A través del recuerdo de los años compartidos en París, una semblanza de Roberto Armijo: el intelectual salvadoreño que sobrevivió a la catalepsia, habitó el dolor del destierro y reivindicó la cultura cotidiana como el verdadero motor de la democracia.
El salvadoreño Roberto Armijo es quizás el único escritor que escribió la mayor parte de su obra póstumamente. Tras sobrevivir en su juventud a un episodio de catalepsia que toda su comunidad confundió con una muerte súbita, el destino lo condujo al exilio en la capital francesa. Allí, entre debates sobre literatura universal, música de jazz y el desgarro de la realidad política de Centroamérica, construyó un lazo de amistad indestructible y una obra poética que desafió al olvido y a las dictaduras de su tiempo.
El salvadoreño Roberto Armijo es quizás el único escritor que escribió la mayor parte de su obra póstumamente, como cuenta Jorge Ávalos. A los 24 años de edad murió de forma súbita en San Salvador. Llevado a su hogar en Chalatenango fue recibido por su familia y por sus amigos, donde un sacerdote le concedió los últimos ritos. Durante el velatorio, Armijo se levantó del féretro y pidió un vaso de agua. Más tarde se supo que sufría de una condición nerviosa llamada catalepsia, caracterizada por una rigidez plástica de los músculos que se parece mucho a la muerte, sobre todo porque las funciones vitales se hacen imperceptibles. Por fortuna, su vida continuó y yo pude conocerlo a los pocos días de llegar a París para hacer mi doctorado. En un restaurante, compartiendo un plato de cous-cous, en el ámbito de la Cité Internacional, lo vi por primera vez a él y a su compañera, Ana María. Con el tiempo establecimos un lazo de amistad muy profundo.
Roberto llegó a Francia como becario y pronto terminó siendo exiliado por el nuevo gobierno militar de El Salvador. Como se quedó viviendo en París casi veinte años, mis visitas posteriores a la Ciudad Luz estuvieron marcadas por nuestros encuentros. Su nombre completo era Luis Roberto Armijo Navarrete, pero sus trabajos los firmaba con su segundo nombre y su primer apellido. Algunos de sus amigos lo llamaban Roberto, mientras que otros simplemente le decían «Poeta», como prefería que lo llamaran.
Nació en Chalatenango, el 13 de diciembre de 1937, en plena dictadura del general Maximiliano Hernández Martínez, un teósofo que gobernaba con una fuerza endemoniada. El dictador había barrido a los comunistas, a los indígenas y a todos sus adversarios. Había cooptado a la mayoría de los intelectuales, ordenado las finanzas públicas, y se aferraba al poder con balas, estrategias diplomáticas y, sobre todo, con nuevas leyes y reformas a la Constitución.

Roberto era un ejemplar único. Tenía un rostro armonioso y oscuro, con mezcla de sangre negra, blanca e indígena, una barba densa pero no muy larga, una mirada inquisitiva y un hablar erudito, a veces interrumpido por la tos que le generaba el asma, pero al mismo tiempo burlón, con un dulce acento centroamericano. Todo ello y más era el Poeta.
Fue representante en Europa de un frente político-guerrillero, el Farabundo Martí, pero no estaba de acuerdo con la lucha armada, que ya le había arrebatado un hijo y del que había sido víctima su amigo Roque Dalton, asesinado por sus propios compañeros. Creo que por su temprana decepción con la revolución cubana, por la nefasta historia de los sandinistas en la Nicaragua próxima y por el derrumbe de la Unión Soviética, a la que llegó a considerar imperialista, se alejó de las experiencias revolucionarias latinoamericanas y predicó una salida negociada y democrática para resolver la crisis política en El Salvador. Sin embargo, nunca dejó de reconocer la necesidad de un cambio radical en nuestras sociedades, cambio que debía tener a la cultura como elemento central.
