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En esta entrevista, Angélica Cid Rubio, integrante de Mariposas Sin Fronteras (Chile), relata los orígenes de la organización que surgió para acompañar y asistir a mujeres migrantes y trabajadoras sexuales. Su trabajo se sostiene en las redes de cuidado colectivo, pues —como ella misma afirma— «una mujer sola resiste, pero muchas mujeres juntas pueden construir otra realidad».


Angélica Cid Rubio es integrante de Mariposas Sin Fronteras, una organización que acompaña a mujeres migrantes y trabajadoras sexuales en situaciones de vulnerabilidad social. Nacida en el sur de Chile, Angélica conoció desde temprano las dificultades que acompañan los procesos de movilidad y búsqueda de oportunidades. Su trayectoria está marcada por múltiples experiencias laborales y por una vida «bohemia», ligada al mundo del espectáculo popular. Fue bailarina, trabajó en locales nocturnos y desarrolló distintos oficios que le permitieron sostener a su familia mientras transitaba contextos de precariedad, violencia y exclusión.

Con el tiempo, esas experiencias se transformaron en una fuente de conocimiento y empatía para acompañar a otras mujeres. Desde hace décadas participa en iniciativas vinculadas a la defensa de los derechos de las trabajadoras sexuales y al fortalecimiento de redes de apoyo para mujeres migrantes en el norte de Chile. Su trabajo en la organización se sostiene en la escucha y la cercanía cotidiana, para construir un espacio de cuidado donde, muchas veces, las instituciones no llegan.

En diálogo con Refugio Latinoamericano, Angélica reflexiona sobre su propia trayectoria, los desafíos que enfrentan las mujeres migrantes y trabajadoras sexuales, la organización comunitaria y el cuidado colectivo como forma de resistencia.

En tu historia aparece muy fuerte la idea de supervivencia. ¿En qué momento sentiste que esa experiencia personal podía transformarse en una forma de organización colectiva?

—Creo que sucede cuando una entiende que lo que le pasó no es individual. Aunque no soy migrante, crecí viendo distintas formas de precariedad, violencia y abandono. Con el tiempo, comprendí que muchas de esas experiencias se profundizan más en mujeres migrantes y trabajadoras sexuales. Al principio, una intenta sobrevivir sola resolviendo lo urgente, sosteniendo la vida cotidiana como puede. Después, empiezas a ver que las otras mujeres están atravesadas por los mismos miedos, las mismas exclusiones y las mismas violencias estructurales. En el caso de muchas trabajadoras sexuales migrantes, además aparecen el abuso policial, el racismo, la discriminación y la invisibilización institucional. Ahí comprendí que la supervivencia no podía ser solamente individual, porque una mujer sola resiste, pero muchas mujeres juntas pueden construir otra realidad.

En Antofagasta, durante los años más duros de la pandemia, muchas mujeres migrantes y trabajadoras sexuales quedaron completamente desprotegidas. Ahí empezamos a organizarnos desde lo comunitario: ollas comunes, redes de alimentación, acompañamiento y espacios de cuidado mutuo. Mariposas Sin Fronteras fue creciendo desde esa experiencia concreta de supervivencia colectiva. Nuestra organización nace justamente desde esa necesidad: transformar el miedo y la precariedad en una red colectiva de apoyo, dignidad y organización.

Angélica Cid Rubio, referente de la organización Mariposas sin Fronteras.
Angélica Cid Rubio cuenta con una amplia trayectoria de acompañamiento a las mujeres en situaciones de vulnerabilidad | Foto: redes sociales

—Muchas veces se habla de migración desde cifras o discursos. Desde tu experiencia, ¿qué significa realmente migrar para las mujeres que ustedes acompañan?

Para ellas, migrar no es solamente cambiar de país. Significa también dejar atrás hijos, vínculos, idioma, historias y formas enteras de pertenencia. Muchas mujeres llegan atravesadas por experiencias de violencia, pobreza, abandono, y cuando cruzan la frontera comienza otra lucha. La migración femenina está profundamente atravesada por el cuidado. Son mujeres que migran para sostener económicamente a sus familias, alimentar hijos que quedaron lejos o cuidar a otras personas en los países de destino.

En el caso de muchas trabajadoras sexuales migrantes, implica vivir bajo condiciones permanentes de vulnerabilidad: en el país de destino encuentran explotación laboral, violencia institucional, racismo y una enorme invisibilización social. Muchas mujeres sobreviven en condiciones muy precarias, asentadas en campamentos o sosteniéndose desde economías informales, mientras intentan reconstruir sus vidas lejos de sus territorios de origen. 

—Has dicho que “migrar también es sostener la vida de otras personas”. ¿Cómo aparece el cuidado dentro de las redes que construyen entre mujeres?

