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En el partido de Escobar, dentro del circuito frutihortícola de la Colectividad Boliviana de Escobar (CBE), que abastece gran parte del Área Metropolitana de Buenos Aires, el trabajo en los centros de distribución se organiza en gran medida en turnos nocturnos. A las 4 de la madrugada, un horario neurálgico, los camiones llegan cargados, los cajones de mercadería se apilan en los galpones y las voces comienzan a negociar. En ese ritmo nocturno, escuchamos la voz de Dora Jaramillo, dueña y trabajadora de un puesto en el mercado.

Los galpones del Mercado de la Colectividad Boliviana de Escobar son enormes, como ciudades bajo techos altísimos donde la noche no detiene nada, sino que lo pone en marcha. Allí se despliega una economía que sostiene buena parte del abastecimiento diario de frutas y verduras del Área Metropolitana de Buenos Aires. El mercado se inscribe en el cordón frutihortícola bonaerense, reconocido por organismos como la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca de la Nación y el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) como uno de los principales proveedores de hortalizas frescas para el AMBA.

La Colectividad —creada el 14 de enero de 1990 y que hoy lleva 36 años de funcionamiento— se gestó con el propósito de unir a las personas productoras hortícolas de la zona y se estableció en el barrio Lambertuchi, en Belén de Escobar. Desde entonces se consolidó como una institución clave que alberga el Mercado Concentrador de Productores Bolivianos, un espacio central en la organización del trabajo y la comercialización. Entre pasillos de cemento y luces blancas, la circulación no se interrumpe: cuerpos, carros y voces sostienen una economía que rara vez se relata desde adentro.

Esta entrevista se propone recuperar una experiencia migrante en primera persona, no como datos en abstracto sino como un relato vivo. En ese espacio donde el trabajo organiza el tiempo y también la memoria, la voz de Dora Jaramillo no solo cuenta una historia personal, sino que deja ver las variadas tramas colectivas de la migración boliviana en la Argentina.

«No tuve problemas para insertarme en la comunidad porque ya había una colectividad boliviana»

Dora Jaramillo tiene 53 años y nació en Bermejo (Bolivia), una ciudad fronteriza con Aguas Blancas, en el norte de Salta, donde el paso internacional organiza un flujo constante de personas y una zona de comercio transfronterizo muy intenso. Decidió migrar a la Argentina cuando murió su padre; ella tenía 15 años. Su madre decidió quedarse en Bolivia.

«Trabajé en Aguas Blancas, en Orán. Iba y venía constantemente», recuerda sobre esos primeros años de desarraigo, marcados por el cruce permanente de la frontera. Fue en Orán donde conoció a su marido, también boliviano. Se casó a los 21 años y comenzó un recorrido itinerante que llevó a la pareja por variados lugares antes de asentarse definitivamente: «Anduvimos por Corrientes, Bahía Blanca, Mar del Plata, pero Escobar es el lugar que más me gustó. Cuando llegamos, acá nos quedamos». Desde los 25 años, su vida transcurre en la localidad bonaerense.

«Nos juntamos entre paisanos y compartimos nuestras comidas típicas. Las empanadas bien jugosas son mis favoritas», relata Dora cuando recuerda los primeros vínculos con la comunidad. La comida ocupa un lugar central en la continuidad cultural y se sostiene en el trabajo cotidiano: mientras conversamos con Dora, una señora pasa dos veces por los pasillos del mercado, ofreciendo su mercadería a viva voz: «Tamales, vendo tamales».

Todo se dio de manera casi natural: «Enseguida mi marido empezó a vender y nos instalamos. No tuve problemas para insertarme en la comunidad porque ya había una colectividad boliviana. No me sentí distinta ni nada», explica. La inserción en la colectividad boliviana fue, en ese sentido, inmediata, por una convivencia activa e interacción permanente que se despliega tanto en el ámbito laboral como en la vida cotidiana en el territorio.

En ese entramado, la Colectividad Boliviana de Escobar se organiza como una asociación civil con una sólida base comunitaria: reúne a cientos de socios y gestiona un mercado frutihortícola, una feria, un espacio deportivo y una radio comunitaria (Radio FM 92.5 CBE) que, además de funcionar como medio de entretenimiento, se constituye como un eje cultural, un vínculo con las raíces y una plataforma de difusión de noticias, eventos y música que resuenan con la identidad compartida de la comunidad. Entre las festividades, Dora menciona el 6 de agosto como una fecha fundamental en el calendario porque se conmemora el Día de la Independencia de Bolivia, celebración que incluye desfiles, danzas folklóricas, banderas y actos organizados por la colectividad que actualizan año a año el vínculo con el país de origen.

Dora tiene cuatro hijos: la mayor es contadora; el hijo es licenciado en psicología; otra de sus hijas siguió la carrera de diseñadora de indumentaria. La más chica, en cambio, estudió peluquería y educación física, aunque hoy no ejerce: «No trabaja de eso, así que me acompaña acá. Es ella», la señala, le dice que se aproxime y saluda. Gracias a su presencia en el puesto, las interrupciones durante la entrevista a Dora fueron menores y pudimos continuar con las preguntas, a pesar de que las personas que comercian se acercaban constantemente para consultar precios o comprar mercadería.

