María Ferreira González emigró a Buenos Aires a los 14 años. Hoy, a sus 69, consolida su vida familiar y un emprendimiento botánico, en una historia que refleja una profunda conexión con la naturaleza.
Nacida en Paraguay, María Ferreira González es una mujer migrante de 69 años que llegó a Buenos Aires el 22 de febrero de 1971 junto a su madre. Hoy, ya jubilada, dirige un microemprendimiento de plantas a través de una trayectoria que traza un puente entre el trabajo rural de su infancia y su presente botánico.
El 22 de febrero de 1971, María y su madre decidieron emprender un viaje juntas. Aunque inicialmente la idea era pasar unas vacaciones, esa fecha terminó marcando el inicio de su trayecto migratorio. En Paraguay, su país natal, la rutina diaria de María estaba ligada a la tierra, ya que realizaba tareas de campo desde muy pequeña. Allí se encargaba de ordeñar las vacas y preparar quesos artesanales, así como también de trabajar en la conservación de las cosechas familiares, con jornadas que incluían el cuidado de cultivos de cebollas y batatas. Esa conexión temprana con la naturaleza definiría su futuro.
La ruta hacia Argentina se gestó a través de una red familiar: algunos hermanos de María se habían afincado en Misiones. Ellos, que en Paraguay se dedicaban a las cosechas de caña de azúcar, en la provincia litoraleña comenzaron a trabajar en una maderera y, desde allí, las invitaron a pasar unas vacaciones.
Durante ese encuentro, recibieron una sugerencia clave para ampliar las oportunidades económicas de subsistencia y definir su destino final. Dado que en Buenos Aires ya se encontraban viviendo otros dos hermanos y una hermana —donde uno de ellos trabajaba en una farmacia y el otro en una estación de servicio—, uno de los hermanos de Misiones les propuso continuar el viaje hacia allá. Luego de seguir ese consejo, se trasladaron hasta la ciudad de Posadas, donde abordaron un tren hacia la capital argentina.
En ese contexto, durante la década de 1970 la migración paraguaya hacia Argentina estuvo profundamente marcada por las condiciones expulsivas en su país de origen, donde el éxodo respondía al dictadura de Alfredo Stroessner (1954-1989), una dictadura de 35 años cuya persecución y represión generaron sucesivos movimientos de destierro. Este proceso dio lugar a una de las mayores diásporas de América Latina, con una población que se asentó inicialmente en las provincias argentinas limítrofes y en la cual las fronteras entre el exilio político y la migración forzada terminaron por desdibujarse en la búsqueda de supervivencia.
Los primeros tiempos en el nuevo país trajeron desafíos sociales. Mientras María intentaba establecer vínculos con sus pares, la barrera lingüística dificultó su integración, dado que su lengua materna era el guaraní. A raíz de esto, los otros niños se burlaban de su manera de hablar, ya que ella solía confundir los artículos al expresarse y, por ejemplo, llamaba «la cura» a los sacerdotes. Por otra parte, y más allá del acompañamiento de sus hermanos, tampoco contaba con una red de apoyo comunitaria, puesto que al llegar a Buenos Aires no tenía contacto con otras familias de origen paraguayo.
Una vez instalada en la casa de su hermana en Buenos Aires, María comenzó a ir a la escuela. A pesar de las burlas iniciales, el entorno escolar también ofreció contención, ya que varios compañeros la ayudaron activamente a adecuar su vocabulario. Sin embargo, al intentar avanzar en su educación, se enfrentó a las trabas burocráticas de la época. «Quería empezar la secundaria, pero no me permitieron porque la documentación acá era muy difícil de conseguir, así que no podía seguir. Me hicieron estudiar peluquería ahí en Wilde y después mi mamá volvió a Paraguay y yo me quedé acá», recuerda María. Ante ese panorama, su inserción laboral formal se inició en la confitería La Paloma, ubicada en el centro de Bernal, donde dio sus primeros pasos en el país antes de volcarse a sus propios proyectos.
Con el paso de los años construyó su propia familia, luego de conocer a su esposo en Argentina, con quien tuvo seis hijos. En paralelo, su interés por la botánica nunca desapareció y, para profesionalizar su vocación, completó diversas capacitaciones técnicas que incluyeron cursos específicos sobre técnicas de poda, manejo de semillas y cultivo de orquídeas.

Hoy transita su jubilación como una nueva etapa y, desde 2010, lidera su propio microemprendimiento dedicado a la venta de plantas, el cual unifica su pasado rural con su presente urbano. Además, en la actualidad logró forjar vínculos sólidos con la comunidad local, de modo que su sentido de pertenencia hacia Argentina está plenamente consolidado.
La memoria de Paraguay permanece viva en su cotidianidad y, cuando la nostalgia se hace presente, recurre a la música de su tierra. De este modo, las melodías la transportan a los días de su infancia rural, mientras recuerda su país de origen con mucho amor.
Sin embargo, no figura en sus planes volver definitivamente a Paraguay, ya que siente que Argentina la recibió de manera positiva y que su vida entera está arraigada en este territorio, donde actualmente reside en el barrio La Cañada, Quilmes. En este sentido, sus horizontes actuales apuntan al disfrute familiar y personal, por lo que proyecta compartir más tiempo con sus hijos y nietos, viajar por distintas provincias del país, cultivar nuevas amistades y seguir expandiendo su jardín botánico.
Esta nota fue elaborada con la asistencia de Chatbot Migrante, la herramienta de inteligencia artificial generativa de Refugio Latinoamericano para la producción de notas periodísticas, a partir del reporte de su corresponsal. El contenido fue revisado y editado por el equipo editorial antes de su publicación.
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Comunicador y vecino del municipio de Quilmes. Se desempeña como músico, cantautor e intérprete folclórico; además, produce y conduce un programa de radio con temática social, política y cultural.