A 92 años del asesinato de Augusto C. Sandino, conversamos con Guillermo Fernández Ampié, historiador nicaragüense radicado en México, doctor en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Autónoma de México (UNAM) e investigador especializado en historia centroamericana y la memoria de los procesos revolucionarios de la región. Desde su propia experiencia como partícipe de la Revolución sandinista, analiza cómo Sandino —cuyo «despertar» político tuvo lugar en el clima de la Revolución mexicana—, se convirtió en un líder de masas que hizo de una lucha partidaria un proyecto de soberanía nacional y dignidad continental.
Recorriendo Centroamérica y, sobre todo, México en plena Revolución, Augusto César Sandino forjó desde su condición de trabajador rural migrante la conciencia que lo convertiría en una de las figuras más singulares y decisivas de la historia política nuestroamericana. Esa travesía, que lo llevó del desarraigo a la organización sindical y de allí al antiimperialismo, es uno de los ejes que Guillermo Fernández Ampié recorre en esta entrevista. Historiador nicaragüense radicado en México, doctor en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) e investigador de larga trayectoria en historia centroamericana, Fernández Ampié no habla solo desde los archivos: habla también desde la memoria de quien creció y maduró con la Revolución. Actualmente finaliza un libro que recoge testimonios y anécdotas de los años de la guerra contrarrevolucionaria, a publicarse a mediados de año.
En el itinerario vital de Sandino se condensan grandes momentos de la historia de América Latina en el siglo XX. Nacido en 1895 en el mítico pueblito de Niquinohomo (que en náhuatl significa «valle de los guerreros»), el futuro «General de los hombres libres» encontró en la experiencia del desarraigo y en el clima de lucha sindical y social de la Revolución mexicana los elementos de un ideario antiimperialista y latinoamericanista. Autodidacta, lector incansable y profundamente convencido de la dignidad de los sectores humildes, regresó a Nicaragua para comprometer sus propios recursos y su vida en una causa colectiva: la defensa de la soberanía nacional.
Fue así que su nombre quedó ligado para siempre a la resistencia armada contra la ocupación militar de Estados Unidos y a la transformación de una guerra entre facciones políticas en una auténtica lucha de liberación nacional. Con un ejército formado por campesinos, mineros y trabajadores pobres, Sandino desafió y asedió durante años a una de las fuerzas militares más poderosas del mundo, convirtiéndose en símbolo de dignidad, organización popular y esperanza continental. Tras forzar la retirada de las tropas estadounidenses en 1933, apostó por la paz y por un proyecto de reconstrucción social basado en cooperativas y en la autodeterminación del país. Esa apuesta le costó la vida, ya que fue capturado y asesinado a traición en Managua el 21 de febrero de 1934. Sin embargo, su muerte no clausuró su legado: Sandino permanece como emblema de la soberanía, de la integración latinoamericana y de la convicción de que solo la fuerza organizada de los pueblos puede abrir un horizonte verdaderamente libre.
Fernández Ampié ha publicado ensayos y capítulos de libros sobre migración centroamericana, las transformaciones del sandinismo y también sobre la historia educativa y política a nivel regional. Su trayectoria académica y su experiencia personal se entrelazan en esta conversación, en la que la historia de Sandino se ilumina también desde adentro: en esta entrevista, nos cuenta sobre la vida del legendario líder popular y su experiencia revolucionaria en primera persona.
—¿Dónde nació Sandino y cuál era su contexto familiar?
—Sandino tuvo un origen muy humilde. Fue hijo de una trabajadora del campo, de una recolectora o cosechadora de café. A estos trabajadores rurales asalariados o jornaleros, en Nicaragua se les conoce como cortadores o cortadoras de café. Así que la madre de Sandino es una cortadora de café, que vendía su fuerza de trabajo a los productores o hacendados de la zona. Nació en el pueblo de Niquinohomo, que es una población de origen indígena. El padre de Sandino era un hacendado cafetalero de ese pueblo, había servido como alcalde y como juez de ese pueblo. Sandino lo explica bien en la entrevista que otorgó al periodista José Román a principios de 1933, plasmada en el libro Maldito País.

