Gabriela Novaro es doctora en Antropología (UBA) e investigadora del CONICET. Su trabajo se centra en los procesos migratorios, especialmente en comunidades bolivianas en la provincia de Buenos Aires, con foco en Escobar. Analiza las relaciones entre escuela, familia y organización comunitaria, puntualmente las trayectorias educativas, las identificaciones étnicas y nacionales y las experiencias formativas de las personas migrantes entre Bolivia y Argentina.
Buena parte de las narrativas fundacionales de la Argentina siguen postulando la idea que los migrantes europeos construyeron el país. Esta caracterización, desde luego, tiende a establecer una alteridad inexistente respecto a los pueblos de América Latina, respecto a los cuales Argentina se diferenciaría de manera notoria. Frente a este problema, Gabriela Novaro lleva más de dos décadas trabajando junto a las comunidades migrantes para construir pedagogías en clave intercultural y documentando lo que esas narrativas tienden a invisibilizar: las prácticas comunitarias y los saberes que de ellas emergen, y de cómo el eurocentrismo reproducido desde las instituciones educativas puede desactivarse a partir de la elaboración de pedagogías comunitarias en clave intercultural.
Doctora en Antropología e investigadora del CONICET, Novaro habla en esta entrevista de identidad, de políticas migratorias y de por qué el conocimiento que no circula fuera de la academia es un conocimiento a medias.
La movilidad como condición humana
—¿Cómo se construyó tu vínculo con la comunidad boliviana de Escobar? ¿Qué te llevó a focalizar tu investigación en este territorio?
Hay razones personales y otras más profesionales. De las personales, puedo mencionar que de muy pequeña viajé a Bolivia con mi familia y luego sola, y esas experiencias me marcaron profundamente. Son el tipo de marcas que, con el tiempo, orientan las miradas. Como antropóloga, el tema de la migración siempre me interesó, especialmente en la intersección con los estudios educativos. La migración es, en cierto modo, consustancial a la existencia humana: nos hemos movido a través de los territorios desde siempre. Son los Estados modernos los que instituyen fronteras y delimitan pertenencias, pero la movilidad no es un fenómeno excepcional, más bien ha sido una condición de la supervivencia humana en muchos periodos históricos.
En cuanto a la elección de Escobar específicamente, en la población que proviene de Bolivia, las referencias nacionales coexisten con marcaciones étnicas vinculadas a lo andino. Eso le da características muy particulares. Además, hay un fuerte proceso organizativo como colectividad y una historia migratoria de varias décadas, lo que permite observar con claridad las dinámicas intergeneracionales, es decir, la relación entre los adultos que migraron y los jóvenes que son, a veces, definidos como argentinos; otras, como bolivianos de segunda generación.
Investigar desde adentro: el conocimiento que circula
—Tu trabajo fue incorporando una dimensión de intervención directa: la radio, el asesoramiento pedagógico y la propuesta de alfabetización con la Asociación de Mujeres Bolivianas. ¿Cómo cambia el conocimiento que se produce desde ese lugar?
La idea de que uno puede observar sin involucrarse es una premisa ya muy problematizada en la investigación social. La sola presencia del investigador en un territorio es una intervención. Ahora bien, es cierto que hay momentos en que la distancia es mayor, y momentos en que las demandas del colectivo, y las propias ganas de que el conocimiento producido no quede solo en publicaciones académicas, te ubican en otro lugar.
En mi caso y el del equipo que coordino, empezamos a trabajar hace más de 20 años en el barrio de Lugano, con niños de familias de origen boliviano y paraguayo, y desde el inicio hicimos devoluciones a las escuelas, colaboramos en propuestas didácticas. Cuando comenzamos a trabajar con organizaciones de migrantes en Escobar, las demandas se reconfiguraron. Doña Clementina Huaranca, presidenta de la Asociación de Mujeres Bolivianas de Escobar —fallecida recientemente— me dijo la primera vez que hablamos en 2012: «Vos tenés que ayudarme a hacer una escuela en mi organización». Esta interpelación ya te ubica en otro lugar. Si bien no podía dar clases, sí podía, por ejemplo, ayudarla a elaborar la documentación necesaria para la gestión ante la Dirección de Educación de Adultos.
