El fervor por el Campeonato Mundial de Fútbol y el destacado desempeño de la selección de Cabo Verde han puesto en el centro de la atención a la comunidad caboverdeana de Argentina. En la ribera de Ensenada funciona desde hace casi un siglo la institución más antigua de esta diáspora: la Asociación Cultural y Deportiva Caboverdiana, una entidad que el próximo 13 de septiembre cumplirá 99 años de vida. Dialogamos con Santiago Sosa Monteiro, su representante, para repasar la historia de una corriente migratoria transatlántica que echó raíces en los puertos del sur bonaerense. Asimismo, exploramos la cultura de hospitalidad que esta comunidad sostiene desde hace siglos, un valor del que tenemos mucho que aprender: la «morabeza».
El frenesí del Campeonato Mundial de Fútbol suele ayudarnos a descorrer esos velos que nos ocultan mundos que, por ahí, están a pocos metros de distancia. En los últimos días, las cámaras de todos los medios de comunicación se volcaron sobre la comunidad caboverdeana de Avellaneda, seducidas por la cercanía geográfica con la Ciudad de Buenos Aires. Sin embargo, a unos cincuenta kilómetros hacia el sur, en la ribera de Ensenada, se encuentra la institución más antigua de esta diáspora: un club que el próximo 13 de septiembre cumplirá 99 años de vida ininterrumpida.
En esta entrevista, Santiago Sosa Monteiro, referente de la colectividad caboverdeana de Ensenada, narra la historia de una comunidad que se forjó en los puertos y se sostuvo por el mutualismo. «Hacerte 50 kilómetros más allá de Ensenada no es negocio para algunos medios», reflexiona Santiago con una sonrisa, pero advierte que en lo cultural e histórico, quienes forman parte de esta colectividad poseen y comparten una historia riquísima, dondequiera que estén asentados.
Los orígenes de una diáspora transoceánica
Para entender los orígenes de la comunidad caboverdeana en Argentina, debemos remontarnos a la historia del archipiélago africano. Como bien explica Sosa Monteiro, Cabo Verde tiene una particularidad que lo diferencia del resto de la historia del continente: cuando llegaron los portugueses a mediados del siglo XV, las islas estaban deshabitadas. Pronto, a partir de 1462, el archipiélago se convirtió en lo que el historiador Ilídio Cabral Baleno describió como un gran «laboratorio» esclavista: allí se asentó una gran plataforma para el tráfico de la trata transatlántica. Desde las costas del África occidental, las personas esclavizadas eran llevadas hacia América. Y por allí se asentaron no solo esclavistas portugueses y personas esclavizadas, sino también genoveses, flamencos, árabes y judíos sefardíes que habían sido expulsados de España.
Sin embargo, esta sociedad fundada en la explotación no estuvo exenta de resistencias. Uno de los episodios más simbólicos de esa resistencia estalló el 6 de diciembre de 1835 en la isla de Santiago. Bautizada por las autoridades de la época como la «Revolución de todos los esclavos», la revuelta evidenció la decadencia de un imperio que ya había empezado a entrar en crisis. Ese espíritu de rebeldía y autonomía fue moldeando el sentimiento de autonomía caboverdeana, que tendría su cénit con la emergencia del panafricanismo a mediados del siglo XX y por el activismo de figuras como Amílcar Cabral, figura central del proceso que culminó con la independencia del archipiélago en 1975.
Santiago rescata la anécdota del último inmigrante caboverdiano que llegó a la zona, quien vivió de niño la emancipación de Portugal y discutía con su madre porque ella no quería dejar de ser portuguesa. «Él le decía que prefería ser un caboverdiano de primera antes que un portugués de cuarta», relata Santiago, enarbolando esa frase como bandera. Esa ausencia de tribus enfrentadas en el origen del país dio como resultado una nación integrada, que pese a todo goza de una gran estabilidad política.
El hecho de carecer de conflictos tribales o religiosos explica, en grandísima medida, el ethos mestizo caboverdeano. A pesar del drama de la trata transatlántica, de las personas sometidas a un tránsito forzado, la identidad caboverdeana está íntimamente vinculada a un proceso histórico de mestizaje. En esa hibridación se produjo una inevitable «creolización», un fenómeno que como señalaron Linebaugh y Rediker en el clásico libro «La Hidra de la Revolución», dio lugar al «idioma esencial del atlántico». El idioma de los puertos, que nació de la camaradería y la interacción de los explotados, que asumió distintas variantes en cada uno de los puntos del tráfico transatlántico. Y Cabo Verde no fue la excepción: allí existen dos registros del créole según el eje geográfico. En las islas del sur, el Sotavento, se habla el badiú; en las del norte, el Barlovento, el sampadjudu. Dos palabras que llevan inscripta la historia de la esclavitud y, al mismo tiempo, de la solidaridad: badiú viene del portugués vadio, el esclavo que escapaba al interior de las islas; sampadjudu, de sempre ajuda, el que siempre estaba dispuesto a colaborar. Dos marcas idiomáticas, nacidas a la luz de las luchas por la liberación.
