Compartir:

Joseilton Vieira es un migrante de origen brasileño que llegó a la Argentina en 2003. Para ganarse la vida, desde muy joven tuvo que pelear en las calles de su tierra natal y luego aprendió distintos oficios para sostenerse. Si bien la Argentina le ofreció distintas posibilidades laborales cuando llegó, su caso da cuenta de la delicada situación que atraviesan los trabajadores no registrados en el país (algo que afecta especialmente a las personas migrantes), expuestos a perder su trabajo en cualquier momento debido a la crisis económica actual.



Tras perder su empleo como chofer y mecánico en un taller, Joseilton Vieira Feitosa terminó viviendo en las calles de la ciudad de Buenos Aires. Nacido en Brasil y migrante desde los 19 años, es un hombre de carácter fuerte, acostumbrado a la disciplina del trabajo duro y a moverse entre distintos oficios. Hoy duerme bajo un cajero automático en el barrio de Belgrano (en la Ciudad de Buenos Aires), donde organiza su rutina entre comedores, parroquias y refugios informales.

El hombre que me cuenta su historia —un martes como cualquiera de esos grises que se registran en Buenos Aires en esta época— es un hombre robusto, de hombros anchos y cuello corto. Tiene una frente que impresiona y una sonrisa juvenil. Habla con frases cortas y precisas, con un acento que arrastra ciertas irregularidades, delatando sus orígenes brasileños. En el «Gomero», un comedor que frecuenta cada jueves en las Barrancas de Belgrano, ayuda a los responsables, llamándoles por sus nombres mientras busca tareas para resolver. Cuando es hora de comer se posiciona al costado de la fila.

Nos encontramos afuera de un café, a media cuadra de la Plaza Manuel Belgrano, en la esquina de Cuba y Juramento. Hacía frío y rápidamente nos trasladamos al sótano del lugar cuyas estrechas escaleras de madera daban paso a una sala grande y mal decorada. No había nadie, salvo un barista rellenito con cara de simpático y una mesera que parecía ansiosa por atender clientes. El ambiente era pesado por el calor que irradiaba la calefacción, y las luces, soberbiamente blancas, parecían provenir directamente de un quirófano.

La mesera, ahora satisfecha, interrumpe la conversación con una advertencia:

—No sé si les comentó mi compañero, pero como pidieron la promo con dos medialunas, hay un café que es un poquito más chiquito que el otro.

—El grande es para él (dice Joseilton). Dame el chiquito.

—¿Cómo lo hacen así?

—Se llama latte art. ¿De dónde son?

—Yo, de Brasil. Él, no sé.

En diciembre del año pasado, Joseilton se quedó sin trabajo. Hasta entonces, había trabajado durante varios años en un taller de reparación de camiones y autos, arreglando cajas, motores, diferenciales y frenos. Vivía y trabajaba en el mismo sitio, durmiendo en el galpón, una realidad bastante común entre los empleados de algunas pequeñas empresas.

Sin embargo, de un día para otro, y sin ningún tipo de aviso previo, su empleador decidió cerrar el taller. Y Joseilton, junto con otros cuatro empleados, se encontró sin su única fuente de ingresos y, al mismo tiempo, sin un techo.

Su caso resume la realidad por la que atraviesan miles de trabajadores y trabajadoras en la Argentina, en un contexto de crisis económica, en el que cerraron más de 26 mil empresas desde fines de 2023, sumado al crecimiento del desempleo, la subocupación y la informalidad laboral. Esto último afecta particularmente a la masa de trabajadores migrantes, donde cerca de la mitad se encuentran sometidos a empleos no registrados.

«Hoy duermo bajo un cajero»

Joseilton llegó a Buenos Aires el 12 de diciembre de 2003. Se mudó a la ciudad con su pareja, Verónica, y su hija. Había conocido a la futura madre de su hija en un boliche en Natal, una ciudad del nordeste de Brasil. «Era una morocha que había ido de vacaciones un par de años atrás y que decidió quedarse».

Cuando llegó a la Argentina, Joseilton, que por entonces contaba con 19 años de edad, trabajó haciendo «changas» (así les llaman en Argentina a los trabajos esporádicos e informales). Hacía de todo, menos robar. «Nunca le robé a nadie», me aclara.