Sandino contaba con 11 o 12 años cuando su padre, Gregorio Sandino, lo aceptó y lo llevó a vivir a su casa, donde había formado familia con su esposa, que también pertenecía a una familia adinerada y con quien tenía otro hijo, Sócrates, menor que Sandino. De manera que Augusto César es un hijo nacido fuera de matrimonio, fue un «hijo ilegítimo» o «natural», como se decía entonces en Nicaragua. Hay versiones de que vivió en la casa paterna hasta los 14 años, y que a partir de entonces se dedicó al comercio de granos, frijoles y café, principalmente.
—Se sabe que durante su juventud, Sandino fue jornalero y también un lector voraz. ¿Podrías desarrollar ese período de su vida?
—Como él mismo lo expresó en varias ocasiones, desde muy pequeño ayudaba a su madre en las labores del campo, es decir, a recolectar café. Después, a partir de los 12 años estudia en la escuela primaria, pero también trabaja en las fincas de su padre. No se conocen muchos detalles de este período. Alejandro Bendaña, historiador nicaragüense, destaca que cuando Sandino estuvo en México, José Vasconcelos era secretario de Educación Pública e impulsó una constante campaña para enseñar a leer y escribir a trabajadores y campesinos. Se fundaron varias escuelas rurales y se publicaron miles de libros de distribución gratuita. Y esto lo hace suponer que Sandino se benefició de este contexto. Entre los autores que se publicaron entonces se encuentran José Enrique Rodó, Gabriela Mistral, Rubén Darío, Cervantes y los poetas del «Siglo de Oro» español. Podemos suponer que Sandino leyera algunos de esos textos, pero no se cuenta con evidencia. Por otro lado, también se radicó en Yucatán, probablemente cuando aún era gobernador Felipe Carrillo Puerto, dirigente del Partido Socialista del Sureste, que impulsó una serie de políticas de carácter socialista y a favor de las mujeres. Pero, nuevamente, ante la falta de evidencia documental, Bendaña utiliza expresiones como «se estima…», «se considera…», «es posible que…» o «Sandino habría…», porque el contexto lo sugiere. Existe un testimonio que afirma que Sandino archivaba documentos del Partido Socialista del Sureste…
—¿Cuál era el interés de Estados Unidos en Nicaragua?
—En general, tiene que ver no solo con Nicaragua, sino con toda Centroamérica. La posición geográfica de Centroamérica tiene una enorme importancia estratégica para dominar el Caribe, una de las principales rutas del comercio internacional del siglo XX. Y en el caso de Nicaragua, cuando se dio la primera intervención en el siglo XX de Estados Unidos, que llevó al derrocamiento de un presidente liberal, José Santos Zelaya, en 1909, tenía que ver con la construcción de una vía interoceánica, que en ese entonces se estaba construyendo en Panamá. En ese entonces surgió el rumor de que el presidente nicaragüense estaba contactando a inversionistas alemanes o japoneses para construir otro canal por Nicaragua. Por mucho tiempo la primera opción que se planteó en Estados Unidos para la construcción de una vía interoceánica fue el territorio nicaragüense. Entonces, cuando Estados Unidos interviene, se firmó en 1914 un tratado por el cual Nicaragua concede a Estados Unidos el derecho a perpetuidad para construir un canal a través del territorio nacional. Por lo tanto, no es que Estados Unidos en ese momento quisiera o dijera «sí, voy a construir otro canal», simplemente quería asegurarse de que nadie más construyera otro canal. Sin embargo, en los años 30 llegaron a Nicaragua ingenieros y militares estadounidenses a explorar las rutas y las posibilidades de un nuevo canal, porque se estimaba que para los años 60 el volumen del comercio internacional sería tal que ya el canal de Panamá no iba a dar abasto. Este tratado fue abolido en los años 70.
