en exceso el tema del éxito, si te fuiste afuera tenés que ser exitosa. Por eso a la gente le cuesta tanto volver, no quieren volver con el peso de la derrota en sus espaldas, si no tuvo éxito no vuelve o vuelve mintiendo un montón».

Así, tal como identifica Marta, el mandato del esfuerzo y la meritocracia recae con mayor fuerza en las personas migrantes intensificando la presión social sufrida por las mismas tanto en la sociedad de origen como en la de destino. En este sentido, la propia Marta cuestiona también la necesidad de tener que demostrar constantemente logros extraordinarios: «En una época dijimos: “Bueno, mostremos todo lo que hacemos”, mostremos los profesionales, todo, pero ¿y por qué tener que demostrarle eso a la gente si ellos no son todos médicos o ingenieros tampoco?, ¿por qué tengo que demostrar eso?, tenés que demostrar todo el tiempo que sos muy buena para estar en este país, pero no todos los argentinos son sobresalientes, ¿por qué los extranjeros tenemos que ser sobresalientes para que nos acepten?». Marta así pone de manifiesto la existencia de una especie de «hipercorrección social» a la que se somete la persona migrante para justificar su posición. El sociólogo Abdelmalek Sayad señala la existencia de este mecanismo mostrando cómo las personas migrantes todo el tiempo deben dar continuas demostraciones de su «conducta ejemplar», con el objeto de contrarrestar las sospechas que constantemente pesan sobre ellas. Marta en este caso identifica que no se trata únicamente de demostrar todo el tiempo un «buen comportamiento» sino que además tenés que «sobresalir» en los términos en los que la sociedad entiende que se sobresale («ser profesional», «tener título en medicina, ingeniería, etc.»), «ganarse un lugar» en una estructura social que desde el inicio las desvaloriza.

Pero además, esta exigencia contrasta con el lugar esperado por la sociedad para las personas migrantes. Como menciona Marta: «Se nos exige la excelencia y luego se nos relega a los trabajos menos valorados y peor pagados». La relegación de ciertos colectivos migrantes a trabajos peor pagados, menos valorados y frecuentemente ejercidos en malas condiciones resulta funcional a la dinámica económica en un sistema capitalista como el nuestro.

Y en este sentido también es importante encontrar la manera de visibilizar y valorizar los aportes de las personas migrantes sin caer en una visión utilitarista de las mismas, que soslaya su condición de humanidad como aquello que habilita el ejercicio de sus derechos e invierte el proceso: se les conceden derechos de ciudadanía siempre y cuando demuestren ser «útiles» a la sociedad. La crítica anterior es señalada también por el politólogo e investigador del CONICET Eduardo Domenech, quien expone en un artículo de 2013 que «la construcción de la figura social del inmigrante queda signada por una visión dualista que lo concibe en términos negativos o positivos, ya sea atribuyéndole la responsabilidad de los problemas sociales o económicos del país, ya sea rescatando su contribución al crecimiento económico o su aporte al enriquecimiento cultural».

De la misma manera, Marta pone en cuestión la forma en que se construye el ideario común acerca de la migración: «Todo el mundo habla de la “problemática migrante” y yo digo: me niego a que seamos un problema. ¿Quién dice que lo somos?». Nombrar en términos de problema, o problemática, no es un proceso meramente descriptivo, sino que termina produciendo efectos reales y colocando a las personas migrantes en un lugar de falta o amenaza. Esta disputa de sentidos se vuelve aún más urgente en el contexto actual. «Yo pensé que todo lo logrado no lo íbamos a perder nunca más y retrocedimos enormemente», advierte Marta, señalando la reactivación de discursos securitistas y de aquellos que ubican a las personas migrantes como chivo expiatorio de problemas estructurales. «El problema de la Argentina no somos los migrantes».

Otra cuestión muy relevante que a través de la experiencia de la UCIC se pone de manifiesto es el fenómeno de equiparación y simplificación que opera sobre las personas migrantes cuando se considera que constituyen un mismo colectivo homogéneo en tanto migrantes o en tanto nacionales de un determinado país. «Se cree que todos los migrantes somos iguales, o que todos los paraguayos somos de la misma manera y que los peruanos son todos iguales, por ejemplo». Lo que expone Marta da cuenta de una mirada esencialista que piensa a las identidades como portadoras de rasgos fijos, ahistóricos e inmutables. Este tipo de reducciones impiden la comprensión de las complejidades que suponen las trayectorias migrantes y tienden a la producción y reproducción de desigualdades fijando identidades y señalando cualidades «indudablemente compartidas». Estas construcciones son operadas por el mismo Estado y sus dispositivos de clasificación, creando una ficción de unidad y ocultando la diversidad real existente en las personas. Las personas migrantes son diversas y esa diversidad también se da al interior de los supuestos colectivos e identidades nacionales uniformes. De esto modo el mecanismo señalado por Marta no solo reproduce preconceptos sino que invisibiliza atravesamientos fundamentales como el género, la clase social, la lengua, entre otros.

