Marina Crespo es afrodescendiente entrerriana y una referencia del activismo afro en la Argentina. Una búsqueda familiar la llevó hasta su tatarabuelo, hijo de una mujer esclavizada. Hoy es la presidenta de EntreAfros, una asociación que reúne y representa a la comunidad afrodescendiente de Entre Ríos.
Licenciada en Educación, madre y presidenta de la Asociación Afrodescendientes en Entre Ríos —EntreAfros—, Marina Crespo encabeza desde Paraná un activismo que trabaja para reconstruir historias familiares, impulsar transformaciones políticas y recuperar una memoria afrodescendiente históricamente silenciada en la Argentina. Dialogamos con ella sobre sus raíces y sobre el modo en que esa búsqueda transformó su vida. Con el paso de los años, esa memoria enterrada se convirtió en una dimensión central de su biografía y en una forma de compromiso colectivo que busca devolver a la presencia afro el lugar que le corresponde en la historia de los orígenes identitarios del país.
Contrapunteo: del candombe a los archivos familiares
Todo empezó con el candombe. A través del cuerpo y del sonido, Marina Crespo empezó a conectarse con una memoria que durante generaciones había permanecido silenciada. En Paraná bailaba candombe uruguayo y, con el tiempo, comenzó a frecuentar a quienes tocaban los tambores. La curiosidad inicial era casi fisiológica: quería comprender qué efecto producía ese sonido musical en el sistema nervioso central. Pero esa indagación pronto se desplazó hacia una pregunta más profunda sobre cómo habían sido utilizados los tambores como forma de comunicación en distintas partes del mundo, particularmente en África. Esa inquietud la llevó a participar en espacios de formación y debate sobre la presencia afro en Argentina. Entre ellos, una charla organizada por la licenciada Mabel Masutti, autora de una tesis sobre la presencia afro en Paraná y, de manera más amplia, en Entre Ríos.
En ese espacio de intercambio, conoció al investigador cordobés Marcos Carrizo, licenciado, magíster y doctor en Historia. Carrizo fue una figura decisiva en su recorrido. Al escuchar fragmentos de su historia familiar, no dudó. «Vos tenés que investigar», recuerda Marina. No se refería solo a su forma de buscar información o a su intuición para conectar relatos dispersos. También persistía un detalle físico que en su familia había circulado sin demasiadas explicaciones durante generaciones —el cabello enrulado—. Según Carrizo, esos indicios podrían estar señalando una probable ascendencia afro que nunca había sido nombrada.
La investigación confirmó aquello que la memoria corporal ya intuía. Marina descubrió que su tatarabuelo era hijo de una mujer esclavizada y de un patrón de estancia de apellido Crespo. Él reconoció al niño, pero nunca tuvo un vínculo reconocido con la madre. No existen registros escritos de esa filiación. La historia sobrevivió únicamente en la memoria oral, en un contexto social donde el reconocimiento público de un hijo de una mujer esclavizada era considerado, en ese momento, una deshonra. Las personas esclavizadas eran consideradas propiedad y no sujetos de derecho. En este caso particular, y al llevar la sangre del patrón, esta familia decidió criarlo, seguramente, como hijo propio.
De su tatarabuela no se conservó ni siquiera el nombre. Sin embargo, esa ausencia no es un vacío documental. Expresa el funcionamiento concreto de un orden social que negaba a las mujeres esclavizadas su condición de madres, de personas y de sujetos con historia propia. También hace referencia a las violencias sistemáticas sobre sus cuerpos, difícilmente registradas en los archivos oficiales. En la historia familiar de Marina tampoco hay certezas sobre la naturaleza de ese vínculo. No se sabe si estuvo atravesado por el afecto, la coerción o el abuso.
Lo único que llegó hasta ella fue una frase repetida en el entorno familiar: «Hubo varios negros Crespo». Nadie, durante generaciones, se preguntó demasiado por el significado de esas palabras. «Las motas, me tocó a mí esa parte», dice Marina con humor. Pero detrás de esa frase hay algo más profundo. Heredó el rasgo físico, pero no el relato que lo explicaba.
Durante años, esa memoria circuló en la familia sin ser reconocida como lo que era: una historia de ascendencia africana. El reconocimiento llegó tarde, en parte porque la propia genealogía familiar había aprendido a callar; el silencio también fue una forma de supervivencia.
Carrizo no solo la impulsó a investigar su archivo familiar, también la animó a dar un paso más allá de su colaboración con la Casa de la Cultura Indo-Afroamericana de Santa Fe, una institución con 35 años de trayectoria, presidida por Lucy ( Dominga Lucía Molina, histórica activista afro de Santa Fe), según recuerda Crespo. «Vos tenés que trabajar en Entre Ríos», le insistía. Ese envión fue decisivo. Así nació, primero como agrupación, y desde 2023 con personería jurídica, la Asociación Afrodescendientes en Entre Ríos —EntreAfros— que hoy Marina Crespo preside.