Detrás de esta trayectoria familiar hay una decisión sostenida en el tiempo: «Ambos decidimos que el trabajo iba a ir directamente al estudio de nuestros hijos», agrega. En esa elección se condensa algo más que un proyecto familiar: una apuesta compartida por la educación como forma de movilidad y de continuidad, una lógica que comparten muchas familias de la comunidad boliviana de Escobar, donde el trabajo cotidiano de quienes están a cargo del hogar intenta garantizar el futuro de las nuevas generaciones.

«No es por desmerecer este trabajo, me encanta trabajar con la verdura. Amo trabajar, pero quise que mis hijos tuvieran otra vida, otro estilo de vida. Yo tengo que trabajar toda la noche, sábados y domingos incluidos y quise para ellos otra cosa. Eso intentamos con mi marido y para eso trabajamos», afirma con vehemencia Dora.

En la historia que relata también aparece una característica común de algunas de las familias migrantes bolivianas. Los hijos de Dora forman parte de una generación marcada por el cruce de una doble pertenencia: nacieron y viven en Argentina, pero mantienen un vínculo con Bolivia a través de la familia, las prácticas y las expectativas de proyectarse hacia el futuro sin perder las raíces.

La rutina del mercado: el puesto 36 y la noche en movimiento

Dora trabaja en la venta mayorista de frutas y verduras que llegan en camiones desde zonas productivas como La Plata y Corrientes. Parte de esa mercadería proviene directamente de los campos familiares, donde su marido se encarga de la producción y el traslado particularmente desde La Plata, un lugar estratégico en el circuito de abastecimiento. Su rutina esta bien establecida y es exigente: todas las noches comienza su jornada laboral alrededor de las 00:30 y termina a las 11:00 de la mañana aproximadamente.

Su lugar de trabajo es el puesto número 36, uno más dentro de una trama de estructuras funcionales que organizan la dinámica del mercado. Se trata de módulos de madera, rectangulares, con el frente abierto a modo de mostrador que sirve de límite entre el espacio de la vendedora y la clientela que van preguntando, negociando precios y cargando mercadería. Cada puesto funciona como una unidad autónoma, que forma parte, a la vez, de una red mayor.

Los pasillos, angostos y en constante movimiento, conectan estos espacios en una circulación intensa. A menudo se vuelven insuficientes frente a la intensidad del flujo. Por momentos, quienes atienden los puestos también se movilizan para preguntar precios o intercambiar dinero porque se quedaron sin cambio. Detrás y a los costados de los puestos, los cajones de madera con verduras y frutas variadas se apilan en altura para optimizar el espacio.

Proyecciones y tensiones: el trabajo, la familia y el futuro

«Nos complementamos con mi marido», enuncia Dora, aunque enseguida precisa: «la mujer boliviana es siempre la que maneja el “cash”» (maneja el dinero). Más que ejercer roles fijos, la experiencia de Dora muestra un campo de tensiones donde coexisten prácticas tradicionales y procesos de cambio. Ambos participan de estrategias familiares y comunitarias, donde el trabajo y la organización laboral se redistribuyen en función de las condiciones específicas.

El marido de Dora se encarga del campo y su producción, por lo que se ausenta de su casa durante la semana. En su ausencia, y con hijos ya grandes —dos de los cuales no viven en la casa familiar—, ella sostiene una rutina más estable y ordenada, aunque ese orden casero se altera cuando él regresa: «Llega él y comienza el despelote», es decir, la dinámica laboral se reconfigura y evidencia que esa «complementariedad» a la que alude Dora no es estática, sino un equilibrio en permanente ajuste.

El domingo en que me acerco a entrevistarla, Dora ya tenía planeado su día: «Comer un rico asado con mis hijos, ver una buena película y descansar mis ocho horas» para seguir la rueda la noche siguiente.

Antes de despedirnos, le pregunto qué piensa sobre el futuro del país. «El gobierno le tiene que dar más rienda suelta a los trabajadores, el trabajo tiene que rendir más». Aun así, agrega: «Agradezco a este país. Yo siempre digo que este país es bendito porque cobija a muchos extranjeros».

La historia de Dora es parte de un entramado más amplio: el de las comunidades migrantes bolivianas que participan activamente en los circuitos productivos y comerciales en la región. En su trayectoria se articulan el trabajo, la organización familiar y la pertenencia comunitaria como formas concretas de arraigo, atravesadas por permanentes procesos de hibridación.


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Equipo periodístico |  + notas

Profesora de Lengua y Literatura, magíster en Literatura Argentina y doctoranda en Literatura y Estudios Críticos por la Universidad Nacional de Rosario y Fonoaudióloga (USAL). Su práctica articula docencia, investigación y escritura crítico-académica. Participa en congresos nacionales e internacionales y publica reseñas y artículos. Su intervención académica se centra en la literatura argentina y latinoamericana contemporáneas, con eje en migraciones, desplazamientos y configuraciones de género.


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