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Las mujeres enfrentan desafíos y desigualdades durante toda su vida, pero, sumado al género, las migrantes y refugiadas además sufren discriminación por su origen, lo que aumenta el racismo, la precarización laboral y dificulta el acceso a educación, salud, vivienda y otros derechos fundamentales.

«Estaba en las últimas semanas de embarazo, a punto de dar a luz, cuando comencé a vivir una angustia que no tenía que ver con lo médico, sino con la posibilidad de no tener a mi madre conmigo en ese momento. Mi mamá, con pasaporte venezolano, no podía ingresar a Chile sin visa de turismo. En ese entonces, postulamos en cuanto se abrió la posibilidad, pero el tiempo avanzaba y no teníamos ninguna respuesta. Llegué al final del embarazo sin saber si ella podría estar presente y eso me llevó a una desesperación muy grande», así comienza su relato Yiniba Castillo, cofundadora de la Fundación Mujeres Migrantes, quien se convirtió en madre por primera vez en Chile.

Las mujeres son mayoría en el país; según el Instituto Nacional de Estadísticas, representan el 51,5 %, es decir, alrededor de 9,5 millones. Dentro de este universo, cerca de 900 mil mujeres son extranjeras. Dicho de otro modo, una de cada diez mujeres que habita el territorio ha nacido fuera de sus fronteras.

En medio de discursos políticos que muchas veces reducen a las personas migrantes a cifras o las despojan de su condición de sujetos de derecho, desde la Red de Periodistas Migrantes surgió la necesidad de conversar con ellas para que relataran sus vidas; así nació «Nosotras contamos», un ensayo audiovisual que se logró con el apoyo del Fondo Alquimia:

«Mi nombre es Yiniba y vengo de Venezuela»

«Soy Elizabeth Leonor Andrade Huaringa, peruana»

«Soy Marisabel Castro, boliviana de Santa Cruz de la Sierra»

«Soy Angélica Pantoja, tengo 40 años y soy de Perú»

«Soy Rosy, tengo 33 años y soy boliviana»

«Mi nombre es Oly, vengo de Venezuela, del estado de Bolívar, Puerto Ordaz»

Cuatro mujeres migrantes que residen en Antofagasta y dos de Santiago contaron sus historias. Mujeres que pocas veces o nunca aparecen en los medios, en las discusiones en el Congreso o en la viralidad de las redes sociales, pero que forman parte de la sociedad chilena. Todos los días trabajan, estudian, cuidan a sus hijos, hijas y nietos. Son amigas y vecinas, y con sus vidas marcan el pulso cotidiano del país.

Comenta Yiniba que, «por la falta de respuesta institucional, decidí hacer pública mi situación en una serie de mensajes en redes sociales, apelando desde la urgencia, desde la necesidad. Lo que comenzó como un acto desesperado pronto se transformó en algo mucho más grande; otras mujeres comenzaron a escribirme, a compartir sus propias historias».

La campaña en redes llamó la atención de un periodista venezolano que trabajaba en «El Mercurio», que pudo contactar a Migraciones. Estos revisaron el expediente y comprobaron que su mamá cumplía con todos los requisitos, y aprobaron su visa en pocas horas.

«Entonces eso dejó una muestra: primero, lo desesperante que es ser mujer migrante y lo desvalidas que estamos ante el sistema… además de que era muy fácil de resolver. Pero había un gran cuello de botella en las oficinas de migraciones, que todavía existe, y era lo que estaba impidiendo que las mujeres gocemos de plenos derechos», explicó.

Para bell hooks, el feminismo es una práctica política que no solo busca la igualdad de género, sino que también cuestiona las jerarquías de raza, clase y poder. En este marco, contar la historia personal es una forma de ejercer agencia frente a narrativas que históricamente han silenciado y marginado a mujeres migrantes y refugiadas.

«Escapé de la violencia de género»

Elizabeth Leonor Andrade Huaringa nació en Perú, pero lleva más de la mitad de su vida en Chile; es defensora de los derechos de las personas migrantes, especialmente en el acceso a la vivienda digna y la inclusión social. Ganadora del Premio Nacional de DD. HH. en 2022.

«Yo me vine escapando de la violencia de género. Vivía en Arica y todo el proceso de salir de ese círculo, de esos dolores en los que muchas mujeres, casi todas, estamos metidas, no fue fácil. Costó. Fue ir paso a paso, tratando de generar otras sinergias en mi vida, otras formas de estar. De emigrar en emigrar, entre lo triste y lo alegre. Salir de mi país fue también desarraigarme, soltar parte de mi identidad cultural y aprender a adaptarme, porque al final fueron las circunstancias las que me hicieron quedarme. Yo siempre decía: “en dos años me voy, en tres años me voy”. Y de eso ya han pasado 35 años… Diciendo que me voy. Aunque ahora, la verdad, ya no lo digo».

«La señora no me había pagado las imposiciones y me amenazó»

Marisabel Castro es de Santa Cruz de la Sierra, Bolivia. Llegó a Chile en 2013, como ella misma dice, en busca de un futuro mejor. Su primer trabajo fue como ayudante de albañilería.