Reunión de la Red Nacional de Líderes Migrantes con la Dirección Nacional de Migraciones. Foto: gentileza

Una mujer paraguaya

Y en este sentido también sucede que, a pesar de que muchas veces las personas migrantes son homogeneizadas en un «todo» indiferenciado, al mismo tiempo se reproducen jerarquías entre ellas según su origen nacional y los capitales simbólicos que se les reconozcan. Lejos de ser procesos contradictorios, se refuerzan mutuamente.

Íntimamente asociado a esta jerarquización de nacionalidades está la idea de las lenguas consideradas más valiosas y que otorgan mayor capital simbólico a sus hablantes. Marta al respecto nos dice: «¿Por qué un suizo que habla tres idiomas es considerado un políglota super respetado y un paraguayo que habla guaraní, portugués y español no?». Este cuestionamiento da cuenta de cómo la valoración de las lenguas se vincula estrechamente con la posición ocupada por los países y pueblos en el orden social global. El inglés, el francés o el alemán se asocian con educación, prestigio, sofisticación; mientras que otras lenguas, en este caso el guaraní, son frecuentemente infravaloradas o invisibilizadas, aunque como señala Marta sea la lengua principal de millones de personas. Se jerarquiza la lengua y a sus hablantes y se celebra el multilingüismo dependiendo de quién lo porte y de qué lenguas se trate, lo que contribuye a la reproducción de desigualdades.

Cuando Marta expone los desafíos que tuvo que sobrellevar al asumir como presidenta de la UCIC nos cuenta que: «Lo primero que aparecía era la pregunta ¿cómo una mujer paraguaya va a ser la presidenta, si hay hombres españoles, suizos, italianos, alemanes?». Esta expresión no solo da cuenta de una jerarquía de género donde no se espera a una mujer en un rol de liderazgo sino también habla de una jerarquía entre nacionalidades que no resulta fortuita. Si no que se enraíza directamente con narrativas y políticas que impulsaron en nuestro país una «migración deseada» (blanca y europea) al tiempo que desalentaron y estigmatizaron la migración desde países limítrofes.

Así en la trayectoria de Marta estas dimensiones no están aisladas unas de otras. Ella no es solo migrante, no solo paraguaya ni únicamente mujer. Diferentes corrientes del feminismo crítico han mostrado que no existe una sumatoria lineal si no se articulan los sistemas de opresión dando lugar a una trama profunda donde el género, el origen nacional y la posición social se entrecruzan para delimitar la legitimidad de cada quien para expresarse, ejercer liderazgo o representar a un colectivo.

Marta con su trayectoria da cuenta además de otra dimensión incómoda pero necesaria de visibilizar, cuando nos expresa que: «La presencia física, lo que podríamos decir como “belleza”, me abrió puertas, pero después hay que sostenerse en los espacios», dice. Es sabido que a las mujeres, y más aún a las mujeres migrantes, no únicamente se les exige capacidad para ejercer los cargos, también se exige todo un conjunto de mandatos sobre su presencia física y cómo deben verse para ser admitidas. Mandatos que no operan de la misma manera ni con la misma intensidad para el caso de los varones. Además de ese requisito de «presencia», «todo el tiempo tenés que demostrar que sabés igual o más que ellos para estar ahí», señala Marta. Así, la legitimidad para estar en espacios de poder y decisión para el caso de las mujeres debe ser constantemente probada.

Marta se enfrenta a esto continuamente, pero en medio de los desafíos y exigencias ha construido un estilo de liderazgo propio. Desde el comienzo de su trayectoria, Marta asumió no solo roles de conducción sino también de creación e impulso: «Siempre fundadora y presidenta, siempre ahí», dice. Su manera de coordinar tiene que ver con ejercer el pensamiento crítico y con valorar la diversidad: «Yo creo totalmente en la diversidad de saberes… trato de escuchar y sacar lo mejor de cada persona», explica. Pero también hizo falta desarrollar «capacidad de síntesis» para integrar tantas diferencias en proyectos concretos. Otra característica que observó tiene que ver con una confianza necesaria: «El temor nunca fue lo mío… confío en mis conocimientos», afirma. Frente a espacios donde se espera reserva o inhibición, Marta toma la palabra, propone y construye una posición para disputar espacios históricamente negados, expone verdades incómodas y lidia con eso. Esto se constituye en un fuerte gesto político. No importa cuán cómodo pueda resultar, Marta elige no actuar «como pidiendo permiso» para ocupar espacios que deberían haber estado siempre disponibles para ser ocupados y de esta manera reafirma que esos lugares también le pertenecen.

