A 118 años de su nacimiento, la figura de Atahualpa Yupanqui permite leer la música y la palabra como formas de andar el país. Su vida trashumante, atravesada por migraciones internas, exilios y silencios forzados, hizo del camino una ética y del canto una manera de narrar la tierra.
El 31 de enero de 1908 nació Héctor Roberto Chavero en Campo de la Cruz, Pergamino, al norte del interior de la provincia de Buenos Aires. Su historia estuvo marcada desde el inicio por el movimiento y el cruce de territorios; era hijo de José Demetrio Chavero, empleado ferroviario santiagueño con raíces quechuas, y de Higinia Carmen Haran, nacida en Chivilcoy, descendiente de vascos de Francia y España. En el hogar de Héctor se hablaba tanto quechua como castellano, una convivencia temprana de lenguas que marcaría su sensibilidad cultural y su forma de entender el territorio. A los dos años, el trabajo de su padre impulsó el primer desplazamiento familiar hacia la estación Juan de la Peña, donde pasó su infancia temprana viviendo frente a las vías del tren. Luego vinieron nuevos traslados: Junín, Tucumán, Entre Ríos. Ese recorrido temprano por distintas geografías y culturas del país fue la piedra angular en la vida y obra del artista que más tarde sería conocido como Atahualpa Yupanqui.
El seudónimo de Chavero nació en 1913, mientras realizaba un trabajo escolar, como un homenaje al último soberano inca. El significado de Atahualpa —aunque no exacto por la dificultad de realizar traducciones de ciertas lenguas— es “el que vino de lejanas tierras a contar”; derivado de los términos quechuas Ata (“venir”), Hu (“de lejos”), Alpa (“tierra”) y Yupanqui (“contar”). Pero elegir “Atahualpa” no era solo homenajear al Inca, era inscribirse en una historia, en un cruce de lenguas y territorios. No nació como un alias para esconder un nombre real o como algo artístico para sonar interesante, sino para posicionarse al hablar: un nombre como territorio, como síntesis de un origen múltiple y en movimiento.

Su andar no fue solo simbólico, ya que durante su juventud recorrió gran parte de la Argentina experimentando distintas costumbres y sonidos que terminaron siendo fundamentales en su carrera musical. Atahualpa se había interesado desde chico en la música, comenzando a estudiar violín a los seis años guiado por el cura del pueblo y luego inclinándose por la guitarra, tomando clases con el maestro Bautista Almirón en Junín. En 1917 se mudó con su familia a la provincia de Tucumán, donde conoció nueva música con instrumentos autóctonos de la región, como el bombo y el arpa indígena, y ritmos como la zamba.
La temprana muerte de su padre convirtió al músico en jefe de familia de manera prematura, así fue que trabajó como peón rural, maestro, periodista y tipógrafo, entre otras cosas. Eligió el camino como forma de conocimiento y de pertenencia y recorrió provincias enteras a caballo o a pie, durmió en puestos, estaciones y casas prestadas para poder meterse a fondo en las costumbres y tradiciones de distintas tierras de la Argentina. A los 19 años compuso “Camino del indio”, una de sus canciones más populares, en la que el desplazamiento aparece como una herencia histórica y no como una elección individual. Yupanqui canta: “caminito que anduvo de sur a norte mi raza vieja / antes que en la montaña la Pachamama se ensombreciera”, y en su cantar cuenta la pena del despojo, de los pueblos originarios desplazados de sus tierras; canta desde una voz colectiva que arrastra siglos de expulsiones en su ADN. En su andar, se fue formando una mirada que no hablaba necesariamente sobre el país, sino desde él. La migración interna, y muchas veces forzada por la necesidad, le permitió conocer de primera mano las desigualdades y las resistencias que plasmó en sus canciones y relatos escritos.
