En un contexto adverso para la producción cultural en Argentina, el sostenimiento de ámbitos como el Festival Internacional de Cine Africano en Argentina (FICAA) constituye un hecho casi excepcional. En esta crónica, Helver Acosta Suárez reconstruye lo que se vivió durante su última edición, celebrada en Buenos Aires entre el 18 y 30 de agosto pasado.
20 de agosto
«Hola. Llegaré 10 minutos tarde. Disculpad. En el café está Sergio, curador del festival», me escribe Violeta Burkart Noe, productora periodística, docente, codirectora del Festival Internacional de Cine Africano en Argentina (FICAA). No se lo digo, pero también estoy llegando 10 minutos tarde. El Espacio Cultural de la Biblioteca del Congreso, sobre la calle Adolfo Alsina al 1835, tiene una pared de vidrio amplia y luminosa. Hay un cartel del «FICAA 2026» y otro del ciclo de cine mensual. En el piso de la entrada, una baldosa de la memoria hace homenaje a personas detenidas, desaparecidas y asesinadas antes y durante la última dictadura cívico-militar-eclesiástica. Frente al edificio, hay un estacionamiento de autos y entre dos postes de luz permanece colgado un cartel amarillo de letras verdes y negras que dice: «SIN GREMIO, NO HAY DERECHOS AFILIATE A APL DI PROSPERO».
En la recepción un hombre me pregunta si tengo reserva. Digo que no. «¿Vienes al cine?» «Sí». Su compañero me pide mi documento, mi número de teléfono y —como es mi primera vez en el lugar— me toma una foto. Cruzo el hall central y voy directo al café o bar Piglia, nombre que rinde homenaje al escritor argentino Ricardo Piglia. En una mesa una mujer lee un libro. En otra, un hombre espera. Es Sergio Miguel Napoli, crítico de cine, docente, curador del FICAA.
—¿Sergio? —Hola, sí. ¿Cómo estás?
—Un gusto, Sergio, soy Helver, de Refugio Latinoamericano… Hablé con Violeta. Me dijo que ibas a estar acá.
—Sí, ya viene en camino. Un mozo se acerca con un café. Me ofrece uno a mí.
—Sergio, ¿te puedo hacer algunas preguntas sobre la curaduría del FICAA?
—Sí, dale.
En la conversación Sergio mantendrá una voz calma y solo se detendrá para tomar su café.
—Sergio, quiero comenzar preguntándote de qué hablamos cuando hablamos de cines africanos o cine africano.
—La primera distinción que nosotros tratamos de hacer y es lo que nos parece clave para darle entidad al festival es investigar «cines africanos», en primer lugar, pensando en cines hechos en África por realizadores africanos y sobre todo con una característica puntual y es tratar de evitar ciertas películas que pueden tener un rótulo de africano, ya sea porque el director es africano o porque están rodadas en África, pero que vienen mediadas por una producción europea o que no tiene conciencia de que es más una mirada mediada de lo que es África que una verdadera mirada africana. Esa es la primera distinción cuando hablamos de cine hecho en África o hecho por africanos. No quiere decir que en nuestro festival no participen coproducciones ni mucho menos, pero hay una serie de películas que uno ve que es más una respuesta a una necesidad muchas veces generada por una coproducción o por una búsqueda de festivales, en los cuales casi que uno se da cuenta que la película busca mostrar aquello que se cree que es África, más allá de una verdadera mirada de África sobre África. Nos interesan principalmente las películas hechas en África y que tratan de hablarle al continente; si después le hablan al mundo, mejor. Pero no esas películas en las que uno advierte cierta mediación. Hay cierta imagen que tiene Europa o Estados Unidos de África y que ciertas películas tienden a reproducir.
Una segunda distinción que también abarca el festival y que uno podría pensar si es un cine africano o es un cine que habla de África es el cine hecho en la diáspora, es decir, por aquellos africanos en la diáspora que no necesariamente hablan de África. Muchos sí reflejan contextos, pero otros hablan de sus realidades como africanos en la diáspora o afrodescendientes contando las complejidades, las problemáticas que tienen sus vidas en cualquier lugar del mundo y por eso hemos pasado películas desde Guadalupe a Canadá, desde Italia a Argentina.