Por ello, a propósito de las consecuencias identitarias derivadas del drama histórico de la trata transatlántica, Santiago aclara con firmeza: «Acá en Argentina escucho hablar de los afrodescendientes o me dicen afrodescendiente, y en una explicación burda sí lo soy. Pero yo esa definición la utilizo más que nada para la gente que es de la rama colonial, que por desgracia no tiene una explicación exacta de dónde vino su antepasado». En ese marco, a diferencia de las personas que fueron arrancadas de tribus específicas y comercializadas como esclavas, las corrientes migratorias caboverdeanas de principios del siglo XX pueden precisar su origen: «Yo puedo especificar dónde nació mi abuelo, de dónde vino».
De polizones a trabajadores en puertos argentinos
La inmigración caboverdeana a la Argentina está indisolublemente ligada al mar. Llegaron a La Boca, Dock Sud, Ensenada, Mar del Plata, Bahía Blanca y Comodoro Rivadavia. Un censo de 1890 registró apenas 11 caboverdianos en el país, pero el gran flujo migratorio se dio entre 1910 y 1940, con su pico máximo en la década de 1920.
Muchos llegaron como polizones en barcos que simplemente decían «América», sin saber si arribarían al Norte, Centro o Sur. Sosa Monteiro rememora una historia que le contaron en Mar del Plata: un inmigrante que llegó con dinero a Estados Unidos, pidió un vaso de leche en un bar y el mozo rompió el vaso de vidrio cuando terminó, argumentando que allí no separaban los vasos de blancos y negros, por lo que directamente los descartaban. El hombre, horrorizado ante la segregación, se subió como polizón al primer barco con rumbo al sur. Cuando pasaron a la altura de Bahía Blanca, fue descubierto e inmediatamente se arrojó al mar. Pero pudo llegar a nado hasta la costa, para después terminar formando su familia en Mar del Plata.

El abuelo de Santiago llegó de manera regular en 1927. Sus hermanos habían venido primero a «probar suerte», vieron que se podía vivir bien en Argentina y le avisaron. Él tenía 21 años y estaba por hacer el servicio militar en Cabo Verde, pero se embarcó hacia el Río de la Plata. Como narra Sosa Monteiro, en su documento decía «Provincia de las Islas de Cabo Verde», es decir, por entonces, de nacionalidad portuguesa. «Ese documento me habilitaría a pedirme la nacionalidad portuguesa para ingresar a la Unión Europea, pero mi abuelo es caboverdiano», se enorgullece Santiago. Hoy, gracias a las gestiones de la Asociación Caboverdeana de Ensenada ante la Embajada de Cabo Verde en Brasil, se han otorgado casi medio centenar de dobles ciudadanías, aunque el trámite burocrático sigue siendo una traba para muchos descendientes.
La institucionalización de la «morabeza» en Ensenada
En 1927, año en que llegaba el abuelo de Santiago Sosa Monteiro, un grupo de caboverdianos comenzó a reunirse en una casa de la calle Arenales, en Ensenada. Al igual que la mayoría de las asociaciones y clubes formados por migrantes en Argentina, la necesidad de ayuda mutua fue el motor: «Che, le está yendo mal a Juancito, hay que ayudarlo. Nació el hijo de tal, vamos a darle una mano. Tal se quedó sin laburo…», explica Sosa Monteiro. Así, en 1927 se fundó oficialmente la Asociación Caboverdeana de Ayuda Mutua, la más antigua de la diáspora.

Para la década de 1940, los asociados compraron dos terrenos en la zona de Villa Detri, que según narra Sosa Monteiro, se los compraron a la viuda de Detri, el dueño de las tierras, quien aceptó la oferta porque los trabajadores caboverdeanos tenían «un buen historial de pago». Así nació la actual sede, sita en calle Moreno 118. Hoy, la institución ofrece un sinnúmero de actividades: desde Tai Chi Chuan y patín hasta danzas típicas. Allí, incluso, ensaya un grupo de danzas caboverdeanas que, como aclara Santiago, no abarca los quince estilos que tiene el archipiélago, sino aquellos vinculados a los inmigrantes que llegaron a Argentina.
