Periodista, locutora y comunicadora argentina, encontró en Italia mucho más que un nuevo lugar para vivir. Sin abandonar la profesión que la apasiona Verónica Labat, aprendió un oficio que jamás imaginó ejercer, descubrió otra manera de entender el trabajo y resignificó el éxito lejos de su país. En diálogo con Refugio Latinoameicano, reflexiona sobre la migración, la identidad, la familia, la gastronomía y la posibilidad de volver a empezar sin dejar de ser uno mismo.
«Un campo recién arado. La tierra todavía húmeda después del paso del tractor. Sobre los surcos abiertos, un puñado de gaviotas desciende en busca de aquello que acaba de quedar al descubierto. Esa es la imagen que Verónica Labat elige para explicar qué significó emigrar de Argentina a Italia. No habla de aeropuertos, pasaportes ni despedidas. Habla de una tierra fértil. Porque, para ella, migrar nunca fue abandonar una vida, sino descubrir que todavía era posible sembrarse de nuevo».
Hay quienes recuerdan una migración por la fecha en que subieron a un avión. Otros conservan en la memoria el último abrazo antes de partir, la primera noche en otro idioma o el vértigo de llegar a un lugar donde todo está por descubrirse. Verónica Labat, en cambio, elige una imagen que parece alejarse de cualquier aeropuerto. Cuando intenta explicar qué significó dejar Argentina aquel 16 de octubre de 2024 con 39 años para construir durante los primeros meses una nueva vida en Ferrazzano —un municipio de la provincia de Campobasso, región italiana de Molise—, no habla de valijas ni de fronteras, habla de un campo. «Luego me mudé a Campobasso ciudad, un pequeño lugar de 48 500 habitantes, es una de las regiones que tiene más cantidad de pueblitos esparcidos», nos cuenta.
La escena, lejos de ser una postal rural, es la metáfora más precisa que encontró para contar su propia historia. «Emigrar fue eso. Salir a buscar una tierra fértil donde sembrar. Entender que, como lo hice en mi país, trabajando mucho, acá también podía construir algo nuevo. La diferencia es que muchas veces los resultados llegan antes. Siempre les digo a mis conocidos y amigos, tanto de la comunidad argentina como de la comunidad italiana, que esta es una tierra fértil. Si la trabajás, la cosecha aparece».
La imagen encierra una profundidad que atraviesa toda la conversación. Porque emigrar, para ella, nunca fue borrar una vida para empezar otra. Fue remover una tierra conocida para comprobar si todavía era posible hacer crecer nuevas raíces sin renunciar a las anteriores.
Durante años, Verónica construyó su camino en el periodismo, la locución y la comunicación. Los micrófonos, las entrevistas, la publicidad y la producción de contenidos continúan formando parte de su presente. Esa vocación no quedó del otro lado del océano; viajó con ella. Hoy sigue grabando locuciones, desarrollando proyectos vinculados a la comunicación y encontrando en la radio ese espacio que, como ella misma reconoce, sigue siendo parte de su esencia.
Lo que cambió no fue su identidad. Cambió su manera de vivirla. Italia no reemplazó una profesión por otra. Le permitió descubrir que una vida puede contener más de una vocación. Que el trabajo manual puede convivir con el intelectual. Que una comunicadora también puede enamorarse de un oficio aprendido desde cero. Y que la pasión, cuando es auténtica, rara vez entiende de etiquetas.
En tiempos donde el éxito suele medirse por los títulos acumulados, los cargos alcanzados o la estabilidad conquistada, la historia de Verónica propone una pregunta incómoda y necesaria: ¿qué ocurre cuando nos animamos a dejar de definirnos por una única profesión para descubrir todo aquello que también somos capaces de hacer?
Tal vez, como sucede en los campos recién arados, haya que animarse primero a remover la tierra para descubrir todo lo que todavía permanece escondido bajo la superficie.
Volver a empezar no era volver atrás
Hay una frase que suele repetirse cada vez que alguien anuncia que dejará su país para empezar una nueva vida en otro lugar. Cambian las palabras, el tono o la intención, pero el mensaje casi siempre es el mismo: «Vas a terminar haciendo trabajos que nunca imaginaste hacer». Verónica Labat también escuchó esas voces.
