A dos siglos de la histórica asamblea convocada por Simón Bolívar, Panamá conmemora el hito que sentó las bases del multilateralismo americano. Entre cumbres de alto nivel y los retos planteados por los actuales debates globales, el istmo panameño revisita el sueño de la unidad regional frente a los desafíos del siglo XXI.
Hace doscientos años, en los salones de un convento franciscano enclavado en el corazón del Casco Antiguo de la Ciudad de Panamá, representantes de las jóvenes repúblicas del continente americano se reunieron para trazar, por primera vez en la historia, los fundamentos de un orden internacional basado en la paz, la solidaridad y la defensa colectiva. El Congreso Anfictiónico de Panamá, celebrado entre el 22 de junio y el 15 de julio de 1826, fue una gesta sin precedentes que anticipó en más de un siglo los grandes organismos multilaterales que hoy rigen las relaciones entre naciones.
En 2026, el mundo vuelve la mirada hacia este istmo privilegiado para conmemorar, con renovada conciencia, el bicentenario de aquella asamblea que soñó con una América unida, soberana y libre.
El escenario histórico: el istmo como cruce de destinos
Para comprender el significado del Congreso de Panamá es preciso situarse en el convulso amanecer del siglo XIX latinoamericano. Entre 1810 y 1825, las colonias españolas en América habían consumado, una a una, sus procesos de independencia. Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, México, Centroamérica y el propio Panamá —que se había separado de España el 28 de noviembre de 1821 y se había incorporado voluntariamente a la Gran Colombia— eran repúblicas de reciente factura, frágiles en sus instituciones, amenazadas por las ambiciones de reconquista española y por los peligros de la fragmentación interna.
En este contexto, el istmo panameño era mucho más que un lugar geográficamente conveniente. Era, desde los albores de la conquista, el punto de contacto entre el Atlántico y el Pacífico, entre el norte y el sur del continente. Su posición central lo convertía en el único escenario posible para una reunión que aspiraba a ser la voz de toda América. El convento de San Francisco de Asís —sede del Congreso y hoy Palacio Bolívar, Cancillería de la República de Panamá— fue el recinto donde la historia inscribió una de sus páginas más luminosas.
El arquitecto del sueño: Simón Bolívar y la convocatoria
La mente que concibió el Congreso de Panamá fue la de Simón Bolívar, el Libertador. Desde Lima, el 7 de diciembre de 1824 —apenas días después de la Batalla de Ayacucho, que selló la independencia de Sudamérica—, Bolívar envió sus invitaciones a los gobiernos de las nuevas repúblicas hispanoamericanas con una visión que trascendía la coyuntura militar: la creación de una confederación permanente de pueblos hermanos.
«Es tiempo ya de que los intereses y las relaciones que unen entre sí a las repúblicas americanas, antes colonias españolas, tengan una base fundamental que eternice, si es posible, la duración de estos gobiernos» (Simón Bolívar, Convocatoria desde Lima, 1824).
La propuesta bolivariana no era improvisada. Desde 1815, en su célebre Carta de Jamaica, Bolívar había esbozado su visión de una América organizada y confederada. El Congreso de Panamá sería el intento más acabado de convertir esa visión en realidad institucional. Para el Libertador, la unidad no era un ideal romántico: era una necesidad estratégica ante las potencias europeas, la Santa Alianza y los nacientes imperialismos que ya se asomaban al continente.
La elección de Panamá como sede no fue accidental. Su posición geográfica central, su neutralidad relativa respecto a las rivalidades entre los nuevos Estados del norte y del sur, y la facilidad de acceso marítimo la convertían en el único espacio que podía convocar a todos sin favorecer a ninguno. Era, en palabras del propio Bolívar, el punto donde confluyen los meridianos del mundo.

Las naciones reunidas: delegaciones y observadores
El Congreso Anfictiónico convocó a todas las repúblicas hispanoamericanas, aunque no todas pudieron acudir. Cuatro delegaciones nacionales concurrieron efectivamente a las sesiones de junio y julio de 1826:
La Gran Colombia —que entonces comprendía los territorios de la actual Colombia, Venezuela, Ecuador y Panamá— asistió bajo la representación de Pedro Gual, eminente diplomático cartagenero, y Pedro Briceño Méndez, militar y estadista venezolano, secretario personal de Bolívar. La Gran Colombia era el Estado anfitrión en sentido político, pues Panamá formaba parte de ella.
