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A 111 años del inicio del genocidio armenio, Alex Hadjian —integrante del Consejo Directivo del Centro Armenio de Argentina— reconstruye el exterminio sistemático y planificado de aproximadamente 1.5 millones de armenios cristianos por parte del movimiento de los Jóvenes Turcos en el Imperio otomano. A su vez, relata cómo se fue conformando la diáspora en el país y el rol de las instituciones comunitarias en la preservación de la memoria y en el reclamo de justicia, en un contexto donde la negación de este crimen de lesa humanidad aún persiste.


Cada 24 de abril se conmemora el genocidio armenio llevado adelante por el Imperio otomano (actual Turquía), entre 1915 y 1923. En Argentina, la Ley Nº 26.199 —sancionada en 2006— declaró esta fecha como el «Día de Acción por la Tolerancia y el Respeto entre los Pueblos», invitando a reflexionar sobre el respeto a las culturas, la importancia de los derechos humanos y la justicia. Actualmente, Turquía y otros Estados siguen sin reconocer el exterminio sistemático de 1.5 millones personas de la comunidad armenia.

Refugio Latinoamericano conversó con Alex Hadjian —integrante del Consejo Directivo del Centro Armenio de Argentina— para comprender cómo se configuró la diáspora armenia en el país, como consecuencia directa del genocidio, y cuál es el rol de las instituciones comunitarias en la preservación de la identidad y la transmisión de la memoria.

Al mismo tiempo, la entrevista invita a reflexionar sobre la persistencia histórica de las lógicas que hicieron posible este crimen, considerado el primer genocidio del siglo XX, y que aún hoy reaparecen bajo distintas formas. Se trata de mecanismos que operan a partir de la construcción de un «otro» convertido en chivo expiatorio, al que se le atribuyen todos los males y supuesta decadencia del imperio, Estado, o nación; legitimando así su persecución, destierro, deportación y, en los casos más extremos como el armenio, su eliminación.

El inicio del genocidio: un plan sistemático de exterminio

«El 24 de abril de 1915 marca el inicio del genocidio armenio», sostiene Hadjian, quien sitúa en esa fecha el comienzo de un plan de exterminio organizado. «Ese día fueron detenidos y posteriormente asesinados alrededor de 200 referentes de la comunidad armenia, líderes políticos, religiosos e intelectuales, con el objetivo de desarticular cualquier posibilidad de organización o resistencia», agrega el entrevistado.

Este proceso se inscribe en el contexto de la Primera Guerra Mundial y en la profunda crisis del Imperio otomano, aliado de Alemania dentro de las Potencias Centrales. En ese escenario, adquiere protagonismo el movimiento de los Jóvenes Turcos, nucleado en el Comité de Unión y Progreso (CUP), que inicialmente había surgido con una agenda reformista, influenciada por ideas de la Ilustración europea y con la intención de modernizar el imperio y limitar el poder absoluto del sultán Abdul Hamid II. «Los armenios acompañaron en un principio ese proceso porque su situación era de desigualdad. No tenían los mismos derechos que los ciudadanos turcos, por ejemplo, tenían que pagar más impuestos», explica Hadjian.

Sin embargo, según detalla, ese impulso inicial derivó hacia una ideología nacionalista radical, el panturquismo, que promovía la homogeneización étnica del Estado. En ese marco, comenzó a instalarse la idea de que la decadencia del imperio era consecuencia de las minorías étnicas y religiosas. «La población armenia, junto a otras minorías cristianas, fue convertida en el chivo expiatorio de la crisis imperial», sostiene. Así, se consolidó una lógica supremacista que encontró en el exterminio del «otro» una forma de justificar la crisis y reconfigurar el poder, bajo la idea de «depurar» el imperio.

El 24 de abril fue, en ese sentido, el punto de partida de un plan que continuó con la ejecución sistemática de hombres adultos, muchos de ellos enrolados en el Ejército otomano, y derivó en la deportación forzada de mujeres, niños y ancianos hacia zonas desérticas, principalmente en Siria. Estas marchas, conocidas como «caravanas de la muerte», implicaron hambre, enfermedades, violencia extrema, abusos sistemáticos incluidos violaciones a mujeres y niñas, y asesinatos masivos.

