Compartir:

La literatura ha funcionado muchas veces en la historia como un puente entre personas, culturas y tiempos lejanos. En diálogo con Refugio Latinoamericano, Paula Hoyos Hattori, investigadora, docente y descendiente de inmigrantes japoneses, explica la creciente recepción de la literatura japonesa y nikkei en América Latina y reflexiona acerca de lo que ese encuentro intercultural tiene para decirnos.


¿Qué ocurre cuando la literatura japonesa cautiva a lectoras y lectores latinoamericanos? En el último tiempo, han surgido cada vez más talleres y encuentros de lectura colectiva sobre textos clásicos y contemporáneos; también han aparecido nuevas traducciones y es común que proliferen los espacios dedicados a la literatura japonesa en editoriales y librerías, así como en el ámbito académico de nuestra región. Paula Hoyos Hattori —argentina descendiente de inmigrantes japoneses, docente y rectora del Instituto Superior de Estudios Japoneses, nivel terciario del Instituto Nichia Gakuin— analiza cómo surge en América Latina esta motivación por visitar la cultura de Japón a través de las páginas, y qué surge de esos entrecruzamientos. Paula es, además, investigadora y doctora en Letras por la Universidad de Buenos Aires.

El camino hacia Japón a través de la lengua

Paula Hoyos Hattori comenzó a estudiar japonés en la adolescencia, guiada por una motivación que tiene que ver con sus raíces familiares. «La mitad de mis ancestros, del lado de mi papá, viene del norte de Argentina, la otra mitad viene de Japón. Los primeros en llegar fueron los papás de mi abuela, desde Kagoshima, el sur de Japón. Mi abuela nació acá y se casó con mi abuelo que era japonés y que había llegado a los 18 años», cuenta la entrevistada. Tanto sus bisabuelos como su abuelo llegaron con la migración japonesa de la preguerra, en los comienzos del siglo XX.

En su casa no se hablaba japonés, aunque sí tenía contacto con la lengua a través de algunas palabras que usaba su mamá o su abuela. «Se contaba del uno al diez o se decían algunos saludos, pero, para mí, empezar a estudiarlo a los 14 años fue importante para entender la historia de mi familia», sostiene.

Este ingreso en la lengua que relata Paula la fue adentrando, guiada por la curiosidad, en la historia, la cultura y la literatura de Japón. Estudió la carrera de Letras en la Universidad de Buenos Aires, en un tiempo en el que no existían materias específicas sobre literatura japonesa. Durante aquellos años, se dictó por primera vez en la facultad un seminario de grado vinculado a Japón, a cargo del Prof. Alberto Silva, que resultó muy convocante. «Estábamos todos ávidos por esa formación, fue la única asignatura que tuve en el grado sobre estos temas», recuerda.

Grupo de egresados de nivel terciario del Instituto Nichia Gakuin en 2025 | Foto: gentileza

Una vez egresada, Paula se dedicó al campo de la investigación, obteniendo una beca del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) y especializándose en Literatura del Renacimiento. Su proyecto se centró en el estudio de textos de los viajeros que durante el Renacimiento tardío llegaron a Japón, en «las cartas que ellos iban enviando a Europa y la manera en la que esas cartas circulaban y empezaban a construir un conocimiento basado en las experiencias que tenían de Japón».

Luego de defender su tesis doctoral, se sumó a Pablo Gavirati para el desarrollo de una formación anual sobre historia, cultura y literatura de Japón. Posteriormente, diseñaron la propuesta de una tecnicatura de nivel superior en Cultura y Lengua Japonesa con orientación en Educación Intercultural. Se trata de una carrera de tres años con validez nacional, que se dicta en el Instituto Superior de Estudios Japoneses, nivel terciario de Nichia Gakuin, constituyéndose en la primera propuesta formativa de este tipo en el país y la región. El plan de estudios se empezó a implementar en 2021 y la primera cohorte de egresados recibió su título en 2023. Actualmente, Paula se desempeña como rectora del Instituto Superior donde se dicta la carrera. «Es muy estimulante, para mí, pensar que es lo que quizás cuando yo era estudiante hubiese querido estudiar, pero no existía, ahora hay alguna primera opción para estos jóvenes curiosos», afirma.