—¿Y en ese contexto en particular, cuál fue el rol de la United Fruit Company?
—A Estados Unidos le ha interesado controlar el istmo centroamericano y toda la cuenca del Caribe por ser una de las rutas comerciales y geopolíticas más relevantes para dominar el continente. Incluso para proteger el canal de Panamá y evitar competencia. Su interés en la región es ese precisamente, geoestratégico… y en esos años lo que le interesaba era establecer bases carboneras en las que sus embarcaciones a vapor podrían reabastecerse. En el caso de la United Fruit, que fue una de las principales empresas inversionistas, ejerció dominio principalmente sobre Guatemala, Honduras y Costa Rica. En los dos primeros países derribó e impuso gobiernos a su voluntad y para que sirvieran a sus intereses. Las intervenciones militares y políticas de diferentes gobiernos de EE. UU. también estuvieron motivadas por los intereses de esa empresa, como lo demostró el derrocamiento del gobierno de Jacobo Árbenz, en 1954, en Guatemala. Las plantaciones bananeras de la United Fruit son el mejor ejemplo de cómo funcionó la economía de enclave en esos años… y prácticamente constituían un Estado dentro de los Estados nacionales que oficialmente eran Guatemala, Honduras y Costa Rica.

—¿Cuál es el contexto sociopolítico al regreso de Sandino?
—En Nicaragua, en ese mismo periodo, se está dando uno de los tantos conflictos o guerras civiles que sacudieron al país, que enfrentaban a los dos partidos tradicionales: el liberal y el conservador. Sandino se identificaba como liberal y decidió ir a Nicaragua a luchar por la reinstalación del presidente liberal de esos años. Este periodo se conoce en la historiografía nicaragüense como la Guerra Constitucionalista. Y esta guerra estaba llegando a su fin cuando el jefe de las fuerzas liberales decidió pactar con el enviado especial de Estados Unidos, Henry L. Stimson, para poner fin a este conflicto. El jefe de las fuerzas liberales, José María Moncada, traiciona a sus propios jefes, incluyendo al presidente constitucional que pretendía retomar la presidencia, y llegó a un acuerdo con los estadounidenses. Se sabe que la promesa que le hicieron a Moncada fue que él sería el próximo presidente de Nicaragua. Esto, como parte del acuerdo, obligaba a las fuerzas liberales que luchaban contra los conservadores a entregar los fusiles. Todos lo hicieron, menos Sandino.
—En este periodo se da un salto en la lucha política tradicional entre liberales y conservadores y se pasa de pronto a una guerra nacionalista antiimperialista, incluso de carácter continental.
—A partir de 1927, la guerra de Sandino, la resistencia de Sandino, ya no va a ser partidaria, no va a ser como soldado liberal en contra de los conservadores, sino que va a convertirse en una guerra nacionalista en contra de la intervención extranjera. Y ahí Sandino lo dice claramente: va a luchar hasta que el último marine estadounidense se vaya del país. Pese a las penurias con que enfrentó a Estados Unidos, de por sí ya poderoso, los estadounidenses no lograron derrotarlo y se vieron obligados a retirarse del país en 1933. Sandino confió de buena fe en este acuerdo de paz que permitiría la retirada de los marines y la convocatoria de unas elecciones en Nicaragua. ¿Qué sucede? Que un año después, Anastasio Somoza, el jefe del Ejército que los marines habían organizado en Nicaragua —pues los marines crearon un ejército integrado por «nativos», de nacionales, llamado Guardia Nacional—, ordenó el asesinato de Sandino. Asesinan a Sandino precisamente un 21 de febrero y masacran a unos 600 de sus seguidores.

—A partir de ese momento, se buscó invisibilizar la figura de Sandino.