«El objetivo era eliminar a la población armenia. De un total de dos millones de armenios, cerca de un millón y medio fueron exterminados», afirma Hadjian. Asimismo, más de un millón fueron deportados en 1915: muchos asesinados en el acto y otros muertos por inanición o epidemias durante el desplazamiento o en campos de concentración. Las persecuciones y masacres continuaron en los años siguientes, y hacia 1923 la histórica Armenia occidental había sido prácticamente vaciada de su población.

De la expulsión a la diáspora: Argentina como refugio y reconstrucción 

Hadjian sostiene que de los aproximadamente 500.000 armenios sobrevivientes al genocidio surgió una diáspora que, con el tiempo, se expandió por todo el mundo y que hoy reúne a más de ocho millones de personas. En un primer momento, muchos de esos sobrevivientes se refugiaron en países cercanos como Siria, Líbano y Rusia, para luego continuar su desplazamiento hacia Europa y América.

En ese contexto, Argentina se convirtió en uno de los principales destinos. «Era un país con políticas migratorias abiertas y receptivas hacia quienes llegaban», explica el entrevistado, subrayando que la posibilidad de trabajar, vivir sin persecución y reconstruir una vida fue determinante para la consolidación de la comunidad armenia en el país.

De acuerdo con el relato y fuentes del Centro Armenio, la colectividad en Argentina, compuesta mayoritariamente por descendientes de sobrevivientes, se estima hoy en alrededor de 150 mil personas, en su mayoría de tercera y cuarta generación, a las que se suman unos pocos miles de migrantes más recientes provenientes de la actual República de Armenia. Los primeros asentamientos se concentraron en la Ciudad de Buenos Aires y el conurbano. Palermo, en particular, se convirtió en un punto de referencia comunitario, en parte por la instalación de instituciones religiosas y culturales: se crea la Catedral San Gregorio el Iluminador, sede del Arzobispado de la Iglesia Apostólica Armenia de la República Argentina que, junto con el Centro Armenio y el Colegio, centralizan gran parte de las actividades comunitarias.

Niños y niñas de la escuela San Gregorio Iluminador realizando danzas armenias en la Plaza Armenia. Foto: gentileza

A medida que avanzó la integración, la población armenia se fue expandiendo hacia otras ciudades del país. En Valentín Alsina se radicó una parte importante de la comunidad, atraída por las posibilidades de acceder a una vivienda propia. Allí impulsaron la creación de escuelas, iglesias y clubes como espacios fundamentales para sostener y transmitir su herencia cultural en el nuevo país. En el norte del Gran Buenos Aires, particularmente en el corredor Vicente López/Olivos, la vida comunitaria se articuló en torno a instituciones como la Escuela Armenia de Vicente López y la iglesia San Jorge. En Mar del Plata, aunque más reducida, la diáspora mantiene una presencia activa a través de su centro comunitario.

Por su parte, Córdoba constituye el segundo núcleo más importante del país después de Buenos Aires. Allí, la necesidad de contar con un lugar donde congregarse determinó la creación de la iglesia San Jorge, primera iglesia armenia de América del Sur. Actualmente, se estima que entre 4.000 y 6.000 armenios residen en esta provincia, principalmente en la capital. A su vez, existen comunidades distribuidas en distintas ciudades del país como Berisso, Rosario, Neuquén, Mendoza, Corrientes, Misiones y Comodoro Rivadavia.

Según relata Hadjian, la inserción laboral de la comunidad armenia en Argentina estuvo atravesada por una fuerte capacidad de adaptación a las condiciones del país. En sus comienzos muchos empezaron con trabajos físicos exigentes en los puertos o frigoríficos. Con el tiempo, y a partir de un sostenido esfuerzo colectivo, lograron avanzar hacia actividades en sectores como el textil, calzado, producción de alfombras, práctica ligada a su tradición cultural.

De acuerdo al archivo del Centro Armenio, en algunos casos, ciertos grupos desarrollaron emprendimientos de mayor escala e incluso empezaron a participar activamente en el crecimiento de la industria nacional. Con el paso de las generaciones, este recorrido dio lugar a una mayor diversificación laboral, con una creciente presencia de profesionales en distintos ámbitos de la vida económica y social. Así, la experiencia migrante armenia no solo implicó rehacer la vida tras el desarraigo, sino también una participación activa en la construcción del tejido productivo del país, manteniendo al mismo tiempo un fuerte lazo con la memoria, la identidad y herencia cultural.