Paula nos cuenta que, en el pasado, la mayoría de estudiantes de nivel inicial, primario o secundario de Nichia Gakuin eran descendientes japoneses. «Hoy, se observa que gente que por ahí no tiene ningún abuelo japonés se acerca a la cultura japonesa, participa muy activamente de las actividades de la colectividad y eligen ese colegio para la educación de sus hijos». El interés de jóvenes por la cultura japonesa —en muchos casos y como observa Paula— tiene que ver con la difusión del manga y el animé en la década de los 90, que encontró ávidos seguidores en América Latina. «La gran mayoría viene de generaciones del manga y el animé, hasta hoy en día hay infancias que siguen leyendo, mirando e identificándose con este contenido, con estos personajes. Entonces, la gran mayoría llegaron al mundo japonés por el manga y el animé y se quedaron para estudiar la lengua, para leer la literatura, comer la comida, para muchas otras cosas y, de hecho, llegan a hacer una carrera de tres años», reflexiona.

Temas y formas de la literatura japonesa

La literatura japonesa es un campo muy diverso «con 1300 años de historia». Paula cita los comienzos en el período Nara (719 a 794 d. C.). Como primer aspecto, resalta que dos de sus grandes clásicos son mujeres. Se trata de Murasaki Shikibu, autora de Genji Monogatari (La historia de Genji), y de Sei Shonagon, autora de Makura no Sōshi (El libro de la almohada). Ambas fueron cortesanas del período Heian (794 a 1185 d. C.). Incluso la propia Murasaki Shikibu desarrolló una obra célebre en su misma época, que continúa siéndolo hasta el día de hoy y su rostro aparece en el billete de 2000 yenes. «No es algo demasiado frecuente en el mundo, el hecho de que uno de los grandes nombres de la historia de una literatura nacional sea el de una mujer». Paula remarca que esto no fue una constante en la historia de la literatura japonesa, ya que en períodos posteriores hubo momentos de menor visibilidad de la pluma de las mujeres, que se alternaban con los de mayor visibilidad. Sin embargo, el hecho de que dentro del canon aparezcan dos mujeres es muy relevante y singular si se lo compara con otras tradiciones.

Murasaki Shikibu por Tosa Mitsuoki (s. XVII)

Paula cuenta que un tema relevante y recurrente en la literatura japonesa es la representación de la naturaleza y, en particular, la estacionalidad. Esta asociación temática atraviesa toda la cultura nipona, incluyendo a la literatura, y se manifestó muy claramente en la poesía clásica. Sin embargo, es un elemento que se sigue manteniendo y transformando. «Va adquiriendo modulaciones propias de acuerdo a la época o al movimiento literario del que se trate y, de alguna u otra manera, continúa presente en las letras japonesas hasta el día de hoy», aclara.

Como ejemplos de esta persistencia en diferentes formas literarias, Paula menciona al haiku. Se trata de la forma poética más famosa de Japón, que ha tenido la capacidad de conmover a lectores y lectoras de todo el mundo, adquiriendo gran difusión. Una de sus características principales es la alusión a la estación del año a la cual se refiere. Por otro lado, en relación con escritores contemporáneos, cita a Yasunari Kawabata, ganador del premio Nobel y con gran reconocimiento internacional. «En sus obras la naturaleza y las estaciones aparecen como tema y también como elemento simbólico, por ejemplo, la primavera asociada a los inicios y también a la belleza efímera de las cosas; la flor del cerezo, la flor de Sakura, extraordinaria y que dura pocos días. Esto permite hacer también asociaciones con la espiritualidad, con la religiosidad de Japón», detalla la investigadora.

«Hoy, se observa que gente que por ahí no tiene ningún abuelo japonés se acerca a la cultura japonesa, participa muy activamente de las actividades de la colectividad y eligen ese colegio para la educación de sus hijos».

En cuanto a las formas, Paula señala la impronta de la poesía tradicional. Nos explica que el haiku tiene su origen en el período Edo (16603-1868 d. C.), al nacer como derivación de una forma poética mucho anterior. «Hay algo de lo rítmico en la poesía tradicional que va a tener una sonoridad que resulta de un ritmo natural al oído japonés. Entonces, vamos a encontrar en piezas literarias de ayer y de hoy esa musicalidad, aunque estén escritas en prosa», sostiene.

