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En el aniversario del nacimiento de Angela Davis, esta nota propone una lectura de la diáspora africana y de los desplazamientos forzados como prácticas de resistencia a partir de su trayectoria intelectual y militante. Su vida y obra nos permiten mirar las migraciones desde otra perspectiva: historias de despojo, exilio y lucha por la dignidad.

Cada 26 de enero se conmemora el natalicio de Angela Yvonne Davis, nacida en Birmingham, Alabama, en el año 1944. Esta filósofa, activista antirracista y feminista negra, fue conocida por ser una de las máximas exponentes del pensamiento crítico en los Estados Unidos. Su activismo estuvo centrado en poner en cuestión las estructuras racistas del capitalismo moderno.

Recordarla es también una oportunidad para repensar la movilidad humana y la diáspora como constitutivas de los activismos, ya que su biografía se inscribe en esa larga historia de lucha de los sectores subalternizados. Desde la trata transatlántica hasta las migraciones contemporáneas del Sur global, Angela, que creció entre el miedo y la conciencia temprana de que moverse era resistir, ha enseñado que la historia negra no es solo una historia de desplazamientos forzados, sino también de reafirmación identitaria frente a la opresión racial, social y cultural.

Una vida atravesada por el movimiento

Angela Davis nació en el sur segregado de Estados Unidos, en Birmingham, Alabama, y creció en un barrio conocido como Dynamite Hill, un enclave de familias afroamericanas que desafiaban la segregación residencial y que fue blanco de más de cincuenta atentados con explosivos entre 1947 y 1967, perpetrados por supremacistas blancos vinculados al Ku Klux Klan. Ese contexto de violencia racial estructural marcó de manera indeleble su infancia y su formación política temprana. Sus padres eran activistas de la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color (NAACP, por sus siglas en inglés), una de las principales organizaciones del movimiento por los derechos civiles, lo que hizo de la militancia antirracista una experiencia cotidiana desde sus primeros años.

En 1961 obtuvo una beca completa para estudiar en la Universidad Brandeis, donde se graduó con honores. Ese programa académico incluía una estancia en Europa, y en 1962 realizó su primer viaje al continente, estudiando en la Sorbona, en París. Allí entró en contacto con estudiantes provenientes de colonias africanas francesas, atravesados por los procesos de descolonización y las luchas por la independencia. Ese intercambio fue decisivo para que Davis comenzara a pensar la cuestión racial en Estados Unidos como parte de un entramado global de dominación colonial e imperialista.

Durante ese período viajó a Alemania y, en Frankfurt, conoció a Theodor Adorno, experiencia que resultó clave en su formación intelectual. Asimismo, participó del Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes en Helsinki, un encuentro internacional de carácter antiimperialista que reunió a miles de jóvenes de distintas regiones del mundo en torno a los debates políticos y las luchas de liberación nacional.

A su regreso a Estados Unidos, retomó sus estudios en Brandeis, donde estableció un vínculo intelectual fundamental con Herbert Marcuse, uno de los referentes de la Escuela de Frankfurt. Marcuse reconoció públicamente a Davis como una de sus estudiantes más brillantes, un respaldo que consolidó su formación teórica y su proyección intelectual.

En 1965 viajó nuevamente a Europa y continuó su formación en el Goethe-Institut de Frankfurt, profundizando sus estudios en filosofía, teoría crítica y marxismo, en diálogo con corrientes anticoloniales emergentes. Esa experiencia, sumada a su historia personal como mujer negra del sur estadounidense, la situó en una tradición intelectual transnacional desde la cual interpeló críticamente los cánones de la filosofía europea.

Su pensamiento estuvo profundamente atravesado por la tradición radical negra estadounidense, inspirada en figuras como W. E. B. Du Bois, Claudia Jones y Paul Robeson, quienes articularon la lucha antirracista con el análisis de clase y el internacionalismo. Esta tradición se entrelazó con el feminismo negro, permitiéndole comprender cómo el racismo, el sexismo y la explotación capitalista se refuerzan mutuamente, e influyendo de manera decisiva en su crítica a las múltiples formas de opresión que enfrentan las mujeres negras.

