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En diálogo con Refugio Latinoamericano, la escritora marplatense Gabriela Exilart —autora de «Tierra herida», «Napalpí», «Atrapada en el viento» y «Los hijos de la cosecha», entre otros títulos— reflexiona sobre el desarraigo, la memoria, el exilio interior y las vidas de las personas comunes que la historia dejó afuera de las narrativas hegemónicas.


Hay personas que migran de país. Otras migran para siempre de la vida que alguna vez conocieron. Hay personas que cruzan océanos, otras atraviesan guerras, pérdidas, silencios familiares o tragedias históricas. Pero todas comparten algo: nunca regresan siendo las mismas. En la obra de Gabriela Exilart, los desplazamientos no siempre ocurren entre países; muchas veces suceden dentro de las personas.

Desde la inmigración hasta los exilios emocionales, la escritora marplatense ha construido una narrativa poblada de personajes que buscan reconstruirse después de haber sido expulsados de aquello que les daba un marco de pertenencia. «Creo que no, que nunca se vuelve del todo», reflexiona en esta conversación con Refugio Latinoamericano. «Y quien vuelve, tampoco es el mismo que se fue».

A veces el desarraigo no ocurre en un aeropuerto ni en una frontera. Ocurre en silencio. En una historia familiar. En el contexto de una guerra o en masacre. En una lengua que se empieza a perder. En la sensación de habitar un lugar que ya no reconoce a quien lo habita.

«Pienso que hay muchas formas de exilio, y no siempre se mide en kilómetros, sino en la pérdida de pertenencia», afirma la escritora. Y en esa frase parece condensarse gran parte de una obra obsesionada con las heridas invisibles de la historia: los desplazados, los silenciados, las mujeres borradas, los pueblos arrasados, las familias partidas por el dolor y las personas que intentan reconstruirse después de haber sido expulsadas de una tierra, de una identidad o de un pasado.

Escritora, docente universitaria y abogada, Exilart viene construyendo desde hace años una de las voces más singulares de la novela histórica argentina contemporánea. Publicadas por el grupo Penguin Random House, Sus novelas no se detienen en la «gran historia», sino en aquello que quedó debajo: las vidas comunes atravesadas por acontecimientos devastadores, que transcurren atravesadas por las experiencias de los exilios y el desarraigo.

Solo con el examen de algunos de sus títulos, se puede afirmar que Exilart hace de la historia su territorio narrativo. En «Renacer de los escombros» (2014), la autora narra una historia de amor que transcurre en el contexto de los terremotos de la provincia de San Juan de 1944. En «Napalpí. Atrapada en el viento» (2018) reconstruyó la masacre de pueblos originarios ocurrida en la reducción chaqueña en 1924, entrelazando los destinos de dos mujeres entre Buenos Aires y el Chaco. Luego, con «Secretos del alba» (2021), donde los protagonistas son los hijos de la Guerra Civil Española y las memorias familiares de aquélla tragedia fratricida. Con «El susurro de las mujeres» (2022) se trasladó al Buenos Aires del Centenario para seguir a dos inmigrantes italianas que, de la mano de la médica y activista Julieta Lanteri, se suman a las primeras luchas por el voto y los derechos civiles de las mujeres. Ese mismo año publicó «Pulsión», un quiebre en su línea histórica: una novela contemporánea, inspirada en el caso del asesinato de Fernando Báez Sosa, que narra desde la voz de una madre y una amiga la violencia juvenil «en manada» a la salida de los boliches.

La autora junto a su más reciente novela, «Tierra herida» (2026), publicada por Penguin Random House | Foto: Instagram

En «Los hijos de la cosecha» (2024) volvió al pasado y a la inmigración, esta vez en la Misiones de la yerba mate y la masacre de Oberá de 1936, donde el choque entre colonos europeos deriva en tragedia. En «El secreto de Azucena» (2025) rescató otra matanza silenciada, la de Tata Dios, ocurrida en Tandil el 1º de enero de 1872, cuando una turba de gauchos asesinó a treinta y seis inmigrantes: allí Azucena Caballero debe hacerse cargo de su familia y enfrentar a una sociedad hostil con los extranjeros y con las mujeres que se atreven a tener poder. Y en «Tierra herida» (2026), su más reciente novela, retomó volvió a Tandil, ahora a comienzos del siglo XX: mientras Buenos Aires se embellece con adoquines para el Centenario, en las canteras de Cerro Leones una comunidad de inmigrantes europeos —los picapedreros que tallaban esas mismas piedras— sobrevive en condiciones de semiesclavitud hasta que empieza a organizarse para reclamar por sus derechos laborales, contexto en el cual también empiezan a aparecer las voces de un feminismo incipiente.

Las novelas de Exilart están atravesadas por la investigación histórica, pero no habla de los documentos como materiales fríos. Habla de cartas, testimonios, archivos y voces que permiten escuchar emocionalmente a quienes ya no están. «Nunca dejo de mirar documentos, porque no hay nada que separe la investigación de la emoción. Los archivos humanizan a los personajes», explica. Para la autora, tanto es así que en otra entrevista, a propósito de «Pulsión», manifestó que «lloró mucho mientras investigaba». Y tal vez ahí esté una de las claves más profundas de su obra. Porque Exilart no parece indagar las tragedias del pasado desde la distancia histórica, sino desde una implicación emocional concreta a través de la palabra. Como si cada tragedia, cada desplazamiento o cada silencio histórico dejara también una marca en quien asume la tarea de narrarlas.