El cuidado aparece todos los días. Aparece cuando una mujer recién llegada necesita comida, un lugar donde dormir o alguien que la acompañe a hacer un trámite. Pero también aparece en dimensiones más profundas: escuchar a otra mujer llorar porque extraña a sus hijos, acompañarla después de una situación de violencia o ayudarla a recuperar confianza en sí misma.

Entre trabajadoras sexuales migrantes el cuidado también tiene que ver con la protección cotidiana. Nos avisamos sobre situaciones de riesgo, compartimos información, acompañamos a compañeras a hospitales o instituciones y tratamos de que ninguna quede completamente sola. Durante la pandemia eso se volvió todavía más evidente. Muchas veces las propias organizaciones y las redes entre mujeres fueron las únicas que sostuvieron alimentación, medicamentos, contención emocional y ayuda cotidiana en campamentos y barrios populares.

Entendemos el cuidado no como algo asistencial, sino como una práctica política. Porque en contextos donde el Estado muchas veces no llega, son las propias mujeres quienes sostienen la vida cotidiana de otras mujeres. Las redes comunitarias terminan convirtiéndose en una forma de familia construida desde la experiencia compartida.

—¿Cómo trabaja Mariposas Sin Fronteras frente a situaciones de abandono institucional, violencia o vulneración de derechos?

—Lo primero es no dejar sola a la persona. Muchas veces las mujeres llegan después de haber sido ignoradas, perseguidas o maltratadas institucionalmente, entonces lo primero es reconstruir confianza. En muchos casos trabajamos con mujeres que, además, viven en condiciones habitacionales muy precarias, donde la vulnerabilidad se profundiza por la falta de acceso a servicios básicos, salud y protección institucional.

Trabajamos acompañando procesos como el acceso a salud, regularización migratoria, denuncias por violencia, alimentación, vivienda y contención emocional. También orientamos a las mujeres frente a situaciones de explotación, abuso o vulneración de derechos. Asimismo, desarrollamos espacios de cuidado integral porque muchas compañeras viven altos niveles de desgaste físico, emocional y psicológico. Entendemos que el bienestar también forma parte de la defensa de derechos.

Además de responder a las urgencias, buscamos generar herramientas para que las mujeres puedan recuperar autonomía y fortalecer su capacidad de organización colectiva.

«La migración femenina está profundamente atravesada por el cuidado», afirma Cid Rubio. Su labor junto a Mariposas sin Fronteras se enfoca en la construcción de redes de cuidado y acompañamiento | Foto: gentileza

—¿Qué lugar ocupa la escucha en el trabajo comunitario que realizan cotidianamente?

—La escucha es fundamental, escuchar es reconocer humanidad. Es decirle a otra persona: «tu historia importa». Y cuando una mujer siente que puede hablar sin miedo ni vergüenza, empieza a reconstruirse algo muy profundo. La escucha crea comunidad porque rompe el aislamiento. Y el aislamiento es una de las formas más fuertes de violencia.

Muchas mujeres migrantes y trabajadoras sexuales pasan años sin sentirse realmente escuchadas. Todo el tiempo alguien les dice cómo deben vivir, cómo deben comportarse o cómo deben sobrevivir, pero pocas veces alguien se detiene a escuchar lo que sienten o necesitan. En contextos de migración, precariedad y exclusión, ser escuchada es una forma de recuperar dignidad y volver a sentirse parte de una comunidad.

—¿Qué apoyos concretos necesitan hoy las organizaciones comunitarias que sostienen redes de cuidado entre mujeres migrantes?

Necesitamos apoyo real y sostenido, no solamente discursos. Las organizaciones trabajan con un enorme desgaste emocional y material. Hace falta financiamiento, espacios físicos, apoyo psicológico, asesoramiento jurídico y políticas públicas construidas junto a las comunidades.

Muchas organizaciones nacieron o se fortalecieron durante la pandemia respondiendo a urgencias muy concretas: hambre, violencia, falta de vivienda, abandono sanitario y precarización. Sin embargo, gran parte de ese trabajo sigue dependiendo de la autogestión y del esfuerzo de las propias mujeres.

También necesitamos recursos para sostener espacios de cuidado integral para mujeres migrantes y trabajadoras sexuales: salud, descanso, contención emocional y acompañamiento físico. Además necesitamos reconocimiento. El trabajo de las organizaciones territoriales, muchas veces, termina siendo invisibilizado.

*Esta entrevista se dio en el marco de la residencia de investigación en el Instituto ISLA de Antofagasta —espacio dedicado a las prácticas artísticas, territoriales y de investigación crítica en el norte de Chile—, donde la autora tomó contacto con Angélica Cid Rubio, integrante de Mariposas Sin Fronteras.


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Equipo periodístico |  + notas

María Estévez, abogada, artista escénica, gestora cultural. Mi trabajo se entrelaza con la economía social mutuales y las cooperativas, espacios donde he investigado la fuerza de lo colectivo. Desde allí pienso la migración no solo como desplazamiento, sino como oportunidad de tejer redes, sostenernos en comunidad y reinventar los modos de habitar.


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