Detrás de cada trámite migratorio hay una historia: jóvenes que cruzan fronteras para estudiar, pero también para construir un futuro con más oportunidades.
En Argentina, la cantidad de estudiantes extranjeros en el sistema universitario alcanza el número de 126.589 matriculados, según la «Síntesis de Información Universitaria 2023-2024» del Ministerio de Capital Humano, Secretaría de Políticas Universitarias. Son jóvenes que cruzaron fronteras con la expectativa de acceder a una educación de calidad y, al mismo tiempo, construir un proyecto de vida. Para muchos, esa decisión no es individual, sino una apuesta familiar.
Esta entrega forma parte de un reportaje especial de Refugio Latinoamericano sobre el sistema universitario y el derecho a estudiar.
Tras la publicación reciente de una guía informativa para el estudiantado latinoamericano que ha elegido a Argentina como destino para su formación profesional, y luego de conversar con la investigadora Cecilia Jiménez Zunino sobre por qué Argentina sigue siendo un destino clave para la educación superior del sur global, profundizamos ahora en las historias de quienes cruzan la frontera para ingresar a las aulas.
En un contexto donde la comunidad educativa se prepara para la Marcha Federal Universitaria nacional del próximo 12 de mayo, estos testimonios revelan el esfuerzo detrás de cada proyecto migratorio y lo que está en juego en la defensa de la universidad pública.
Llegar, adaptarse y sostenerse
Emilio Monard tiene 20 años, es oriundo de Guayaquil, Ecuador, y llegó a la Ciudad de Buenos Aires en 2023 con un objetivo claro: convertirse en profesional.
Su recorrido comenzó en el Ciclo Básico Común (CBC) de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Buenos Aires, donde encontró no solo una instancia de nivelación académica, sino también una red de apoyo entre compañeros y docentes.
Adaptarse no fue inmediato. La distancia con su país, los cambios en la rutina y el proceso de instalación implicaron desafíos. Sin embargo, su experiencia ha sido positiva. Su decisión de migrar estuvo marcada tanto por la calidad educativa como por una cuestión económica.
«Allá en mi país también hay universidades muy buenas, pero la mayoría son pagadas y, debido a la situación económica que manejaba en ese momento, estaba un poquito complicada. Así que ni bien se me dio esta propuesta, yo nomás le di para adelante», cuenta Emilio.
En Ecuador, el acceso a la universidad pública es gratuito, pero está limitado por un sistema de cupos y exámenes de ingreso. Muchos estudiantes no logran el puntaje necesario para la carrera que desean, especialmente en áreas de alta demanda como Medicina.
En contraste, la mayoría de las universidades públicas argentinas, como la Universidad de Buenos Aires (UBA), tienen un ingreso irrestricto; esto significa que no hay un examen eliminatorio para entrar, sino un ciclo de nivelación que todos pueden cursar.
Por su parte, la matrícula de los semestres universitarios en Ecuador puede oscilar entre los 800 y los 6500 dólares para las instituciones privadas, lo que representa la imposibilidad de desarrollar una carrera profesional para muchos jóvenes.
Como muchos otros estudiantes extranjeros, Emilio no tuvo que pagar aranceles universitarios en la Facultad; sus gastos se limitaron a trámites administrativos. Sin embargo, sostiene que estudiar en Argentina implica igualmente un esfuerzo económico importante, tanto para él como para su familia, por lo que espera que la posibilidad de acceder a la educación gratuita se mantenga en el tiempo. «Aquí no hay nada regalado: es puro trabajo y sacrificio. Cuando avanzas, te sientes satisfecho de haberlo logrado», manifiesta Emilio.

El deseo de estudiar vs. las barreras de origen
Nicholl Verbel es una joven colombiana de 20 años que vive en Buenos Aires desde hace dos; llegó desde Colombia con la ilusión de convertirse en médica, una meta que en su país se veía lejana. «Yo vine justamente a estudiar en una universidad pública porque en Colombia no podía costear una universidad privada sin quedar con alguna deuda», afirma Nicholl.
El acceso a la carrera de Medicina en las universidades públicas colombianas suele ser altamente competitivo por la cantidad limitada de cupos frente a miles de postulantes, mientras que en el sector privado los costos pueden oscilar entre 15 y 37 millones de pesos colombianos por semestre, es decir, entre unos 4 mil y 10 mil dólares semestrales, aproximadamente, dependiendo de la institución.
Para Nicholl, migrar para estudiar ha significado un desafío tanto personal como académico. «Una de las cosas que más me llamó la atención de estudiar acá es que la universidad es una de las mejores de Latinoamérica. La experiencia viviendo acá es realmente sorprendente por la exigencia y la autonomía que tienes que desarrollar al momento de estudiar», afirma.
