Hace casi noventa años, la frontera entre República Dominicana y Haití fue escenario de una masacre cuyo trauma persiste en la memoria del pueblo haitiano. Lejos de haberse tratado un conflicto entre campesinos, esta matanza de 1937 respondió a un plan del dictador Rafael Leónidas Trujillo para «dominicanizar» el territorio mediante la promoción a sangre y fuego de un antihaitianismo desembozado.
Se cumple un nuevo aniversario de la llamada «Masacre del Perejil»: una serie de asesinatos en masa contra la población haitiana ordenados por el dictador Rafael Leónidas Trujillo en octubre de 1937. Bajo su mando, las tropas dominicanas emprendieron la erradicación masiva de decenas de miles de haitianos y dominicanos de ascendencia haitiana. La matanza se ejecutó principalmente en las zonas agrícolas de la región noroeste, a lo largo de las riberas del río Dajabón/Masacre, justo en la frontera que divide a ambos países.
Considerado uno de los episodios más ominosos del siglo XX, la masacre recibió su nombre por el supuesto método utilizado por el ejército dominicano para identificar a las víctimas. Según se afirmaba, los soldados obligaban a sospechosos de ser haitianos a pronunciar la palabra «perejil», una prueba fonética que resultaba letal para quienes tenían el créole haitiano como lengua materna, algo que luego la historiografía terminaría desmitificando. A casi noventa años de estos hechos luctuosos, repasamos sus claves históricas y conversamos con Ignacio López, doctor en Historia y docente en la Universidad Católica Argentina (UCA) y la Universidad del Salvador (USAL).
El contexto
La violencia contra los haitianos se produjo en un contexto en el que el dictador Rafael Leónidas Trujillo, en los años previos, había intensificado sus esfuerzos por frenar la migración haitiana a la República Dominicana y controlar la frontera noroeste del país. Desde que llegó al poder en 1930, el militar había promovido una proyecto nacionalista, con una perspectiva que presentaba a los haitianos como cultural y biológicamente incompatibles con la sociedad dominicana.

Si bien el «antihaitianismo» se había incorporado al discurso estatal, este no había sido ampliamente aceptado por la población en general. Hay que tener en cuenta que, en la práctica, las relaciones entre los haitianos y los dominicanos estaban marcadas por una larga historia de convivencia. Estaban conectados por el comercio, la migración laboral y los lazos familiares. Incluso después de que en 1930 se trazara oficialmente la frontera entre ambos países, la región siguió siendo un espacio de intensos intercambios sociales y económicos.
¿Cómo terminó la palabra «perejil» siendo la condena de muchos?
Con el pasar de los años, las medidas antihaitianas de Trujillo fueron cada vez en crecimiento, intensificando con la Gran Depresión económica que vivió República Dominicana durante la década del 30 tras la caída de los precios del azúcar a nivel mundial. Es así como, a principios de octubre de 1937, el militar ordenó una brutal campaña para eliminar a los inmigrantes haitianos y a los dominicanos de ascendencia haitiana, principalmente en las regiones fronterizas.
La violencia comenzó poco después del discurso de Trujillo en la ciudad fronteriza noroccidental de Dajabón el 2 de octubre, en el que se dirigió a los residentes dominicanos y afirmó falsamente que los haitianos estaban atacando a los agricultores locales y robando «ganado, provisiones y frutas». Según testimonios, en uno de sus discursos el líder ordenó que, a partir de ese momento, «no debía quedar un solo migrante haitiano en suelo dominicano».

A partir del 3 de octubre comenzaron las matanzas contra los haitianos que se encontraban en la frontera noroeste y en el Cibao, centrándose en campesinos y familias asentadas hacia generaciones, muchas incluso nacidas en territorio dominicano. Contrario a lo que se cree, los trabajadores de las plantas azucareras del Este fueron mayormente preservados, ya que eran indispensables para un sector del capital estadounidense y los intereses del régimen. De acuerdo con el historiador Ignacio López, «esa diferencia muestra que la lógica de la matanza no fue económica ni de “exceso de inmigrantes”, sino político-territorial: se trataba de “dominicanizar” un espacio fronterizo que el Estado consideraba ajeno, no de expulsar mano de obra».