Cuando hablar de migración no alcanza: nombrar la esclavitud
La comunidad afroentrerriana reúne, según los datos del censo 2022, a unas 8900 personas. De ellas, alrededor de 30 participan activamente en EntreAfros. Sin embargo, esa cifra no nombra solamente una sola historia, sino al menos dos. Marina Crespo distingue con precisión dos trayectorias dentro de la comunidad afro en Entre Ríos. Por un lado, quienes descienden de la población afro vinculada al período colonial y a la trata esclavista. Por otro lado, quienes llegaron en migraciones más recientes por razones políticas, sociales o económicas. La distinción no es menor. Antes de realizar la entrevista, Crespo insistió en establecer una diferencia conceptual entre migración y esclavitud. No todo desplazamiento humano puede leerse bajo la categoría de migración. Equiparar ambas trayectorias borra una diferencia central. Aquello no fue migración, fue captura.
Los hombres, las mujeres y los niños y niñas africanos que llegaban a América no partieron en busca de mejores condiciones de vida ni tomaron libremente la decisión de desplazarse. Fueron personas secuestradas, cosificadas y trasladadas por la fuerza dentro de un sistema económico basado en la explotación. Para Crespo, la violencia no comenzó en el barco. «La trata no empieza ahí», explica. «Empieza en África» antes de la llegada europea.
Según relata, las personas esclavizadas eran capturadas o entregadas por autoridades locales a redes comerciales que alimentaban el tráfico transatlántico. Luego venía el traslado forzado, la separación de familias y la deshumanización constante.
Al rapto se sumaba la ruptura deliberada de los vínculos familiares. Hombres y mujeres eran separados de forma sistemática. En algunos casos, las mujeres con hijos pequeños permanecían con ellos, pero esa situación no modifica la lógica de fondo. Sus cuerpos y sus vidas quedaban sometidos al servicio de otros. Crespo resume esa violencia con una frase contundente: «ni a los animales se los separa de las crías».
La deshumanización era estructural. Tanto la población africana como los pueblos originarios eran reducidos a una condición inferior dentro del orden colonial. «No eran considerados humanos», señala Marina, «no tenían alma, no tenían sentimientos». Por eso eran contados, marcados y administrados como mercancía.
Frente a ese pasado, Crespo subraya algo que considera central en el presente. La necesidad de nombrar con precisión ese crimen histórico. El 25 de marzo de 2026, la Asamblea General de la ONU aprobó una resolución histórica que declaró a la trata transatlántica de africanos esclavizados y al sistema de esclavitud racializada como «el crimen de lesa humanidad más grave de la historia». La medida fue respaldada por 123 países. Argentina votó en contra, junto con Estados Unidos e Israel. Para Crespo, el problema no es solo jurídico o histórico, también es político y simbólico. Nombrar importa y negarse a reconocer plenamente ese crimen implica prolongar una forma de negación histórica que todavía impacta en la memoria colectiva y en las vidas de sus descendientes.
La conversación, entonces, se desplaza hacia el presente de las fronteras. Vivimos en un mundo que habla de libre circulación de personas, pero que al mismo tiempo endurece las fronteras y multiplica los controles sobre ciertos cuerpos. La pandemia dejó esa contradicción en evidencia.
También allí Marina introduce matices. Sus padres sí fueron migrantes, explica. Pero quienes nacieron en Argentina son afroargentinos y afroargentinas. Forman parte de la diáspora africana, aunque sus trayectorias estén marcadas por condiciones históricas muy diferentes. La aclaración no busca establecer jerarquías del dolor. Busca, en cambio, evitar que la categoría de migración aplane experiencias radicalmente distintas de movilidad, desarraigo y violencia. Porque si algo persiste entre pasado y presente es una desigualdad profunda en el acceso a derechos, reconocimiento y condiciones de vida dignas. Ayer eran cuerpos esclavizados. Hoy son las personas en situación de movilidad que buscan refugio. En ambos casos, son los cuerpos racializados los que continúan enfrentando mayores obstáculos para desplazarse, ser reconocidos y ejercer plenamente sus derechos en los territorios que habitan.

La memoria contra el olvido
Para Crespo, la afrodescendencia en Argentina excede por completo su historia personal porque se trata de una presencia que fue sistemáticamente invisibilizada. Durante generaciones, numerosas familias afrodescendientes silenciaron sus orígenes frente a experiencias de discriminación, racismo y estigmatización. Ese silencio no significó una decisión individual aislada, sino una estrategia de supervivencia frente a una sociedad que negaba la presencia afro. Recuperar esas memorias implica, sostiene Crespo, un proceso complejo de reconstrucción identitaria, ya que muchas personas reconocen tardíamente su ascendencia afro porque, durante generaciones, la historia familiar fue omitida, naturalizada o directamente borrada. En ese sentido, la historia de Marina no constituye una excepción, sino parte de una experiencia colectiva.
Esa invisibilización no operó únicamente en el plano cultural o familiar. También se consolidó a través de mecanismos institucionales. Crespo señala un ejemplo concreto: los censos.