Una vez que regularizó su situación migratoria, consiguió su primer empleo registrado como chofer de camión. Recorría el país en su Scania 113 —un camión pesado de larga distancia— descargando mercancías y cumpliendo con las exigencias del trabajo sin mayores dificultades.

«Vi Córdoba, Mar del Plata, Salta, Tucumán, visité la Playa Caracol, las Sierras de Córdoba, la fauna del norte. He visto más de Argentina que cualquier argentino», ríe.

Al cabo de un año, renunció para estar más cerca de su hija y se acomodó en una fábrica de tratamiento de aluminio que quedaba a una hora y media de su casa. Ahí permaneció hasta 2012. Después, regresó a la ruta, esta vez como colectivero para la línea 106 de Retiro a Liniers. Me habla de lo intenso que fue el puesto.

«Me quemó la cabeza ese trabajo. Si vas muy rápido te dicen ‘animal’, y si vas demasiado despacio te quieren matar. Un día, conduciendo, sentí un cachetazo en la cara. Paré el bus y cuando me volteé, vi una viejita con el bastón al aire. “Te olvidaste de mi parada”[,] me dijo. Qué voy a hacer. A una viejita no le puedo pegar».

Un pasado como peleador callejero

Joseilton nació y pasó su adolescencia en Natal, capital del estado brasileño de Río Grande del Norte. Desde joven, debido a los problemas que existían en su entorno familiar, buscaba maneras de escapar de su casa, y encontró en las peleas clandestinas una manera de sobrevivir.

«53 victorias y 2 derrotas. Tenía treinta y cuatro peleas sin perder. Comía 8 kilos de banana a la semana», comenta. Y todavía siente el peso de las derrotas. «Un minuto y treinta y dos segundos tardó. Le llamaban ‘El Petiso’ o ‘El Araña’. Me hizo mierda las dos veces».

Recuerda que trabajaba de día y participaba en peleas clandestinas por la noche. Su padre, alcohólico, le pegaba a él y a sus dos hermanas casi a diario. Y cuenta que su casa, desde que murió su mamá, dejó de ser un hogar. Aclara también que vivía entre dos realidades: la tranquilidad de su barrio y otra, muy picante, donde tenían lugar las peleas.

«Allí aprendí el respeto y a no tener miedo. Hacía de todo: capoeira, kickboxing, taekwondo y aikido. No los practico más, pero siguen en mí. Tenía 15 años, y ahora estoy por cumplir 42».

¿Cómo explicar a tu hija que duermes bajo un cajero?

Hablar de su hija implica entrar en un terreno resbaladizo. Joseilton me dice que ella vive con su suegra desde que murió Verónica en abril de 2021. Está a 23 km al oeste de la capital, en el municipio de Morón. Tiene 23 años. Es morena y lleva una amplia melena lisa que se anuncia en un flequillo espeso.

Me mostró su foto con ojos bien atentos a mi reacción (por suerte, reaccioné como corresponde). Le pregunté por qué no le pide ayuda, pero enseguida me arrepentí. Me bastó mirar al piso —a la izquierda del butacón color marfil— a la mochila negra que le sirve como primer y último recurso, y a la vez como almohada cuando se ovilla bajo el cajero automático en una de las sucursales del banco Galicia, para entender la absurdidad de la pregunta. ¿Cómo explicar a tu hija que duermes bajo un cajero?

—Empecemos por eso. Tu día a día, ¿dónde duermes?
—Bajo un cajero. Un cajero automático.
—Ah, ¿un cajero de banco?
—Sí. A partir de las once. Desde las once hasta las seis de la mañana.
—¿Te dejan dormir ahí?
—Sí. Pero a veces, a la una de la mañana te despiertan y te sacan. Después volvemos.
—¿Quién te saca?
—La policía.
—¿Te tratan bien?
—Sí, conmigo sí. Yo no le falto el respeto a nadie. Estoy agradecido porque el cajero me permite dormir. Si estás afuera uno no sabe si te van a robar o qué. Por eso agradezco a los policías que siempre me han tratado bien. Conocen mi nombre, me dicen: «Buen día, Joseilton».

