Compartir:

En algunas familias inmigrantes, los hijos nacidos en Estados Unidos asumen el rol de cuidadores de sus padres ante el temor a deportaciones y detenciones.

(Documented NY) Mientras algunos de sus compañeros planeaban sus vacaciones de verano, la estudiante de la Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY, por sus siglas en inglés) Dainma Martínez pasaba gran parte de su tiempo libre esta primavera preparando a su madre para posibles encuentros con las autoridades de inmigración.

Como líder estudiantil y miembro del Senado Universitario de CUNY, Martínez había escuchado relatos de primera mano de otros estudiantes sobre la detención de familiares —algunos de ellos incluso ciudadanos estadounidenses—, como su madre, María, una inmigrante dominicana que obtuvo la ciudadanía hace más de 25 años.

Una tarde, después de clases, Martínez organizó una instancia de preparación con su madre, mostrándole una tarjeta roja de “Conoce tus derechos” utilizada por organizaciones migrantes en Estados Unidos, con instrucciones sobre cómo actuar ante un encuentro con los agentes del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés). También adoptó medidas de resguardo, como rastrear la ubicación de su madre en tiempo real desde su teléfono, impedirle salir sola y monitorear constantemente las noticias.

“Mamá es mi adolescente”, dijo Martínez, de 26 años, cuyo padre falleció hace tres años. “Ella vive su vida y todo eso, y yo soy quien sale y se ocupa de todo lo que pueda necesitar, porque como no sabe inglés, me da miedo que esté sola en la calle”.

Martínez es una de tantos hijos en familias inmigrantes que ven invertidos los roles con sus padres a medida que la administración Trump intensifica las políticas de detención y deportación. Investigadores y especialistas en salud mental advierten que cada vez más jóvenes adultos y adolescentes sienten que deben proteger a padres que no hablan inglés y/o no comprenden plenamente los riesgos que representan los agentes de inmigración. Este nivel de estrés puede afectar su vida cotidiana y derivar en depresión, ansiedad y otros problemas de salud.

“La amenaza del discurso antiinmigrante se internaliza”, explicó R. Gabriela Barajas-González, profesora asociada del Departamento de Salud Poblacional de la Universidad de Nueva York, quien ha investigado a niños y jóvenes en familias inmigrantes. “Afecta la salud, el desempeño académico y laboral, y al mismo tiempo dificulta la búsqueda de ayuda, porque estos problemas no siempre se expresan hacia afuera”.

En un estudio de 2018, Barajas-González documentó cómo hijos latinos de inmigrantes presentaban síntomas como hipervigilancia, insomnio, ansiedad, inflamación y presión arterial elevada durante la primera presidencia de Trump, cuando anunció la finalización de DACA (Acción Diferida para los Llegados en la Infancia) y lanzó una ofensiva contra las ciudades santuario que limitan la cooperación con las autoridades federales de inmigración. La investigadora sospecha que las actuales políticas de mayor control migratorio podrían estar generando reacciones similares entre los hijos de inmigrantes latinoamericanos.

El impacto de este estrés es generalizado. En 2023, alrededor de 14 millones de personas vivían en Estados Unidos sin autorización, incluyendo a quienes habían ingresado legalmente pero luego perdieron sus protecciones contra la deportación. Según el Transactional Records Access Clearinghouse (TRAC), un centro de investigación de datos de la Universidad de Syracuse, en Nueva York, hasta fines de noviembre de 2025 más de 65.000 personas fueron detenidas en todo el país y el 73,6 % de ellas no tenía antecedentes penales.

Algunos investigadores consideran que este impacto se siente con mayor intensidad en las comunidades latinas. Un informe publicado en diciembre por la New York Immigration Coalition y la Universidad de Colorado Boulder reveló que los inmigrantes latinos en Nueva York soportan una carga desproporcionada de las detenciones migratorias: representan casi tres cuartas partes de los arrestos realizados por ICE, pese a constituir solo cerca de una cuarta parte de la población no ciudadana del estado. El Pew Research Center también detectó que la preocupación por deportaciones y detenciones es un 18 % mayor entre jóvenes adultos latinos, en comparación con personas de 50 años o más.

