Desde Refugio Latinoamericano entrevistamos a Facundo Triay, un migrante argentino que vive en Nuuk (Groenlandia), en un contexto de tensión geopolítica reciente, luego del anuncio del presidente de Estados Unidos, Donald Trump de adquirir Groenlandia por razones de seguridad nacional. A través de su testimonio, reconstruimos cómo el cambio climático está modificando la vida de los habitantes locales y cómo está impactando en la apertura de nuevas rutas marítimas estratégicas, hoy codiciadas por las grandes potencias. Su relato visibiliza, además, la resistencia de la comunidad Inuit ante la imposición de la vida moderna y la lucha por su independencia del Reino de Dinamarca.
En Nuuk, la capital de Groenlandia, el paisaje ya no responde a los ritmos que durante décadas marcaron la vida cotidiana. El derretimiento del hielo y la alteración de los ciclos estacionales se han vuelto parte del día a día de sus habitantes. Quien lo percibe con claridad es Facundo Triay, migrante argentino que vive en la ciudad desde hace dos años. Cuando llegó, recuerda, la nieve comenzaba a caer en octubre; en 2025, en cambio, no apareció hasta mediados de diciembre, un cambio que sorprende y genera preocupación incluso entre quienes están acostumbrados al clima extremo.
Con el avance del cambio climático y el acelerado deshielo del Ártico, se abren nuevas rutas estratégicas para la navegación comercial y militar, al tiempo que se amplían las fronteras para la explotación de recursos naturales. A medida que retroceden los casquetes polares, cobra centralidad el control de corredores marítimos clave y la vigilancia del dominio submarino en la franja Groenlandia–Islandia–Reino Unido, conocida como GIUK Gap, un punto neurálgico para la seguridad transatlántica. A ello se suma el acceso a recursos estratégicos como petróleo, uranio y tierras raras —entre ellas el litio y el helio-3—, fundamentales para la industria de vehículos eléctricos, el desarrollo tecnológico y los sistemas de defensa nuclear. Todo ello convierte a Groenlandia en un territorio de alto valor geopolítico para las grandes potencias.
En paralelo, este proceso también ha abierto rutas migratorias laborales hacia Groenlandia, impulsadas por una creciente demanda de mano de obra que la población local —reducida y envejecida— no logra cubrir. Sectores como la pesca, la construcción, los servicios y el mantenimiento dependen cada vez más de trabajadores extranjeros que llegan a través de canales formales y altamente regulados, con permisos de trabajo temporales ligados al empleo. No se trata de una migración masiva ni de una política de puertas abiertas, sino de una apertura selectiva, funcional a las necesidades económicas de la isla, que se desarrolla en tensión con el endurecimiento de los controles y el creciente valor estratégico del territorio en el tablero geopolítico del Ártico.
La llegada de Facundo Triay a Nuuk
En Nuuk son las 7 de la tarde, una hora más que Argentina y hacen -14 grados centígrados. Facundo Triay, migrante argentino en Groenlandia, recibe virtualmente a Refugio Latinoamericano para conversar sobre cómo es su vida diaria en el territorio de mayor obsesión para el presidente norteamericano Donald Trump. “Solo quiero Groenlandia, un gran pedazo de hielo” afirmó el primer mandatario el miércoles durante su presentación en el Foro de Davos.
Facundo es de Puerto Deseado, provincia de Santa Cruz, una ciudad de la Patagonia austral que comparte con Nuuk peculiares similitudes incluyendo el clima frío y hostil, la cercanía hacia el mar, la pesca como actividad principal, los recursos naturales, y la condición de ser puntos estratégicos por su proximidad a los polos de la Antártida y el Ártico, respectivamente. Incluso en estas ciudades también hay una demografía similar: mientras que en Puerto Deseado hay 16.871 habitantes (Censo 2022), en Nuuk hay aproximadamente 20.000 (Visit Greenland).