Pero también ha implicado enfrentar dificultades económicas: «Muchas veces no tenía para el transporte; otras veces comía la misma comida durante varios días porque no tenía para comprar más. También está la soledad», cuenta la joven colombiana.
A pesar de las dificultades económicas y emocionales, Nicholl y su familia sostienen el proyecto con esfuerzo: trabajos temporales, ajustes en los gastos y una meta clara. «Antes pensaba que mi meta era ser profesional, tener una familia, una casa y un carro. Ahora quiero más que eso: quiero crear empresas, viajar, conocer muchos lugares, seguir estudiando y aprendiendo cosas nuevas», sostiene. Nicholl no solo estudia: también reconstruye sus expectativas y redefine su horizonte.
Distintas investigaciones han analizado el rol de la educación en los procesos migratorios. Los estudios de Ana Inés Mallimaci y Antonella Delmonte. publicados en «Los rostros de la migración cualificada. Estudios interseccionales en América Latina», señalan que el acceso a la educación superior suele formar parte de estrategias de movilidad social dentro de las familias migrantes que apuestan por la escolarización de sus hijos como una forma de progreso y de reconocimiento.
Muchas veces los padres o madres apuestan a que sus hijos puedan acceder a oportunidades educativas que ellos no tuvieron. Estudiar no es solo una decisión individual; muchas veces es un proyecto familiar o colectivo.
El paso por la universidad, en muchos casos, también funciona como un espacio de recalificación. Según el mismo estudio de Mallimaci y Delmonte, algunas personas migrantes llegan con trayectorias laborales o educativas que no son reconocidas inmediatamente, y encuentran en el sistema universitario una forma de revalidar o reconstruir su perfil profesional.

Validar para avanzar
Con esa convicción llegó Pablo Fajardo, médico general de 27 años, oriundo de Ecuador, quien hace seis meses decidió emigrar a Argentina para dar un paso más en su formación profesional. Su objetivo es claro: realizar un posgrado en Medicina en un país que, desde hace años, admiraba tanto por su desarrollo académico como por su atractivo cultural.
«Es un país muy grande, con muchas oportunidades para el que sabe aprovecharlas», dice Pablo.
Argentina no era un destino improvisado; él ya lo veía como un lugar clave para proyectar su carrera. «Siempre me ha encantado Argentina como país, como destino turístico y como lugar para formarse profesionalmente. En Medicina tiene algunas de las mejores universidades del mundo, además de hospitales y clínicas reconocidas internacionalmente», explica.
Sin embargo, el camino para Pablo no ha estado exento de desafíos. Uno de los principales retos ha sido el proceso de homologación de su título. El proceso implica un esfuerzo económico considerable. El proceso de homologación incluye el pago de aranceles universitarios, además de gastos en documentación, apostillas y preparación para el examen de competencias profesionales.
El proceso de homologación y reválida de títulos médicos extranjeros en Argentina implica distintos costos administrativos y académicos según la institución donde se presenten. Según los aranceles publicados por la Facultad de Medicina de la UBA, algunos trámites de convalidación para estudiantes pueden superar el millón y medio de pesos argentinos. Por ejemplo, el examen de Reincorporación y Convalidación de exámenes a Carreras de Especialista tiene un costo de 1,8 millones de pesos para los extranjeros.
Más allá de las exigencias administrativas y económicas, Pablo destaca el valor personal de la experiencia migratoria. Vivir en otro país, dice, le ha permitido conocer nuevas culturas, establecer relaciones y ampliar su perspectiva. Aunque reconoce que adaptarse a un estilo de vida distinto puede ser complejo, lo asume como parte del proceso.
Hoy, mientras avanza en su objetivo de insertarse en el sistema de salud argentino, su mensaje para otros migrantes es claro: «Mantenerse firmes, no desanimarse ante las dificultades y sostener siempre una meta definida».
Aunque las trayectorias de quienes migran para estudiar en Argentina son diversas, hay algo en común: el camino no es lineal. Se requiere de un sistema de apoyo familiar y estatal para lograr el objetivo de formarse como profesional.
Entre trámites, exigencias académicas y desafíos económicos, los testimonios de estos estudiantes dejan ver algo que a veces queda opacado por los debates políticos: la persistencia de quienes cruzan fronteras para aprender, crecer y proyectar un futuro distinto, que a mediano plazo podrá beneficiar a la sociedad que los recibió.
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Periodista colombiano con vocación por narrar las historias que cruzan fronteras. Formado en la Universidad de La Sabana y Máster en Podcast y Audio Digital (España), trabaja desde la producción sonora y el periodismo para contar Latinoamérica desde sus procesos migratorios y culturales.