Los asesinatos se cometieron priorizando el uso de machetes o armas blancas. En ese sentido, López asegura que, la elección de estos recursos en lugar de armas de fuego se debía a que se «buscaba hacer pasar la matanza por un enfrentamiento espontáneo entre campesinos y negar la responsabilidad estatal». La ausencia de balas permitía instalar el relato de que fue violencia civil y no militar. Una vez asesinados, muchos de los cuerpos eran arrojados al río Masacre o a fosas.

A nivel latinoamericano, el historiador asegura que el hecho ha quedado rezagado dentro de la historiografía latinoamericana general, incluso ausente en la enseñanza. «Sus principales estudios provienen de la historiografía dominicana —como Bernardo Vega, Juan Manuel García— y, sobre todo, de la academia estadounidense, donde se destacan Richard Turits, Lauren Derby, Eric Roorda y Edward Paulino, entre otros», comenta López.
De acuerdo al especialista, este vacío historiográfico tiene «causas estructurales». López asegura que la historia del Caribe hispano (sobre todo Haití), queda fuera de los grandes relatos dentro de la historia latinoamericana, donde mayormente se pone el foco en México, el Cono Sur y los Andes. No es solo por una cuestión lingüística (que también pesa), sino porque «la historia de la violencia estatal en la región se ha leído sobre todo en clave de Guerra Fría y doctrina de seguridad nacional, y 1937 no encaja en esa periodización».
No obstante, López considera que el episodio debería ocupar un lugar en cualquier programa de historia política de América Latina, ya que «es un caso con un enorme valor comparativo para la historia política del siglo XX». Para el historiador, no solo permite estudiar la construcción estatal y territorial bajo la dictadura de Trujillo —además de la articulación entre la política exterior estadounidense del «buen vecino» de la era Roosevelt y la violencia autoritaria del periodo trujillista—, sino que también puede ponerse en diálogo con otras tragedias en la región, como la represión de 1912 contra el Partido Independiente de Color en Cuba, la matanza de chinos en Torreón (1911) o también, la Matanza salvadoreña de 1932.
Para distinguir entre los haitianos y dominicanos, muchas veces los oficiales mostraban un perejil a las posibles víctimas y les pedían que pronunciaran la palabra. Aquellos a quienes se les dificultaba pronunciar la palabra por la letra ‘r’ o la ‘j’, eran señalados y asesinados. Este fue el relato que se fue extendiendo a lo largo de los años, sin embargo, la historiografía actual lo ha corregido. «Los trabajos basados en historia oral de Lauren Derby y Richard Turits sugieren que no fue el mecanismo principal», aseguró López. «En comunidades rurales pequeñas, la gente se conocía. Los soldados actuaban con información local sobre quién era “haitiano”», agregó.
Entonces, ¿por qué se resalta como una de las principales características de la masacre cuando en realidad no lo fue? López señala que la palabra «perejil» se volvió el emblema de la masacre por su potencia simbólica: «condensa la idea de una frontera trazada en el cuerpo y en la lengua».
Asimismo, previo a los hechos de 1937, los guardias fronterizos también utilizaban la prueba del «perejil» para diferenciar a los recién llegados de Haití de los dominicanos para cobrarles un impuesto extra. Sin embargo, esta medición al final resultaba ineficiente, ya que las familias de origen haitiano arraigadas desde hacía generaciones en la frontera dominaban el español con total fluidez, haciendo imperceptible su acento frente al de los locales. La prueba, en consecuencia, carecía de todo rigor técnico y servía únicamente como un mecanismo de violencia infundada.
