A más de cuarenta años de huir de la violencia en Guatemala y atravesar varios países en busca de refugio, Ángel Calderón repasa un exilio en etapas, el silencio que rodeó la desaparición de su hermano y la compleja trama de reconstruir la identidad en Australia hasta convertirse en un referente universitario de renombre.
Una amenaza de muerte obligó a Ángel Calderón a abandonar Guatemala cuando tenía apenas 18 años. Después de atravesar tres países, su visa como persona refugiada fue aceptada en Australia, donde llegó sin hablar inglés, sin saber nada del país, ni conocer a nadie. Cuatro décadas después, se convirtió en una referencia internacional en educación superior, artista y padre de tres hijos. Su historia demuestra que ofrecer refugio muchas veces salva vidas, pero que la verdadera integración depende de políticas públicas, oportunidades y una comunidad dispuesta a acompañar.
La siguiente historia de vida fue reconstruida a partir de una entrevista realizada a su protagonista, Ángel Calderón, y del texto autobiográfico que él mismo escribió hace algunos años en Australia que gentilmente compartió con Refugio Latinoamericano. El documento original, titulado A Retrospective Journey of Exile and Living in Diaspora (Un viaje introspectivo del exilio y la vida en la diáspora), fue traducido al español para complementar y enriquecer esta historia.
Dejar Guatemala, 1982
Ángel Calderón todavía recuerda con precisión aquella noche de diciembre de 1982. Caminaba de regreso a su casa en Guatemala cuando dos hombres armados lo interceptaron. «Muchacho, andate del país o vas a terminar igual que tu hermano». Cinco meses antes, su hermano mayor, de 22 años, Marco Vinicio, había sido secuestrado mientras esperaba el colectivo para ir a trabajar y nunca volvió a aparecer. Con apenas 18 años, esa misma noche, Ángel le pidió llorando a sus padres que lo ayudaran a salir del país. «Como dirigente estudiantil estaba acostumbrado a recibir amenazas, pero esta era distinta. Sabía que tenía que irme», cuenta Ángel.
En ese momento el país atravesaba una guerra civil que se extendería durante 36 años, de 1960 a 1996. En pleno contexto de la Guerra Fría, las raíces del conflicto entre el Estado y distintos grupos de la guerrilla se vinculaban con profundas desigualdades sociales, la concentración de la tierra, la exclusión de los pueblos indígenas y la inestabilidad política agravada tras el golpe de Estado de 1954 que derrocó a Jacobo Arbenz.
«Las elecciones de 1982 habían sido denunciadas como fraudulentas y un golpe militar terminó de consolidar un régimen que suspendió las garantías constitucionales y creó tribunales especiales para perseguir a opositores políticos. La represión se intensificaba cada día. Las desapariciones forzadas se habían vuelto parte de la vida cotidiana. Durante años, la violencia había golpeado principalmente las zonas rurales. Pero hacia principios de los años ochenta también había llegado a la capital. Bombas, asesinatos selectivos, secuestros y desapariciones formaban parte del paisaje urbano», cuenta Ángel.
Según la Comisión para el Esclarecimiento Histórico de las Naciones Unidas, el conflicto dejó alrededor de 200.000 personas asesinadas o desaparecidas, más de un millón de personas desplazadas y miles de refugiadas. El informe atribuyó el 93 % de las violaciones a los derechos humanos a las fuerzas del Estado y concluyó que la población maya fue la principal víctima de una política de violencia sistemática que, en algunas regiones, constituyó actos de genocidio.
«El mundo se nos vino abajo. La gente empezó a alejarse. Mis padres denunciaron su desaparición ante la policía, organismos de derechos humanos y los medios. A los pocos días nuestra casa fue allanada. Con el paso de los meses entendimos que probablemente nunca volveríamos a verlo y su desaparición pasó a ser parte de nuestras vidas».

El exilio: México, Honduras, Panamá, 1983-1985
El exilio comenzó en la Ciudad de México en enero de 1983. Allí lo esperaba una familia guatemalteca que lo recibió como a un hijo y le dio un lugar donde dormir hasta que consiguió trabajo como periodista para un servicio internacional de noticias. Paradójicamente, cubría actividades oficiales del gobierno mexicano mientras trabajaba sin permiso de residencia. «Ya no tenía miedo de que me mataran. Tenía miedo de quedarme sin casa, sin trabajo o de ser deportado», cuenta Ángel. Así que cuando su visa de turista venció en junio de 1983, viajó a Honduras. Allí otra familia volvió a abrirle las puertas de su casa donde vivió por un año.