Desde 2019 tenemos un programa de radio sobre educación en la FM 92.5, que realizamos con el equipo de investigación de la universidad, con participación de gente de la colectividad, del barrio, de docentes de escuelas locales. Además, en 2025 el equipo comenzó a desarrollar talleres con docentes como parte de las actividades del Centro de Capacitación, Información e Investigación Educativa (CIIE-Escobar). Me parece que estas actividades cumplen dos funciones. Por un lado, hacen circular el conocimiento más allá de lo académico, que es una responsabilidad que no obviamos. Por otro lado, generan otro tipo de vínculo y de conversación que no es posible en una entrevista de investigación. La confianza que se construye en ese espacio habilita otras preguntas, otros testimonios, otras escenas.
Identidad en movimiento: entre el mandato y la estrategia
—¿Cómo se configuran las identidades en las segundas y terceras generaciones de la comunidad boliviana en Escobar? ¿Qué tensiones intergeneracionales se ponen en juego en la definición de la pertenencia?
Antes que nada, hay que señalar que la relación entre identidad y generación no constituye un fenómeno exclusivo de la población migrante. Los hijos no reproducen en forma idéntica las pertenencias de sus padres, y eso es algo esperable y saludable. El cambio histórico hace que las generaciones sucesivas se posicionen de manera diferente a las anteriores.
Ahora bien, en el caso de esta comunidad hay algo particular: existe un mandato de continuidad en la referencia a Bolivia que transmiten las generaciones adultas a los jóvenes. Y ese mandato no es simplemente una nostalgia, aunque puede haberla. Es una apuesta concreta por la inclusión laboral, por la continuidad de los lazos políticos, por el estatus dentro de la colectividad. Seguir siendo boliviano —para alguien que no nació en Bolivia— implica, muchas veces, acceder a un trabajo, a espacios de sociabilidad, a participar en el club de fútbol, integrarse a grupos de danza, o construir proyecciones políticas dentro de la organización. En esa pertenencia se condensan múltiples dimensiones de la vida social.
Una particularidad del caso de Escobar, en contraste con otros territorios analizados, es que pareciera que las generaciones jóvenes no confrontan con ese mandato de forma explícitamente, al menos esto no parece una situación generalizada. Lo que se observa más bien es un uso estratégico de la pertenencia: en determinados espacios y momentos, se adhieren a la identidad boliviana (aunque desde estilos y prácticas propias); en otros, despliegan vínculos y proyecciones por fuera de la colectividad. Eso no es una contradicción ni una traición al origen: es simplemente parte de la complejidad y la dinámica de las vidas humanas. Ninguno de nosotros es siempre el mismo en todos los contextos.
Lo colectivo como apuesta política y económica
—La comunidad boliviana de Escobar desplegó una trama organizativa muy significativa. ¿Qué la hace posible y qué la sostiene?
Hay un progreso en esta comunidad que es, fundamentalmente, colectivo. Los mercados de frutas, verduras y ropa, el polideportivo, la radio comunitaria —FM 92.5, La Voz de Bolivia en Argentina—, los terrenos que son propiedad de la colectividad no son iniciativas aisladas, sino el resultado de un trabajo sostenido de manera conjunta. Y esto dista de ser casual: tiene raíces en formas organizativas que provienen de Bolivia, en las comunidades de origen. Hay algo de la apuesta por lo colectivo que se trasladó y que, aunque se transforma en el nuevo contexto, sigue siendo una fortaleza muy potente. Me parece especialmente importante señalarlo en un momento histórico de tanta exaltación del individualismo.
Hay también una relación particular con el gobierno municipal. La colectividad tiene un peso económico y político significativo, y existe una interlocución fluida con el municipio que no ha sido constante en el tiempo ni se encuentra siempre en otros territorios. Esta articulación es un rasgo distintivo de la comunidad boliviana en Escobar.
La escuela: entre la inclusión declarada y las deudas pendientes
—¿Qué lugar tiene la escuela en estas trayectorias y cómo dialoga con esas tensiones en torno a la pertenencia?
La escuela adquiere un lugar central, en múltiples direcciones. Desde los estudios migratorios, la escolarización de los hijos constituye un indicador clave: señala el pasaje de una migración estacional o laboral a una estrategia de asentamiento en el territorio de destino. Y además, en estas comunidades existe una expectativa muy alta de que las generaciones siguientes desarrollen trayectorias educativas más extensas que las de sus padres. Los censos lo registran con claridad; es común encontrar adultos que completaron algunos años de primario y jóvenes de segunda generación que acceden a la universidad. La aspiración es real y sostenida.
El problema es la terminalidad. Los niveles de finalización de estudios universitarios en la población migrante se ubican por debajo del promedio nacional, y es, justamente, el sistema universitario el que menos se ha preguntado cómo garantizar la permanencia de esos estudiantes, más allá del acceso inicial.