El Perú, recientemente liberado gracias a las campañas de Bolívar y Sucre, envió a Manuel Lorenzo de Vidaurre, jurista e intelectual limeño, y a Manuel Pérez de Tudela, quien había redactado el Acta de Independencia peruana. La presencia peruana simbolizaba la culminación de la lucha emancipadora suramericana.
México, la república más extensa del norte, estuvo representada por José Mariano Michelena, político michoacano, y Juan de Dios Cañedo, diplomático y orador distinguido. México aportó al Congreso la perspectiva de una nación con vocación continental y experiencia propia en la construcción de un Estado independiente.
La República Federal de Centro América —que englobaba los actuales territorios de Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica— envió a Pedro Molina Mazariegos, médico y político guatemalteco conocido como «El Padre de la Independencia centroamericana», y Antonio Larrazábal, canonista y diputado ilustrado.
Dos potencias no hispanoamericanas participaron como observadores. Gran Bretaña, interesada en los mercados de las nuevas repúblicas y en contener la influencia de la Santa Alianza, envió a Edward Dawkins como su representante. Los Países Bajos enviaron igualmente un observador, reflejando el interés europeo por el nuevo orden americano. Los Estados Unidos, invitados tardíamente y con reservas, designaron delegados que nunca llegaron a tiempo: uno murió en el camino, el otro llegó cuando el Congreso ya había concluido.
Notablemente ausentes estuvieron Argentina y Chile, que declinaron participar por desconfianza hacia el proyecto bolivariano y por sus propias tensiones internas. Brasil, monarquía imperial de origen portugués, tampoco fue convocado en términos plenos.
El papel de Argentina: distancia, desconfianza y legado
La postura de Argentina frente al Congreso Anfictiónico constituye uno de los episodios más debatidos de la historia diplomática latinoamericana. Buenos Aires, que lideraba las Provincias Unidas del Río de la Plata, recibió la invitación bolivariana con notable frialdad. Las razones fueron múltiples y reveladoras de las tensiones que subyacían al proyecto continental.
En primer lugar, pesaban las rivalidades geopolíticas. El Gobierno porteño desconfiaba de las ambiciones de Bolívar: temía que la confederación propuesta pudiera derivar en una hegemonía colombiana o incluso en la instauración de una monarquía constitucional bajo la influencia del Libertador. La propuesta de la Constitución boliviana —que contemplaba un presidente vitalicio— había alarmado a los republicanos más intransigentes del Río de la Plata.
En segundo lugar, Argentina atravesaba sus propias turbulencias internas: la pugna entre unitarios y federales consumía sus energías políticas, y la guerra contra el Brasil por la Banda Oriental —que culminaría con la creación de Uruguay en 1828— desviaba su atención estratégica.
Sin embargo, la historia ha reivindicado la dimensión del encuentro también desde la perspectiva argentina. Intelectuales como Juan Bautista Alberdi y, más tarde, el pensamiento de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) y de la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI) reconocerían en el Congreso de Panamá el antecedente fundacional del multilateralismo latinoamericano. En el siglo XXI, Argentina ha participado activamente en las conmemoraciones del Bicentenario, reconociendo en el evento de 1826 la primera gran propuesta de arquitectura internacional emanada del sur global.
El Tratado de Unión, Liga y Confederación Perpetua
El principal resultado del Congreso Anfictiónico fue la firma del Tratado de Unión, Liga y Confederación Perpetua, suscrito el 15 de julio de 1826 por las delegaciones presentes. Este documento, pionero en el derecho internacional americano, establecía los principios de la defensa colectiva —similar al artículo 5 que un siglo después adoptaría la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN)—, la solución pacífica de controversias entre Estados, la prohibición de agresiones entre los signatarios y el compromiso de apoyarse mutuamente frente a amenazas externas.