La población hispanohablante y latina del país, explicó Barajas-González, ha estado especialmente expuesta a “un discurso antiinmigrante a nivel social, junto con leyes y políticas que habilitan una aplicación agresiva y racializada de las normas migratorias”.

La dinámica de cuidado en familias inmigrantes y de primera generación donde los padres no hablan inglés fue analizada por el Journal of Adolescent Research, que concluyó que algunos niños atraviesan un fenómeno conocido como “parentificación”: una inversión de roles en la que el hijo asume tareas de cuidado para cubrir las necesidades logísticas y emocionales de sus padres. Diversos estudios han vinculado esta experiencia con una mayor propensión a desarrollar depresión, ansiedad, problemas digestivos, conductas agresivas, consumo problemático de sustancias y autolesiones.

“Los latinos de primera generación ya estaban ‘parentificados’. Lo nuevo es la hipervigilancia y el agotamiento que genera la impotencia de no poder proteger completamente a sus familias”, señaló Lisette Sánchez, psicóloga especializada en salud mental de profesionales latinos de primera generación.

Desde su infancia, Martínez —estadounidense de primera generación, hija de una madre dominicana y un padre puertorriqueño— tuvo que cuidar de sus padres. Su madre, María, fue diagnosticada con trastorno bipolar y depresión mayor cuando ella tenía apenas cinco años. Su padre trabajó durante muchos años en una fábrica de encurtidos en Nueva York hasta que sufrió una lesión en la columna y debió declararse discapacitado. Desde muy pequeña, Martínez los acompañaba al médico, preparaba la comida y les administraba medicamentos. También oficiaba de traductora ante médicos, abogados y docentes, ya que María no habla inglés. Aun con esas responsabilidades, recuerda haberse sentido cuidada: sus padres la criaron y cubrieron todas sus necesidades básicas.

Dainma Martínez posa junto a su madre, María, durante su graduación de 2025 en el Hostos Community College | Foto: Documented

Tras la muerte de su padre, Martínez quedó a cargo del cuidado de su madre, hoy de 55 años, y sostiene el hogar con beneficios del programa federal de asistencia alimentaria de Estados Unidos (SNAP, por sus siglas en inglés) y el seguro por discapacidad. Aunque María es ciudadana estadounidense, su hija asegura que vive con miedo, convencida de que “por el racismo y por no hablar inglés” los agentes de inmigración podrían llevársela.

María no comprende del todo la preocupación de su hija. “Soy estadounidense, llevo muchos años acá, ¿qué me va a pasar?”, se pregunta.

Aun así, cuando quiere salir, su hija suele impedírselo, y ella acepta.

“Estoy en un momento de la vida en el que mi hija puede cuidarme mejor que yo misma”, dijo María.

Cindy Arriaga, de 29 años, vivió una experiencia similar. Hija de una madre mexicana indocumentada y hermana mayor, desde chica asumió el cuidado de sus hermanos menores: los ayudaba con la tarea, les servía la comida e incluso los asistía para completar solicitudes universitarias. Su madre, Feliciana Gonzaga, trabajaba turnos de 14 horas, siete días a la semana, en un supermercado de Manhattan. Aunque compartían el mismo techo, Arriaga sentía que sabía poco de ella más allá de las conversaciones estrictamente necesarias.

“Soy quien ha cuidado de todos en mi familia desde niña, y creo que por eso soy una persona ansiosa”, contó Arriaga. “Ahora mi mayor miedo es que, si deportaran a mi mamá, ¿cómo voy a asegurarme de que llegue sana y salva a Puebla, sin daño, sin trauma?”.