—Efectivamente, después de que Somoza, en complicidad con el embajador estadounidense, deciden y ordenan el asesinato de Sandino y la masacre de sus seguidores, hay todo un periodo en el que se trata de ocultar y desaparecer todo recuerdo de él. Siempre recuerdo, y me gusta mencionar este hecho, que yo estudié primaria bajo el régimen de Somoza y en los textos que estudiamos pues no aparece la figura de Sandino. Pero existió una corriente de la memoria popular y una versión de la historia muy alternativa, subterránea y subversiva, que se confronta contra la historia dominante, hegemónica, que trata de patrocinar el Estado. Entonces, la historia de Sandino va a seguir viviendo ahí, en ciertos relatos, en ciertas canciones que se convierten después en folclóricas, en ciertas leyendas que cuentan los abuelos, que cuentan las personas de la región donde se escenificaron los principales combates. Pero en términos de la enseñanza formal de la escuela pública, pues no se hablaba de Sandino. Y yo digo que a los nicaragüenses nos pasaba como ocurrió con estos miles de niños que fueron secuestrados por la dictadura argentina, que crecieron sin saber su pasado, quiénes eran ellos verdaderamente, desconocían su verdadera identidad. O sea, en ese sentido, nosotros como pueblo fuimos creciendo sin saber nuestra propia historia, nuestro propio pasado y sin saber la relevancia y la resonancia que tuvo Sandino a nivel continental.
Esto es lo que se va a conocer después, con la Revolución sandinista. Obviamente la Guardia Nacional no pudo eliminar a todos los seguidores del sandinismo. Algunos huyeron del país, otros se refugiaron en distintos lugares en la propia Nicaragua, y estos transmitieron a sus familiares, a sus hijos, la historia de Sandino. Uno de ellos es, por ejemplo, el padre de Tomás Borge, combatiente de Sandino; Borge fue uno de los fundadores del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), que después de 1979 fue comandante de la Revolución. Por otra parte, Carlos Fonseca, principal líder del FSLN, también conoció la historia de Sandino porque era originario de la región donde Sandino desarrolló su lucha. Y entonces, a nivel popular, a nivel local, la resistencia de Sandino estuvo siempre viva en la memoria del pueblo. Además, Somoza escribió un libro tratando de desprestigiar a Sandino; Carlos Fonseca hizo una lectura crítica de este texto. Fonseca le dio la vuelta, lo leyó e interpretó de otro modo, rescatando el pensamiento nacionalista y revolucionario que tenía Sandino.
—¿Cómo se organizó la resistencia antes y durante el surgimiento del FSLN, y en qué medida apeló al legado sandinista?
La oposición al somocismo tuvo varios momentos. Uno de esos momentos, quizás el primero, se dio en 1944, en el seno del Partido Liberal (el de Somoza). Un sector se opuso a que continuara en el poder. El partido se escindió y surgió el Partido Liberal Independiente. Muchos de sus líderes y otros opositores fueron enviados al exilio. Como parte de este movimiento, estudiantes de la Universidad Central realizaron protestas contra las intenciones reeleccionistas de Somoza García y el dictador respondió clausurando la universidad. Otro intento serio fue el atentado que prepararon varias personalidades para eliminar a Somoza, pero fracasó por una delación y Somoza eliminó a buena parte de los conspiradores. En 1959 hubo un intento de invasión armada desde Costa Rica, pero fracasó porque la Guardia de Somoza capturó a los implicados, entre ellos a Pedro Joaquín Chamorro.
Un hito en la resistencia contra Somoza y en la lucha contra la dictadura fue el atentado que realizó el joven poeta y periodista Rigoberto López Pérez en septiembre de 1956, durante una fiesta en la que Somoza celebraba su postulación para una reelección más. López Pérez logró infiltrarse en la fiesta y vestido como mesero se acercó al dictador y disparó cinco veces contra él. Somoza fue enviado de urgencia a un hospital estadounidense en la zona del canal, pero murió a las pocas horas. De esa manera, el joven poeta vengó la muerte de Sandino.