De acuerdo con la historiografía existente en torno a la masacre, la estimación del número de víctimas oscila entre las 12.000 y 20.000 personas. López asegura que esta disparidad en los números se debe a tres factores clave: primeramente, las víctimas pertenecían a un entorno rural disperso, a menudo sin documentación. En segundo lugar, hubo un ocultamiento deliberado (cuerpos desaparecidos, censura en los medios de comunicación —ya que estaban bajo control del Estado—, y los testigos fueron intimados por tres décadas). Tercero, el Estado haitiano no tenía los recursos suficientes para poder censar a los sobrevivientes refugiados.
La construcción histórica del “enemigo” en la isla
Las tensiones entre Haití y República Dominicana no nacieron con Trujillo, sino que datan desde el S. XIX. «La independencia dominicana de 1844 se hizo contra Haití, no contra España, y las guerras de 1844–1856 fijaron un relato fundacional en el que Haití aparece como la “amenaza constitutiva” de la nación», asegura López. Hay que recordar que en 1822, bajo el mandato de Jean-Pierre Boyer, República Dominicana fue ocupada militarmente por Haití hasta 1844.
Este relato estuvo presente en la sociedad dominicana por casi un siglo, sumado a una frontera imprecisa entre ambos países. «La zona fronteriza del norte era un espacio bicultural y bilingüe, con mercados compartidos, uso cotidiano del peso haitiano (gourde), matrimonios mixtos, compadrazgo y circulación de campesinos en ambas direcciones», comenta López. Esta mixtura no era vista como algo malo, pero no obstante, se volvió un problema cuando el Estado dominicano empezó a centralizarse.
De igual manera, cabe resaltar la importante influencia que tuvo la ocupación de Estados Unidos tanto en Haití (1915-1934) como en República Dominicana (1916-1924). De acuerdo con López, la llegada de los estadounidenses trajo consigo la profesionalización del ejército, donde se formó Trujillo, y aceleró la migración de los braceros haitianos hacia los ingenios dominicanos. Cuando el general Trujillo asumió el poder en 1930, el tema de la frontera se volvió primordial para el proyecto de construcción estatal. «El antihaitianismo letrado, de matriz hispanista y católica, le ofrece un lenguaje: la nación dominicana como blanca, hispánica y católica, frente a un Haití negro, africano y vudú», asegura el historiador.
Las grietas del silencio: la masacre a la luz de la memoria hoy
Luego de la masacre, el régimen de Trujillo se encargó de imponer silencio respecto al tema. «La “dominicanización de la frontera” incluyó colonias agrícolas, iglesias, escuelas, presencia militar y cambios de nombre de lugares (la provincia Libertador para Dajabón, San Rafael para Elías Piña)», afirma López. Este silencio continuó con el correr de los años, a pesar de los distintos esfuerzos y actividades que se han hecho para recordar la masacre: «sí hay iniciativas de la sociedad civil, como Border of Lights, que desde 2012 organiza conmemoraciones en Dajabón y Ouanaminthe», comenta el historiador. Sin embargo, asegura que hasta el día de hoy no existe un reconocimiento oficial sostenido.

Por el lado haitiano, la masacre está un poco más visibilizada. Sin embargo, después de la tragedia también se guardó silencio de parte del Estado, tanto por la complicidad del entonces presidente de Haití, Sténio Vincent (1930-1941), y la necesidad de no confrontar a Trujillo. «La memoria se refugió en la tradición oral, la música y la literatura: por ejemplo, las novelas Compère Général Soleil de Jacques Stephen Alexis (1955), que culmina con la masacre, y Le peuple des terres mêlées de René Philoctète (1989)», indica López.
Imagen de portada: fotografías de braceros haitianos en la República Dominicana | Fotos: Maurice Lemoine. Montaje: «La aventura de la historia»
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María Fernanda nació en Caracas, Venezuela, pero a los 12 años se mudó a Perú. Vivió allí siete años, hasta los 19, cuando migró a Buenos Aires para comenzar sus estudios universitarios. Cursó la mitad de la carrera de periodismo, pero optó por continuar su formación profesional en la Licenciatura en Historia en la UCA.