Maria Rosa González Rojas llegó a Buenos Aires en mayo de 1972 junto a sus hijos con una dirección escrita en un papelito. Tras atravesar muchas dificultades como madre y migrante, se estableció en Quilmes, donde fundó hace cuatro décadas un emprendimiento de comida paraguaya en el barrio de Villa Itatí.
Corrían los años setenta y en la ciudad de Luque, en el área metropolitana de Asunción del Paraguay, María solía vender pan con manteca y café con leche en la puerta de un matadero. Pero el trabajo no le alcanzaba. Tenía tres hijas, y la vida, según me contó, era ir de peor en peor. Sin embargo, nunca bajó los brazos: persistió en la búsqueda de mejorar su situación. Y así buscó otras salidas para asegurar el alimento de sus hijas, aunque no estuvo exenta de nuevas dificultades: recuerda que durante un tiempo tenía que cruzar el Río Acaray en Ciudad del Este para trabajar como cocinera y lavandera, y recuerda que una vez una víbora de un grandísimo tamaño rozó sus piernas. Esa cuenca que desemboca en el Paraná es conocida, entre otras cosas, porque allí habitan más de cien especies distintas de serpientes.
Así, expuesta a esos peligros, debía ganarse la vida Doña María antes de partir hacia la Argentina, donde luego se instalaría en Villa Itatí (en la localidad de Don Bosco, Quilmes).
Consciente de su situación, su hermano, que ya estaba en Argentina, le mandó un pasaje. Tanto él como la tía de María vivían en Villa Itatí, en la localidad de Quilmes (Prov. de Buenos Aires), y ya le habían avisado que podía ir porque había trabajo. Pero María puso una condición: si podía ir junto a sus hijas, lo haría. Y fueron. Al poco tiempo de llegar, ya había conseguido empleo para limpiar casas. Su primera impresión del barrio fue difícil —llegó en plena construcción de la autopista cercana a lo que hoy es «La Laguna», en la zona baja de «La Cava», Villa Itatí—, pero la esperanza de encontrar un mejor trabajo y el hecho de reunir a toda su familia en un solo lugar le facilitó la adaptación.
Volver a empezar, una y otra vez
Un acontecimiento crucial en la vida de María también tendría lugar en esta etapa. Enfrente de la casa de sus familiares, había un viejo bar donde solían juntarse los trabajadores a charlar, tomar algo y jugar al truco después de la jornada laboral. Era un lugar frecuentado por todo el barrio y allí, un hombre llamado Concepción Benítez preguntó por María, quien a veces se apersonaba en el lugar junto a su hermano. Lo concreto es que los presentaron a ambos y la conexión fue casi instantánea: él se animó a decirle que ella iba a ser su esposa, y ella, sin dudarlo, aceptó la propuesta a condición de que aceptara y reconociera a sus hijas para que tuvieran un padre. «Te voy a aceptar, pero tengo tres hijas y tenés que aceptar eso». Concepción aceptó la propuesta, sin más, y se fue al Paraguay a reconocerlas. Al poco tiempo, en 1973, ambos se casaron. Y juntos tuvieron tres hijos más: Antonio, Ignacio y Emma.
Así, vivieron muchos años juntos. Sin embargo, Concepción falleció en 1986 por razones que la familia prefiere mantener en reserva. Por entonces, Emma, la hija más chica de ambos, tenía seis años. Y María, que quedó sola nuevamente al cuidado de sus hijos, tomó una decisión: en lugar de salir a trabajar y dejar a los chicos al cuidado de otros, optó por emprender un negocio propio: vendería pan desde su propia casa.
Sin embargo, la situación hacia fines de los ochenta empeoraba. María recuerda que la gente empezó a comprar menos pan, y el dinero ya no le alcanzaba para pagarle a la panificadora que le proveía a su comercio. Tenía que buscar la forma de ganar más plata para poder hacer frente a los gastos y seguir manteniendo a sus hijos.