Pocos años después surgieron diversos grupos armados, como «la guerrilla de Chale Haslam», el Frente Revolucionario Sandino, la Guerrilla del Chaparral… Integrantes de estos dos últimos movimientos fundaron el Frente Sandinista entre 1961 y 1963. De manera que la resistencia y la lucha contra Somoza tuvo diversas expresiones en los años 40, 50 y 60 del siglo XX, entre ellas la lucha política legal y la lucha armada. Lo que distingue al FSLN es que se mantuvo constante desde 1961-1963 hasta lograr derrocar al tercer Somoza en el Gobierno, al promover una insurrección popular en 1979.
—¿Cuáles fueron las consecuencias políticas y sociales luego de la llamada Masacre de la Av. Roosevelt, en 1967?
—Hay que hacer referencia al contexto. A diferencia de otros países centroamericanos, donde también hubo dictaduras, como en Guatemala, El Salvador y Honduras, en Nicaragua, en realidad, fue una sola familia la que gobernó por más de cuarenta años. Hubo, de hecho, una dinastía. Somoza padre fue el que asesina a Sandino, fue presidente, y después dos de sus hijos también fueron presidentes del país. Esto generó un rechazo al somocismo como sistema, a la dictadura en general. Entonces, resulta que el antisomocismo también fue multiclasista; es decir, había sectores de la burguesía que también rechazaban a Somoza, en gran medida porque Somoza no proviene de la oligarquía tradicional. Este fue también un rechazo de clase. A esto se sumó el rechazo popular en contra de los desmanes y la represión brutal que va ejerciendo la dictadura para consolidarse y mantenerse en el poder.
Sin embargo, habría que aclarar también que cuando se funda el Frente Sandinista, se da en un contexto en el que a nivel centroamericano y latinoamericano surgieron muchos movimientos guerrilleros, que emergieron por influencia de la Revolución cubana. A partir de ahí —a diferencia de lo que se planteaba antes de los años 50— el carácter de la lucha ya no es solo para derrocar al régimen. Antes de los 50 no se planteaba una revolución social, solo un cambio de figura en la presidencia. Con el FSLN sí se propone un cambio radical, no solo de la persona que gobierna, sino una verdadera revolución social. El Frente Sandinista se plantea impulsar una revolución social, que incluía la alfabetización, la distribución de tierras entre campesinos que no tienen una parcela para sostener a sus familias; un proceso que tiene un carácter nacionalista y antiimperialista, retomando las ideas de Sandino. Pero bueno, en sus primeros años fue un foco guerrillero muy pequeño, que incluso es eliminado.

La mayoría de las fuerzas sandinistas en los primeros años son eliminadas, por lo que la población nicaragüense no mira la lucha guerrillera o la lucha armada como una alternativa. En cambio, las luchas tradicionales de los partidos políticos tradicionales todavía tenían mucha fuerza. Y en este sentido, el Partido Conservador había sido una de las fuerzas opositoras tradicionales a Somoza, lo que tiene que ver con la lucha histórica, que viene desde el siglo XIX, entre liberales y conservadores. Estos partidos se diferenciaban principalmente por lo que consideraban cuál es el papel que debe jugar la Iglesia en la sociedad. El Partido Conservador atrajo a muchas personas y realizó una gran manifestación en rechazo al intento del tercer Somoza de querer ser reelegido. Esta manifestación fue masacrada y después de la masacre el líder de este partido llegó a un acuerdo con Somoza para formar un triunvirato de Gobierno. La población bautizó este acuerdo como el «Kupia Kumi», que en miskito, una de las lenguas indígenas del país, significa «todo corazón» o «un mismo corazón». Pero la población se dio cuenta de que entre liberales y conservadores —en este caso entre el somocismo y el conservadurismo más tradicional— no hay muchas diferencias, que tienen mucho en común, que están latiendo al mismo ritmo. Entonces, hay un desencanto de esa oposición tradicional a Somoza. Esto ocurrió en el momento en el que uno de los focos guerrilleros del FSLN es eliminado, que es el del cerro Pancasán, en 1967. Y esto demuestra a la población que solo los jóvenes que integraban el Frente Sandinista estaban dispuestos a luchar hasta las últimas consecuencias, como se decía en la época, contra la dictadura.
