En el corazón de la Ciudad de Buenos Aires, entre las calles bulliciosas y aromas familiares del barrio de Almagro (más precisamente en la esquina de Quito y 33 Orientales), se encuentra El Molino Dorado, un rincón gastronómico que transporta a sus visitantes a la Rusia soviética. Para su dueño, Dimitri Svetlichny, este nombre no es solo una elección comercial: era la cafetería donde festejaban los cumpleaños cuando él era chico.
Cuando finalmente, pudo abrir su propio local en Argentina, alguien le sugirió que lo nombrara con algo que le trajera felicidad. Así, El Molino Dorado renació en Buenos Aires, convirtiéndose en un pedazo de su historia y su identidad.
Un viaje sin retorno
Dimitri llegó al país con su madre a finales de los años 90 en busca de oportunidades que en su tierra se volvían cada vez más limitadas. La Argentina de aquel entonces, a pesar de sus problemas económicos, les ofrecía, sin embargo, una salida viable.
“Para mí era todo nuevo, prácticamente no sabía el idioma. Solo tenía unas diez o quince palabras en español”, recuerda. La adaptación fue dura. A los 18 años, trabajó en un McDonald’s, donde pasó seis meses friendo papas mientras intentaba comprender el idioma y la cultura. Ganaba 360 pesos, de los cuales más de la mitad se iban en el alquiler. “Juntaba plata para pagarme el hotel mientras otros chicos de mi edad lo hacían para comprarse un celular”, cuenta.
Con los años, y tras pasar por distintos empleos en gastronomía y comercio, Dimitri encontró en la cocina una conexión con su identidad y con su futuro. “Siempre me salió bien comunicarme con la gente y me desempeñé bien en restaurantes. Empecé como ayudante de mozo y terminé como asistente de gerente en un local grande”.
La estabilidad, sin embargo, no duró. Durante la crisis de 2001, perdió su empleo y se encontró sin hogar. “Viví casi un mes debajo del muelle en Mar del Plata, sobreviviendo con café con leche y facturas de ayer”, recuerda con crudeza. A pesar de eso , nunca pensó en volver. “Me gustaba Argentina, me gustaba el clima… salvo en verano, que siempre traté de huir de Buenos Aires”.

Un museo soviético en el corazón de Buenos Aires
Más que un restaurante, El Molino Dorado es un viaje en el tiempo a la Rusia soviética. Sus paredes están repletas de banderas, cuadros de Lenin, insignias, gorros militares, matrioshkas y decenas de objetos históricos que Dimitri ha reunido con el tiempo. Muchos de estos recuerdos son regalos de clientes y amigos, especialmente botellas de vodka, de las cuales hoy tiene una colección de más de treinta variedades importadas.
El espacio es pequeño, con pocas mesas, pero cada rincón tiene algo que captura la mirada. “Es un lugar donde no solo se viene a comer, sino también a sumergirse en la historia y la cultura”, cuenta Dimitri. Los visitantes pueden pasar minutos recorriendo con la vista cada detalle, sintiéndose por un rato en la Rusia soviética.
Esa misma estética y nostalgia también se reflejan en las redes sociales del restaurante. A través de reels, historias y publicaciones, Dimitri comparte fragmentos de la cultura soviética, ya sea música, referencias históricas o curiosidades gastronómicas. Su comunidad online es activa y apasionada, y muchos llegan al restaurante después de ver sus publicaciones.
El sueño de un restaurante propio
Después de años de trabajo y esfuerzo, Dimitri abrió en 2007 su primer local en Buenos Aires, una parrilla que poco a poco se transformó en un restaurante de comida rusa y soviética. “Empezamos con algunos platos rusos, se vendieron bien y fuimos agregando más. Al final, cerramos la parrilla y abrimos solo como restaurante de comida típica”, relata.
La carta es un viaje por las tradiciones culinarias del ex Imperio Ruso y de distintas regiones de Europa del Este. Entre los platos más pedidos están el borsch, una sopa de remolacha con crema y eneldo; los varenikes, similares a los pirogis polacos, rellenos de papa y cebolla; el plov, un arroz especiado con cordero, típico de la cocina de Asia Central; y la auténtica ensalada rusa, con muchos más ingredientes que la versión simplificada que conocemos en Argentina.
Para los amantes de los destilados, la casa ofrece una degustación de vodkas, con variedades especiadas, frutales y clásicas, servidas a temperatura bajo cero. “El mito de que los rusos toman vodka todo el tiempo es exagerado”, bromea Dimitri. “Es culturalmente similar a cómo los argentinos toman vino, solo que en lugar de una copa, tomamos un shot”.
Un viaje postergado: Antártida y las Islas Malvinas
La pasión de Dimitri por la historia y la geopolítica lo llevó recientemente a cumplir el sueño de viajar a la Antártida y las Islas Malvinas. Sin embargo, este no fue un viaje cualquiera. Durante años, Dimitri soñó con conocer el sur del continente, pero primero debía afrontar las deudas generadas durante la pandemia.
Recién este año, tras estabilizar su economía, logró embarcarse en una travesía que lo marcó profundamente. “Quería ver con mis propios ojos los territorios en disputa entre Argentina e Inglaterra. También me emocionó reencontrarme con la nieve después de 27 años”, cuenta.
El viaje lo llevó por Ushuaia y los paisajes del sur argentino, un lugar que lo impactó tanto que ahora sueña con abrir un local en la región. “Me gustaría tener un restaurante allá, en el fin del mundo”, dice con entusiasmo.

Un legado que se reinventa
En el Molino Dorado cada plato cuenta una historia, y cada visitante se lleva un pedazo de una cultura que, aunque a la distancia, se fusiona con la identidad argentina. Dimitri sigue transmitiendo su pasión, adaptando recetas y compartiendo su conocimiento con quienes se interesan por su gastronomía.
Al despedirme, después de probar algunos de sus platos y conversar largo y tendido, nos queda claro que su restaurante no es solo un negocio: es un puente entre su pasado y su presente, un hogar donde la nostalgia se transforma en sabor y hospitalidad.
Licenciado en Comunicación Audiovisual (UNSAM) y Locutor Integral de Radio y TV, con más de 15 años de experiencia en radio. Sus raíces familiares provienen de Génova, Asturias y Polonia.