«Vivir en Honduras era una experiencia marcada por la incertidumbre y la inseguridad. La guerra y los procesos revolucionarios atravesaban toda la región. Hacia el norte continuaba el conflicto armado en Guatemala; al sur, los Contras combatían en la brutal contrarrevolución nicaragüense; y al oeste, El Salvador atravesaba una sangrienta guerra civil», cuenta Ángel.
Durante su estadía en Honduras, supo que podía solicitar el reasentamiento como refugiado a través de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM). Entre las opciones disponibles figuraba Canadá, pero también un país del que prácticamente no sabía nada, salvo que quedaba muy lejos de los conflictos de Centroamérica, y con eso alcanzaba: Australia.
Mientras tanto, decenas de miles de campesinos indígenas guatemaltecos permanecían en campos de refugiados en México, Honduras y otros países. A medida que la situación política y de seguridad continuó deteriorándose, tuvo que volver a huir, esta vez hacia Panamá, donde otra familia guatemalteca le brindó apoyo y alojamiento. Afortunadamente, en Ciudad de Panamá había una oficina de la OIM, lo que le permitió reabrir su solicitud de reasentamiento tanto para Canadá como para Australia.
Pero la espera fue larga y dolorosa. Tuvo que reconstruir una y otra vez la historia de la desaparición de su hermano, explicar por qué necesitaba refugio y presentar toda la documentación que demostraba la persecución sufrida por su familia.
«Asistí a largas entrevistas y me acostumbré a relatar mi historia, sin importar lo dolorosa que fuera. Tuve mucha suerte de entrar en contacto con personas que me ofrecieron ayuda y me guiaron en momentos difíciles, especialmente cuando me sentía vulnerable y solo. Familias que me acogieron. Desconocidos que hicieron todo lo posible por ayudarme a encontrar trabajo, en los tres países. Sin embargo, no hubo tiempo ni energía para detenerme a reflexionar sobre lo que estaba ocurriendo. Estaba en modo supervivencia, rodeado de incertidumbre. Vivía en el pasado, estaba en un limbo en el presente y apenas podía imaginar un futuro. Siento que viví tres vidas en ese corto período de tiempo», cuenta Ángel en su texto.
Hasta que un día recibió la llamada. Australia aceptó su solicitud: «Por primera vez en mucho tiempo sentí esperanza».
Antes de partir volvió a encontrarse con sus padres en Honduras. No sabían cuándo volverían a verse. Su padre le regaló un ejemplar de Roots, de Alex Haley. En la primera página escribió una dedicatoria: «Para Ángel. Que este libro te acompañe en tu viaje y sientas siempre la presencia espiritual de tus padres».
Llegada a Melbourne, Australia, 1985
Era una mañana fría de septiembre de 1985. Ángel Calderón acababa de bajar de un avión después de casi tres años de exilio. No hablaba una palabra de inglés. No conocía a nadie. Apenas logró explicar que era un recién llegado y que debía llegar al Midway Migrant Hostel, en Maribyrnong, al oeste de Melbourne. Un taxi lo dejó allí.
«Cuando llegué, tenía 21 años. En Guatemala todavía era el hijo de mis padres. De un día para otro tuve que convertirme en mi propia familia. Era mi padre, mi madre, mi hermano y mi sostén. Recuerdo el miedo que sentía a quedarme sin techo».
El hostel reunía a personas refugiadas provenientes de distintas partes del mundo. Compartía el comedor, las clases de inglés y los espacios comunes con familias que habían escapado de Vietnam, Camboya, Polonia, Hungría, otros países de América Latina y diferentes regiones atravesadas por guerras o persecuciones. Todos llegaban con historias distintas, pero con una experiencia en común: el desarraigo.
«Fue una gran escuela de convivencia. Allí aprendimos a compartir con personas de culturas completamente diferentes que, como yo, intentaban entender cómo empezar de nuevo».
Después de años viviendo entre la incertidumbre y el miedo, por primera vez sus preocupaciones comenzaron a cambiar. Ya no se trataba de escapar o sobrevivir, sino de construir un futuro. Por eso, tenía una prioridad absoluta: aprender inglés.