La Chipá de Doña Marí
En medio de estas dificultades nació el emprendimiento que todo el barrio conocería luego como «La Chipá de Doña Marí». Ella, a cargo de toda la elaboración, salía a venderlas personalmente, cargándolas en una canastita redonda que tenía un mantel blanco almidonado, impecable. Esa imagen se convirtió en su sello.
No obstante, pasó por nuevos momentos difíciles. Si bien el emprendimiento rindió sus frutos, también atravesó por dificultades que amenazaron su continuidad, y no solo de carácter económico. Una vez, como producto de problemas con un vecino (dueño de un local que producía muchos ruidos molestos y alteraba la convivencia en el barrio), María tuvo que mudarse durante un tiempo. El hecho de no poder descansar bien ni tampoco estar tranquila en su casa para trabajar hizo que le manifestara a sus hijos que debía marcharse. Así, decidió residir en Berazategui junto a su hijo Antonio hasta que se calmaran las cosas.
Afortunadamente, pudo volver al barrio que la extrañaba y estar cerca de su emprendimiento, que ya lleva casi cuatro décadas. Y si bien María ya no trabaja —es jubilada y pensionada—, lo que construyó no se detuvo: su hijo y su nuera continúan con el negocio, vendiendo la chipá que hizo famosa a su mamá en todo el barrio. También elaboran recetas típicas como sopa paraguaya y chipa so’o (chipa rellena con carne). Por eso cuando alguien del barrio se acerca comprar, todavía les preguntan si la de la chipa es la que preparaba Doña Marí y, desde luego, le responden que sí.
Epílogo
Aunque Doña María afirma conservar un gran amor por su tierra natal, se siente más argentina que paraguaya. Ello obedece a las oportunidades que le brindó la Argentina cuando llegó. «En Paraguay luché mucho y no pasó nada; perdí la esperanza allá», afirma. También dice que a su pueblito lo extraña con matices. Sus padres ya no están; el resto de sus hermanos quedaron allá. A veces quiere volver, pero cuando va no dice que ya encuentra lo que esperaba. Lo que encontró —trabajo, amor, familia, oportunidades— lo encontró en Villa Itatí. Acá, dice, está su gente. Y también afirma que va a morir acá. Este es su lugar.
Su proyecto hoy es uno solo: que el emprendimiento de comida paraguaya siga adelante. Que las nuevas generaciones que la van a suceder lo mantengan con vida, porque ese es su legado. Y que los chicos del barrio, cuando la saludan con cariño y recuerdan lo rico que les cocinaba a todos durante las fiestas del Día de la Inmaculada Concepción (que se celebra todos los 8 de diciembre), sigan teniéndola presente para siempre.
Aviso: si querés disfrutar de las recetas de Doña María, su local se encuentra en la calle Yapeyú 1066 (Quilmes, Prov. de Buenos Aires). Su horario de atención es de lunes a sábado de 14 a 19 hs.
Esta nota fue elaborada con la asistencia de Chatbot Migrante, la herramienta de inteligencia artificial generativa de Refugio Latinoamericano para la producción de notas periodísticas, a partir del reporte de su corresponsal. El contenido fue revisado y editado por el equipo editorial antes de su publicación.
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Elvio Antonio Báez (Elvis Báez) es comunicador popular, periodista y escritor. Nacido en 1991 en La Boca, adoptó a Villa Itatí (Quilmes, Prov. de Buenos Aires) como su hogar y fuente de inspiración. Ha colaborado en medios como «La Garganta Poderosa» y «Sudestada», y es cofundador de «Comunicación y Reflexión Villera» (CRV) y del espacio «Poetas del Bajo Mundo». Actualmente dirige el medio digital «Itatí TV».
A través de la poesía, la crónica y el ensayo, Báez se propone narrar la historia viva de su barrio. Es autor del poemario «Las Hojas Que Caen a Tiempo» (2023), «Poesías antifascistas» (2024) y de la crónica «Consciencia y clase, crónicas de un villero» (2025).