—¿Qué temas aparecen con mayor frecuencia en las películas del FICAA?
—La migración es un tema constante. Si uno sigue un poco la historia del cine africano, ha cambiado el enfoque. Me parece súper interesante las primeras películas. En sus orígenes uno podría decir que había mucha intención de contar cómo se vivía en el lugar hacia donde se había migrado. Un poco también desmitificando esa idea de que el paraíso estaba del otro lado. Podés elegir una de las películas fundacionales del cine africano, una película de Ousmane Sembène que se llama «La Noire de…» (1966), que básicamente lo que cuenta es cómo vive una mujer que es llevada por sus jefes franceses a la Costa Azul para que los acompañe. Y hay un montón. El tema de cómo vive el migrante era un tema central y después lo otro era esa cuestión del migrar, de la ansiedad por migrar. Después, con el paso del tiempo, uno ve que empieza a aparecer la figura de aquel que migró y vuelve, y como está un poco alienado y no es de aquí ni es de allá; quizás es una segunda etapa pegadita a esa primera, y a mí lo que me parece más interesante es que sobre todo, en los últimos años, lo que ha ganado cada vez más lugar en las grabaciones, en los documentales y en todo, incluso con películas que son hechas por europeos en África, es el proceso de la migración. Todo ese camino que recorre, por ejemplo, alguien del África central para llegar a Europa y lo difícil de ese recorrido, de tener que cruzar desiertos, de correr el riesgo de ser víctima de trata de esclavos en Libia, de tener que cruzar con piratas que los dejan a su suerte, es decir, todo el camino es algo que no se veía en el primer cine y hoy es algo central. Me parece que es un poco la evolución del cine africano. El tema de la migración ha estado presente desde el inicio hasta el final. Y después, otro tema que me parece interesante y que también depende mucho de la época, es el desencanto. El desencanto asociado con la idea de que la independencia iba a implicar una liberación y un bienestar que nunca llegó. Las primeras películas del cine africano son patentes y claras sobre este tema; sin embargo, a veces son los propios gobiernos africanos los que no hacen que la situación mejore.
El bar Piglia se llena en un abrir y cerrar de ojos. El mozo recorre las mesas y el rumor crece.
—¡Hola! no quiero interrumpir —saluda Violeta —no quiero interrumpir.
Violeta bordea la mesa y descuelga su bolso. Después arrima otra mesa y sillas. Ezequiel y Ana Bárbara Iglesias, integrantes del FICAA y del Observatorio Sur, se acercan y saludan. Ubico la grabadora en el centro de las mesas. Nos miramos las caras.
—¿No importa todo este ruido? — pregunta Violeta…
—No pasa nada… Estaba hablando con Sergio sobre las representaciones de los cines africanos. Quisiera hacerles algunas preguntas más.
— Si, dale, decime.
— Violeta ¿Cómo surgió la idea de crear el «Festival Internacional de Cine Africano en Argentina»?
— Bueno, el año que viene cumplimos 20 años. Surgió en realidad al principio como una muestra de cine. Teníamos un archivo de cine documental y nos pidieron especialmente algunas películas sobre descolonización de Asia y África. Después nos quisimos adentrar más en África. Durante 15 años realizamos una muestra que se llamó «Espejos y Espejismos». Digo muestra porque no tenía jurados, no tenía premios. Era un ciclo de cine en distintos lugares como la Universidad de Buenos Aires, el Museo Etnográfico, el Cine Cosmos, que fueron los primeros espacios que nos abrieron desde la academia, pero bueno, así como nosotros fuimos aprendiendo y creciendo, también se diversifico el público, me parece que uno va también construyendo. Entonces, de lo que eran investigadores y académicos se sumó un público más cinéfilo, se sumaron estudiantes, también fuimos sumando a los colectivos y comunidades afro. Y empezamos a ampliarnos a ficción, porque dijimos, ¿por qué es solo documental? Así que nos adentramos, como te contaba Sergio, en los cines africanos, en las distribuidoras, las productoras, las escuelas de cine para seguir ampliando. No somos comerciales, pero me parece que vamos construyendo un interés por conocer y mostrar las miradas del continente africano. Desde 2021 nos convertimos en festival. Hicimos ese paso a «Festival Internacional de Cine Africano en Argentina» con jurados y con una selección en competencia.