«Ser de aquí y de allá», reflexiones sobre la ciudadanía transnacional

Es interesante recuperar lo que Marta reconoce como valioso de la ciudad en la que vive y sus habitantes. «Muchas cosas me gustan de Córdoba», dice, «me gusta el humor, me parece que son más divertidos. Y la simpleza: acá si la casa está desordenada no importa, pasá igual». Esta manera de ser contrasta para Marta con otras más estructuradas y esa espontaneidad que ella encuentra en la gente de Córdoba le resulta más abierta al encuentro, que no se queda en una cuestión de estilo. Marta destaca y pone en valor también los lazos cotidianos que se construyen: «Siento que hay cuidado entre vecinos, que si te pasa algo, el de enfrente está», señala.

Otra cuestión que identifica como relevante tiene que ver con el acceso a la educación y la cultura. «Acá todos podemos estudiar, la educación es gratuita, está garantizada y hay muchísima oferta», dice, en referencia a la universidad pública y a la oferta cultural disponible, posibilidad que en otros territorios muchas veces están restringidas a quienes pueden pagarlas: «Eso tal vez ustedes no lo valoran porque lo tienen en casa», agrega. Esto para Marta es absolutamente relevante en términos de movilidad social por lo que también se muestra preocupada ante lo que ocurre actualmente: «Me da mucha tristeza que se esté poniendo en duda», dice, y agrega que, como muchas otras personas, está dispuesta a sumarse a la defensa de estos espacios.

En relación a esto, Marta suma otro aspecto que considera muy valioso de la ciudad y el país al que migró hace 40 años, afirmando que gran parte de su experiencia militante se consolidó en Argentina. «Acá aprendimos a poner el cuerpo», señala. «Yo soy de la época de la dictadura de Stroessner y salir a la calle, pedir un derecho, eso jamás lo hice allá. Pero cuando venís a vivir en un país en donde, che, no estás de acuerdo con tal cosa y salís a la calle a manifestarte, primero produce muchísimo miedo y después, cuando se logran cosas, decís “ah, por acá era el camino”. Entonces aprendimos también acá muchos de nosotros a saber pelear en las calles los derechos y, bueno, y aprendimos bien, lo usamos después para nuestra causa migrante».

Finalmente, Marta comparte una de sus aspiraciones más importantes en la actualidad: la concreción del voto migrante en condiciones reales de igualdad. Marta insiste en que el acceso al voto es una pieza clave para la integración real: «Para mí eso es la integración plena: poder elegir y también poder ser elegida», afirma. No se trata únicamente de emitir un voto, sino de ser reconocida como parte de la comunidad política en igualdad de condiciones. Pero la discusión va más allá del voto. Marta observa que las personas migrantes participan activamente en la vida cotidiana, en escuelas, cooperadoras, organizaciones, pero ese involucramiento no suele traducirse en representación política. «Estamos en todos los espacios, pero ¿por qué no hay candidatas migrantes?», se pregunta. Al respecto se encuentra el debate acerca de la posibilidad de que las personas migrantes puedan participar en elecciones nacionales.

Encuentro Nacional de Líderes Migrantes en la Universidad de Lanús | Foto: gentileza

Hoy, en la provincia de Córdoba, si bien personas migrantes con residencia pueden participar en elecciones provinciales, el derecho al voto migrante presenta limitaciones que van más allá de la documentación. Marta explica que, por un lado, la inscripción al padrón no se realiza de manera automática y los plazos existentes son demasiado breves, lo que reduce las posibilidades de participar. «De una población migrante de más de 100 mil personas, votan apenas unas pocas miles», señala. Frente a esto, junto a otros espacios, están impulsando un proyecto para que la incorporación sea automática, como ya ocurre en otros distritos.

Pero Marta no se queda en una discusión solamente procedimental: «A mí me gustaría que uno pueda vivir donde quiera, donde se sienta bien. ¿Por qué tengo que vivir en el lugar donde nací?», plantea, cuestionando una idea profundamente arraigada: que los derechos están atados al territorio de nacimiento (ejemplo claro de cosas no elegidas). Propone pensar la ciudadanía de manera más amplia. «El planeta tendría que ser un lugar para todos», dice, y se reconoce en una identidad que no entra en categorías cerradas: «Yo al revés de Facundo Cabral sí soy de aquí y soy de allá», poniendo sobre la mesa la necesidad de pensar en las formas de habitar el mundo que desbordan las fronteras nacionales.




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Equipo periodístico |  + notas

Nacida en Córdoba (Argentina), es licenciada en Trabajo Social y posee un Máster en Migraciones Internacionales, complementado con formación especializada en Antropología. Cuenta con amplia experiencia en gestión territorial, abordaje intercultural, derechos humanos y acompañamiento a personas migrantes y refugiadas. De ascendencia migrante, ha residido en México, Brasil y España. Además, es poeta y apasionada por la literatura en todos sus géneros.


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