Su compromiso con el internacionalismo del llamado Tercer Mundo se consolidó a partir de su solidaridad con las luchas anticoloniales en África y América Latina, así como de su admiración por líderes como Fidel Castro y Kwame Nkrumah, y por los movimientos de liberación nacional. En este marco, los procesos de descolonización y el giro radical del Black Power le ofrecieron herramientas para pensar la opresión racial no solo como un problema nacional, sino como parte de un sistema global de dominación imperialista. Desde los años setenta, Davis se consolidó así como una figura pionera de lo que más tarde se conceptualizaría como interseccionalidad, al sostener que raza, clase y género constituyen dimensiones inseparables de la lucha por la liberación.

Durante los años sesenta, en plena efervescencia del movimiento por los derechos civiles, Davis emergió como una de las voces que empujó sus límites políticos e intelectuales. Aunque participó activamente en las luchas contra la segregación y el racismo legal, cuestionó tempranamente el alcance del reformismo liberal, al advertir que la conquista de derechos formales no desmantelaba las estructuras económicas, políticas y represivas que sostenían la opresión racial. Su militancia marxista y su adhesión al Partido Comunista de Estados Unidos, junto con su cercanía al Black Power, le permitieron formular una crítica del racismo como fenómeno estructural, inseparable del capitalismo y de la violencia estatal. Esta posición la convirtió en blanco de persecución política, incluida su expulsión de la universidad por impulso del entonces gobernador Ronald Reagan, y anticipó el núcleo de su pensamiento posterior sobre el Estado penal y la criminalización de la disidencia negra.

Angela Davis en 1974. | Foto: Philippe Halsman

En 1970 fue falsamente acusada de conspiración y encarcelada. Para entonces, ya era una figura reconocida de la izquierda negra radical y del movimiento por los derechos civiles. Había participado en campañas contra la segregación racial, la violencia policial y el sistema carcelario, consolidándose como una crítica del liberalismo reformista dominante. Desde su militancia comunista, articuló la lucha antirracista con una crítica al capitalismo y al imperialismo, entendiendo la desigualdad racial como parte de un sistema económico y político de alcance global.

En ese marco, se manifestó activamente contra la guerra de Vietnam, a la que definió como una empresa imperialista sostenida sobre jerarquías raciales. Denunció que los jóvenes afroamericanos eran enviados de manera desproporcionada al frente de combate mientras permanecían privados de derechos básicos en su propio país, y sostuvo que la guerra externa y la represión interna formaban parte de un mismo entramado de dominación.

Davis mantuvo una estrecha cercanía política con el Black Panther Party, aunque nunca fue miembro formal. Compartía con los Panteras Negras la denuncia de la violencia policial y del sistema penitenciario como mecanismos de control racial, y apoyó sus programas sociales de educación política y atención sanitaria en comunidades negras. Su creciente visibilidad la convirtió en objetivo del Programa de Contrainteligencia del Buró Federal de Investigaciones (COINTELPRO, por sus siglas en inglés) del FBI, orientado a desarticular las organizaciones negras radicales, y fue incluida en la lista de las diez personas más buscadas del país.

Su encarcelamiento desató una campaña internacional sin precedentes: su imagen se convirtió en un símbolo global del antirracismo y millones de personas marcharon en distintas partes del mundo bajo la consigna Free Angela. Cuando fue absuelta en 1972, su liberación la consagró como emblema de una conciencia negra global y de la potencia política de la solidaridad transnacional.

Tras su absolución, viajó a Cuba, uno de los países que había impulsado activamente la campaña internacional por su liberación, donde fue recibida con masivas expresiones de apoyo popular. Esa experiencia reafirmó su convicción de que las luchas negras en Estados Unidos formaban parte de una genealogía común con los procesos anticoloniales africanos y caribeños. A partir de entonces, mantuvo vínculos con movimientos de liberación en Mozambique, Angola y Sudáfrica, inscribiéndose en la tradición política y cultural del Atlántico Negro, forjada en la diáspora africana.