El tratado también contemplaba la creación de una asamblea permanente, de reunión periódica, que actuaría como árbitro en los conflictos interamericanos. Era, en esencia, el boceto de lo que hoy conocemos como la Organización de los Estados Americanos (OEA), la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), y los demás foros de concertación regional.
La ironía de la historia quiso que el tratado nunca fuera ratificado por ninguno de los países signatarios. La Gran Colombia, el Perú, México y Centroamérica, sumergidos en sus propias crisis internas, dejaron el documento sin vigor jurídico. No obstante, su valor como acto fundacional simbólico del multilateralismo americano es incuestionable y ha sido reconocido por generaciones de juristas, historiadores y estadistas.
Doscientos años de estudio: el Congreso como objeto histórico
Durante dos siglos, el Congreso Congreso Anfictiónico de Panamá ha sido objeto de una ininterrumpida reflexión académica que refleja los sucesivos momentos políticos e intelectuales de América Latina. Cada época ha leído el Congreso a través de sus propios dilemas y esperanzas.
En el siglo XIX, la visión predominante fue la del fracaso: el Congreso como promesa incumplida, como espejo de la fragmentación que siguió a la Independencia. Historiadores liberales como José Manuel Restrepo o Lucas Alamán lo citaban como prueba de la utopía bolivariana. Sin embargo, pensadores como Francisco Bilbao y Andrés Bello ya atisbaban en él la semilla de una comunidad jurídica latinoamericana.
El siglo XX trajo una relectura más generosa y politizada. La fundación de la Sociedad de Naciones en 1919 y luego de las Naciones Unidas (ONU) en 1945 llevaron a los historiadores a redescubrir el Congreso como precursor del orden internacional multilateral. Figuras como Julio César Turbay, Alfonso López Michelsen y el propio presidente panameño Omar Torrijos invocaron el espíritu del Congreso para sostener las negociaciones del Canal de Panamá y los procesos de integración regional.
En el ámbito académico, universidades de Panamá, Colombia, Venezuela, México y España han producido centenares de tesis, monografías y artículos sobre el evento. El Instituto Iberoamericano de Derecho Internacional y la Universidad de Panamá han mantenido cátedras permanentes sobre el legado anfictiónico. La Cancillería panameña custodia los documentos originales en el Archivo Nacional y en el Palacio Bolívar, que fue restaurado en 2003 como parte del patrimonio histórico de la humanidad.

En el siglo XXI, los estudios poscoloniales y decoloniales han aportado nuevas lecturas críticas. Investigadores como Arturo Ardao, Leopoldo Zea y sus herederos intelectuales han examinado el Congreso a la luz de las relaciones de poder entre las élites criollas y los pueblos indígenas y afrodescendientes que quedaron excluidos del proyecto bolivariano. Esta perspectiva enriquece, sin desacreditar, la magnitud del acontecimiento.
El Bicentenario de 2026: Panamá en el centro del mundo
El año 2026 ha sido declarado oficialmente por el Gobierno de Panamá como el Año del Bicentenario del Congreso Anfictiónico. Bajo el liderazgo del presidente José Raúl Mulino, el país ha diseñado una agenda conmemorativa de alcance hemisférico que convierte al istmo, una vez más, en el epicentro del diálogo continental.
El punto culminante de las celebraciones ocurrirá el 22 de junio de 2026, fecha exacta en que se conmemoran los doscientos años de la apertura del Congreso original. Para ese día está prevista una Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno que reunirá a los líderes de las Américas en la Ciudad de Panamá, convirtiendo al istmo en sede de la mayor convocatoria diplomática de su historia reciente.
En paralelo, Panamá será sede de la Asamblea General de la Organización de los Estados Americanos, del Consejo de Ministros de la Asociación de Estados del Caribe y del Foro Económico de América Latina y el Caribe. La coincidencia de estos foros en un solo espacio y tiempo es deliberada: busca recrear, en clave contemporánea, el espíritu anfictiónico de 1826.