«No busco generar morbo. El dolor humano no necesita maquillaje para impactar», aclara. Por eso cuando escribe sobre la Guerra Civil Española, sobre Napalpí o sobre el terremoto de San Juan de 1944, no pone el foco tanto en la materialidad de los grandes hechos históricos, sino en cómo esos acontecimientos impactaron en la vida cotidiana de personas comunes: desarraigos, familias partidas, huérfanos, mujeres obligadas a resistir, exilios y sujetos que intentan seguir adelante después de haberlo perdido casi todo.

Quizá por eso sus novelas dialogan de manera tan natural con el presente migratorio, incluso cuando narran hechos ocurridos décadas o siglos atrás. Porque en el fondo no hablan solamente del pasado: hablan de la condición humana frente a la pérdida. «El inmigrante necesita ser aceptado para conseguir trabajo, para insertarse en esa nueva sociedad en la que es un extraño, y en ese camino de supervivencia se va dejando de ser uno mismo», reflexiona la escritora. «No siempre se trata de dejar solo un país. A veces uno se exilia de la familia, o es la propia familia la que te excluye. Ese destierro afectivo es mucho más doloroso que tener que dejar la tierra natal», afirma.

En la obra de Exilart la memoria tampoco aparece como un recuerdo estático, sino como una carga viva que atraviesa generaciones. Habla de silencios familiares, nostalgias heredadas y de los traumas que se transmiten de generación en generación incluso cuando nadie los nombra. Así, los traumas del exilio exceden el plano geográfico y se vuelven parte del interior de uno mismo. «Te sentís extranjero en tu propia casa, con tu gente, aunque habites bajo el mismo techo y hables el mismo idioma. Creo que ese es el verdadero exilio interior: sentir que ya no hay sitio a donde volver».

«Lo que una generación calla, a veces se manifiesta en la siguiente en forma de miedos o sensaciones que no se pueden explicar», sostiene. Y entonces aparece una de las imágenes más potentes de toda la conversación: familias que conservan «la valija lista, por si hubiera que huir».

En la obra de Exilart también aparecen con mucha fuerza las luchas de las mujeres que atraviesan su obra. Aunque corrige rápidamente una expresión: no fueron resistencias «silenciosas», dice, sino «silenciadas». Habla entonces de mujeres invisibilizadas por las historiografías dominantes. De luchadoras como Julieta Lanteri. De obreras, sindicalistas y mujeres que sostuvieron familias enteras en contextos de violencia y exclusión. «Las mujeres ejercieron roles activos y generaron cambios necesarios para que hoy gocemos de ciertos derechos. Y merecen progatonismo», afirma.

La conversación vuelve una y otra vez sobre la memoria y los desplazamientos humanos; sobre aquello que obliga a una persona a abandonar todo lo conocido. «Nadie deja todo por un simple capricho o ansias de aventura», dice Exilart. «Detrás de cada migrante hay una herida histórica que lo empujó a dejar su mundo». Entonces menciona algo que atraviesa tanto la literatura como otras expresiones culturales argentinas: el Tango. «Las letras de tango están cargadas de nostalgia y desarraigo de quienes cruzaron el océano», explica. «La literatura, como el tango, ayuda a entender el origen de esos desplazamientos».

En tiempos donde el discurso público suele endurecerse frente a los migrantes y desplazados, Exilart evita las simplificaciones. No piensa la literatura como un espacio de propaganda ni como un territorio aleccionador. Pero sí como una forma de resistencia cultural y reparación simbólica.

«Estoy convencida de que desde la literatura podemos visibilizar y dar voz a todos aquellos que no fueron contados», sostiene. «Es una manera de hacer justicia, aunque más no sea de manera literaria». Y quizás por eso sus novelas producen algo más profundo que una reconstrucción histórica: lo que hacen es devolver humanidad allí donde el relato oficial dejó rastros documentales, estadísticas o peor, silencios.

Hacia el final de la conversación aparece inevitablemente una pregunta que atraviesa no solo la literatura de Exilart, sino también gran parte de las historias migratorias contemporáneas: si alguna vez alguien deja verdaderamente de ser migrante. La escritora se queda pensando la respuesta. Y finalmente dice: «Creo que no, que nunca se vuelve del todo. Y quien vuelve, tampoco es el mismo que se fue».

Entonces recuerda una imagen sencilla: regresar a un lugar de la infancia que alguna vez pareció enorme y descubrir que ya no lo es. Entender que no solo cambió el paisaje: también cambió quien mira. «Con el migrante imagino que ocurre lo mismo», dice. «Aquello que se dejó atrás ya no existe. Y nosotros tampoco somos los mismos». Quizás ahí resida la verdad más profunda del desarraigo. Lo que verdaderamente muta no es tanto el territorio que dejamos atrás, sino nuestro interior cuando lo abandonamos.


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Es periodista, escritor, guionista y ex vicepresidente de la Sociedad Argentina de Escritores. Nació en Rosario y reside en Mar del Plata desde 1984. Actualmente publica artículos de opinión en el diario Nueva Tribuna y en Público, ambos medios gráficos de Madrid, España. Además, colabora con la sección Cultura del diario La Capital de Mar del Plata.


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