El rol del Centro Armenio en la comunidad 

De esta manera, se puede ver que más allá de la inserción económica, la permanencia de la comunidad armenia en Argentina estuvo profundamente ligada a la construcción de una red institucional propia. «Las primeras generaciones hicieron un enorme esfuerzo para crear escuelas, iglesias y clubes. Es una forma de asegurar que no se perdiera la lengua, la cultura y la memoria», destaca Hadjian.

Según los registros del Centro Armenio, desde su llegada al país, la comunidad comenzó a reconstruir formas de organización colectiva similares a las que existían en sus territorios de origen. Entre 1911 y 1938 se consolidaron las bases de las instituciones clave, religiosas, culturales, deportivas, políticas y de ayuda mutua, que resultaron fundamentales para atravesar el desarraigo. Estos espacios no solo funcionaron como redes de contención sino también como ámbitos donde preservar y transmitir elementos centrales de su identidad, como la lengua, la religión y las tradiciones, en un intento por resistir los procesos de asimilación, especialmente en las primeras generaciones. A su vez, estas asociaciones fortalecieron el sentido de pertenencia y facilitaron la integración de los inmigrantes en la sociedad argentina.

Dentro de este entramado, el Centro Armenio de Argentina, fundado en 1922, ocupa un lugar central como espacio educativo, cultural y religioso, albergando instituciones claves como la catedral y escuelas comunitarias. «Buscamos, por un lado, fortalecer el vínculo de las nuevas generaciones con sus raíces y por otro, dar a conocer la cultura armenia a la sociedad argentina», explica Hadjian. Las actividades incluyen clases de idioma, danzas tradicionales, eventos culturales y participación en espacios públicos como la Feria del Libro.

Para Hadjian, la continuidad de la identidad armenia en la diáspora no fue casual, sino el resultado de una decisión colectiva: «Las primeras generaciones migrantes realmente no querían que se pierda el idioma, las costumbres y la memoria. Venían de un proceso de expulsión forzada, no de una migración voluntaria, y eso generó una necesidad muy fuerte de preservar la identidad». Sin embargo, reconoce que con el paso del tiempo algunas prácticas se fueron transformando. El idioma es uno de los aspectos más sensibles: el armenio occidental, propio de los sobrevivientes del genocidio, se encuentra hoy en riesgo. «Se mantiene principalmente en las escuelas, pero ya no es una lengua de uso cotidiano en la mayoría de los hogares», señala.

Dos Armenias: territorio, lengua e identidad 

Un punto central que plantea Hadjian para entender la identidad armenia actual es la distinción entre dos realidades históricas y culturales: la Armenia oriental y la Armenia occidental. La Armenia oriental corresponde al Estado que hoy conocemos como la República de Armenia, que en el momento del genocidio formaba parte del Imperio ruso y no fue escenario directo de las masacres. Allí se desarrolló una variante lingüística propia: el armenio oriental, que hoy es el idioma oficial del país.

En cambio, la Armenia occidental, territorio donde ocurrió el genocidio y que actualmente forma parte de Turquía, es la que pervive en la diáspora. «El idioma que intentamos mantener en la diáspora es el armenio occidental, que hablaban nuestros abuelos y sobrevivientes; es distinto al que se habla hoy en Armenia», explica.

Este dato no es menor, el armenio occidental está actualmente en peligro de extinción, ya que en muchos casos solo se enseña en escuelas comunitarias, pero no se utiliza de manera cotidiana en los hogares. «Se mantiene de manera forzada, porque ya no es una lengua viva en el uso diario», señala.

Esta diferencia también refleja dos experiencias distintas: mientras en Armenia la identidad se construye desde un Estado nacional, en la diáspora la construcción de identidad está atravesada por la memoria del desarraigo, la pérdida y reconstrucción.

Memoria, negación y disputa global 

Según el Sitio en conmemoración a las víctimas del Primer Genocidio del siglo XX, el genocidio armenio no pasó inadvertido para la comunidad internacional. Ya en mayo de 1915, en pleno desarrollo de la Primera Guerra Mundial, el Reino Unido, Francia y Rusia advirtieron a los líderes de los Jóvenes Turcos que serían considerados responsables de «crímenes contra la humanidad». Tras el fin del conflicto, las Potencias Aliadas impulsaron intentos de juzgamientos por crímenes de guerra y promovieron informes que documentaban las atrocidades, muchos de los cuales fueron difundidos públicamente. Sin embargo, esos esfuerzos no derivaron en sanciones concretas contra el Estado turco ni en medidas de reparación para el pueblo armenio, lo que dejó abierta una herida que, más de un siglo después, continúa vigente.