Algunas llegaban envueltas en una preocupación sincera; otras, en cambio, parecían esconder la necesidad de recordar que emigrar implicaba resignar una profesión, un prestigio o una posición construida durante años. «Vas a limpiar copas», «vas a hacer los trabajos que ellos no quieren hacer», fueron algunas de las frases que quedaron resonando antes de cruzar el Atlántico.
Con el tiempo comprendió que aquellas afirmaciones partían de un error muy frecuente: creer que el trabajo dignifica solo cuando coincide con el título que figura en un diploma.

Una historia que cruza el océano en las dos direcciones
Cuando Verónica habla de Italia, hay algo que aparece una y otra vez en su relato: la sensación de haber llegado a una tierra que, de algún modo, no le resulta completamente ajena. Está en los nombres de los pueblos, en las costumbres, en la comida, en la familia reunida alrededor de una mesa y también en esa curiosa familiaridad que aparece cuando descubre cuánto de la cultura italiana ya estaba presente, desde siempre, en su propia vida argentina.
Argentina e Italia llevan generaciones encontrándose, separándose y volviendo a encontrarse a través de sus migrantes. Durante décadas, millones de italianos cruzaron el Atlántico en dirección a nuestro país. Hoy, en muchos casos, son sus hijos, nietos y bisnietos quienes recorren el camino inverso.
Las cifras del Instituto Nacional de Estadísticas de Italia (ISTAT) permiten dimensionar que al 1 de enero de 2026, 5,56 millones de personas con ciudadanía extranjera residían en Italia, el 9,4 % de la población. En 2025, el saldo migratorio con el exterior fue de aproximadamente 348.000 personas. Al 31 de diciembre de 2024, 6,382 millones de ciudadanos italianos residían fuera de Italia. Argentina aparece entre los países de América Latina con una relación histórica especialmente fuerte con Italia.
Labat conoce esa sensación de pertenecer a dos lugares al mismo tiempo. Solo que en su caso el movimiento fue diferente. Ella no cruzó el océano para reencontrarse con una tierra de antepasados. Lo hizo para buscar una posibilidad de vida. Y allí aparece otra dimensión de su historia. Italia es hoy un país profundamente atravesado por la inmigración. La inmigración internacional se ha convertido, además, en uno de los principales factores que compensan el descenso natural de la población italiana.
Según datos del ISTAT correspondientes al 1.º de enero de 2025, elaborados por Tuttitalia, 18.104 personas con ciudadanía argentina residían en Italia. La cifra no contempla a quienes, siendo de origen argentino, ya cuentan con ciudadanía italiana. Y allí aparece una cifra que vuelve a unir las dos orillas. Hay algo todavía más interesante para la historia de Labat: Italia y Argentina mantienen una relación migratoria de ida y vuelta, más de un millón de ciudadanos italianos residen en Argentina. El propio ISTAT (Instituto Nacional de Estadística) registró cerca de un millón de ciudadanos italianos residentes en Argentina a fines de 2024, aunque la inmensa mayoría nació fuera de Italia, es decir, son descendientes de italianos.
La paradoja es inevitable. Mientras Verónica construye su presente en Italia, miles de argentinos hacen algo parecido, algunos impulsados por las mismas razones que ella y otros atraídos por una historia familiar que comenzó muchas décadas atrás.
Unos italianos cruzaron el océano para empezar de nuevo en Argentina. Ahora, algunos de sus descendientes cruzan el mismo océano en sentido contrario. Pero cuando Verónica habla de su experiencia, no parece estar pensando en estadísticas. Piensa en algo mucho más concreto. En el mate que sigue estando. En el asado. En los amigos. En ese abrazo especial que se dan quienes migraron. En el mar que dejó atrás y que, aunque ahora esté a una hora de distancia, necesita volver a pisar cada tanto. En las costumbres italianas que aprendió a querer. En las fiestas de los pueblos. En las familias que todavía preparan juntas la passata di pomodoro o participan de la raccolta di olive. En la pregunta que hace cada vez que compra un producto: si el tomate es italiano, si la carne es de Molise, si aquello que está llevando a su mesa fue producido cerca.