«Sabía que si quería seguir adelante necesitaba dominar el idioma. Era la llave para poder independizarme, estudiar y trabajar. Pensaba que esa era la única manera de integrarme».
Durante un año asistió de manera intensiva a cursos gratuitos de inglés mientras recibía el apoyo económico destinado a las personas refugiadas que recién llegaban al país. Paralelamente decidió mudarse a casas compartidas con australianos para practicar el idioma fuera del aula y comprender mejor la cultura local.
Al finalizar ese primer año se inscribió en la universidad para estudiar Sociología. Sin embargo, ese primer paso marcaría el inicio de una trayectoria académica que décadas más tarde lo llevaría a estar a cargo de una dirección en el Instituto Real de Tecnología de Melbourne (también conocido como Universidad RMIT por sus siglas) y ser miembro del consejo asesor internacional de QS Rankings, una de las principales organizaciones de evaluación universitaria del mundo.

¿Cómo reconstruir la vida en otro país
Tanto en su texto como en la entrevista, el relato denota una insistencia: su historia no puede entenderse únicamente como un caso de esfuerzo personal. «He tratado muchas veces de comprender cómo los refugiados logramos sobrevivir y, finalmente, prosperar en un país extranjero. No tengo una respuesta definitiva. Lo único que sé es que encontré personas que me tendieron una mano cuando más lo necesitaba».
A lo largo de su recorrido fueron muchas esas personas. Las familias que lo recibieron en México, Honduras y Panamá cuando no tenía dónde vivir. Su amigo Hugo López, otro refugiado guatemalteco que llevaba apenas dos meses en Australia y se convirtió en su primer guía en Melbourne.
Con el paso del tiempo comprendió que detrás de cada una de esas ayudas también existía en la Australia de los años 80 una clave fundamental: una decisión política de integración de las personas refugiadas. «La integración no ocurre sola; necesita de decisiones políticas y planificación que la hagan posible». Gracias a la ayuda del gobierno pudo asistir a clases de inglés y recibir un subsidio económico para luego poder estudiar.
Al día de hoy, el Departamento del Interior de Australia debe procesar las reclamaciones de protección internacional bajo la Ley de Migración de 1958, siguiendo los lineamientos de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Estatuto de los Refugiados (1951). Australia ofrece hoy un Programa Humanitario anual con 20.000 plazas. Sus principales programas de integración incluyen el Humanitarian Settlement Program (Programa de Asentamiento Humanitario) que brinda asistencia integral a su llegada; el Community Refugee Integration and Settlement Program (Programa Piloto de Integración y Asentamiento Comunitario para Refugiados), liderado por voluntarios; el Adult Migrant English Program (Programa de Inglés para Migrantes Adultos) para el aprendizaje del idioma; y programas de formación profesional.
Sin embargo, la relación de Australia con las visas humanitarias tiene diferentes matices y puede ser más compleja. Según los podcasts de SBS Examines, en su episodio «How has the refugee experience changed?» y confirmado por la Comisión Australiana de Derechos Humanos, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, Australia ha acogido a casi un millón de personas refugiadas y otras personas con necesidades humanitarias, muchas de ellas huyendo de guerras, persecuciones o conflictos armados. Sin embargo, el mismo sistema que ofrece amplios programas de integración para quienes ingresan por vías oficiales mantiene una de las políticas fronterizas más restrictivas del mundo para quienes buscan protección llegando por mar.
Como explica en el episodio, la expresidenta de la Comisión Australiana de Derechos Humanos y ex Alta Comisionada Auxiliar para la Protección del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), Gillian Triggs, la relación de Australia con las personas refugiadas es «compleja». Por un lado, destaca que el país cuenta con estándares de excelencia en materia de integración para quienes logran ingresar a través del Programa Humanitario. Pero, al mismo tiempo, advierte que obtener el reconocimiento como refugiado resulta extremadamente difícil y que Australia continúa aplicando políticas de procesamiento extraterritorial para quienes llegan por vía marítima, una práctica ampliamente cuestionada por organizaciones de derechos humanos, tal como expresa en esta nota Médicos sin Fronteras en el año 2022.
