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«Nací en Santo Domingo, pero elegí ser argentina».
Carolina llegó al país hace más de veinte años buscando un futuro mejor. Entre violencia, trabajo petrolero, discriminación y soledad migrante, su historia refleja las desigualdades que atraviesan a muchas mujeres latinoamericanas lejos de sus redes de contención.


A los 21 años, Carolina dejó Santo Domingo para viajar a Argentina. Lo que pensó como unas vacaciones terminó convirtiéndose en una historia de encierro, violencia, trabajo en Vaca Muerta y discriminación. Más de dos décadas después, aún tiene que aclarar que, aunque nació en República Dominicana, eligió ser argentina.

En entrevista con Refugio Latinoamericano, Carolina (44) relata su llegada a Argentina en 2003, los años de encierro y violencia que atravesó, su experiencia laboral en Vaca Muerta y las dificultades que aún enfrenta como mujer migrante afrodescendiente en el país que eligió para vivir.

Cuando Carolina llegó al aeropuerto de Buenos Aires, tenía 21 años, una valija y la convicción de que en pocos días estaría de vuelta en República Dominicana. Había conocido a alguien por internet. «Solo quería venir de vacaciones», afirma. Lo que no sabía era que esa persona en la que confiaba, le quitaría el pasaporte y quemaría su pasaje de regreso.

Oriunda de Santo Domingo, Carolina, junto a sus padres y hermanos, tenía su propio restaurante, el Café de las Flores, en El Conde, la zona colonial de Santo Domingo. Una vida que ella recuerda como hermosa, muy distinta a lo que tendría que experimentar después.

«Llegué y estaba muy asustada desde el primer día», recuerda. Su primera impresión del país fue ver a la gente tomar mate en la calle. Pensó que era droga. Pensó que todos eran mafiosos.

Diez años sin salir

Durante una década, Carolina vivió en Villa Domínico, en el Partido de Avellaneda, Provincia de Buenos Aires, con una pareja que le prohibía salir de casa. La excusa era siempre la misma: que afuera robaban, que podían secuestrarla. El aislamiento fue total, sin contacto con amigas, sin trabajo ni autonomía.

Sus padres, en República Dominicana, hicieron una denuncia por secuestro. La situación salió a la luz cuando Carolina fue a atenderse a un hospital y la denuncia apareció en el sistema. Tuvo que ir a la policía y esperar a que su hermana que vivía en Rincón de los Sauces, Neuquén, llegara a buscarla.

Cuando su hermana llegó, Carolina eligió quedarse. Sus hijos, nacidos en Argentina, la ataban al país más allá de cualquier trámite y circunstancia. El padre —el mismo hombre que la mantenía encerrada— no le daría el permiso para llevárselos. La policía le confirmó que la deportación era imposible. «Muchas veces pedí que me deportaran», recuerda. «Y me decían que era imposible porque mis hijos eran argentinos».

La promesa de Añelo

Años después, cuando su pareja quiso buscar trabajo en Neuquén, Carolina llegó a Añelo, el pequeño municipio que desde el boom del fracking se convirtió en uno de los mercados laborales más activos del país. La expansión de Vaca Muerta no solo atrajo personas trabajadoras de distintas provincias argentinas, sino también a personas migrantes de distintos países de Latinoamérica, que vieron en la industria petrolera una posibilidad de estabilidad económica y mejores ingresos.

Allí también vivía su hermana y, por primera vez, Carolina tuvo personas a su alrededor que le hicieron ver lo que estaba viviendo. «Conocí personas y ellas me hicieron ver que yo vivía con mi secuestrador», dice. A raíz de esto, decidió separarse. Así, Carolina empezó a trabajar. Primero en peluquería. Luego ingresó a Techint, en el yacimiento Fortín de Piedra.

Entró como maestranza. Su jefe —a quien describe como una excelente persona que siempre la acompañó a ella y a sus compañeras en todo lo que necesitaban— le dio la oportunidad de cubrir francos que no tenían reemplazo. «De ahí lo demás se fue armando solo». Pasó a ser apuntadora, responsable de los trámites de documentación. Luego, encargada. Tres años trabajó para Techint, siempre en blanco, con contrato, obra social y aportes jubilatorios.

«A las mujeres es muy difícil contratarlas en obra. La mayoría está en limpieza, en los hoteles o los módulos. Como inmigrantes nos cuesta más, porque muchas mujeres por el color de piel somos miradas como prostitutas».

En la historia de Carolina, las violencias nunca aparecen aisladas. La condición de migrante, el color de piel, el género y la precariedad económica se mezclan en experiencias cotidianas de discriminación, sospecha y vulnerabilidad.