Al hablar de la sonoridad en las letras japonesas, aparece siempre el problema de la traducción. Al respecto, Paula destaca el enorme desafío que conllevan las traducciones: «Creo que el traductor o traductora es poeta también, tiene que escribir una poesía nueva en la lengua en la que quiere traducir. Al hacerlo, quizás, lo más interesante es que tiene que romper o poner en cuestión las reglas poéticas de su propia lengua para tratar de pensar las reglas poéticas de la otra lengua. Ahí cada traductor podrá tomar una decisión creativa».

La literatura japonesa en América Latina

Es indudable que la literatura japonesa despierta el interés de las y los latinoamericanos, que leen libros de todo tipo, novelas, poesía, cuentos; pero también —menciona Paula— libros vinculados a una especie de filosofía de lo cotidiano, «para pensar nuestros quehaceres cotidianos. Como ficción, hay una idea de Japón como herramienta para ser mejores».

Al reflexionar sobre las razones de este interés, aparece un componente innegable que tiene que ver con la industria cultural del manga y el animé, que marcó fuertemente a una generación en nuestra región. La llegada de estos productos culturales a América Latina en la década de los 90 está vinculada a políticas de Estado que Japón impulsó «para hacer de sus industrias culturales un fenómeno global». Algo similar ocurre con el Hallyu de Corea del Sur.

Paula analiza este fenómeno de los 90 y observa que «no solo nos marcó, además funcionó como rasgo identitario de muchas infancias a lo largo de mucho tiempo». «Cuando esas infancias van creciendo, encuentran en Japón no solo un espacio de nostalgia del niño que fueron, sino también la posibilidad de continuar identificándose con eso. Muchos pasan de un gusto por el manga y el animé, un refugio que mantuvieron a lo largo de los años, al estudio de la lengua, la literatura o de la historia, o de la cultura japonesa en general», relata.

Junto a una delegación de alumnos del Instituto Nichia Gakuin durante el Buenos Aires Celebra Japón (Enero de 2026) | Foto: gentileza

Hoy asistimos a un momento donde proliferan ediciones de literatura japonesa e incluso traducciones al español realizadas en América Latina de primera mano. En el siglo pasado las traducciones se triangulaban del inglés o del francés. Por ejemplo, es muy famosa la antología de pasajes de El libro de la almohada que hicieron Borges y Kodama. La traducción directa no solo abarata el proceso editorial, sino que se publican acá en editoriales latinoamericanas con traducciones latinoamericanas; esto ayuda a la circulación y recepción de las obras.

En cuanto a la presencia en el ámbito académico, los estudios japoneses han ido ganando espacio en América Latina, luego de que generaciones de académicos pudieran realizar estancias o formaciones en Japón y luego regresaran a conformar cátedras y carreras para que pueda estudiarse aquí. «Con el correr de los años empezó a haber una masa crítica de personas que pueden enseñar eso, que fueron a estudiar directamente a otros países y volvieron. En este momento justo se dio una conjunción entre algunas personas que regresaron, otras que nos formamos acá. No somos tan pocos como antes y ya podemos conformar un plantel docente, ya sea para una carrera corta como una tecnicatura, para un programa de especialización o para un programa de maestría», explica (en alusión a la Maestría en Historias y Culturas de Asia y África de la UBA, y a una especialización en preparación en la Universidad Nacional de La Plata).

Las letras de Japón

«La literatura tiene el poder de poner a dialogar personas que están alejadas en el tiempo y el espacio o que sus culturas son muy diferentes, ponerlas a dialogar y pensar en conjunto», así comienza Paula la reflexión acerca de qué nos dice hoy la literatura japonesa a las personas que habitamos América Latina, y agrega que «podemos aprender leyendo literatura, sobre Japón y sobre nosotros mismos, por contraste, por espejo».