Desde 2001, Australia implementó la denominada Pacific Solution (Solución del Pacífico), una política mediante la cual las personas solicitantes de asilo interceptadas por mar eran trasladadas a centros de procesamiento extraterritorial en Nauru y Manus Island (Papúa Nueva Guinea) para evaluar sus solicitudes de protección. La política fue desmantelada en 2008, pero el procesamiento offshore fue restablecido en 2012 y, desde 2013, forma parte de la Operation Sovereign Borders (Operación Fronteras Soberanas), una estrategia integral de control fronterizo. Diversos organismos internacionales, entre ellos el ACNUR, así como organizaciones de derechos humanos, han cuestionado estas medidas al considerar que restringen el acceso al derecho de asilo y favorecen la detención prolongada de personas que buscan protección internacional.
En el mismo episodio, otro testimonio agrega que incluso las políticas de integración ya no son lo mismo que en los años ochenta como las que experimentó Ángel. El activista social Berhan Ahmed, presidente del African Think Tank y el primer inmigrante nacido en África en postularse para un cargo parlamentario en Australia, sostiene que las condiciones para las nuevas generaciones de personas refugiadas se han vuelto considerablemente más complejas.
«En los años ochenta, incluso sin hablar inglés, era posible conseguir trabajo porque la economía necesitaba mano de obra para la industria manufacturera. Hoy la realidad es diferente. La economía se basa en los servicios y el conocimiento. Sin un dominio avanzado del idioma, muchos refugiados quedan excluidos desde el comienzo». Ahmed considera que el principal desafío ya no pasa únicamente por ofrecer asistencia durante los primeros meses, sino por construir vínculos humanos duraderos. «La ayuda suele terminar cuando las personas salen del aeropuerto. Después comienza una etapa mucho más difícil: comprender la cultura, crear redes, sentirse parte de una comunidad».
Esa idea también aparece en las reflexiones de Christine Castley, quien fue presidenta del Consejo Multicultural Australiano del Departamento de Asuntos Internos hasta marzo de 2026, quien sostiene que la integración no puede reducirse al acceso al empleo o a los servicios básicos. «Las personas necesitan experimentar que pertenecen. Sentir que son aceptadas tal como son».
Volver sin dejar de ser exiliado
Diecisiete años después de haber escapado de Guatemala, Ángel Calderón volvió por primera vez. Era fines de 1999. Los Acuerdos de Paz habían sido firmados tres años antes y, por primera vez en mucho tiempo, comenzaba a instalarse cierta esperanza de que el país iniciara una nueva etapa. Sin embargo, el regreso no fue una decisión sencilla. Durante meses dudó si volver o no. La ilusión de reencontrarse con su familia convivía con el temor de enfrentarse a un país atravesado por los recuerdos de la violencia y por la ausencia de su hermano mayor, desaparecido en 1982, relata Ángel.
Cuando el avión aterrizó en Ciudad de Guatemala, alcanzó a distinguir a sus padres esperándolo detrás del vidrio del aeropuerto. Estaban rodeados por familiares. Permanecieron en el país durante todos esos años con la esperanza de que algún día su hijo regresara. «Los vi abrazados entre ellos, sosteniéndose mutuamente. Caminé hacia ellos y nos abrazamos por primera vez después de diecisiete años. El reencuentro fue profundamente emotivo. Sin embargo, hubo un tema que permaneció intacto: la desaparición de Vinicio. A pesar de haber vuelto varias veces a Guatemala, nunca hablamos en profundidad sobre lo que pasó con mi hermano».
Con los años, Calderón volvió en distintas oportunidades a Guatemala. En cada viaje encontró un país diferente, pero también comprobó cuánto del conflicto seguía presente en la vida cotidiana.
Como señaló la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), órgano autónomo de la Organización de los Estados Americanos (OEA), en su informe Justicia e Inclusión Social: Los Desafíos de la Democracia en Guatemala (2003), el país había registrado avances en la consolidación democrática y en el reconocimiento de los derechos de los pueblos indígenas tras los Acuerdos de Paz. Sin embargo, advertía que persistían profundas desigualdades sociales, económicas y políticas, así como altos niveles de exclusión, especialmente de la población indígena, que seguían limitando el pleno desarrollo democrático y el ejercicio de los derechos humanos.
Esa percepción también apareció en la experiencia personal de Calderón durante una de sus visitas, en 2008: «Me impactó comprobar que Guatemala todavía no había logrado dejar atrás el conflicto. Las casas seguían protegidas con rejas y alambrados, muchos barrios tenían controles de seguridad privados y para ingresar era necesario identificarse. La violencia seguía formando parte de la vida cotidiana».