No volvió a Italia para recuperar una vida que alguna vez había pertenecido a su familia. Llegó para construir una propia. Y quizás por eso su metáfora del campo recién arado tenga todavía más sentido. La tierra puede tener historia. Pero la cosecha siempre vuelve a ser propia.
Al llegar a Italia entendió que no tenía sentido aferrarse a una identidad profesional como si fuera una credencial inamovible. Había estudiado, se había formado, había trabajado durante años en los medios de comunicación y esa experiencia seguía siendo parte de ella. Pero también sabía que estaba entrando en un país con otra lengua, otras reglas, otra burocracia y otra manera de reconocer las trayectorias profesionales.
Más que frustración, aquello despertó curiosidad. «Cuando llegás a un país diferente sentís la necesidad de encontrar tu lugar. No significa dejar de ser quien sos, sino entender que no podés pretender hacer inmediatamente lo mismo que hacías antes. Mis estudios eran de otro país, en otro idioma, y revalidarlos llevaba tiempo. Entonces la pregunta dejó de ser qué había perdido y pasó a ser qué otras cosas era capaz de hacer».
«Empecé a recordar trabajos que había hecho y casi había olvidado. Ahí descubrí que podía hacer muchas más cosas de las que imaginaba. Siempre hay lugar para aprender. ¿Si estás lejos de todo, cómo vas a negarte la posibilidad de reinventarte?».
La pregunta, formulada casi al pasar, termina convirtiéndose en una definición de principios. Porque reinventarse, para Verónica, nunca implicó negar el camino recorrido. El periodismo no desapareció de su vida. La radio tampoco. Las locuciones comerciales, los proyectos vinculados con la comunicación y ese universo construido alrededor de la palabra siguen acompañándola desde Italia. La diferencia es que hoy ya no siente la obligación de que una sola actividad sostenga toda su vida profesional.
«Hoy la radio ocupa otro lugar. Siempre va a ser una pasión. Tenemos un estudio en casa, sigo grabando publicidades, aparecen proyectos y los disfruto muchísimo. Tal vez ahora los disfruto más porque no dependen exclusivamente de eso para vivir».
En tiempos donde la productividad suele medirse por la especialización extrema, su recorrido parece ir en sentido contrario. Mientras muchas personas sienten que una profesión las define para siempre, ella descubrió que la identidad puede expandirse. Que la experiencia acumulada nunca desaparece. Y que empezar de nuevo no significa regresar al punto de partida, sino caminar hacia un lugar distinto llevando consigo todo lo aprendido.
Fue precisamente esa convicción la que, casi sin imaginarlo, la llevó a aceptar una propuesta inesperada. Una propuesta que cambiaría para siempre su relación con el trabajo, con los oficios y, curiosamente, también con la manera de comprender la cultura italiana.
El lenguaje de las manos
Hay decisiones que llegan sin anunciarse y terminan modificando el rumbo de una vida. No aparecen como un gran proyecto ni como un sueño largamente planificado. A veces llegan en forma de una conversación casual, de una propuesta inesperada o de alguien que, casi sin saberlo, abre una puerta que jamás habíamos imaginado cruzar.
En Italia, esa puerta apareció de la mano de un amigo argentino, cordobés, que ya conocía de primera mano las incertidumbres que acompañan a quienes buscan hacerse un lugar lejos de su país.
«Vero, sé que estás buscando trabajo en cocinas, pero… ¿no te animarías a venir a la carnicería donde estoy yo? Justo están buscando una chica. Fijate si te gusta y después ves».
La propuesta la descolocó. Una carnicería no figuraba en ninguno de los planes que había imaginado antes de emigrar. Su vínculo con ese mundo terminaba, como bromea entre risas, en haber «destrozado algún pollo» en la cocina de su casa. Nada más.
Pero si algo había aprendido desde que llegó a Italia era que los prejuicios suelen ser un obstáculo mucho más grande que la falta de experiencia. Después de todo, ¿cómo negarse a una oportunidad cuando el objetivo era, precisamente, empezar de nuevo?
