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Un sábado cualquiera en Lanús, chicos y chicas de todas las edades se alinean frente a su maestro. Respiran hondo, escuchan con atención y repiten movimientos. El que les habla es José Vilcarromero Mendoza,  alguien que conoce el valor del esfuerzo como pocos. Peruano, migrante, y maestro Shaolin. 

El comienzo de una vida nueva

José llegó a la Argentina en 1988, con solo 19 años. Vino desde Lima con dos amigos, con los que compartía la pasión por el Kung Fu. La idea era luego llegar a EEUU, pero al poco tiempo, el plan se desarmó. “Mis amigos volvieron a Perú. Yo decidí quedarme. No tenía muy en claro qué iba a hacer, pero algo me decía que tenía que quedarme”, cuenta.

Se instaló en una pensión en el barrio de Congreso. No había trabajo, el dinero no alcanzaba y el contexto argentino era duro: hiperinflación, incertidumbre, calles convulsionadas. “Fueron meses difíciles. Comía lo justo, estiraba cada peso. Pero algo me sostuvo. La gente que fui conociendo, que me dio una mano, y la certeza de que el camino recién empezaba”.

La primera clase

Un día, haciendo una demostración con movimientos acrobáticos, alguien lo vio y le propuso presentarse ante un grupo de alumnos. Fue ahí donde todo cambió: un gimnasio en Lanús le abrió las puertas para dar clases. “Éramos pocos al principio, pero eso fue creciendo. Y yo nunca solté el arte marcial, ni cuando trabajaba de albañil, ni cuando hacía seguridad o estaba en una fábrica”.

Siempre hubo algo que lo guiaba: una idea clara de lo que significa el Kung Fu. “No es pelear. Es conocerse. Es disciplina, respeto, esfuerzo. Es una forma de vivir”.

Un camino que empezó en Lima

José empezó a practicar Kung Fu a los siete años. Fue su tío, Caitro Soto, un reconocido músico afroperuano, quien lo llevó a una escuela budista-taoísta donde entrenaban con una intensidad poco común. “Era un internado. Vivíamos ahí de lunes a viernes. Nos enseñaban a entrenar, pero también a estudiar, a meditar, a respetar”.

Ese aprendizaje temprano lo marcó para siempre. “Mi abuelo, que era muy católico, decía: ‘me cambiaron la religión del nieto’. Pero en realidad me estaban enseñando a ser disciplinado, a conocerme a mí mismo”.

Años sin noticias

En todo ese recorrido, hubo un dolor silencioso: José estuvo los primeros quince años en la Argentina sin contacto con su familia en Perú. No había redes, ni WhatsApp, ni llamadas internacionales accesibles. “Perdí los números. No sabían nada de mí. Hasta que un día, mi tío, el mismo que me llevó al Kung Fu, vino a buscarme. Me trajo los teléfonos, y ahí retomé el contacto con mi mamá y mis tías. Fue muy fuerte”.

Cuando pudo, viajó con sus hijos a Lima. “Encontré una ciudad cambiada, mucho más linda, con más parques, con gente entrenando en la calle. Me emocionó. Sentí que algo se cerraba y algo nuevo empezaba”.

¿Qué es el Shaolin?

José lo explica con calma, “Shaolin significa ‘bosque de pinos’. El templo original está en China, pero la semilla vino de un monje de la India: Bodhidharma. Él vio que los monjes estaban físicamente débiles y les enseñó ejercicios para fortalecer cuerpo y mente. Ahí nació todo”. Además, señala: “El Kung Fu no es una técnica: es hacer algo con dedicación, con entrega. Puede ser un combate, pero también puede ser cocinar o trabajar”.

Competencias, viajes y una visita inolvidable

Con los años, José formó alumnos, compitió, ganó, y organizó torneos. Actualmente preside la Asociación Cultural Shaolin Argentina y es parte de la Federación de Wushu. En 2024, viajó por primera vez al templo Shaolin en China. “Yo pensaba que ya tenía todo lo que necesitaba. Pero estar allá fue otra cosa. Vi una disciplina tremenda, un respeto total. Chicos de 18 años liderando escuelas. Castigos severos si no se concentraban, pero también una entrega impresionante”.

Visitó también Beijing, y quedó impactado por el cuidado estético y la tecnología. “No ves una obra llena de polvo. Ponen pantallas verdes, flores. Todo es muy prolijo, cuidan el entorno. Me gustó mucho eso”.

Kung Fu en las películas: entre el mito y la inspiración

Sobre la representación del Kung Fu en las películas, José es honesto: “Ayudan. Hicieron que muchos se acercaran a entrenar. Pero exageran. No formás un luchador en tres meses. Y si entrás creyendo que vas a volar por el aire como en una película, te vas a frustrar. Acá se trata de repetir, de trabajar, de conocerse. No de ser violento ni de impresionar a nadie“.

Una puerta abierta para todos

José insiste en algo que repite como mantra: “No hace falta saber nada para empezar. Solo tener ganas. El Kung Fu Shaolin está para todos. Para el que tiene 10 años y para el que tiene 60. Porque no enseñamos a pelear. Enseñamos a estar mejor con uno mismo“.

Y lo dice con una sonrisa calma, parado en el mismo dojo donde un día, hace ya varias décadas, empezó a construir su hogar lejos de casa.

ER


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Licenciado en Comunicación Audiovisual (UNSAM) y Locutor Integral de Radio y TV, con más de 15 años de experiencia en radio. Sus raíces familiares provienen de Génova, Asturias y Polonia.


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