En la localidad de San Francisco Solano (Quilmes, provincia de Buenos Aires), la comunidad paraguaya se organiza alrededor de la parroquia Nuestra Señora de las Lágrimas. Desde la década de 1970, las referentes vecinales garantizan el acceso a la alimentación, la salud y la preservación de la identidad cultural.
Las personas migrantes de origen paraguayas residentes en San Francisco Solano (Quilmes, prov. de Buenos Aires) sostienen redes de apoyo mutuo hace cinco décadas. En la parroquia Nuestra Señora de las Lágrimas, un grupo de mujeres que forma parte de la colectividad lidera la asistencia alimentaria. Esta organización comunitaria preserva la identidad cultural y busca garantizar derechos básicos frente a las crisis socioeconómicas.
La migración paraguaya contribuyó a la construcción de este barrio bonaerense mediante el trabajo compartido y la solidaridad vecinal. Las referentes comunitarias son quienes identifican las necesidades del territorio y, según el caso, articulan con el municipio, Cáritas o la Iglesia católica. Esta capacidad de organización les permite afrontar las dificultades económicas y la falta de acceso a los servicios públicos esenciales.
Mari Portillo llegó a la Argentina en 1970, cuando tenía apenas 16 años. Ella recuerda las dificultades iniciales para regularizar su situación documental en el país de destino. «Vine de mi país con la ilusión de poder seguir mis estudios», relata la vecina. Sin embargo, su proyecto se detuvo temporalmente por las exigencias administrativas locales. «Mi sueño fue rápidamente truncado cuando me encontré con la barrera de los trámites», comparte Portillo.
En los años previos a la fundación de la parroquia Nuestra Señora de las Lágrimas, las familias paraguayas ya se reunían en la zona del Puente 12, ubicado en Ciudad Evita (La Matanza, provincia de Buenos Aires). «Ahí nos reuníamos de distintos lugares y festejábamos compartiendo nuestra música», rememora Mari. Esas celebraciones duraban una semana y fortalecían los lazos colectivos de las personas migrantes. Ese trabajo conjunto dio origen a la organización comunitaria, que comenzó antes de que la parroquia se fundara en 1976. En la actualidad, esta parroquia es liderada por el sacerdote Juan José Berli SJ, de la congregación jesuita. Y es quien acompaña a las referentes en las tareas barriales.

Frente a las sucesivas crisis económicas, el vecindario respondió con ollas populares y proyectos productivos. Mari resalta el esfuerzo de compañeras como Tomasa Rivarola, con quien crearon una cooperativa textil. «Conseguimos una máquina de coser industrial», detalla la referente con emoción. La cooperativa se formó aproximadamente en 1984 con varios vecinos. Al principio funcionó muy bien, pero con el tiempo surgieron conflictos internos que fueron desintegrando el grupo hasta su disolución, aproximadamente en la década de 1990. No obstante, gracias a esa iniciativa, muchas mujeres generaron ingresos para sostener a sus familias. «Salimos de nuestro país para buscar una mejor oportunidad», reflexiona Portillo sobre su experiencia. «Pero acá tuvimos que luchar todas juntas para poder salir adelante», concluye.
La llegada de la pandemia en 2020 planteó nuevos desafíos para la comunidad de Quilmes y puso a prueba esa misma red de apoyo. Gladys Ortigoza, referente barrial paraguaya de 58 años, asumió la coordinación de la asistencia en el territorio. «Tuvimos que reorganizarnos en todos los sentidos», explica Gladys sobre la emergencia sanitaria. Durante la pandemia, distribuyeron alrededor de 200 módulos de alimentos para las familias. Estas mujeres también realizaron relevamientos casa por casa para detectar contagios y asegurar la atención médica.
Por su parte, Marcela Aguirre, actual directora de Desarrollo Social del Centro Integrador Comunitario (CIC), quien durante la pandemia colaboró como empleada municipal de Quilmes, sostiene que el trabajo articulado con la parroquia Nuestra Señora de las Lágrimas apuntó a garantizar derechos y mejorar la calidad de vida de las vecinas y los vecinos en un contexto crítico. Durante ese período, quienes habitaban el barrio no podían salir a trabajar y los niños, niñas y jóvenes no podían asistir a la escuela.
El conocimiento del barrio resultó fundamental para el éxito de las campañas de salud. «Cuando llegaron las vacunas, acompañábamos al personal de salud para la vacunación», relata Ortigoza. Su rol facilitó el acceso del personal de salud pública al territorio. Asimismo, durante la pandemia, recuerda que el Ejército también colaboró con la distribución de los módulos alimentarios en el barrio, donde las mujeres voluntarias colaboraban con el reparto de viandas alimentarias durante los fines de semana. «Acompañábamos al Ejército desde el comedor comunitario para repartir comida», añade la referente.
La tarea social convive de manera permanente con la defensa de la identidad paraguaya. «Es muy importante cuidar este espacio de la colectividad», sostiene Gladys con firmeza. Por eso, cada mes de mayo organizan celebraciones por el Día de la Madre Paraguaya. Estos eventos incluyen danzas tradicionales, platos típicos y la participación de vecinas y vecinos argentinos. «Por suerte, este año también nos acompañaron nuestros hermanos argentinos con su danza folclórica», comenta Ortigoza.
Los varones del barrio también reconocen el valor de este liderazgo femenino e intercultural. Luis Fleitas, argentino, vecino de 62 años, destaca el impacto de estas acciones organizadas. «Para la colectividad paraguaya es muy importante conservar su identidad, su cultura», afirma Luis. Por su parte, Darío Matto, un migrante paraguayo de 47 años, resalta la solidaridad de las coordinadoras. «Por intermedio de este espacio se puede construir con los demás actores sociales», asegura.
Además de su labor espiritual, la parroquia funciona hoy como un espacio cultural y social en el municipio de Quilmes. Allí, las referentes se reúnen mensualmente para planificar mejoras en el barrio, así como para continuar con la tarea de sostener sus tradiciones. Gladys proyecta la continuidad de este trabajo con un mensaje claro sobre el protagonismo de las mujeres. «Cabe destacar que somos las mujeres las que nos involucramos de lleno en los trabajos territoriales», concluye. El compromiso comunitario asegura que la identidad paraguaya siga viva en el territorio argentino.
Esta nota fue elaborada con la asistencia de Chatbot Migrante, la herramienta de inteligencia artificial generativa de Refugio Latinoamericano para la producción de notas periodísticas, a partir del reporte de su corresponsal. El contenido fue revisado y editado por el equipo editorial antes de su publicación.
Benicia Quintana es corresponsal comunitaria de Refugio Latinoamericano y mujer migrante originaria de Paraguay. Cursa el último año de la Carrera de Trabajo Social en la Universidad Nacional Arturo Jauretche (UNAJ) y trabaja actualmente en el Centro Integrador Comunitario (CIC) de Florencio Varela.
Tiene 55 años, es madre de cuatro hijos —dos varones y dos mujeres— y vive en San Francisco Solano, Quilmes (Prov. de Buenos Aires, Argentina).