«Trabajé durante seis meses; luego me despidieron porque no tenía documentación. Mi visa estaba en trámite. El segundo trabajo que tuve fue en una casa particular cuidando tres niños. Al momento de ingresar hablé con la jefa en ese entonces, le dije que necesitaba tener un trabajo fijo para cotizar AFP y salud. Trabajaba de 9 de la mañana a 5 de la tarde. Fue traumático. Le llegué hasta a tener miedo a esta señora. Trabajé por un año y me llevé la gran sorpresa de que la señora no me había pagado las imposiciones; le hice un reclamo. Y ella lo primero que hizo fue asustarme; me dijo que me iba a demandar o me iba a meter presa por no querer seguir trabajando con ella. No conocía a nadie. No sabía a quién acudir en ese momento para ver si eso era verdad o mentira», expresó Marisabel.

El mercado laboral chileno presenta una inserción desigual para las mujeres migrantes; aunque un 41,1 % cuenta con educación superior y un 42,9 % con secundaria completa (ChileValora, 2023), muchas ingresan en empleos precarios debido al no reconocimiento de sus credenciales. Además, a pesar de su alta participación laboral, enfrentan mayores niveles de vulnerabilidad: 11,1 % de pobreza por ingresos frente al 6,1 % de la población nacional, lo que evidencia que muchas terminan en trabajos menos calificados y con pocas oportunidades de mejorar su situación y la de sus familias.

La pareja de Marisabel, al llegar a Chile, consiguió trabajo en la construcción y preguntó a sus compañeros qué tan cierto era que ella pudiera ir presa por dejar su empleo. La respuesta fue clara: no existía tal riesgo y había oficinas donde se podían presentar denuncias laborales.

Con esa información ella decidió enfrentar a su jefa, que insistía en amenazarla, pero esta vez estaba asesorada y logró finalmente conseguir lo que le correspondía: que le pagaran las imposiciones y poder obtener su visa, un pequeño triunfo en medio de la precariedad y la incertidumbre laboral.

«Aprendí en Chile que no debía estar sola, que era mejor criar en tribu»

Ángela Pantoja, oriunda de Perú, llegó a Chile hace diez años para superar el dolor de perder a su primer bebé. En la actualidad coordina Porteando Antofagasta, organización dedicada a apoyar a las madres en la crianza comunitaria, redes de cuidado y acompañamiento.

«Llegué aquí a Chile, a Antofagasta, hace 10 años, junto a mi esposo. Después de una etapa difícil, recién había perdido mi bebé en Perú, en 2015. Así que vine a descansar mi mente, a alejarme un poquito de lo que había vivido. En 2017 tuve a mi primer hijo, Joshua, y en un mundo… donde ya había vivido tanto dolor después de mi primer embarazo, pues con mucho cuidado y mucha atención logré tener a bebé», manifestó Ángela.

En el país recibió un trato respetuoso y cuidado integral, desde la atención de los médicos hasta la hospitalización y el parto. No obstante, su esposo solo pudo acompañarla durante la primera semana posterior al nacimiento.

«Quedé solita en la casa afrontando una nueva vida. Coordinar el tiempo, comida y todo con mi bebé. Fue una etapa muy bonita y difícil, de mucho aprendizaje. Me pasaba todo el tiempo solita, encerrada en la casa. Y así fue todo el primer año. Luego una amiguita en el Líder me vio usando una colgona. Estaba cargando a mi bebé en una colgona y ella me vio y me invitó a una agrupación que daba acompañamiento materno. Me gustó mucho compartir con otras mujeres sus experiencias, su maternidad. Aprendí que no debía estar sola, que era mejor criar en tribu. Conocí a muchas mujeres grandiosas, que también eran madres por primera vez, otras por segunda vez», agregó.

Según Paloma del Villar (2025), directora del Observatorio Niñez Colunga, los hogares monoparentales en Chile se duplicaron, llegando al 20 % en 2022, mientras que disminuyó la cantidad de niños y niñas que viven en familias extendidas. Esto implica que cada vez más familias y cuidadores necesitan buscar apoyos externos para la crianza.

Si a esto se le suma ser una mujer migrante sin redes de apoyo ni ingresos suficientes, la maternidad y la crianza se vuelven aún más desafiantes. Muchas deben abandonar sus empleos para cuidar a sus hijos, mientras otras enfrentan discriminación y vulneración de sus derechos durante el embarazo y la crianza, reflejando desigualdades no solo de género.

«Es muy difícil encontrar un trabajo, porque con un hijo no te reciben»

Rosy es boliviana y llegó al país acompañada de su hijo de dos años. Hizo un largo recorrido para mejorar la vida de ambos.

Encontró grandes dificultades y una de ellas era conseguir un lugar donde vivir. Su llegada coincidió con el invierno y nadie quería arrendarle. Finalmente encontró una pieza; durante los primeros días solo tenía la ropa de su hijo y una maleta. No había cocina ni muebles, y para dormir colocaban una colcha en el piso y se cubrían con la otra.