Buscando nuevos horizontes laborales en la pesca, Facundo llegó con dos amigos a Groenlandia en 2024. En Nuuk se encontró una pintoresca arquitectura de casitas antiguas de colores -Nuuk viejo- pero también con construcciones modernas que le llamaron la atención. Shopping, cine, polideportivos, piletas, y universidades son algunos de los edificios que se asoman en la ciudad joven. “Fue una sorpresa muy grata cuando vine acá, supe que había todo eso y que podía tener una vida normal como la que tenía en Argentina”, resalta Facundo.
“Está muy bueno, es muy completo, y está todo adaptado para el clima extremo, el frio y la nieve. Aquí las calles se limpian a toda hora, todos los días”, comenta.
La nieve del invierno contrasta con la lluvia incesante del verano, donde la ropa impermeable, las botas y las camperas son condiciones sine qua non para salir. En Groenlandia ahora están saliendo del invierno y Facundo comenta “hoy recién vimos el sol después de tres días”. En la época invernal más cruda, el sol aparece a penas dos horas y media al día, siempre y cuando, no esté nublado.
Cuando Facundo llegó, la empresa que lo contrató le ofreció casa y todas las comodidades necesarias para que pudiera desarrollar una estadía cómoda y sin obstáculos. “A las personas extranjeras que vienen a trabajar, las ayudan muchísimo”, destaca Facundo.

El vínculo con la población local es ameno y cordial. La sociedad groenlandesa está profundamente atravesada por la herencia de los pueblos originarios inuit, cuyas tradiciones de caza, su idioma y sus sistemas de escritura siguen formando parte de la vida cotidiana. En estrecha relación con la naturaleza, estas comunidades han desarrollado durante siglos un modo de vida adaptado a un entorno extremo. Sin embargo, los avances de la modernidad y los impactos del cambio climático —que alteran de manera acelerada el ecosistema ártico— ponen en tensión esa forma de vida milenaria, obligando a nuevas adaptaciones. Aun así, la cultura inuit permanece fuertemente arraigada y se transmite con orgullo a quienes se acercan con interés y respeto.

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Soberanía plena, Doctrina “Donroe”, e intereses geopolíticos
Groenlandia es un territorio autónomo dentro del Reino de Dinamarca desde el siglo XVIII, cuando en 1721 el misionero Hans Egede inició la colonización formal bajo la corona danesa-noruega. A lo largo del tiempo, la isla fue ampliando progresivamente sus márgenes de autogobierno. En la actualidad, Groenlandia administra sus asuntos internos, mientras que Dinamarca conserva competencias clave como la política exterior, la defensa y la moneda.
Desde hace décadas, una parte significativa de la sociedad groenlandesa impulsa un proyecto de soberanía plena. En los últimos años, este horizonte se tradujo en un creciente movimiento independentista, respaldado por el marco legal vigente: la Ley de Autogobierno establece que Groenlandia puede acceder a la independencia mediante un referéndum, con posterior aprobación del Parlamento danés.
Desde principios de 2026, bajo una lógica que distintos analistas comparan con una reedición de la Doctrina Monroe aplicada al Ártico, Donald Trump ha buscado ampliar la influencia de Washington sobre Groenlandia, invocando razones de seguridad nacional y la competencia estratégica con Rusia y China. Aunque este enfoque no se tradujo en una intervención directa ni en una cesión de soberanía, sí introdujo una fuerte presión geopolítica que reconfiguró el debate interno sobre la independencia de la isla y reforzó la percepción local de que Groenlandia vuelve a ser pensada como un espacio estratégico antes que como una sociedad con derecho a decidir su propio futuro.
“No hay ningún groenlandés que lo acepte, y eso se notó con claridad en la marcha del 17 de enero, cuando prácticamente toda la capital salió a protestar”, cuenta Facundo. Ese día, miles de personas se movilizaron por las calles de Nuuk bajo la consigna “Groenlandia no está en venta”, en rechazo a los intentos de anexión impulsados desde Washington.
Para Facundo, más allá de los argumentos de seguridad nacional, las motivaciones reales son evidentes: “Todo el mundo sabe que Donald Trump está interesado en los recursos —petróleo, gas, litio, tierras raras— y en la posición estratégica que ocupa Groenlandia”. A ello se suma, agrega, el impacto del cambio climático: “Con el deshielo se están abriendo nuevos caminos para la navegación y rutas que pueden conectarse entre sí, y que son claves para el comercio global”.