En paralelo, Davis consolidó su trayectoria como docente universitaria, enseñando filosofía, estudios feministas y pensamiento crítico en diversas instituciones, entre ellas la Universidad de California en Santa Cruz. Para ella, la docencia fue siempre un espacio de producción de pensamiento crítico y de articulación entre teoría y praxis, orientado a fortalecer las luchas antirracistas, feministas y anticapitalistas de su tiempo.

La diáspora como matriz histórica de la movilidad humana negra

El mayor desplazamiento forzado de la historia moderna fue la trata transatlántica de personas esclavizadas desde África hacia las Américas, entre los siglos XVI y XIX. Según el Trans-Atlantic Slave Trade Database, entre los años 1514 y 1866 cerca de doce millones de africanos fueron secuestrados y embarcados. De ese total, aproximadamente diez millones sobrevivieron al viaje, mientras que muchos otros murieron durante el Middle Passage.

Fue uno de los procesos más brutales de la historia y consistió en el trayecto marítimo intermedio del comercio triangular que unía a Europa como punto de partida, África occidental y central como espacio de captura e intercambio, y las Américas y el Caribe como destino final, donde las personas eran vendidas para trabajar en plantaciones, haciendas coloniales o minas. Durante el viaje, que podía durar entre seis semanas y tres meses, las personas eran deshumanizadas, encadenadas, hacinadas, privadas de alimento y sometidas a violencia sistemática y a condiciones sanitarias extremas. Quienes no sobrevivían eran arrojados al mar, convirtiendo al Atlántico en una tumba colectiva y en el origen doloroso de la diáspora africana.

Ese movimiento forzado, violento y racializado dispersó comunidades africanas por el mundo, dando origen a una red cultural, espiritual y política que conformó el denominado Atlántico Negro: una geografía de intercambios donde lo africano, lo americano y lo europeo se entrelazan en una historia de dolor, creación y lucha por la libertad.

Movilidades contemporáneas: pensar los desplazamientos hoy

La diáspora no es solo una experiencia del pasado, sino que tiene un impacto directo en la configuración de los movimientos humanos globales. En la actualidad existen más de ciento treinta millones de personas afrodescendientes distribuidas en países como Brasil, Colombia, Cuba, Venezuela y República Dominicana, donde enfrentan mayores obstáculos en el acceso a derechos básicos y altas tasas de pobreza y exclusión.

En Estados Unidos, según datos del Migration Policy Institute, en 2024 aproximadamente cinco millones de personas residentes habían nacido en África subsahariana. Entre ellas se encuentran estudiantes, trabajadores, personas refugiadas y familias desplazadas forzosamente. Uno de los factores persistentes de estas movilidades es el racismo estructural y el extractivismo global, que continúan expulsando poblaciones de sus territorios.

Las rutas que hoy atraviesan el Mediterráneo, la selva del Darién o el desierto del Sahara reproducen, en clave contemporánea, las lógicas coloniales del despojo. Las políticas fronterizas, los centros de detención y la criminalización de la migración actualizan jerarquías raciales que en otro tiempo justificaron la esclavitud. Los cuerpos negros siguen siendo desplazados por sistemas económicos que concentran riqueza y, en medio de esa violencia, las comunidades afrodescendientes despliegan estrategias de cuidado, redes de apoyo y resistencias colectivas.

En los últimos años, el legado de Angela Davis y del movimiento de liberación negra ha recobrado fuerza. El resurgimiento simbólico del Black Panther Party en ciudades como Filadelfia, retomado por colectivos antirracistas y feministas, muestra que esas ideas de organización, solidaridad transnacional y lucha por los derechos de las comunidades negras se mantienen activas, conectando pasado y presente. Este renacimiento expresa la vigencia de un pensamiento que Davis siempre defendió: la libertad no como un estado, sino como una práctica colectiva que atraviesa generaciones y fronteras.

