En vísperas de las celebraciones de las colectividades, la investigadora Laura Isabel Romero propone sacudir la «pereza de la mirada» institucional para redescubrir las memorias y rituales que transforman el espacio público marplatense.
En diálogo con Refugio Latinoamericano y previo a una nueva celebración de las Fiestas de las Colectividades del 6 de agosto próximo, la arquitecta e investigadora Laura Isabel Romero propone desmontar el relato monumental oficial de la ciudad costera para recuperar las memorias colectivas, rituales y cartografías vivas de las comunidades migrantes.

Caminar la ciudad más allá de los planos oficiales exige afinar la mirada en los bordes de la vida urbana: allí donde una música barrial, una feria improvisada o una celebración comunitaria irrumpen en el espacio público. Para la investigadora de la Universidad Nacional de Mar del Plata, Laura Isabel Romero, es en ese tejido invisible de lo cotidiano donde la presencia de las colectividades construye un patrimonio dinámico. En esta entrevista, la especialista toma como caso testigo las expresiones de la comunidad boliviana y propone superar la «pereza de la mirada» institucional para comprender que la identidad de un territorio nunca es una sola.
Durante décadas, la identidad urbana de Mar del Plata se narró principalmente a través de sus edificios emblemáticos y de los estilos arquitectónicos que marcaron su desarrollo. Chalets pintoresquistas, hoteles históricos y estructuras frente al mar consolidaron una imagen patrimonial ligada a lo monumental.
Pero Romero advierte que esa narrativa fue construida históricamente desde una lógica que privilegia los objetos materiales por sobre las experiencias culturales.
Las memorias sociales —especialmente las de comunidades migrantes— suelen quedar fuera de ese relato oficial. Sin embargo, esas memorias persisten a través de prácticas que atraviesan generaciones: rituales religiosos, comidas compartidas, músicas, celebraciones colectivas y formas de encuentro que sostienen la vida comunitaria.
El desafío, sostiene la arquitecta, es ampliar la mirada patrimonial y reconocer que la ciudad también se construye a partir de prácticas culturales vivas, no solamente de edificios o monumentos.
Las migraciones producen un fenómeno particular en el campo cultural. Las tradiciones se trasladan junto con las personas que migran, pero al hacerlo inevitablemente se transforman.
El rito ya no ocurre en el mismo paisaje ni bajo las mismas condiciones sociales. Los recursos cambian, el entorno urbano es distinto y la comunidad debe adaptarse a un nuevo territorio. Lejos de perderse, muchas de estas prácticas se fortalecen como espacios de identidad.
En ese proceso aparecen adaptaciones, nuevos recorridos para las celebraciones y formas diferentes de organizar la vida comunitaria. Se produce un mestizaje cultural donde la memoria del lugar de origen dialoga con la experiencia del nuevo territorio.
El patrimonio, en ese contexto, deja de ser una pieza fija del pasado para convertirse en un proceso dinámico de reconstrucción simbólica.
Incorporar la dimensión migrante implica también cambiar la forma en que se piensa la cartografía cultural de la ciudad. Los lugares que adquieren centralidad no siempre coinciden con los circuitos tradicionales del patrimonio. Una plaza barrial donde se celebra un carnaval, un club donde ensaya un grupo de danza o una calle donde se realiza una procesión religiosa pueden convertirse en nodos culturales fundamentales.

Para Romero, mapear la cultura desde la experiencia migrante implica registrar trayectorias, afectos y redes sociales. Significa comprender la ciudad como un tejido de territorios culturales donde diferentes comunidades producen sentido y pertenencia.
La experiencia de la comunidad boliviana
Uno de los campos de observación más significativos en el trabajo de Romero ha sido la comunidad boliviana en Mar del Plata.
A través de festividades, devociones religiosas, música y danza, esa comunidad ha construido espacios de encuentro donde la identidad colectiva se renueva continuamente.
Celebraciones como el carnaval, las fiestas patronales o las conmemoraciones de la independencia boliviana no funcionan únicamente como recordatorios del país de origen. También crean comunidad en el presente.
La pertenencia, en ese contexto, deja de depender exclusivamente del lugar de nacimiento. Se construye a partir de prácticas compartidas que conectan la memoria del lugar de origen con la vida cotidiana en la ciudad.
La relación entre estas expresiones culturales y la ciudad que las recibe no siempre es uniforme. En algunos casos aparece la curiosidad y la hospitalidad de vecinos que se acercan a observar los bailes, escuchar música o participar de las celebraciones. En otros persiste cierta distancia, muchas veces vinculada al desconocimiento.
Estas tensiones forman parte de los procesos culturales de toda ciudad diversa. Al mismo tiempo, las celebraciones migrantes abren espacios de diálogo y visibilización que amplían los límites de la identidad urbana.
Para Romero, muchas de las expresiones culturales de la comunidad boliviana ya forman parte del paisaje cultural de Mar del Plata. Las bandas andinas, las danzas de las fraternidades, las procesiones religiosas o la gastronomía tradicional constituyen manifestaciones que se recrean continuamente en el presente. Por eso las define como patrimonio vivo. Reconocerlas implica comprender que el patrimonio no es solamente una colección de objetos históricos, sino un proceso cultural sostenido por las comunidades.
Superar la «pereza de la mirada»
A pesar de su vitalidad, muchas de estas prácticas permanecen invisibilizadas dentro de los relatos oficiales sobre la ciudad. Romero habla de una «pereza de la mirada» que impide reconocerlas como parte del patrimonio cultural. Ferias comunitarias, altares domésticos, comidas colectivas o ensayos de danza en clubes barriales suelen quedar fuera de los registros institucionales porque no adoptan la forma tradicional del monumento o de la institución cultural formal.

Sin embargo, son precisamente esos espacios cotidianos los que sostienen la memoria cultural de muchas comunidades migrantes. Superar esa pereza implica aprender a observar la ciudad desde otra perspectiva.
Si durante mucho tiempo el patrimonio urbano estuvo asociado principalmente a edificios emblemáticos y monumentos históricos, la mirada de Romero propone pensar en otra dimensión de la memoria colectiva. Para la arquitecta, la ciudad también se escribe en las prácticas culturales que las comunidades sostienen día a día: en las festividades, en la música, en las procesiones religiosas, en las comidas compartidas o en los encuentros que transforman una plaza barrial en un espacio de pertenencia. Para Laura Romero, reconocer estas expresiones implica asumir que el patrimonio no es únicamente una herencia material del pasado, sino un proceso vivo que las comunidades recrean continuamente.
En esa perspectiva, el futuro de la identidad marplatense dependerá de su capacidad para reconocer que la ciudad también está hecha de migraciones, de territorios culturales compartidos y de múltiples historias de viaje que, al encontrarse, siguen transformando el paisaje humano de Mar del Plata.
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Es periodista, escritor, guionista y ex vicepresidente de la Sociedad Argentina de Escritores. Nació en Rosario y reside en Mar del Plata desde 1984. Actualmente publica artículos de opinión en el diario Nueva Tribuna y en Público, ambos medios gráficos de Madrid, España. Además, colabora con la sección Cultura del diario La Capital de Mar del Plata.
