El sueño americano nunca ha sido fácil, pero hoy en día parece casi inalcanzable. Las políticas antimigratorias de la actual administración de Donald Trump hacen que la comunidad migrante latinoamericana en Estados Unidos viva en constante incertidumbre. Leemos los números, pero ¿cómo se vive verdaderamente ese miedo?
Levantarse temprano, preparar un café, llevar a su hijo al colegio y luego ir a trabajar. Una rutina que parece la de la mayoría de adultos en casi todo el mundo, pero para Carlos, contador venezolano de 30 años que vive en California, a esa rutina se le añade un peso más: el temor constante de poder ser deportado y no volver a casa. Esta es la historia de cómo se construye una vida sobre el terreno movedizo de la incertidumbre, a la espera de respuestas que parecen nunca llegar.
Encontrar el estatus legal en Estados Unidos es la aspiración de muchos latinoamericanos. A pesar de tener que pasar por un proceso de legalización largo y costoso (que no asegura que la persona al final logre conseguir la residencia), miles siguen queriendo emigrar en búsqueda de mejores oportunidades. De acuerdo con Pew Research, la población hispana en EE. UU. alcanzó los 68 millones en 2024, es decir, el 20% de la población total.
No obstante, la administración actual del presidente Donald Trump, quien asumió por segunda vez el mandato en 2025, ha endurecido las leyes de migración y deportación. El New York Times afirma que, en el último año, se han deportado más de 230.000 personas dentro de Estados Unidos, y otras 270.000 en la frontera.
Cumplir «el sueño de vivir con Mickey Mouse» nunca fue sencillo, pero ¿qué pasa cuando día a día vives con la incertidumbre y el miedo de poder perder todo por ser deportado? Tu casa, auto, rutina y la vida que llevas construyendo desde hace años. El caso de Carlos, cuyo nombre real fue resguardado para proteger la integridad de su proceso migratorio y evitar represalias en su contra, no es ajeno a ese sentimiento.

Salir de un país en crisis con un sueño en la maleta
Al igual que 1,2 millones de venezolanos que actualmente viven en Estados Unidos, Carlos, junto con su esposa, decidieron migrar en 2019 de Venezuela para lograr cumplir el anhelado «sueño americano» y buscar las oportunidades que no conseguían en su país. A los 23 años, el caraqueño dejó a su familia y todo lo que conocía para poder buscar una vida mejor. «Teníamos miedo de que nos pasara algo por pensar diferente al régimen chavista», comentó Carlos para una entrevista exclusiva a Refugio Latinoamericano.
Así fue como llegaron a su destino final en 2019: California. En búsqueda de encontrar refugio, estabilidad y poder seguir la vía legal, tanto Carlos como su esposa solicitaron asilo político (recurso que, hasta la fecha, hay cerca de 133.000 solicitudes en trámite, según TRAC Immigration). De acuerdo con la página oficial del gobierno estadounidense, la petición de asilo político «se ofrece a quienes ya se encuentran en EE. UU. y temen regresar a su país de origen porque sufrieron o creen que pueden sufrir persecución».
Sin embargo, lo que parecía ser un trámite «rápido», o al menos de unos años, continúa en proceso para Carlos y su esposa (a pesar de que ya han pasado siete años desde que lo iniciaron). «Es un caso todavía en espera de respuesta por la alta demanda», asegura el venezolano. Según la página oficial de USCIS (Servicio de Ciudadanía e Inmigración de los Estados Unidos), el trámite exige presentar primero el caso con las pruebas de que el solicitante enfrenta riesgos en su país de origen. Se toman los datos biométricos y, en caso de ser aceptado el caso, se le dará una cita para una entrevista. Una vez que esta es realizada, y en caso de que se cumpla con los requisitos, se otorga otra fecha para determinar la elegibilidad de la persona frente a un oficial de asilo, quien decide si continúa el caso o no. Si pasa, un oficial supervisor de asilo revisa la decisión del oficial de asilo para asegurarse de que es compatible con lo estipulado en la ley.
Un trámite que parece nunca acabar y con un final incierto
De acuerdo con un informe de TRAC, bajo la administración de Trump, en junio de 2026 el rechazo de asilo ha subido al 94%. De acuerdo con el diario El Universo, se concedió asilo a solo 771 personas en el mismo período.
Carlos asegura que la pandemia influyó en que se atrasara el proceso. No obstante, con la nueva administración Trump desde 2025, las leyes de inmigración se endurecieron. «Ahora deportan a cualquiera», asegura el venezolano, «en un principio era atrapar a los malos, ¿no? pero ahora ya no les interesa quién seas. No hay filtros para la detención». De acuerdo con CNN, el Departamento de Seguridad Nacional (DHS) afirma que el Gobierno de Trump ha deportado a 985.000 personas (esto sería en casi dos años de gobierno).
Pero para la comunidad venezolana que continúa a la espera de conseguir una resolución a su caso por el asilo político, el camino cada vez se ve más alejado y con dificultades. Tras la captura de Nicolás Maduro, por las tropas estadounidenses el 3 de enero de 2026, la Junta de Apelaciones de Inmigración (BIA, por sus siglas en inglés) «estableció un nuevo estándar legal para las solicitudes de asilo de ciudadanos venezolanos», afirma La Nación.