A lo largo de todo el año 2026, una agenda complementaria desplegará simposios internacionales sobre el pensamiento bolivariano y el derecho internacional; festivales artísticos y actividades de memoria histórica en el Casco Antiguo y el Palacio Bolívar; sesiones especiales de la Asamblea Nacional para prohijar leyes conmemorativas; y eventos pedagógicos para involucrar a la ciudadanía en el significado de este hito. La Asamblea Nacional promueve asimismo la declaración del 22 de junio como Día Nacional de Conmemoración del Congreso Anfictiónico.
Las sedes principales del Bicentenario son el Salón Bolívar del Ministerio de Relaciones Exteriores, el Panama Convention Center y la Asamblea Nacional, triángulo institucional que une la memoria, el poder y la deliberación democrática.
Calendario de Actividades – junio de 2026
Semana de Alto Nivel
- 20 de junio: Reunión Técnica de la Asociación de Estados del Caribe (AEC).
- 21 de junio: 31ª Reunión Ministerial Ordinaria de la AEC.
- 22 de junio: Reunión de Jefes de Estado y de Gobierno para la Conmemoración del Bicentenario del Congreso Anfictiónico de Panamá.
- 22 al 24 de junio: 56° Período Ordinario de Sesiones de la Asamblea General de la OEA.
- 25 de junio: Reunión Ministerial de la Comunidad de las Democracias.
- 26 de junio: Foro de Líderes Globales.
- 27 de junio: Acto cultural de cierre de la semana.
Actividad más relevante a nivel regional
La actividad de mayor trascendencia política y diplomática para la región es la Reunión de Jefes de Estado y de Gobierno programada para el 22 de junio.
Este evento destaca por congregar a los máximos líderes del continente en una fecha simbólica, coincidiendo además con el inicio de la 56ª Asamblea General de la OEA (22 al 24 de junio). Ambos encuentros posicionan a Panamá como el epicentro del diálogo multilateral americano, emulando el propósito integrador original del Congreso Anfictiónico de 1826.
El legado vivo: relevancia para el siglo XXI
Sería un error reducir el Bicentenario del Congreso Anfictiónico a un ejercicio de nostalgia histórica. Los desafíos que motivaron a Bolívar a convocar aquella Asamblea —la fragmentación, la vulnerabilidad ante potencias externas, la necesidad de marcos comunes de convivencia— no han desaparecido; se han transformado y, en algunos aspectos, se han agudizado.
En un mundo marcado por el cambio climático, las migraciones masivas, la inequidad económica, el debilitamiento del multilateralismo y los nuevos imperialismos tecnológicos y financieros, el mensaje de 1826 conserva una urgencia que doscientos años no han erosionado. La apuesta por la paz, la soberanía compartida y la resolución pacífica de conflictos no es arqueología política: es programa de gobierno para las próximas generaciones.
Panamá, que en 1826 fue apenas el escenario geográfico del sueño bolivariano, se ha convertido en su custodio institucional. El Palacio Bolívar, la Cancillería, la Asamblea Nacional y las universidades panameñas son los depositarios de un legado que pertenece a todos los pueblos de América. El Bicentenario es la ocasión para renovar ese compromiso, no solo con la memoria, sino con la construcción de un futuro a la altura de aquella visión fundacional.
«La unión de la América meridional con la septentrional haría el más grande, más rico, más poderoso, más respetable de todos los pueblos de la tierra» (Simón Bolívar, Carta de Jamaica, 1815).
*Imagen de portada generada con IA – Creada solo a efectos ilustrativos
Fuentes:
Alberdi, Juan Bautista. El crimen de la guerra. Buenos Aires, 1870. Edición moderna: Editorial Claridad, Buenos Aires, 2005.
Archivo Nacional de Panamá. Fondo Documental del Congreso Anfictiónico. Ministerio de Educación de Panamá, Ciudad de Panamá.
Ardao, Arturo. Génesis de la idea y el nombre de América Latina. Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), Caracas, 1980.
Bolívar, Simón. Carta de Jamaica (Kingston, 6 de septiembre de 1815). Documento fundacional del pensamiento integracionista bolivariano. Reproducido en: Simón Bolívar, Doctrina del Libertador. Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1976.