Para él, el legado de la guerra también puede leerse en otra manifestación: la migración. «Millones de guatemaltecos viven hoy en Estados Unidos y muchas familias dependen económicamente del dinero que envían sus familiares desde el exterior». De esta manera, Ángel afirma que la paz no eliminó las causas estructurales que durante décadas empujaron a miles de personas a abandonar el país.
Ni chicha ni limonada: un exilio que no desaparece
Aunque Australia le ofreció la posibilidad de empezar de nuevo, el exilio nunca desapareció por completo. Mientras avanzaba en sus estudios universitarios y comenzaba a construir una carrera profesional, Calderón convivía con una sensación difícil de explicar: la de habitar dos mundos al mismo tiempo.
Vivía con australianos, estudiaba en la universidad y el inglés comenzaba a convertirse en el idioma de su vida cotidiana. Sin darse cuenta, el español quedaba cada vez más relegado y sus vínculos diarios se desplazaban hacia su nueva realidad. Sin embargo, cada vez que se reunía con otros guatemaltecos, reaparecía una parte de sí mismo que seguía profundamente ligada al país que había dejado atrás.
Esa sensación de pertenecer y, al mismo tiempo, no pertenecer del todo, terminó convirtiéndose en una de las marcas más profundas de su experiencia migratoria. Con el tiempo encontró una expresión para definirla: ni chicha ni limonada, una expresión latinoamericana que usa para describir la sensación de no sentirse completamente de un lugar ni del otro.
Para Calderón, el exilio no terminó cuando obtuvo la residencia permanente ni cuando comenzó a hablar inglés con fluidez. Fue un proceso mucho más largo, atravesado por la necesidad de reconciliar el pasado con el presente. «Durante muchos años intenté reprimir todo lo que había vivido en Guatemala. La desaparición de mi hermano era demasiado dolorosa para hablar de ella. El silencio era una manera de seguir adelante».
Ese proceso de reconstrucción también estuvo acompañado por personas que compartían heridas similares. En 1988 conoció en Melbourne a Eliseo Balcázar, un dirigente sindical guatemalteco que había sido detenido y torturado por el régimen militar antes de lograr escapar junto a su familia gracias a un programa impulsado por Amnistía Internacional. La violencia sufrida durante aquellos años había dejado secuelas físicas y psicológicas que le impidieron volver a trabajar, pero no frenó su compromiso con la defensa de los derechos humanos y con la situación de Guatemala.
Los dos se hicieron amigos rápidamente. Compartían el exilio, la distancia con sus familias y la necesidad de mantener viva la memoria de quienes habían quedado atrás. «Nos apoyábamos mutuamente. Él dedicó su vida en Australia a seguir luchando por Guatemala».
Cuando Eliseo murió, once años después de su llegada al país, Calderón volvió a enfrentarse con un duelo que, otra vez, eligió transitar en silencio. Con el paso del tiempo encontró otra manera de procesar esa historia. La escritura y la pintura se transformaron en espacios para elaborar aquello que durante décadas había permanecido callado.

«El arte del exilio es mi manera de comprender el conflicto y sus consecuencias. Me permite encontrar sentido a una experiencia que marcó toda mi vida». Su propia identidad también fue transformándose. Ya no era únicamente el joven guatemalteco que había escapado de una dictadura, pero tampoco dejaba de serlo.
«Australia me dio el tiempo y el espacio para reconstruirme. Me permitió combinar mi pasado con mi presente». Ese recorrido personal también estuvo acompañado por una trayectoria profesional que parecía impensada cuando llegó al país sin hablar inglés. Sin embargo, cuando recuerda cómo logró reconstruir su vida, rara vez habla de sus logros profesionales. Prefiere volver a las personas que aparecieron en el camino y las oportunidades que tuvo. Detrás de toda historia de integración hay mucho más que esfuerzo individual. «Las personas refugiadas necesitan políticas públicas, oportunidades y, sobre todo, alguien que crea en ellas».
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Máximo Campos: El artista que piensa la migración como motor de la cultura
Licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Buenos Aires, donde también cursó el Programa de Actualización en Comunicación, Géneros y Sexualidades, se especializó en comunicación digital en Éter y cuenta con una trayectoria profesional vinculada a la comunicación para políticas públicas en Argentina. Actualmente reside en Melbourne, Australia, donde se desempeña como comunicadora freelance en diversos proyectos.