Esa ansiedad alimentada por el miedo de que le pase algo, la llevó a llamar a su madre cada dos horas, leer constantemente las noticias, seguir su ubicación en tiempo real desde el teléfono y mirar en todas direcciones cuando caminan por la calle. Su madre, en cambio, dice no sentir miedo.

“Aprecio mucho que mi hija se preocupe, pero no es saludable para las familias vivir así; no se puede controlar a los seres queridos”, dijo Gonzaga en español. “Está bien comunicarnos todos los días, pero no desde el miedo, sino desde el cariño”.

Gonzaga, de 56 años, es dueña de Gonzaga Grocery, una tienda mexicana en Nueva Jersey, donde trabaja siete días a la semana, 12 horas por día. Arriaga siente algo de alivio al saber que su madre pasa la mayor parte del tiempo en interiores, lo que reduce, a su entender, el riesgo de ser vista por las autoridades migratorias.

“Me da tranquilidad que mi mamá esté trabajando y no salga a la calle”, confesó. “Aunque la preparé para saber qué decir si alguna vez ICE aparece en la tienda”.

Aun así, hubo ocasiones en que su madre quiso salir más allá del trabajo. A comienzos de noviembre, Arriaga aceptó ir de compras con ella, pero rápidamente se arrepintió por miedo a encontrarse con agentes migratorios en la calle. Su madre, en cambio, reaccionó con humor.

“¿Qué harías, mija, si el ICE me agarrara saliendo? ¿Te imaginás?”, dijo entre risas.

El humor suele funcionar como mecanismo de afrontamiento frente a experiencias traumáticas: permite resignificar lo vivido, recuperar una sensación de control y fortalecer la resiliencia. “No vale la pena preocuparse si el problema no está acá; es solo una amenaza, no algo personal. Si la solución no está en mis manos, es mejor expulsar el miedo”, reflexionó Gonzaga.

Que los hijos intenten asegurarse de que sus padres permanezcan en casa se ha vuelto una situación frecuente. Sánchez contó que varios de sus pacientes jóvenes le relataron que ahora son ellos quienes hacen los mandados familiares para evitar exponer a sus padres.

“Esto demuestra que están asumiendo nuevas y adicionales responsabilidades de cuidado”, explicó.

En el caso de Arriaga, aunque la amenaza de detención le genera un alto nivel de estrés, también fortaleció su vínculo con su madre. De niña, dijo, no tenían una buena relación porque ella trabajaba casi todo el tiempo, pero ahora viven cerca, comparten más momentos y finalmente se conocen. Esa cercanía, sin embargo, intensifica su temor a una posible separación si su madre fuera obligada a regresar a México. Y aunque el idioma y las costumbres del país moldearon gran parte de su identidad, Arriaga asegura que no está dispuesta a mudarse y empezar de nuevo allí.

“Mi miedo es que la deporten y que ya no podamos vernos tan seguido”, concluyó. “Y también que pierda todo lo que construyó y por lo que luchó aquí”.


Artículo original publicado en Documented‘Mom Is My Teenager.’ In the Trump Era, Stressed Children of Immigrant Parents Find Roles Reversing

Imagen de portada: Cindy Arriaga (a la derecha) junto a su madre, Feliciana Gonzaga, en el supermercado familiar que ella dirige en Nueva Jersey. Cindy reconoce que vive preocupada por la seguridad de su madre | Foto: gentileza de Cindy Arriaga.

Traducción: María Pilar de Vera 


Encontrá más contenido de Documented en nuestro portal:

Acceso denegado: la solidaridad de un edificio con su portero, impedido de volver a los Estados Unidos

Cómo el cambio climático está impulsando a migrantes a abandonar sus hogares rumbo a Nueva York

Un matrimonio neoyorquino destrozado por el ICE

Especial - Documented NY |  + notas

Es periodista colombiana radicada en la ciudad de Nueva York. Cubre la intersección de la comunidad latina con las expresiones artísticas y culturales, el lenguaje, las dinámicas sociales y la inmigración.


Compartir:
Mostrar comentariosCerrar comentarios

Deja un comentario