En las arenas bailan los remolinos
El sol juega en el brillo del pedregal
Y prendido a la magia de los caminos
El arriero va, el arriero va
Es bandera de niebla su poncho al viento
Lo saludan las flautas del pajonal
Y animando a la tropa por esos cerros
El arriero va, el arriero va
Las penas y las vaquitas
Se van por la misma senda
Las penas y las vaquitas
Se van por la misma senda
Las penas son de nosotros
Las vaquitas son ajenas
El arriero
En 1927 Yupanqui viajó a Buenos Aires para enfrentarse a la gran ciudad. Un hombre, allegado a amigos suyos, le había aconsejado viajar para probar suerte; tiempo después, Atahualpa recordó ese momento en unos versos de “El payador perseguido”:
Un hombre se me acercó
Y me dijo: ¿Qué hace acá?
Viaje pa’ la gran ciudad
Que allá lo van a entender
Ahí tendrá fama, placer
Y plata pa’ regalar
¡Para qué lo habré escuchao!
¡Si era la voz del Mandinga!
Buenos Aires, ciudá gringa
Me tuvo muy apretao
Tuitos se hacían a un lao
Como cuerpo a la jeringa

Su militancia política, el exilio y el regreso
En el ensayo “Atahualpa Yupanqui: la dimensión política del folklore”, el historiador Sergio Pujol cuenta que Yupanqui había militado en la Unión Cívica Radical de joven, por influencia de su padre y su abuelo. En 1932 participó de la rebelión de La Paz (Entre Ríos) para liberar a Hipólito Yrigoyen de la prisión; este hecho y su fracaso dieron como consecuencia su exilio, primero a Uruguay y luego al sur de Brasil. En 1945, “entusiasmado por el triunfo soviético contra el nazismo, se afilió al Partido Comunista Argentino, organización en la que militó hasta su expulsión en 1953”, explicó Pujol. Con el aval del partido, había emprendido su primer viaje a Europa, actuando en los países del “socialismo real”, como Hungría, Rumanía y Checoslovaquia (actualmente República Checa y República Eslovaca).
En 1934, luego de su exilio, volvió a la Argentina y se radicó en Rosario, Santa Fe, y un año después volvió a Tucumán. Tuvo un breve paso por la Ciudad de Buenos Aires, donde muchos artistas comenzaban a popularizar sus canciones, para hacer algunas actuaciones en radio. Recorrió Santiago del Estero, Catamarca, Salta y Jujuy y más tarde volvió al altiplano en busca de testimonios dentro de la cultura de los pueblos originarios. Retornó a los valles calchaquíes, recorrió los senderos jujeños en mula y residió por un tiempo en Cochangasta (una aldea cercana a la ciudad de La Rioja). En 1936 realizó sus primeras grabaciones discográficas a través del sello Odeón, reconocido en Argentina por haber trabajado con cantantes como Julio Sosa y Carlos Gardel. El resultado de esas sesiones fueron tres discos de pasta, con dos canciones cada uno, editados por el sello y la agrupación tradicionalista El Mangruyo.
En 1942, de nuevo en Tucumán, conoció a la pianista y compositora francocanadiense Antonietta Paule Pepin-Fitzpatrick, quien sería su compañera de vida durante 48 años. Ella, que firmaba como Pablo del Cerro, es la coautora de muchas de sus canciones: “Chacarera de las piedras”, “El alazán”, “El arriero va”, “Guitarra dímelo tú”, “Indiecito dormido” y “Payo Solá”, entre otras.
Por su filiación política, Yupanqui sufrió la censura durante la presidencia de Juan Domingo Perón. Sus canciones fueron silenciadas y los periódicos cercanos al gobierno dejaron de hablar sobre él, al tiempo que ya no era recibido en los teatros y, por esos años, las actuaciones del músico se limitaron a pequeños recitales privados. Pero no solo sufrió la persecución, sino también la violencia física: en una de las detenciones, cuenta el cantante, le pusieron una máquina de escribir sobre su mano derecha y “luego se sentaban arriba, otros saltaban”: “Desde esa olvidable época tengo el índice de la mano derecha quebrado. Buscaban deshacerme la mano, pero no se percataron de un detalle: me dañaron la mano derecha y yo, para tocar la guitarra, soy zurdo. Todavía hoy, a varios años de ese hecho, hay tonos como el si menor que me cuesta hacerlos. Los puedo ejecutar porque uso el oficio, la maña; pero realmente me cuestan”.