Imagen generada con IA publicada en Truth Social publicada por el presidente Donald Trump | Imagen: captura de la cuenta @realDonaldTrump en Truth Social, 20 de enero de 2026
Cambio climático: calvings, temperaturas elevadas y restricciones a la pesca
Durante el último año, Facundo fue testigo de transformaciones visibles en el paisaje, directamente vinculadas al avance del cambio climático. Entre ellos, los cada vez más frecuentes calvings (desprendimientos de grandes placas de hielo) ya son parte de la vida cotidiana. “Acá, frente a la capital, se ven pasar cada vez más icebergs entre los fiordos, desprendidos de las grandes placas de hielo”, relata. Imágenes que, lejos de ser excepcionales, se volvieron parte de la escena cotidiana.
Además del aumento en el tránsito de icebergs, el cambio climático está alterando de manera significativa las temperaturas estacionales. En los meses de verano, los registros pueden elevarse entre 15 y 20 grados, valores inusualmente altos para Groenlandia, con impactos directos sobre los ecosistemas y las actividades productivas.
En paralelo, las autoridades aprobaron nuevas regulaciones pesqueras para proteger los recursos naturales. Facundo explica que no solo se redujeron las cuotas de captura, en particular de langostinos, sino que el propio cambio climático modificó las zonas de pesca: las especies ya no se concentran en los lugares tradicionales, lo que obliga a las embarcaciones a navegar mayores distancias para encontrarlas, encareciendo y complejizando el trabajo cotidiano.
Lo que dejó Nuuk
Para Facundo, este es ya su tercer año en Groenlandia, y aunque extraña profundamente la Argentina, la experiencia de vivir en Nuuk ha sido marcadamente positiva. Destaca la serenidad de la vida cotidiana, la sensación de seguridad y una estabilidad económica poco frecuente en otros destinos migratorios. Un modo de habitar el tiempo y el espacio que contrasta con el vértigo de las grandes ciudades.

Aún no sabe cuál será su próximo destino, pero tiene la certeza de que su paso por Nuuk dejó aprendizajes duraderos. La cultura groenlandesa —tranquila, profundamente ligada a la naturaleza, a la caza y a los ritmos del descanso— le permitió comprender otra forma de relación con el entorno. Una cotidianeidad que, en las últimas semanas, se vio alterada por la llegada de periodistas de todo el mundo, atraídos por las repercusiones del renovado interés geopolítico de Washington sobre la isla.
En ese contexto, la población local resiste. Frente a la disyuntiva entre Estados Unidos y Dinamarca, muchos groenlandeses siguen prefiriendo el vínculo con Copenhague. “A pesar de que no les caen bien, Dinamarca les garantiza un camino hacia la independencia que se viene construyendo desde hace años, de manera lenta pero sostenida”, resume Facundo.
En un territorio donde el hielo retrocede y los intereses geopolíticos avanzan, el testimonio de Facundo permite comprender que Groenlandia no es un espacio vacío ni un objeto de disputa abstracto, sino un lugar habitado por una sociedad y su cultura, atravesado por vidas concretas, memorias, expectativas y transformaciones. Allí, la cuestión de la independencia no se reduce a un horizonte lejano ni a un debate diplomático, sino que forma parte de la experiencia cotidiana de quienes viven en el Ártico y defienden su modo de vida frente al avance del cambio climático y las presiones externas.
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Es licenciada en Relaciones Internacionales y Magíster en Estudios Internacionales. Realizó una pasantía en la Embajada de EE. UU., siguiendo prácticas de derechos humanos en Argentina. Su familia, con asiento en la Patagonia, posee raíces españolas, italianas, sirio-libanesas y chilenas.