El reconocimiento internacional del genocidio fue, desde entonces, un proceso lento y complejo. En 1948, la Organización de las Naciones Unidas sancionó la Convención para la Prevención y Sanción del Delito de Genocidio, un instrumento clave que definió el genocidio como un crimen internacional. Este concepto fue desarrollado por el jurista Raphael Lemkin, quien tomó como referencia tanto el caso armenio como el exterminio del pueblo judío durante la Segunda Guerra Mundial. La Convención establece que el genocidio implica la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso, y lo reconoció como crimen de Estado que requiere planificación y una estructura organizada para su ejecución.

A pesar de estos avances, el reconocimiento del genocidio armenio continúa siendo un terreno de disputa. «Más de treinta países lo han reconocido oficialmente. Entre ellos, Argentina fue el único país en hacerlo a través de los tres poderes del Estado», explica el entrevistado. Sin embargo, Turquía mantiene hasta hoy una política de negación alegando que las deportaciones y muertes ocurridas durante ese periodo se enmarcaron en un contexto de guerra y seguridad nacional, desestimando su carácter planificado y sistemático. Esta negación, atravesada por factores políticos, económicos e ideológicos vinculados al nacionalismo turco, constituye uno de los principales ejes del reclamo de la diáspora armenia.

«Para nosotros es una herida abierta. Somos descendientes directos de quienes sobrevivieron», afirma Hadjian. En su relato, la memoria del genocidio no es solo un hecho histórico, sino un elemento constitutivo de la identidad armenia fuera de su territorio. A diferencia de la República de Armenia, que por razones geopolíticas, como su relación con Turquía y el conflicto con Azerbaiyán, tiende a adoptar posiciones más pragmáticas, la diáspora sostiene una demanda activa de reconocimiento, verdad y justicia a nivel global.

Consejo Directivo del Centro Armenio. Al centro de la imagen, el Obispo Primado de la Iglesia Apostólica Armenia para la Argentina y Chile, Arén Shaheenian, y el presidente del Centro, Aram Karaguezian. Foto: gentileza.

Señal de alerta para el presente 

En un escenario atravesado por el resurgimiento de discursos xenófobos y antiinmigrantes, Hadjian deja una advertencia que atraviesa toda la entrevista: «Nada empieza de golpe. Todo comienza con pequeños discursos con exclusiones sobre un “otro culpable” que se van naturalizando». En esa línea, insiste en que la historia del pueblo armenio no pertenece solo al pasado, sino que funciona como una señal de alerta en el presente: «Los genocidios no son hechos aislados. Cuando quedan impunes, abren la puerta a que se repitan».

A más de un siglo, la experiencia de la diáspora armenia, y su arraigo en países como Argentina, no solo evidencia el impacto de la violencia, sino también la capacidad de reconstrucción, de resistencia y de transmisión cultural a lo largo de generaciones. Hoy más de 100 mil descendientes armenios forman parte del entramado social argentino, sosteniendo esa memoria en diálogo con nuevas identidades y contextos.

El sentido de recordar excede lo conmemorativo. En este cruce entre pasado y presente, la memoria se vuelve una herramienta crucial y activa, un acto político y colectivo. Como señala Hadjian, «recordar no es solo un ejercicio del pasado, es una forma de intervenir en el presente para que estas historias no vuelvan a repetirse».

Imagen de portada: marcha pasada del 24 de abril, desde la Facultad de Derecho hasta la residencia del embajador turco, en donde se realiza un pequeño acto por la memoria, la verdad y la justicia. Foto: gentileza.


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Autora |  + notas

Licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Buenos Aires, donde también cursó el Programa de Actualización en Comunicación, Géneros y Sexualidades, se especializó en comunicación digital en Éter y cuenta con una trayectoria profesional vinculada a la comunicación para políticas públicas en Argentina. Actualmente reside en Melbourne, Australia, donde se desempeña como comunicadora freelance en diversos proyectos.


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