A la vez, el Frente Sandinista realiza un trabajo de «acumulación de fuerzas en silencio», como se conoce ahora este periodo de la lucha antisomocista. Hace un trabajo con las comunidades, en los barrios más pobres, organizándolos, impulsándolos a realizar demandas que tienen que ver con necesidades sentidas de la propia población. Por ejemplo, que se introduzca agua potable al barrio. Son demandas que tienen que ver con sanidad, con educación, y a partir de este trabajo se va despertando una conciencia política más clara entre la población. Pero esto tiene que ver también con una catástrofe natural que se dio en Nicaragua, que fue el terremoto de 1972, con el que prácticamente desapareció la capital y que también sirvió para demostrar o evidenciar, una vez más, la rapacidad del régimen somocista y su corrupción al hacer negocios con la ayuda internacional que llegaba para los damnificados. Esta situación alentó más el rechazo y el sentimiento antisomocista. Y esto se sumó a una acción espectacular que realizó el Frente Sandinista en 1974, cuando en diciembre de ese año se tomó la casa donde se celebraba una fiesta en homenaje al embajador estadounidense. En esa fiesta participaban muchos ministros y familiares de Somoza, que fueron tomados como rehenes. Esto permitió la liberación de varios militantes sandinistas que estaban encarcelados. Entonces, pese a la represión que había —incluso ya podría aludir hasta ciertos recuerdos personales— y al temor de la Guardia Nacional, la población salió a las calles a despedir a los guerrilleros. O sea, al final, Somoza se vio obligado a negociar con los guerrilleros. Como parte de la negociación se exigió un avión para trasladar a los guerrilleros a Cuba. Y mientras estos eran trasladados hacia el aeropuerto, la población salió a vitorearlos, vitoreaban a los guerrilleros como hacen los fanáticos del fútbol cuando celebran a sus selecciones nacionales. A partir de ahí hay un ascenso enorme, tanto de la conciencia como de la lucha revolucionaria, y se comienza a ver más y más «pintas» o grafitis de Sandino en las paredes y a escuchar más y más las canciones que hacen referencia a su lucha.
—¿Qué significó la revolución para el pueblo nicaragüense?
—Si lo vemos desde el punto de vista personal, yo te diría que la Revolución coincide con ese momento en donde un joven va tomando conciencia de sí mismo. Cuando se pasa de adolescente de 14 o 15 años y se comienza a pensar más allá y más en la vida. Pero creo que también la misma lucha revolucionaria te hace despertar y te da otros intereses y te da otra conciencia, incluso al ver a compañeros o amigos muertos. Te hace ver que también tenemos una responsabilidad, porque hay una responsabilidad social, colectiva y uno decide si quiere ser parte de este movimiento o no. Yo creo que también por cuestiones de clase, por crecer en una familia de clase trabajadora, pues te sumas a este proceso, ya más con cierta conciencia, y en mi caso, por el activismo social proveniente del cristianismo, es decir, del amor al prójimo, la entrega a los demás, de dar de comer al hambriento, de dar de beber al sediento, y ves que la Revolución también se propone eso, que ve a los más pobres como un prójimo, como alguien al que también debes de amar y por el cual vas a luchar. En este sentido me siento muy afortunado de haber vivido esa época, incluso siendo tan joven y pese a no tener tanta conciencia. Porque crecí y maduré con la Revolución.

—¿Cómo se pasó del intento somocista de invisibilizar a Sandino a su rehabilitación como símbolo de la Revolución de 1979? ¿Y cuál es su valoración en el contexto del orteguismo actual?