El Board Panel del BIA, integrado por los jueces Malphrus, Hunsucker y White, aseguró que la captura de Maduro «constituye un cambio en las condiciones del país», por lo que se requiere evaluar el temor a futuro de persecución de los solicitantes. Ahora el análisis de los casos será más a profundidad (atrasando el proceso), ya que los jueces deberán revisar, caso por caso, si los grupos o personas que el solicitante dice temer, en las condiciones actuales del país, continúan teniendo poder real o interés en perseguirlo ahora que Maduro ya no está en Venezuela. En consecuencia, es posible que a las personas solicitantes se les requiera más evidencia para corroborar su caso.
Sin embargo, la captura de Maduro no significó, en la práctica, el fin del régimen chavista o la eliminación del miedo dentro de algunos venezolanos de ser perseguidos políticamente por pensar diferente. De acuerdo con el medio Univisión, varias organizaciones de derechos humanos y abogados defensores han criticado la nueva medida del BIA, ya que advierten que «la estructura represiva del régimen venezolano se mantiene intacta bajo el mandato interino de Delcy Rodríguez».

¿Cómo se vive una vida en constante incertidumbre?
Tras siete años construyendo de a poco una vida en California, Carlos y su esposa lograron encontrar en Estados Unidos la paz y las oportunidades que tanto anhelaban cuando escaparon de Venezuela. Consiguieron comprar una casa, comprar sus propios autos, y lo que para Carlos fue su mejor regalo: tener a su hijo. «Fuimos de a poco. Estuvimos dos años en la casa de la tía de mi esposa mientras íbamos ahorrando para conseguir nuestro propio lugar. No fue fácil», asegura el venezolano.
El inicio no fue sencillo. Cuando consiguieron el permiso de trabajo (dos años después de que llegaron a EE. UU.), recién pudieron comenzar a buscar un empleo que les permitiera ganar lo suficiente como para vivir por su cuenta. «No empezamos trabajando de lo que nos graduamos (ambos somos contadores). Yo fui cajero de 7 Eleven, trabajé en Target, vendí autos y, además, hacía DoorDash o Uber en mis tiempos libres», comenta Carlos. «Pero por suerte, un año después de conseguir el permiso, ya conseguí un puesto de contador y, evidentemente, ganaba mejor».
El permiso de trabajo (EAD, por sus siglas en inglés) puede adquirirlo una persona migrante en Estados Unidos (que no posea una Green Card, sea ciudadano estadounidense o asilado) que todavía no tiene un estatus legal en el país. Este se le otorga a quienes están en una categoría elegible. En el caso de Carlos y su esposa, pudieron obtenerlo ya que están tramitando el asilo político. «Nosotros no estamos como ilegales, el Estado sabe que estamos aquí, sabe dónde vivimos, pagamos nuestros impuestos…», asegura el venezolano, «el que nada debe, nada teme». Sin embargo, ahora el permiso de trabajo se debe renovar cada 18 meses, o puede ser uno o dos años dependiendo del caso migratorio, de acuerdo con las nuevas políticas. «Antes duraba cinco años, pero lo cambió Trump».
El «insomnio» americano
Carlos y su esposa viven el constante temor de que capaz no les renueven el permiso de trabajo o que, cuando tengan el juicio frente al oficial de asilo contando su caso, los rechacen. Esto implicaría perder todo lo que han trabajado durante siete años, dejar la vida que construyeron en California, ya que significaría ser deportados de Estados Unidos. «Mi mayor miedo es dejar solo a mi hijo y a mi esposa si es que me deportaran de manera inesperada», asegura Carlos.
Esta incertidumbre y ansiedad, cuyo incremento Carlos ha sentido en estos últimos años, ha hecho que el venezolano tenga que llegar a tomar medicación para poder dormir o concentrarse en las actividades diarias. «Lo más doloroso ha sido que mi hijo de cuatro años nos pregunte “papá/mamá, ¿eres feliz?”», comentó con un poco de lágrimas, «sabe lo que está pasando, que sus papás están estresados. Nos ha visto llorar y estar preocupados».
La vida que Carlos soñaba cuando salió de Venezuela se cumplió, pero ¿a qué costo? En la práctica tiene una vida normal: paga sus impuestos, va al trabajo, disfruta pasar tiempo con su familia, pero en la realidad «nuestro futuro depende de otros y se nos sale de las manos». El no tener el control de lo que pueda pasar, la incertidumbre de no saber si te renovarán o no el permiso de trabajo, de que por alguna mínima razón te podrían deportar, hace que Carlos tenga que medir cada movimiento que hace.
Este tipo de situaciones e historias hace pensar, ¿hasta qué punto se puede seguir viviendo en la inestabilidad? ¿Cómo se puede construir una vida desde la incertidumbre? Mantener y construir una rutina que al final del día no te pertenece, porque tu futuro no depende de ti sino de un oficial de migraciones. «Más que vivir el “sueño americano”, lo que se vive en este limbo de espera de años es un “insomnio americano”», asegura Carlos.
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María Fernanda nació en Caracas, Venezuela, pero a los 12 años se mudó a Perú. Vivió allí siete años, hasta los 19, cuando migró a Buenos Aires para comenzar sus estudios universitarios. Cursó la mitad de la carrera de periodismo, pero optó por continuar su formación profesional en la Licenciatura en Historia en la UCA.