«Sí hay oportunidades, hay trabajos y todo, pero así como yo, con mi hijo, es muy difícil encontrar un trabajo, porque con un hijo no te reciben y tampoco tenés dónde dejarlo. Ahora, si lo dejas en un jardín o algo, hay días que no van a tener clases y tenés que cuidarlo, y en el trabajo no te van a dar la oportunidad de quedarte con tu hijo. Entonces he estado pensando en volverme a mi país, porque allá por lo menos tengo a mis primos, a mi familia, y siento que si yo trabajo, él se puede quedar con uno de ellos. Acá, como le digo, no conozco a nadie. Una vez lo dejé con una niña que me lo cuidara, pero no lo cuidó bien; el bebé estaba con olor a cigarro y a todas esas cosas y eso no es bueno. Ya no quise dejarlo ahí. Por lo menos allá, si es un familiar, obviamente no estará en esas cosas, lo van a mirar bien», comentó Rosy.

El testimonio de Rosy refleja que las madres migrantes no tienen redes de apoyo o familias, lo que dificulta la crianza de sus hijos e hijas; además, las limitaciones económicas y sociales aumentan su vulnerabilidad, relegándolas a roles de subordinación que afectan su autonomía y sus derechos (Lucía Castillo Lobos, 2023).

Miedo al racismo

Oly A. Giménez es profesora jubilada y nació y vivió toda su vida en Puerto Ordaz, Venezuela. En su país, el color de piel nunca fue para ella un problema central; no porque el racismo no exista allí, sino porque no lo percibía como algo cotidiano. Esa percepción cambió con su llegada a Chile, donde el peso del prejuicio y la racialización se hizo más evidente en su vida diaria.

Comenta: «Bueno, lo más desafiante para mí es llegar a un país totalmente diferente al nuestro en cuanto a cultura, interculturalidad y vida social. Esa parte social, esa parte emotiva, donde se visualiza y se siente muy marcado el racismo. Es sumamente evidente por el color de piel de las personas y por los comentarios malsanos que muchas veces se hacen a través de las redes sociales. Cuando llegué a Chile, esto realmente me generó mucho temor; salir a la calle, subirme al metro o a un transporte colectivo me daba miedo solo por ser inmigrante y venezolana, que lamentablemente somos muy señaladas aquí».

Esto le generaba temor al interactuar con otras personas, pero también relata que hizo una muy buena amiga que conoció en el edificio donde reside, quien la apoyó durante la muerte de su madre en Venezuela.

El racismo hacia las personas migrantes provoca que algunos sectores de la sociedad las perciban como diferentes o «no iguales»; simplemente por no haber nacido en el país reciben prejuicios asociados a su origen, color de piel, situación económica, nacionalidad o género; esto refuerza la exclusión y acentúa las diferencias en distintos ámbitos de la vida (Tijoux, Veloso y Ambiado, 2021).

Oly lamenta no haber podido despedirse de su mamá y viajar al funeral. Después de la entrevista lee el poema «Ríos de América» de Gabriela Mistral, que aparece en el libro Almácigos, poemas inéditos (2015). Acá algunos versos:

«Ríos de América corren en cara,

eran mi sangre y son mi sangre,

el Magdalena, el Aconcagua,

Maullín y Usumacinta,

signo y seña de mis entrañas» (p. 65)

Ríos que geográfica y simbólicamente recorren América sin detenerse. Fluyen de un territorio a otro, de manera similar a las personas que migran, quienes atraviesan espacios y culturas; por eso se podría decir que tanto los ríos como los movimientos humanos desafían el orden de las fronteras.

En este contexto, la experiencia de las mujeres migrantes y refugiadas en Chile no solo revela lo que implica dejar un país y comenzar de nuevo, sino también las condiciones en que ese proceso ocurre y lo que muchas veces encuentran en los países de acogida: racismo, precariedad laboral, dificultades para acceder a la vivienda y maternidades sin redes de apoyo. Estas situaciones se repiten en distintas trayectorias y forman parte de la experiencia cotidiana de muchas en el país.

A partir de estas experiencias, se vuelve evidente la necesidad de avanzar hacia políticas públicas inclusivas y un cambio cultural que las reconozca como parte de la sociedad, con derechos y, ¿por qué no?, con dignidad, una palabra que en los últimos años se ha dejado de lado.

Mira el ensayo audiovisual «Nosotras contamos», aquí


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Licenciada en Comunicación Social (Bolivia). Vive en Chile y se desempeña en áreas como la producción audiovisual y la elaboración y gestión de proyectos sociales, desarrollando contenidos y estrategias comunicacionales con enfoque social, participativo y territorial. Forma parte del directorio de la Red de Periodistas Migrantes.

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Comunicadora social, periodista y editora originaria de Bárbula, Venezuela. Investiga las poéticas del desplazamiento. Reside en Chile desde el 2018 y forma parte del directorio de la Red de Periodistas Migrantes.


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