Paula destaca a Kenzaburō Ōe, premio Nobel de Literatura en 1994, y su libro de crónicas de cuando era un joven periodista y visitó Hiroshima en varias oportunidades, a propósito de los aniversarios de la bomba atómica. A partir de ellas plantea una reflexión sobre qué es la dignidad humana y qué es ser humano después de un desastre como aquel. Sus reflexiones interpelan a la humanidad toda y nos interpelan fuertemente a las y los latinoamericanos por nuestra historia. «Creo que nos puede interpelar y nos puede permitir pensar sobre la violencia entre los pueblos hoy en día, también sobre el rol de Japón a nivel global y de Estados Unidos. Incluso, desde América Latina, podríamos pensar en la paradoja de que Japón se haya transformado en aliado de aquel que fue su gran enemigo», afirma.

Otra forma de pensarlo tiene que ver con lo que se denomina literatura nikkei, la literatura escrita por descendientes de inmigrantes japoneses. «Allí aparece un Japón ya imaginario, un Japón alejado en la geografía, alejado en lo biográfico, a veces también por una o dos generaciones y el uso de una lengua que es la lengua del país al cual nuestros abuelos emigraron. Ahí directamente la literatura es como el artefacto para pensar esas identidades migrantes, interculturales y el cruce entre aquello que parece tan lejano», señala Paula.

En Argentina, Paula destaca al escritor nikkei Martín Sancia Kawamichi y una de sus obras, Hotaru, novela policial donde aparecen personajes que vienen de Japón y sus historias se cruzan con la última dictadura militar de nuestro país. También menciona a Anna Kazumi Stahl, con su novela Flores de un solo día, donde cuenta la historia de una florista y su madre japonesa, una historia de migrantes donde aparece representada Buenos Aires a partir del mundo de las flores.

La entrevistada comenta, además, que en sus estudiantes de la tecnicatura observa inquietudes asociadas a la diferencia, a cuán distinto puede ser un dispositivo literario, una lengua, una sonoridad. «Nos preguntan mucho cómo suena este poema en japonés», afirma y sigue: «Hay mucho interés en cuán distinta era la forma o función social de la poesía en el periodo clásico en Japón respecto a la que existe hoy en Argentina, por ejemplo. Esta inquietud por la diferencia es algo que mueve a muchas y muchos, y nos permite romper el etnocentrismo para valorar la diversidad».

Un elemento característico de la literatura japonesa es la presencia de la estacionalidad y la conexión entre las personas y el entorno natural. Paula considera que esto puede decirle mucho a una cultura urbana latinoamericana contemporánea donde, en el sentido común hegemónico, la humanidad y la naturaleza aparecen escindidas. Esta manera de pensar el vínculo entre los seres humanos y la naturaleza también resuena con la cosmovisión de los pueblos originarios latinoamericanos.

«La literatura tiene el poder de poner a dialogar personas que están alejadas en el tiempo y el espacio o que sus culturas son muy diferentes, ponerlas a dialogar y pensar en conjunto»

La posibilidad de reflexionar sobre esto también aparece en textos de literatura japonesa contemporánea desde una perspectiva crítica al retratar sociedades urbanas y dinámicas productivas que socavan la vincularidad, donde crecen las experiencias de soledad. Allí se retratan estas «grandes urbes donde hay millones de personas, pero prima la soledad, hay poco espacio para la amistad, poco deseo, deseo de amistad o de amor, crisis de familias y de parejas, crisis de natalidad». Paula asegura que todo esto sucede en un contexto social donde las personas están absolutamente tomadas por las exigencias del mundo laboral y las presiones de excelencia y productividad, los efectos del uso de pantallas, los casos de depresión a edades cada vez más tempranas, entre otras problemáticas reflejadas en textos, y en series y películas.

Es importante pensar que algo de estas lógicas que vienen tomando relevancia a nivel global también ocurren en nuestros territorios con matices y con nuestra impronta latinoamericana. Así, leer en propuestas literarias acerca de las contradicciones, tensiones y sufrimientos resulta de una potencialidad enorme en términos de pensar nuevos horizontes de vida. «Creo que desde nuestra Latinoamérica también podemos aprender que no necesariamente el camino hacia la felicidad es parecernos en esos aspectos, que es algo de lo que a veces nos tratan de convencer», asevera Paula.