Manifestación de miembros del Partido Pantera Negra en las escaleras del Capitolio, en Washington, el 28 de febrero de 1969. | Foto: CIR Online

Esa concepción también se manifestó cuando, a comienzos de los años ochenta, se postuló como candidata a la vicepresidencia de Estados Unidos por el Partido Comunista, con el objetivo de disputar el sentido de la política desde una agenda antirracista, feminista y anticapitalista. Con el tiempo, Angela Davis, que había sido perseguida y encarcelada, comenzó a recibir reconocimientos internacionales y distinciones académicas que confirmaron la persistencia de una voz crítica que continúa —aún hoy— interpelando al orden establecido.

Un eje central de su reflexión —a menudo invisibilizado— es la reivindicación de las trabajadoras domésticas, históricamente racializadas, feminizadas y, en muchos contextos, migrantes. En libros como Women, Race & Class (Mujeres, raza y clase), Davis mostró cómo el trabajo doméstico fue uno de los principales destinos laborales de las mujeres negras tras la abolición de la esclavitud en Estados Unidos, reproduciendo formas de servidumbre bajo el capitalismo. Señaló que estas trabajadoras —frecuentemente afrodescendientes, pobres y migrantes— sostuvieron la reproducción social sin acceso a derechos laborales básicos, quedando excluidas de las protecciones sindicales y legales.

Para Davis, la figura de la trabajadora doméstica encarna una continuidad histórica entre esclavitud, colonialismo y capitalismo contemporáneo. Por eso defendió la organización colectiva de estas trabajadoras y apoyó sus luchas por reconocimiento, salario digno y derechos laborales, entendiendo que la explotación doméstica es una expresión concreta de cómo raza, género, clase y migración se entrecruzan en la vida cotidiana. En este sentido, su pensamiento anticipa debates actuales sobre cadenas globales de cuidado y migración femenina.

Angela Davis y la movilidad como conciencia política

Las movilidades contemporáneas no solo expresan desigualdades estructurales, sino que también revelan el movimiento como práctica de conciencia y liberación. En su libro Freedom Is a Constant Struggle (La libertad es una lucha constante), Davis plantea que la libertad nunca ha sido un hecho individual ni nacional, sino una práctica colectiva que surge del movimiento y del reconocimiento de las conexiones entre pueblos y luchas que atraviesan fronteras: “Las luchas por la libertad siempre han sido transnacionales”, escribe, señalando que la justicia racial no puede comprenderse sin vincularla con la independencia africana, las luchas de las mujeres del Tercer Mundo o la resistencia palestina.

Para Angela Davis, la movilidad negra no se reduce al tránsito físico, sino que constituye una experiencia histórica y un saber político. El desplazamiento, el exilio o incluso la prisión no solo producen dolor, sino también conciencia. Cada forma de movimiento genera conocimiento sobre la opresión y sobre la posibilidad de libertad. En su lectura, el movimiento no es únicamente efecto de la violencia racial, sino también una respuesta colectiva, una práctica de vida y un gesto de insumisión.

Por eso, su lucha abolicionista y antirracista está profundamente conectada con la historia de la diáspora africana: ambas buscan deshacer las cadenas del control y reclamar derechos negados.

Hoy, las comunidades afrodescendientes en movimiento —haitianas, africanas, afroargentinas, caribeñas— prolongan esa genealogía de resistencia, muchas veces desde la precariedad, la violencia y la expulsión. En palabras de Davis, “la función de la libertad es luchar por la libertad de los demás”, y esa lucha, en el presente, pasa por disputar el derecho a permanecer, a circular y a vivir con dignidad. Una tarea colectiva que continúa dentro y fuera de las fronteras.

Imagen de portada: Angela Davis en conferencia en 2014. | Foto: Columbia GSAPP


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Equipo periodístico |  + notas

Abogada del sur del conurbano bonaerense. Escribe y acompaña procesos vinculados a la movilidad humana y a las desigualdades de género, con enfoque en derechos humanos.


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