El estigma racial en Añelo es una realidad que Carolina nombra sin rodeos. Ella no vivió esa situación en el trabajo, donde su trayectoria habla por sí sola. Pero afuera de la obra, en la calle, en los comercio, la mirada existe. «Siempre hay un atrevido que cree que somos todas iguales, o que por nuestro color de piel debemos dedicarnos a otro tipo de trabajos», señala Carolina.

Cuando la obra fue terminando, los despidos llegaron de forma gradual. Carolina cerró esa etapa y, junto a su actual pareja, se mudaron a Misiones. Como sus hijos estaban terminando la escuela, decidieron que el norte argentino sería una mejor opción para que continuaran sus estudios universitarios.

Carolina, de espaldas, frente a una llamarada en Fortín de Piedra, Añelo | Foto: gentileza

La enfermera que no reconoció su ciudadanía

Carolina tiene ciudadanía argentina. La obtuvo por naturalización, con todos los pasos que ese proceso implica: trámites, espera y, finalmente, un juramento. «Juré ante un juez a la bandera y al país», dice. «Por eso me considero argentina».

Pero esa identidad, construida a lo largo de más de veinte años, no siempre es reconocida por quienes deberían garantizarla.

Hace poco, en Misiones, Carolina fue a atenderse a una salita de salud. La enfermera le preguntó cuál era su ciudadanía. Carolina respondió: argentina. La enfermera le dijo que no podía poner eso, porque ella había nacido en República Dominicana.

«Le expliqué que sí, que nací en Santo Domingo, pero que mi ciudadanía es argentina», recuerda. La discusión se extendió. La enfermera insistía. Al final, para no seguir peleando, lo dejó pasar. En su historia clínica quedó asentado que su ciudadanía es dominicana. Un error que nadie corrigió.

«Varias veces tengo que aclarar que, al tener mi ciudadanía argentina, ya soy argentina. No importa dónde nací».

Este tipo de situaciones —aclara Carolina— no son exclusivas de las mujeres ni de las personas de origen dominicano. «Le puede pasar a cualquier inmigrante. Se nos mira distinto por el color de piel». Lo que el episodio de la salita revela no es la excepción, sino una lógica que se repite: la ciudadanía adquirida, en la práctica, sigue siendo cuestionada por el propio Estado.

La vida después de Añelo

Hoy Carolina vive en Misiones, donde el mercado laboral tiene características muy distintas a las del sur argentino. Lejos del dinamismo de Vaca Muerta, lejos de los contratos de obra, Carolina hace changas. Para poder pagar el alquiler en Misiones, alquila su casa en Añelo. «Falta trabajo», dice con la economía de palabras de alguien que ya lo ha dicho muchas veces. «En Argentina ya no hay trabajo».

La pregunta por el futuro tiene una respuesta clara y acotada: que sus hijos terminen sus estudios. Que ella pueda jubilarse. Que algún día pueda volver a República Dominicana, no a quedarse, sino a visitar la tumba de sus padres —ambos fallecieron— y a que sus hijos conozcan el lugar donde nació su madre.

«Mis padres me hacen falta», dice. «Y aquí estamos solos. No tenemos ni padre ni madre. Y cualquiera puede aprovechar esa soledad».

La carta que no pudo enviarse

Si pudiera hablarle a aquella Carolina de 21 años que subió a un avión en Santo Domingo creyendo que iba de vacaciones, ¿qué le diría?

La respuesta llega sin dudar: que no venga. Que aquí su vida se convertirá en una pesadilla.

Pero entonces se detiene. Y agrega algo que cambia el peso de todo lo anterior. «Salvo que, si no vengo, mis hijos no estarían conmigo. Tal vez cometería el mismo error para que ellos nazcan. Es algo raro. Pero mis hijos son lo más valioso que tengo. No me imagino una vida sin ellos».

En la historia de Carolina, como en la de muchas mujeres que migran en busca de mejores condiciones económicas, el progreso aparece atravesado por una dimensión menos visible: la soledad, la precariedad y las desigualdades que enfrentan quienes viven lejos de sus familias y redes de contención.


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Equipo Periodístico |  + notas

Amante del Jazz, el tenis, el yoga y los idiomas.
La temática migrante condensa algunos pilares que, desde mi punto de vista, son de suma importancia en cuanto seres intrínsecamente sociales: la empatía, el diálogo y el intercambio cultural como formas de construir una mundo más justo, sustentado en el amor y la hospitalidad.


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