Aceptó. No porque supiera hacerlo. Aceptó porque entendió que toda reinvención exige volver a ocupar un lugar que los adultos suelen evitar: el del aprendiz.
Los primeros días estuvieron llenos de descubrimientos. Aprendió a utilizar las máquinas, a preparar hamburguesas, a elaborar chorizos, a reconocer los tiempos del trabajo y a comprender que detrás de cada tarea existía un conocimiento que solo podía adquirirse con paciencia y práctica.
Con el tiempo cambió de carnicería. Fue entonces cuando apareció una nueva posibilidad. La dueña del local despostaba la carne con una destreza que la fascinó desde el primer momento.

En lugar de conformarse con lo que ya sabía, volvió a elegir el camino más difícil. «Yo sé hacer hamburguesas, chorizos, sé usar las máquinas… pero quiero aprender a despostar. Quiero hacer eso que hacés vos».
La respuesta llegó de la mejor manera posible: alguien dispuesto a enseñar. Sin apuros. Sin atajos. Como se transmiten los oficios que pasan de generación en generación.
Con el tiempo, aquella mujer que había llegado sin conocer prácticamente nada de ese universo terminó encontrando una satisfacción inesperada en un trabajo que exige precisión, respeto por la materia prima y una atención permanente a los detalles.
Hoy disfruta aprendiendo sobre los distintos cortes italianos, pero también sonríe cuando un argentino cruza la puerta del local y descubre que detrás del mostrador hay una compatriota que entiende perfectamente qué significa cortar una buena tira de asado o encontrar un vacío que, en Italia, prácticamente no existe como se lo conoce en nuestro país.
No hay nostalgia en ese gesto. Hay pertenencia. La posibilidad de tender un puente entre dos culturas que hoy forman parte de su vida cotidiana.
El oficio terminó enseñándole otra manera de relacionarse con el trabajo. Una en la que el conocimiento no siempre llega a través de un título, sino también mediante la experiencia, la observación y la generosidad de quien comparte lo que sabe.
Sin embargo, sería un error pensar que ese descubrimiento desplazó al periodismo o a la comunicación. La radio continúa ocupando un lugar central en su vida. Junto a su marido, con quien se fue a Italia, mantiene un estudio en casa, sigue realizando locuciones publicitarias y participa en distintos proyectos vinculados con la comunicación. La diferencia es que hoy esa faceta convive con otra que jamás había imaginado desarrollar.
«La radio siempre me apasionará. Estoy con algunos proyectos para no dejar de despuntar el vicio de la profesión. Tenemos el estudio en casa, siempre aparece alguna locución para hacer y la disfruto muchísimo. Pero hoy ocupa otro lugar. Ya no es mi principal sustento y, justamente por eso, siento que la disfruto todavía más».
Esa transformación también la llevó a revisar una idea muy instalada sobre las profesiones y los oficios. «En el último tiempo nuestra profesión muchas veces se confundió con un hobby. Parecía que, porque amabas hacerla, no hacía falta pagarla como correspondía. Y no es así. La vocación es un extra, pero una profesión también es una inversión de tiempo, de estudio y de dinero. La pasión nunca debería ser una excusa para desvalorizar el trabajo».
Su reflexión no surge del desencanto, sino desde la experiencia. Haber aprendido un oficio artesanal no la alejó del periodismo. Por el contrario, le permitió reconciliarse con el valor del trabajo en todas sus formas y comprender que una vocación no necesita excluir a la otra para seguir siendo auténtica.
Porque si algo demuestra su historia es que la identidad no se abandona cuando se cambia de país. También puede crecer. Y, a veces, hacerlo desde lugares que jamás habíamos imaginado.
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Es periodista, escritor, guionista y ex vicepresidente de la Sociedad Argentina de Escritores. Nació en Rosario y reside en Mar del Plata desde 1984. Actualmente publica artículos de opinión en el diario Nueva Tribuna y en Público, ambos medios gráficos de Madrid, España. Además, colabora con la sección Cultura del diario La Capital de Mar del Plata.