La morabeza es, para los caboverdianos, mucho más que una palabra: alude a la hospitalidad, la amabilidad y un modo de estar en el mundo que se practica sin estridencias. Es acaso la seña de identidad más profunda del archipiélago, la que condensa el afecto espontáneo y la solidaridad comunitaria. Y fue justamente ese concepto el que Sosa Monteiro eligió para bautizar el grupo de danzas de la institución, con una anécdota que vale la pena contar: gracias a un integrante de la colectividad, Sosa Monteiro logró entrevistarse con Cesária Évora durante una de sus visitas a Argentina. Le contó a «la diva de los pies descalzos» —conocida así por su costumbre de actuar descalza en solidaridad con los pobres de su país— que tenían un grupo de danzas típicas y que buscaban un nombre. No tardaron en coincidir: «Morabeza» era la opción perfecta.

Además de las danzas típicas, allí la cocina también funciona como un gran factor aglutinador. La excusa es la cachupa, el «locro» caboverdiano elaborado a base de porotos, maíz, carne de vaca, cerdo y verduras. «La cachupa es siempre la excusa», comenta Sosa Monteiro. «Aprovechamos el 25 de mayo y hacemos cachupa de la Revolución de Mayo, con pastelitos de postre. El 5 de julio es la Independencia de Cabo Verde, la unimos al 9 de julio y hacemos la cachupa de las Independencias». Obviamente, el Campeonato Mundial no fue la excepción: organizaron una cachupa para ver cada partido, vendiendo el plato a 5.000 pesos, más con el ánimo de juntarse que de obtener un rédito económico. La seguidilla de juntadas es intensa: desde mayo (aniversario de Ensenada) hasta la Fiesta del Inmigrante de Berisso, que inunda de actividades a la asociación durante los meses de septiembre y octubre.
La «morabeza» y la nueva diáspora
Se estima que viven tres veces más caboverdianos fuera de su país que dentro. Con unos 600.000 habitantes en el archipiélago, la diáspora supera los dos millones, repartidos por Holanda, Estados Unidos, Brasil y, curiosamente, Bolivia. Sosa Monteiro observa con cierto asombro cómo hoy los jóvenes estudiantes de Cabo Verde eligen Bolivia antes que la Argentina para formarse, perdiéndose de la rica historia de sus compatriotas en el Río de la Plata.
Es que mantener viva la cultura a través de generaciones y contra la asimilación es un desafío. Sosa Monteiro recuerda con cariño a Armando Francece, un expresidente de la institución que fue «como un abuelo caboverdiano» y le enseñó a llevar adelante los eventos. También rescata figuras locales como Cirilo Caraballo, un histórico intendente de Ensenada que ayudó a construir las canchas de bochas del club, y a figuras públicas de ascendencia caboverdiana como el actor Diego Alonso Gómez («El Pollo» de la serie televisiva Okupas), el exfutbolista Adriano Custodio Méndez o el actual defensor del Club Boca Juniors, Ayrton Costa, quien recientemente desestimó jugar para la selección de Cabo Verde.
Sosa Monteiro insiste, a lo largo de la entrevista, que el núcleo existencial de toda la cultura caboverdeana está en el concepto de «morabeza». Y la evoca porque, además, la vivió en primera persona durante sus viajes al archipiélago. «Es la hospitalidad del caboverdiano con el que viene de afuera», explica. Cuando viajó para conocer a sus familiares, caminando por el campo, un lugareño se acercó, les dejó frutas recién cosechadas sin mediar palabra, solo con una seña de saludo, y se fue. «En Ensenada somos 80.000 habitantes, lo mismo que en la segunda isla más importante de Cabo Verde. Nos conocemos todos. Allá también».
Al final de la entrevista con Santiago nos preguntamos, inevitablemente, cuánto podríamos mejorar como sociedad si incorporásemos algo de esa «morabeza». En tiempos en los que la solidaridad parece replegarse frente al individualismo más extremo, y en los que las personas migrantes y los pobres siguen siendo señalados como los únicos culpables de su propio desamparo, tal vez la respuesta esté en comunidades como la caboverdeana, que llevan siglos practicando, en silencio y sin estridencias, el arte de recibir al otro.
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Consultor en comunicación estratégica. De raíces criollas y mestizas, sus antepasados se remontan a la historia del Alto Perú y también a la llegada de migrantes españoles en el siglo XIX. Apasionado por la historia y cultura latinoamericana.