Violeta saca unas tijeras y termina de recortar los bordes de unos folletos con el programa completo sin abandonar la conversación. Más tarde, Ana Bárbara junto con el equipo de trabajo del FICAA, darán la bienvenida al público con los folletos a mano.
—¿Qué significa sostener el «Festival Internacional de Cine Africano en Argentina»?
—Significa mucho trabajo. Mucho esfuerzo. Es todo a pulmón, la verdad que no tenemos auspicio, no tenemos sponsor, no tenemos presupuesto. Alguna vez pudimos conseguir ayuda del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA), pero desde la llegada de este gobierno se cayó todo, se cerró. Es muy difícil en la parte económica. Después para nosotros es un gran proyecto de autogestión en el que vamos armando y abriendo lazos con distintas comunidades, la comunidad afroargentina, así como con otras comunidades de otros países. Tenemos a Luz Espiro, una compañera que vive en Senegal. A Rebeca Traoré, otra compañera que vive en el nordeste de Brasil. También participan voluntarios. Hay una práctica preprofesional de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires. Bueno, todo esto significa ser parte de un grupo de militancia, de laburo y de hacer cosas que nos gustan.
—¿Qué dificultades implica organizar el FICAA? Vos mencionás al gobierno de Javier Milei…
—Sí, con el gobierno de Milei, primero dije que el INCAA no nos ayudó más con un subsidio que tiene para muestras y festivales, pero también se nos cerraron algunas puertas de salas del Ministerio de Cultura de Nación, donde habíamos estado y este año nos dijeron: «No, no hay más lugar para ustedes». No vamos a hablar de censura, pero bueno, sí, un poco sí porque fueron lugares en los que ya estuvimos, en los que ya participamos. Y nos dijeron: «No queremos más cine africano». Después las dificultades como dije, no hay apoyos y fondos, no hay embajadas africanas.
Violeta hace una pausa. Repiquetean voces, tazas de café, sillas que se arrastran, cuerpos que se mueven. Sergio agrega que el tema de los subtítulos en español es un trabajo difícil porque requiere dinero. Al igual que invitar a los directores a presentar sus películas y que sean ellos los que transmitan sus experiencias. De pronto, Ana Bárbara y Ezequiel se levantan lentamente de la mesa y se dirigen hacia el auditorio.
—Jorgelina ya bajó al auditorio —les señala Violeta con las manos.
Jorgelina Barrera Pignone es investigadora, codirectora del FICAA y fundadora de Observatorio Sur. Faltan diez minutos para que se inicie la función. Violeta me entrega un folleto: «Desde las raíces, imaginar otros futuros. Doce días para recorrer los cines africanos contemporáneos. Del 18 al 30 de agosto. Más de 30 películas provenientes de 25 países».

—Después sigamos hablando… —dice Violeta.
Violeta mira a Sergio, toma su bolso y cruza el hall; Sergio la sigue unos segundos después. El ruido de voces se diluye en las escaleras del subsuelo que lleva al auditorio Leonardo Favio. El bar Piglia se queda en silencio.
21 de agosto. Homenaje a María «Pocha» Lamadrid
El viento gélido corre por la Plaza del Lector-Rayuela, en el barrio Recoleta, cuando una mujer me pregunta si sé dónde queda el auditorio Jorge Luis Borges. Le digo que sí y señalo hacia la Biblioteca Nacional Mariano Moreno, aquel edificio de diseño brutalista, hecho de hormigón visto, que la puesta del sol raya. En el escenario del auditorio, Jorgelina y Violeta dan la palabra a Miriam V. Gomes, profesora de literatura, afroargentina de origen caboverdiano, activista por los derechos humanos de afroargentinos, afrodescendientes y africanos. A su lado, la acompaña Alberto Masliah, el director de «El sueño de Pocha» (2026).