Bolívar, Simón. Circular convocatoria al Congreso de Panamá (Lima, 7 de diciembre de 1824). Archivo General de la Nación de Colombia, Bogotá. Reproducida en: Villanueva, Carlos A., La Santa Alianza. París, 1912.
Fundación Empresas Polar. «Congreso de Panamá». Diccionario de Historia de Venezuela, 2.ª edición. Caracas, 1997. Disponible en: bibliofep.fundacionempresaspolar.org.
Gual, Pedro y Briceño Méndez, Pedro. Actas del Congreso Anfictiónico de Panamá (22 de junio – 15 de julio de 1826). Ministerio de Relaciones Exteriores de Panamá, Archivo Histórico del Palacio Bolívar, Ciudad de Panamá.
Liévano Aguirre, Indalecio. Bolívar. Ediciones Cultura Hispánica, Madrid, 1983. Capítulos XV y XVI sobre el Congreso de Panamá.
Restrepo, José Manuel. Historia de la Revolución de la República de Colombia. Librería Americana, París, 1827. Segunda edición: Ministerio de Educación Nacional de Colombia, Bogotá, 1942.
Tratado de Unión, Liga y Confederación Perpetua (15 de julio de 1826). Texto íntegro en: Manning, William R. (ed.), Diplomatic Correspondence of the United States Concerning the Independence of the Latin American Nations. Oxford University Press, Nueva York, 1925.
University of Pennsylvania – School of Arts & Sciences. «The Congress of Panama (1826) and the Origins of Pan-Americanism». Latin American Studies Program, Philadelphia, 2018. Disponible en: www.sas.upenn.edu.
Urrutia, Francisco José. Los Estados Unidos de América y las Repúblicas hispanoamericanas de 1810 a 1830. Imprenta Nacional, Bogotá, 1917.
Zea, Leopoldo. El pensamiento latinoamericano. Ariel, Barcelona, 1976. Capítulo IV: «Bolívar y la unidad continental».
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Gerardo Basilio Camargo Castillo (Panamá, 1981) es escritor, emprendedor de la comunicación social digital, reportero gráfico, dirigente político y amante de la cultura. Formado de manera autodidacta en la comunicación social digital, dirige desde 2009 el medio nativo digital DNews507.
Es autor de dos libros de entrevistas publicados en 2023 —«Hablemos de Omar» (13 de febrero de 2023) y «Hablemos de la Invasión» (19 de diciembre de 2023)— y de la novela corta «Joaquín, el maestro rural» (15 de agosto de 2023).
Ha publicado diversos artículos de opinión política en medios como «La Estrella de Panamá». En 2010 fundó la revista digital «Entérate Panamá» (Entérate507) y es fundador y exmiembro de la directiva de la Asociación de Medios y Comunicadores Digitales de Panamá.
Se desempeña como facilitador en materia de percepción de la comunicación digital, gracias a su experiencia como administrador de revistas digitales y como emprendedor en el desarrollo de rutas turísticas para comunicadores.
Militante de diversos grupos juveniles, participó en la elaboración de los borradores de las políticas públicas de voluntariado juvenil. En esa faceta como activista, representó a Panamá en distintos congresos internacionales.
Abandonó los estudios formales a los 16 años y decidió autoeducarse a partir del trabajo que pudiera realizar en las calles de Panamá. Esto lo llevó a colaborar en tres campañas presidenciales; fue en 2009 cuando nació su pasión por la fotografía y su colaboración con medios nativos digitales.
En 2010 puso en línea su revista digital, que se mantuvo activa hasta julio de 2021, cuando cerró a causa de las dificultades económicas derivadas de la pandemia de COVID-19 y del robo de la base de datos de su servidor.
En 2022 tomó la decisión de escribir un libro sobre el general Omar Torrijos Herrera y realizó una serie de entrevistas que hicieron realidad el proyecto el 13 de febrero de 2023.
Su lema es no rendirse nunca y aprender siempre de los errores: para él, los obstáculos forman parte de sus lecciones más importantes. Es un fiel creyente en las revoluciones culturales y en la educación como motor del desarrollo social y personal de todos los ciudadanos.
