La investigadora Paula Buratovich estudia cómo viven las infancias venezolanas en Argentina. Aunque el país cuenta con un marco legal para garantizar el derecho a la educación de las personas migrantes, advierte que la inclusión muchas veces se convierte en una forma de invisibilización: los estudiantes son recibidos, pero no siempre reconocidos por su historia, sus identidades y sus necesidades específicas.
Cada vez que Paula Buratovich ingresa a una escuela para conversar con docentes sobre la experiencia de los estudiantes migrantes, escucha una respuesta que se repite con frecuencia. «Yo no puedo hablarte de los chicos migrantes porque para mí son todos iguales, yo no veo un niño migrante, yo veo a un niño». La frase, que a priori pareciera reflejar un ideal de igualdad, terminó convirtiéndose en uno de los principales ejes de su investigación. Detrás de esa intención de tratar a todos por igual, explica, muchas veces se esconde la dificultad para reconocer las trayectorias, las experiencias y las necesidades particulares de quienes llegaron desde otro país.
Socióloga y becaria doctoral del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) de Argentina, Buratovich desarrolla su trabajo en el Instituto de Investigaciones Sociales de América Latina (IICSAL-FLACSO) y se especializa en migraciones y educación, centrando sus estudios en cómo viven su proceso educativo las infancias venezolanas en Argentina.

Su investigación forma parte de un estudio comparado sobre la diáspora venezolana en Buenos Aires y Santiago de Chile, que analiza las políticas públicas y el acceso a derechos de ciudadanía de las personas migrantes. En Argentina, Buratovich centra su trabajo en las escuelas primarias de la Ciudad de Buenos Aires, donde se concentra una parte importante de esta migración reciente.
Su trabajo también dialoga con un contexto atravesado por discursos que asocian la migración con una supuesta sobrecarga de los servicios públicos, una idea que incluso los propios datos oficiales desmienten. En Argentina, el estudiantado migrante representa apenas el 1,04 % de la matrícula de la educación obligatoria, una proporción que, además, viene disminuyendo en los últimos registros. «Sin embargo, se decide construir a la migración como problema, seguramente para tapar otros problemas sociales. Como tenemos una ley de ESI (Educación Sexual Integral) que no se aplica en casi ninguna de las escuelas del país», afirma. Y sostiene que ese discurso «termina desplazando la discusión sobre otras dificultades estructurales del sistema educativo».
Qué dice la ley sobre la educación de los chicos migrantes
En términos normativos, hasta hace poco la Argentina contaba con una de las legislaciones migratorias más avanzadas de la región: la Ley de Migraciones 25.871. El gobierno de Javier Milei la modificó mediante los DNU 366/2025 y 681/2026, con el objetivo de endurecer los requisitos para acceder a la residencia permanente, restringir el acceso a servicios públicos como la salud y la educación superior, y habilitar la expulsión discrecional de personas migrantes por «discursos de odio».
En el plano educativo, sin embargo, los embates normativos no lograron alterar sustancialmente el acceso a los niveles inicial, primario y secundario: ese derecho sigue garantizado en el país, sin importar la situación migratoria de cada estudiante. El DNU 366/2025, publicado el 29 de mayo de 2025, sustituyó el artículo 7 de la Ley 25.871 y si bien eliminó el acceso a la educación terciaria y superior (garantizados en la normativa original), no pudo alterar el derecho de las personas migrantes en situación irregular para «(…) ser admitidos en establecimientos de nivel inicial, primario y secundario, tanto públicos como privados, y que su situación migratoria no puede ser causa de discriminación alguna».