—Las transfiguraciones de los iconos revolucionarios siempre están expuestas a distintas lecturas que tensionan entre lo institucional, lo popular y lo académico. La rehabilitación de Sandino en 1979 fue algo espontáneo. Sandino estaba prohibido, censurado. Al caer Somoza, Sandino salió a la luz y se comenzó a conocer ampliamente su historia. El FSLN siempre se dijo continuador de la lucha de Sandino, inspirado en su ejemplo; los sandinistas se consideran hijos de Sandino… Por lo tanto, era algo natural la reivindicación del héroe, pero a partir de 1979 también desde las instancias del Estado (en la Educación, en los símbolos patrios, en el arte).
—Para cerrar, ¿te gustaría contarnos algo sobre tu propio recorrido: tu militancia, cómo surgió tu interés por estudiar a Sandino, qué te llevó a dedicarle años de investigación?
—Mi militancia (si puedo llamarla así) es más que modesta. Más bien prefiero llamarla mi participación en el proceso revolucionario, y lo que puedo decir es que parte de mi integración a un grupo juvenil cristiano, y de ahí —ante la brutalidad de la represión somocista— como otros jóvenes pasé a realizar actividades de agitación (como regar papeletas, hacer pintas/grafitis en las paredes, quemar llantas y participar en mítines en barrios populares), que eran una actividad muy común que hacían entonces estudiantes de secundaria. Luego, con el triunfo de la Revolución, al igual que miles de jóvenes de mi generación participé en distintas tareas que demandó la Revolución: alfabetizar, participar en las milicias populares y los batallones de reserva para defender militarmente la Revolución, levantar la producción (cortes de café), participar en brigadas de trabajos comunales… estudiar y defender la Revolución; esas fueron nuestras principales tareas como jóvenes en esos años. Eso fue lo que me correspondió.
Y mi interés por leer y profundizar sobre Sandino parte de mi deseo y de mi necesidad de conocer esa historia que nos habían vedado antes de 1979, y porque considero que Sandino es el principal prócer y héroe nacional de Nicaragua.

—¿Podrías comentarnos un poco sobre el libro que estás por publicar?
—Sí, se trata de un pequeño libro que recoge diversas anécdotas y experiencias, como dije al inicio, algunas que me tocó vivir personalmente, otras de las que fui testigo, otras que escuché, pues, cuando nos reuníamos ahí varios compañeros después de un combate y contaban lo que habían visto, lo que habían vivido, y fui anotando algunas cosas en esa época. Después de tantos años, sentí la necesidad de hablar de eso. También tengo amigos muy queridos que fallecieron en esa época defendiendo la Revolución y sentía la necesidad de hacerles un homenaje. Sentía que debería dar ese testimonio. Y en parte también tuvo que ver con lo que ocurrió con la pandemia, tiempo en el que otros amigos también fallecieron. Entonces, como que durante la pandemia se me vino el luto que venía cargando de los años 80. Y entonces, comenzó un poco a tratar de ordenar eso, de darle cierta forma. Y al inicio pensaba hacerlo como un testimonio, porque creo eso: que el testimonio todavía no ha pasado de moda. Son experiencias que viví, y que por lo menos tenía que dejar una constancia. Que era importante, pues, también dar la versión de un subalterno. Entonces quería hablar de esto, pero no me interesaba hablar del aspecto heroico de la guerra o de los combates, sino de las cosas más cómicas, livianas, lo que yo llamo la extraordinaria cotidianidad que se vivió en esos años, ¿verdad? Hay mucha memoria y muchos recuerdos de esta guerra, pero que son muy amargos. Pero hay una diferencia entre quien fue voluntario o consciente y quien fue porque no le quedó de otra, y me parecía que no se ha recuperado la historia de ese periodo, donde muchos jóvenes marchamos de manera voluntaria. El libro trata de abordar ese aspecto, ese periodo.
Imagen de portada: Monumento a Augusto César Sandino en el Municipio de Muy Muy (Departamento de Matagalpa, Nicaragua) | Imagen: gentileza de Guillermo Fernández Ampié
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