En Argentina, casi el 60% de la población en situación de calle se encuentra ahí desde hace menos de dos años, de acuerdo con un censo del Ministerio de Capital Humano. El recién desempleado enfrenta una sociedad cada vez más cara y menos abordable, con el valor promedio de alquileres que subió hasta un 12% este año, acumulando un alza interanual del 34,7%, por encima de la inflación, que se ubicó en 31,5%.

«Fue algo totalmente nuevo para mí. Comía restos de basura. Sí, basura. Tu basura. Todavía lloro, pero al principio lloraba más. Estuve un mes entero sin bañarme y sin comer», lamenta.

Se hizo amigo de unos compañeros de calle que le mostraron dónde ir a bañarse. Empezó a sentirse limpio y, finalmente, pudo cambiarse de ropa. Y desde entonces sigue una rutina como un militar que cumple órdenes, buscando garantizarse las necesidades más básicas. Los martes y miércoles se baña durante la merienda en Cáritas. Los lunes, miércoles y domingos va a San Fernando, en la esquina de Montevideo y Juncal, donde almuerza a las diez de la mañana. Los martes, jueves y viernes desayuna en la parroquia San Isidro Labrador. Los sábados en Martínez. Durante la semana, a la hora de la cena, marcha hacia La Redonda de Belgrano que alterna un menú de fideos con alitas de pollo, arroz con salchicha o ñoquis.

Joseilton habla bien de la gente, de los que comparten el amparo de las sucursales vacías, como de los que lo utilizan sin limpiarse la mugre de los zapatos antes de pisar sus suelos pulidos. Ya le ha pasado que se despierta con una pizza a su lado, una botella de soda, alguna fruta, un cigarrillo, un pollito con papas. Una de sus posesiones más valiosas son sus Vans naranjas que cuidadosamente acomoda en el fondo de su mochila, bajo una frazada que sostiene un afeitador, cepillo de dientes, cargador de celular, alfajor, un par de calzoncillos y medias. Obsequiadas por una voluntaria del comedor, solamente usa sus Vans cuando tiene una ocasión especial o cuando va a repartir currículums.

—¿Y cuándo vas a dormir ahí, estás solo?

—No. Siempre hay tres o cuatro. Nos conocen. Cuando viene nueva gente no les dejamos entrar, porque nos perjudica a todos. Muchos van a chupar o a drogarse y queda feo.

—¿Y qué haces cuando salís a las seis?

—Salgo de ahí y me quedo dando vueltas por la plaza hasta el desayuno que empieza a partir de las 8:30.

—¿Por dónde das vueltas? ¿Qué plaza?

—Acá en el Belgrano. En las barrancas.

—¿Y qué haces? ¿Cómo pasás tu tiempo?

—Y… La verdad, muchas veces lloro y le pregunto a Dios: ¿Por qué estoy acá? Es muy feo porque me digo ¿Cómo llegué acá? ¿Qué hago acá? Si llueve, me mojo y hace frío. Ni te dejan entrar a McDonald’s si no consumís algo. ¿Entendés?


Contenidos relacionados:

Margarita: una crónica migrante sobre los derechos laborales y la salud mental en Argentina

Yefry Mosquera: entre el derecho a migrar, la disidencia y la apuesta por lo colectivo

Trabajo, salud y migración: las brechas que enfrentan millones de personas en la región

Bruno Piccinini, integrante del equipo periodístico de Refugio Latinoamericano.
Equipo periodístico |  + notas

Bruno Piccinini Sancho es un escritor radicado en Buenos Aires, con una trayectoria que entrelaza el periodismo independiente, la creación literaria y las artes visuales. Músico y director visual, ha orientado su trabajo hacia la exploración del relato humano, entendiendo las historias como una herramienta de memoria, identidad y transformación social.

Su mirada multifacética se nutre de una experiencia de vida marcada por el desplazamiento y la diversidad cultural: creció en cuatro países y se expresa en tres lenguas —español, inglés y francés—. Esa condición transnacional ha convertido a la comunidad, la pertenencia y las dinámicas de poder en ejes centrales de su investigación y de su práctica creativa.


Compartir:
Mostrar comentariosCerrar comentarios

Deja un comentario