Es una función especial, en la que se rinde homenaje a la referente de la comunidad afroargentina, María «Pocha» Lamadrid.
Durante 90 minutos, la película de Masliah trenza —no sin un buen trabajo de montaje— un diálogo entre música, memoria y legado de «Pocha» Lamadrid e identidad afroargentina, que también es Argentina.

Cuando llegan los créditos, los aplausos crecen. Las luces y celulares se encienden. Una mujer corre hacia una cámara ubicada en la mitad del auditorio. Unos momentos después, Familia Guariló sube al escenario. Nace el canto, nace el tambor, nace el baile, nace «Negro Che, Negro Usted. Postales de una Buenos Aires Negra», álbum musical colectivo que propone resguardar la música afroporteña.
Voces de gente negra
Fragmento de «Candombe Para Que Hables» de Familia Guariló, Neshe Delgadino, Pedro Rossi, La Delio Valdez, Taty Calá, Mariano Agustín Fernández (2020).
Que viene desde los mares
Voces de gente negra
Que viene desde los mares
Mensaje disfraz del viento
Candombe para que hables
Cuerpos tirados al mar
Por portar enfermedad
Cuerpos tirados al mar
Por portar enfermedad
Devenida del maltrato
Del barco de la maldad
Candombe para que hables (…)
A la salida del auditorio, me acerco a Analía —que suele correr para llegar a tiempo a las proyecciones— y le pregunto qué le parece el festival, la película.
—Me parece alucinante que se abra el espacio y poder visibilizar lo que no se suele visibilizar. También lo que decía Miriam Gomes en la película, hay una mirada tan tonta, tan chata de que África es una misma cosa y hay tanta variedad y hay tanta cultura y tanto por conocer, hay tanto por sacar de prejuicio.
Por el pasillo miro a Cambá Zobá, artivista, actriz, docente de teatro, me acerco y la saludo. Cruzamos la sala y nos sentamos unos minutos cerca del ascensor para conversar.
—Acá ocupamos un rol central. Porque son nuestras historias, desde nuestras propias voces, y eso es vital para nosotres. Yo por lo menos soy afroargentina de varias generaciones por parte de padre y madre y a ver, me crié de una manera donde viví la extranjerización continua, el vacío. En general. Y poder ver referencias que se parezcan, que nos parezcamos, para mí es vital. En lo más profundo de esta palabra, porque te empezás a preguntar cosas o no querés existir, ¿no? Pasan cosas cuando sos joven y el poder encontrar referencias que nos representen en la pantalla grande es importantísimo. Yo soy actuante y me dedico también a la ficción y al documental con una productora independiente junto a mi compañere. Y poder llegar a tener estas referencias y aparte desde lo documental, desde nuestros raizales, es vital, porque nos pasa. Yo decía, claro, no están tan lejos de donde yo vivía tampoco. Donde me crié. ¿Qué historias tenemos? Mi abuela era de San Telmo, entonces para mí es familia. Yo escucho eso y era escuchar como mi abuela contándome cosas también de allá de San Telmo, y algunos recuerdos que tengo porque no todo contaba. Como una especie de pacto de silencio. Me llama la atención y ay, me genera esto…
Cambá se detiene unos segundos. Hay una intensidad en lo que dice, en como lo dice. En sus ojos, en sus palabras.
—Ese pacto de silencio para la supervivencia. Entonces, salir afuera, hablar en estos tiempos tan dictatoriales y que nos quieren callar, ¡uf! Qué importante. Importante aun así salir. Que se haga sentir el tambor.
—Pocha Lamadrid, ¿qué representa para vos?
