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El 1 de enero de 1804 Haití se declaró independiente. Fue la victoria militar de personas esclavizadas ante el imperio francés, y al mismo tiempo, la proclamación de una soberanía que desbordaba los límites de lo que la modernidad colonial estaba dispuesto a admitir. Un Estado negro, libre y gobernado por antiguos esclavizados era una posibilidad que el mundo atlántico no podía tolerar sin reaccionar.

Desde entonces, Haití ocupa un lugar incómodo en la historia moderna. Por haber triunfado demasiado pronto y de manera demasiado radical. La revolución haitiana abolió la esclavitud, derrotó a Francia y fundó un Estado soberano antes de que el derecho internacional estuviera preparado para reconocer como sujeto pleno a un pueblo negro emancipado. Esa desobediencia histórica tuvo consecuencias duraderas.

La respuesta fue inmediata y sistemática. Aislamiento diplomático, bloqueo económico y una deuda impuesta en 1825 por Francia que obligó a Haití a indemnizar a los antiguos esclavistas por la pérdida que consideraban su propiedad. Esa transferencia forzada de riqueza, que hipotecó al país durante más de un siglo, fue una de sus primeras pedagogías históricas. La lección es evidente, la verdadera libertad se conquista y el poder la reprime con castigos ejemplares.

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En América Latina, Haití fue simultáneamente inspiración y silencio. Brindó apoyo material y político a los procesos independentistas del continente, pero su experiencia fue rápidamente desplazada del relato fundacional de las nuevas repúblicas. El ejemplo incomodaba porque en el resto del continente la libertad proclamada era distinta siempre a la libertad practicada. Las jerarquías raciales heredadas del orden colonial permanecieron intactas, más allá de los principios supuestamente universales de igualdad y derechos.

Un migrante haitiano ondea la bandera de su país en Santiago de Chile, durante una manifestación por una nueva ley de migración (2017) | Foto: Sebastián

Recordar la gesta del 1° de enero es una forma de leer críticamente el presente. Las crisis políticas, económicas y humanitarias que atraviesa hoy el país no pueden comprenderse al margen de esa historia de sanción prolongada, tutela externa e intervenciones reiteradas. Haití es un Estado sometido a un castigo estructural por haber encarnado, de manera temprana y coherente, una libertad que el sistema internacional solo reconoce de forma selectiva.

La experiencia haitiana expone una tensión constitutiva del lenguaje moderno de los derechos humanos. Pensados como universales fueron históricamente aplicados desde una gramática racial que delimitó quién podía ejercerlos plenamente y quién debía demostrar, una y otra vez, que merecía humanidad. Haití quedó ubicado, desde su nacimiento, en ese umbral incómodo entre la proclamación de derechos y su negación efectiva.

A 222 años de su independencia Haití sigue interpelando al continente entero. Como excepción trágica, como advertencia moral y como espejo político. Su historia obliga a revisar hasta que punto nuestras propias repúblicas han sido capaces de sostener un igualdad real y no meramente declarativa. Haití es una pregunta abierta sobre los límites de la libertad en el orden global contemporáneo.

Imagen de portada: Batalla y toma de Crête-à-Pierrot (4-24 de marzo de 1802). Grabado en madera original dibujado por Auguste Raffet, grabado por Ernst Hébert (Wikimedia Commons)


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Trabajador Social, docente universitario e investigador. Nacido y criado en el sur del conurbano bonaerense junto con 4 hermanos, por un padre boliviano y una madre argentina.


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