Algunas puertas de acceso al mundo de la literatura japonesa

Paula ofrece un panorama de diferentes posibilidades para quien tiene el deseo de comenzar a leer literatura japonesa. Por un lado y pensando en quienes busquen tonos intimistas, de conexión y observación con las pequeñas cosas de la vida cotidiana, recomienda El libro de la almohada, escrito por una cortesana en el año 1000, tratándose de un diario de observaciones y reflexiones. «Esta obra sigue interpelándonos a lo largo de los siglos, mucha gente me dice que se siente igual o que le pasa lo mismo».

Respecto de la experiencia de lectores y lectoras con esta obra, Paula reflexiona: «Si abro el libro probablemente no voy a entender todas las referencias culturales, no voy a entender las alusiones a personas que aparecen en el texto, pero puedo intentar hacer el ejercicio de construir un diálogo con el texto, construir un diálogo imaginario con ella y compartir sensibilidad, escuchar su voz a pesar de la traducción y a pesar de la distancia cultural y a pesar de la distancia histórica. Creo que la literatura tiene esa potencia, ¿no?, de trascender el tiempo y distancias y, más allá de las traducciones, permitirnos conversar con personas muy distantes en el tiempo, en la historia, en la manera de pensar y creo que de esa conversación siempre puede salir algo bueno».

Para quienes leen y disfrutan de los cuentos, Paula propone adentrarse con uno de los grandes cuentistas japoneses, Ryunosuke Akutagawa, quien escribió en el siglo XX y fue llevado al cine por Akira Kurosawa. Los cuentos de Akutagawa recuperan elementos de la tradición antigua de Japón, al mismo tiempo que despliegan recursos narrativos modernos para explorar el lado profundo de la psicología y la naturaleza humanas. Aparecen en sus tramas el misterio y la ironía.

Para el caso de quienes prefieren las novelas, nos recomienda a Yukio Mishima, escritor también del siglo XX con su obra Confesiones de una máscara. La obra es una suerte de autobiografía ficcional, donde se narra la historia de alguien que atraviesa una lucha cotidiana por pertenecer y sobrevivir a las expectativas de la sociedad tradicional japonesa.

Con respecto a las autoras contemporáneas, Paula recupera a Banana Yoshimoto. En sus novelas también se tratan problemáticas asociadas al Japón de fines del siglo XX y principios del XXI. En este sentido, la obra Kitchen puede ser una buena puerta de entrada a la autora. Por otro lado, dentro del subgénero distopía, muy en boga en nuestros días, Paula cita a Yoko Ogawa con La policía de la memoria, obra de ciencia ficción distópica que describe un estado controlador y represivo a través del uso de las palabras.

Finalmente, Paula recomienda al ya mencionado premio Nobel, Kenzaburō Ōe, con su obra La presa. «Es una novela corta sobre un encuentro entre culturas, a partir de la llegada a una pequeña aldea en una isla de Japón de un paracaidista americano en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, donde son los niños de la aldea quienes van a empezar a vincularse con él. Es una novela muy inquietante», asegura.

«El futuro es promisorio porque estamos en un momento de mucha curiosidad, de muchos lectores, editoriales, traductores, docentes, y me parece que eso va a seguir creciendo. Esto es algo que se retroalimenta: cuanto más lectores hay, más ediciones habrá, más traducciones, más cursos y más lectores de nuevo», finaliza la entrevistada.


Contenidos relacionados:

Marta Guerreño López: «Yo sí soy de aquí y soy de allá»

Nichia Gakuin, un instituto educativo emblemático de la migración japonesa

A 140 años de la inmigración japonesa en Argentina: la comunidad nipona de Burzaco y su legado cultural

Equipo periodístico |  + notas

Nacida en Córdoba (Argentina), es licenciada en Trabajo Social y posee un Máster en Migraciones Internacionales, complementado con formación especializada en Antropología. Cuenta con amplia experiencia en gestión territorial, abordaje intercultural, derechos humanos y acompañamiento a personas migrantes y refugiadas. De ascendencia migrante, ha residido en México, Brasil y España. Además, es poeta y apasionada por la literatura en todos sus géneros.


Compartir:
Mostrar comentariosCerrar comentarios

Deja un comentario