No solo a la cultura elitista de los artistas y filósofos, sino también a la cultura de lo simple y lo cotidiano: «Cuando un campesino –decía– siembra el grano, lo cuida y lo cosecha, está haciendo cultura; cuando el zapatero hace los zapatos, está haciendo cultura; cuando el ciudadano es consciente de sus derechos y responsabilidades, está haciendo cultura. No puede haber democracia en mi país mientras no se sienten las bases de la importancia que tiene la cultura en la vida cotidiana». Para él, la batalla se debía plantear con esfuerzo y dedicación, con responsabilidad y constancia, sin esperar nada de políticos ni gobiernos.
Para mí, fueron fundamentales mis conversaciones con el Poeta sobre literatura y poesía, pero también sobre América Latina, su actualidad política y su historia. La poesía de nuestro subcontinente, la francesa, la estadounidense, la europea, los clásicos desde Virgilio y Horacio (que él conocía a la perfección y cuyos libros tenía), el Cantar de los Cantares del Antiguo Testamento, Cervantes, Lope de Vega, Shakespeare, Tolstoi y muchos más… fuimos remando en conjunto en las corrientes infinitas de la literatura y la poesía universales. En cada uno de los muchos encuentros que tuvimos evocaba escritores y poetas que yo desconocía y me prestaba o regalaba libros de su extensa biblioteca, que no sé cómo había reunido en su estancia en París. Con él descubrí también los heterónimos de Pessoa y la vigencia de Rubén Darío. No había tema que no abordáramos entusiasmados y, pronto, contagiado por sus palabras, comencé de nuevo a escribir poesía, una práctica que había abandonado años atrás por mis estudios universitarios, que me llevaron a la economía y a la historia. Él me daba a leer sus trabajos pasados y presentes, y era un crítico puntilloso de los míos.

El Poeta, que era un excelente cocinero, preparaba sabrosos platos de frijoles, maíz, carne y todo tipo de comida centroamericana, y ponía en su tocadiscos música de jazz o temas tropicales, muchos de los cuales yo desconocía, todo regado con los imborrables vinos y quesos franceses y con chistes que transformaban su sonrisa en una amplia risa.
Julio Cortázar y Miguel Ángel Asturias, de quienes era muy amigo, se deleitaron con sus cualidades culinarias. Como curiosidad del destino, mi primer mentor Atilio Jorge Castelpoggi y Roberto escribieron sendos libros sobre Asturias.
Luego de su «muerte prematura» en 1962, retomó el arte de la poesía, conservando el lirismo de sus poemas pero con un tono de voz más contestatario y coloquial, sin abandonar nunca el carácter elegíaco de los mismos. Eran formas de comunicación directa con sus amigos, sus maestros y sus familiares.
Armijo murió por segunda vez en 1997, a los sesenta años de edad en París. Yo contemplé los últimos días de su lucha contra el cáncer. Su cuerpo regresó del exilio a El Salvador y, según Ávalos, durante su velatorio se colocó cerca de su féretro una jarra de agua y un vaso, por si tenía sed.
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Licenciado en Economía Política por la Universidad de Buenos Aires y doctor en Historia por la Sorbona de París, Mario Rapoport es profesor emérito de la UBA, investigador superior del CONICET y doctor honoris causa por la Universidad Nacional de San Juan. Actualmente dirige el Instituto de Estudios Históricos, Económicos, Sociales e Internacionales del CONICET y la maestría en Historia Económica de la UBA.
Autor de numerosos libros y ensayos publicados en la Argentina y en el exterior —en países como Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos, Brasil, Italia y México—, también ha colaborado con artículos en revistas especializadas. Es vicepresidente de la Commission of History of International Relations, enseña en el Instituto del Servicio Exterior de la Nación y participa habitualmente en diversos medios de comunicación.
Su labor académica y de divulgación ha sido reconocida con importantes distinciones, entre ellas el Premio Bernardo Houssay a la investigación científica, el James Alexander Robertson Memorial de la Conference on Latin American History y el Premio Democracia al Pensamiento Argentino del Centro Cultural Caras y Caretas (2013).