Sin embargo, Buratovich advierte que entre ese marco legal y la realidad cotidiana todavía existe una distancia importante. Para la investigadora, el enfoque universalista que caracteriza a la legislación argentina constituye una fortaleza, pero también puede generar puntos ciegos. «No estoy a favor de las políticas focalizadas, pero a veces un paraguas tan amplio termina dificultando que se preste atención a las necesidades particulares de algunos grupos», explica. En otras palabras, el reconocimiento formal de los derechos no siempre se traduce en respuestas concretas para quienes atraviesan experiencias migratorias. Para la investigadora, «la legislación es muy buena, pero después la pregunta es qué pasa cuando esos chicos llegan al aula».|
Cuando no ver las diferencias también es un problema
En ese punto aparece una de las principales tensiones que identificó durante su trabajo de campo. La tradición homogeneizadora de la escuela argentina, históricamente pensada para formar ciudadanos bajo una identidad común, continúa presente en muchas prácticas docentes. «La igualdad termina siendo una forma de no ver las diferencias», resume.
Esa lógica se vuelve especialmente evidente en el caso de las familias venezolanas. A diferencia de otras corrientes migratorias que durante décadas fueron objeto de fuertes procesos de estigmatización, los estudiantes venezolanos suelen ser valorados muy positivamente por la comunidad educativa. Sin embargo, esa imagen favorable también puede transformarse en un obstáculo.
«Los docentes detectan bastantes dificultades en encontrar problemas con el estudiantado porque dicen: “Son muy educados. Vienen con familias muy formadas”, entonces pareciera que no hay conflictos». Pero cuando la investigadora conversa con las propias familias, la percepción cambia. «Y surgen quizás muchos conflictos que tuvieron en la escuela, pero a la escuela le cuesta quizás verlos».

No siempre se trata de situaciones de discriminación explícita. Muchas veces aparecen en pequeñas experiencias cotidianas: dificultades para reconocer las trayectorias migratorias, expectativas de adaptación inmediata o la ausencia de espacios donde los niños puedan hablar de lo que significa crecer entre dos países. Son ellos, justamente, quienes suelen expresar esas realidades con mayor claridad.
La investigadora recuerda el testimonio de un alumno venezolano de primaria que, al ser consultado sobre cómo se sentía, respondió con total naturalidad: «Yo me siento un poco argentino, me siento un poco venezolano, me siento miti miti». Para Buratovich, esa respuesta sintetiza una experiencia que las instituciones todavía encuentran dificultades para comprender: «los chicos muchas veces viven esas pertenencias múltiples con mucha más naturalidad que los adultos», señala.
Frente a esa diversidad, las respuestas escolares suelen depender de la iniciativa personal de algunos docentes y, en muchos casos, quedan reducidas a actividades puntuales. «Nos dicen: “Tenemos la feria del plato, donde vienen las familias bolivianas por ejemplo, cada uno con su stand, su baile típico…” Como si ser diverso se redujera a eso».
Lejos de cuestionar esos espacios de encuentro, la investigadora advierte que resultan insuficientes cuando la diversidad cultural solo aparece durante una jornada especial y desaparece del resto del año escolar. «La integración no puede reducirse a una celebración folclórica una vez al año. Tiene que formar parte de la vida cotidiana de la escuela».

Después de años de trabajo con docentes, familias y estudiantes, Buratovich sostiene que el principal desafío de la educación migrante no pasa únicamente por garantizar el acceso a las aulas. El verdadero reto comienza una vez que los chicos cruzan la puerta de la escuela: construir una institución capaz de reconocer que detrás de cada estudiante migrante hay una historia, una experiencia de movilidad y una identidad que no necesita elegir entre un país u otro para sentirse completa.
Porque, como lo evidencia la respuesta de aquel niño que se definía a sí mismo como «miti miti», la inclusión no implica suprimir las diferencias para que todos parezcan iguales, sino reconocerlas y otorgarles un lugar en la vida cotidiana de la escuela. Porque la igualdad de derechos supone también visibilizar la diversidad de trayectorias y experiencias con las que cada estudiante accede al aula.
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Periodista, fotógrafa y viajera, mi vida es una hoja con palabras por escribir y una galería de imágenes que está tejiendo relatos que conectan vivencias, saberes y personas. Mis raíces son migrantes, mis abuelos maternos llegaron de Italia y mi abuela paterna de España, mientras que mi abuelo paterno tiene raices criollas. Nací en Argentina pero viví en España y en Australia. Soy una profesional comprometida que siempre va en busca de nuevas historias.