Cuando Argentina se afianzó como Estado-nación en el siglo XIX, las categorías censales comenzaron a diluir progresivamente la presencia afro en lugar de registrarla. Según Crespo, esa lógica no pertenece al pasado. «El problema continúa», sostiene. Para ella, existe una continuidad entre aquellos mecanismos estadísticos que ayudaron a «blanquear» simbólicamente a la población y las dificultades actuales para relevar con precisión las condiciones de vida de comunidades afrodescendientes y originarias.
El resultado es un problema político de fondo. Aquello que no tiene nombre tampoco se reconoce en el diseño de políticas públicas.
La conversación lleva inevitablemente a otro mito persistente en la historia argentina: la idea de una esclavitud supuestamente menos cruenta en el Río de la Plata que en el resto de Latinoamérica. Marina lo cuestiona de manera tajante. «Hay denuncias», dice. «En Gualeguaychú hay un caso muy conocido de una esclavizada que llega a la corte a denunciar, y cuando la examinan, tenía la espalda abierta de los latigazos». El caso relatado desarma cualquier lectura edulcorada del pasado.
La Ley de Vientres de 1813 suele presentarse como un avance hacia la libertad. Sin embargo, la distancia entre la norma y la realidad era enorme. Los hijos e hijas de mujeres esclavizadas nacidos después de esa fecha eran considerados libertos, pero continuaban bajo tutela de amos y amas hasta la adolescencia, 16 o 18 años, y muchas veces incluso más tiempo.
La libertad, en muchos casos, quedaba suspendida entre la ley y la práctica. Para Crespo, reconocer la afrodescendencia no implica solamente revisar el pasado, sino que también exige transformar la forma en que entendemos el presente.
Es por eso que la educación ocupa un lugar estratégico en su activismo. Llevar estas historias a las escuelas, las universidades y los espacios públicos permite poner en discusión una memoria nacional que se construyó sobre la idea de una Argentina blanca y europea. Visibilizar la presencia afrodescendiente supone, para ella, un gesto político y también profundamente pedagógico, que cambia tanto la forma de leer la historia como la manera en que hoy pensamos quiénes somos.
Ese compromiso se traduce en acciones concretas. Junto con legisladores y legisladoras de Entre Ríos, entre ellos la senadora Estefanía Cora y el diputado Juan Pablo Cosso, EntreAfros impulsó la adhesión provincial a la Ley Nacional 26.852. La norma, sancionada en abril de 2013 y promulgada un mes después, establece el 8 de noviembre como Día Nacional de los Afroargentinos y la Cultura Afro, en homenaje a María Remedios del Valle, la mujer a la que el general Belgrano nombró Capitana.
Antes de la adhesión provincial, la conmemoración dependía de la voluntad de cada docente. Con su incorporación, Crespo lo resume así: «ya no queda librado a la buena voluntad de los docentes en las instituciones educativas», porque la fecha «pasa a formar parte del calendario escolar».
Sin embargo, su horizonte va más allá de una efeméride: «El pueblo afroargentino es mucho más que una efeméride». La apuesta educativa, explica, no consiste en imponer identidades ni en ofrecer respuestas cerradas: «No buscamos que los estudiantes salgan pensándose afrodescendientes, sino que salgan pensándose en relación con sus propias identidades».
Lo que está en juego no es una etiqueta, sino la posibilidad de que cada persona pueda entender mejor su historia biográfica, sus raíces y su lugar en una sociedad atravesada por múltiples memorias. La educación intercultural, para ella, no debe limitarse a un reconocimiento formal de la diversidad; debe generar condiciones reales para que todas las identidades tengan un lugar legítimo dentro del relato colectivo.
Esa convicción, sin embargo, no le impide leer con claridad el momento político actual. Muchas políticas públicas orientadas a comunidades afrodescendientes y originarias, en áreas como vivienda, educación y acceso a derechos, comenzaron a debilitarse o quedaron interrumpidas con los cambios de rumbo político. Aun así, mantiene una mirada optimista de largo plazo: «A mí no me van a quitar la esperanza de que eso es posible». En esa frase conviven memoria, resistencia y futuro.
Porque, para Marina, la afrodescendencia no es una historia cerrada ni una cuestión del pasado. Es una presencia viva que interpela la manera en que se construyó el relato nacional y que continúa reclamando visibilidad, reconocimiento y derechos. «Nuestra misión es alzar la voz» y en esa tarea —íntima, colectiva y política— también se juega una parte central de su biografía.
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Profesora de Lengua y Literatura, magíster en Literatura Argentina y doctoranda en Literatura y Estudios Críticos por la Universidad Nacional de Rosario y Fonoaudióloga (USAL). Su práctica articula docencia, investigación y escritura crítico-académica. Participa en congresos nacionales e internacionales y publica reseñas y artículos. Su intervención académica se centra en la literatura argentina y latinoamericana contemporáneas, con eje en migraciones, desplazamientos y configuraciones de género.