Debido a la constante censura y persecución política, Yupanqui se exilió en Francia en 1949. Tras su salida de la Argentina, encontró en París un espacio de respiro y proyección: allí fue acogido por círculos culturales atentos a la música popular del mundo y su obra ganó visibilidad internacional, en gran parte gracias al apoyo de figuras como Edith Piaf, quien lo invitó a cantar con ella en 1950. Allí firmó contrato con Chant du Monde, el sello discográfico que publicó su primer LP en Europa, “Minero soy”, que obtuvo el premio al mejor disco de la academia Charles Cros, que incluía a más de 300 participantes de todos los continentes en el Concurso Internacional de Folclore. Desde allí, Yupanqui cantó América Latina de manera inquebrantable, afinando una voz que hablaba desde la distancia pero con la tierra propia siempre adherida al cuerpo. El exilio no diluyó la raíz del artista, la volvió más fuerte y nítida.

En los años siguientes, Yupanqui regresó intermitentemente a la Argentina, construyó su casa en Cerro Colorado (Córdoba) junto a su compañera y continuó recorriendo el país. Su obra comenzó a circular con fuerza entre nuevas generaciones de artistas, como Mercedes Sosa, Jorge Cafrune y Alberto Cortez, quienes grabaron sus canciones y lo reconocieron como maestro. Durante esos años, musicalizó las películas Horizontes de piedra (1956), basada en su libro Cerro Bayo, y Zafra (1959), actuando también en las mismas.
Luego del golpe de Estado de 1976, sus visitas al país se hicieron cada vez más esporádicas; su canto austero, su ética del silencio y su rechazo a la espectacularización del folklore lo dejaron otra vez en los márgenes, incluso cuando ya era una figura consagrada nacional e internacionalmente. Ese desplazamiento, una vez más, no fue solo geográfico.
Con el regreso de la democracia (1983), Yupanqui volvió a aparecer públicamente en la Argentina. Presentó obras en espacios pequeños, lejos de los grandes escenarios, como el café concert La Capilla (Ciudad de Buenos Aires). Pujol explica que “después de haber padecido persecución, encarcelamiento y sucesivas prohibiciones, Yupanqui fue finalmente rehabilitado y encumbrado como gloria viviente de la música argentina”. En 1985 recibió el Premio Konex como máxima figura de la música popular argentina y, al año siguiente, fue condecorado por el gobierno francés como Caballero de la Orden de las Artes y las Letras.
En sus últimos años, Atahualpa mantuvo una misma forma de estar en el mundo: con tranquilidad, lejos del centro, fiel a la ética de la sencillez y del trabajo paciente. Alternó su vida entre la Argentina y Francia, volvió a Cerro Colorado siempre que pudo y siguió escribiendo, tocando y pensando la música como una forma de diálogo con la tierra. Murió el 23 de mayo de 1992, en Nimes, Francia, a los 84 años. Por pedido expreso del músico, sus restos regresaron a la Argentina y descansan en Cerro Colorado, el lugar que eligió como su hogar y que es hoy un museo.
A 118 años de su nacimiento, Yupanqui recuerda que narrar también es una forma de migrar: trasladar historias de un territorio a otro, sostener una identidad en movimiento y hacer del camino un lenguaje. Recorrió y cantó su país hablándole a su país, y también lo hizo desde afuera, sin nostalgia edulcorada, sino con una memoria activa y presente. Su figura sigue dialogando con los desplazamientos contemporáneos, con quienes cruzan fronteras internas o externas en busca de un lugar desde donde decir y ser. Yupanqui no escribió desde un sitio fijo ni para quedarse: su obra es tránsito entre la tierra y la voz, entre el desarraigo y la pertenencia. No cantó para representar a nadie, sino para nombrar lo que el camino iba enseñando.
Tal vez no comprendas nunca, viday,
Por qué me alejo.
Es mi destino:
piedra y camino.
De un sueño lejano y bello, viday,
soy peregrino.
De un sueño lejano y bello, viday,
soy peregrino.
Piedra y camino.
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Periodista recibida en TEA, fotógrafa y estudiante de Letras en la Universidad de La Plata. Conurbano bonaerense como identidad. Con raíces italianas y españolas.