—¿Cómo dialoga la interculturalidad que plantea la Ley de Educación Nacional N.° 26.206 con las trayectorias concretas de los estudiantes migrantes, y qué transformaciones requiere el sistema educativo para reconocerlas en su complejidad?
La interculturalidad implica, en primer lugar, la revisión del mandato nacionalista que sigue permeando la institución escolar, me refiero sobre todo a los sentidos excluyentes de ese mandato, como sabemos hay muchas formas del nacionalismo. Persiste una idea muy instala —poco explicitada pero profundamente arraigada— de que la identificación con una nación necesariamente debilita el vínculo con la otra. Eso no tiene por qué ser así. Lo que uno constata todo el tiempo en esta comunidad es una doble pertenencia: a Argentina y a Bolivia, simultáneamente. No se trata de un problema de los estudiantes, sino del modo en que la escuela interpreta —o no logra interpretar— esa condición.
La segunda deuda es el eurocentrismo. La narrativa de que los migrantes europeos «construyeron el país», mientras que los migrantes latinoamericanos representan un problema no ha sido suficientemente revisada, ni en los manuales ni en los discursos que circulan cotidianamente en la institución educativa.
Hay una tercera cuestión, que me parece central: conocer las trayectorias previas de quienes llegan al sistema educativo. Esta es una migración que, en una proporción importante, proviene de zonas rurales cercanas a Potosí. Muchos padres de chicos y chicas vivieron en localidades donde la relación con la escuela, con el conocimiento y la figura del docente tiene características muy específicas, hemos registrado esto, por ejemplo, en la valoración de la copia y la prolijidad. Si la escuela argentina simplemente las califica como una forma perimida de aprender, sin intentar entender su lógica, coloca al estudiante en una posición de difícil resolución: entre una familia que legitima esas prácticas y una institución que las desestima sin mediación.
Y finalmente, la escuela tiende a ignorar los saberes que los estudiantes traen de sus espacios no escolares. En esta comunidad, aprender a organizarse colectivamente, participar en la radio comunitaria, jugar fútbol en el polideportivo, acompañar ciertas iniciativas productivas: todo es formación. La escuela raramente la reconoce como tal.
El derecho a los derechos: un horizonte disputado
—El DNU 366/2025 llegó a desmantelar derechos que llevaron décadas conquistar. ¿Cómo se está viviendo ese retroceso de las comunidades migrantes y qué especificidad tiene la situación en Escobar?
Hay una inquietud creciente que excede a Escobar y atraviesa a distintas colectividades. Lo que el DNU (Decreto de Necesidad y Urgencia) del 24 de mayo de 2025 introdujo entra en tensión directa con lo que establece la Ley de Migraciones N.° 25.871 vigente, que reconoce el acceso a los derechos básicos en condiciones de igualdad entre la población nativa y migrante.
Esa narrativa de que «los migrantes le cuestan al sistema» se va sedimentando y produce efectos concretos en la percepción social, generando incertidumbre. Salud y educación, acceso a documentación y trabajo son ámbitos donde esa amenaza se siente con más fuerza, precisamente porque son las que más se valoran en términos de acceso igualitario.
En Escobar, la situación tiene cierta especificidad: la colectividad cuenta con un peso político y económico significativo, y sostiene una interlocución con el municipio que la protege en cierta medida de las dinámicas que se viven en otros territorios. Sin embargo, el clima general de estigmatización no deja de generar inquietud.
Una coda: el proyecto que continúa
El trabajo de investigación antropológica de Gabriela Novaro no es una empresa solitaria: forma parte de un equipo de investigadores e investigadoras que vienen construyendo presencia, confianza y conocimiento en el territorio de Escobar desde hace años. Muchas de las investigaciones fueron desarrolladas en colaboración con investigadores/as de la Universidad de Buenos Aires: María Laura Diez, Julieta Ferreiro, Melina Varela y Francisco Fariña, entre otros/as. Y esta labor colectiva, a pesar del contexto actual de desfinanciamiento de la ciencia, continúa.
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Profesora de Lengua y Literatura, magíster en Literatura Argentina y doctoranda en Literatura y Estudios Críticos por la Universidad Nacional de Rosario y Fonoaudióloga (USAL). Su práctica articula docencia, investigación y escritura crítico-académica. Participa en congresos nacionales e internacionales y publica reseñas y artículos. Su intervención académica se centra en la literatura argentina y latinoamericana contemporáneas, con eje en migraciones, desplazamientos y configuraciones de género.