—Una mayora, una mayora, una abuela a la que le agradezco profundamente. Prácticamente no la conocí, pero la escucho y todo y es mi abuela, siento eso. Por cosas como, pero es mi abuela desde otro lado, ¿no? Como dice las cosas más directas, porque mi abuela no me hablaba de nuestra negritud así tan directo. Me hablaba de lo negrito, che, negrito. Pero no decía somos negres, somos afrodescendientes. Yo se lo pregunté, yo se lo dije. Ella lo que me decía es que no me tenía que olvidar que veníamos del linaje del sargento Cabral y que eso yo le tenía que decir a mis hermanes, porque soy la mayor. Pero no me decía somos negres, somos afrodescendientes, no, no decía eso. Y lo decía de otra manera, como sin decirlo. O hablaba de la seño, señora, del señor, de la niña, del niño, como siguió ahí la esclavización. Entonces, escuchar a La Pocha hablando más directamente y a otres compañeres, referencias de otras generaciones hablando directamente es vital. Es totalmente necesario y le agradezco a Pocha porque fue algo fundante lo que ha hecho, que también en la caminada me voy enterando. Y la voy conociendo, aunque ya no esté.
Al salir, el frío arrecia; sin embargo, Familia Guariló, amigos, familiares, se abrazan, se ríen y se toman una foto.
25 de agosto
«Las personas que están para el cine ya pueden ingresar al auditorio», dice una mujer en el hall central.
El público comienza a bajar las escaleras hacia el uditorio Leonardo Favio. A un lado de la puerta, una muestra fotográfica conmemorativa a «112 años de la inauguración del Canal de Panamá».
En la entrada del auditorio el equipo del FICAA da la bienvenida. La función comienza puntual: 18:30, como siempre.
Primero habla Florencia, la organizadora de la programación del ciclo de cine del auditorio Leonardo Favio. Luego Jorgelina, Sergio y Violeta.
Se presenta «Collateral!» (2025), un corto de ficción del realizador argelino Yazid Yettou. Yettou trabajó con Mohamed Lakhdar-Hamina —uno de los directores más importantes de la historia del cine de Argelia— en «غروب الظلال» («El crepúsculo de las sombras») (2014). El cortometraje retrata la vida de Brahin, un niño, y su familia tuareg al sur del desierto argelino, frontera con Malí. Sus vidas cambian cuando un drone militar cae cerca de su casa.
Después, «Aqui não entra luz» (2025), de la documentalista afrobrasileña Karol Maia. La realizadora recorre la vida de cinco mujeres trabajadoras domésticas, entre las que se encuentra su madre. Maia investiga y muestra cómo los espacios de trabajo doméstico encierran una herencia colonial esclavista que segrega, subordina y oprime.

El jueves, Jorgelina presentará una de las películas favoritas del público: «Katanga, la danse des scorpions» (2024), del director burkinés Dani Kouyaté. Una adaptación del relato universal de William Shakespeare, Macbeth, en lengua moré, premiada con el FESPACO 2025 —el festival de cine más grande de África— en Ouagadougou, capital de Burkina Faso.
Antes de que se apaguen las luces y se escuche uno que otro «shhh», «nena, el celu», «se pueden callar», hago un paneo general sobre la sala y descubro a Analía y ella a mí.
Al finalizar la función, me acerco a varias personas del público. Algunas prefieren no conversar. «No gracias», «disculpa, pasamos», «no, gracias, otro día». Otras me dicen que sí. Una de ellas es Kilava, artivista, artista visual, diseñadora gráfica. A mi pregunta sobre si conocía el festival me dice que sí, que le parece muy buena la curaduría, la programación le encanta. Sin embargo, cree que en años anteriores el festival fue más largo y hubo horarios y días alternativos para que la gente que trabajaba pudiera asistir en diferentes fechas.
—Pero la verdad que me encanta, ojalá que pueda seguir existiendo porque me parece un gran proyecto.
—Y en cuanto a la discusión, digamos, al debate actual vinculado a la migración, a los derechos humanos, al racismo, ¿cómo ves este espacio?
—Me parece importante. Sí, me ha pasado ahora y el año pasado y en otras fechas que he venido, que siempre he tenido alguna situación de racismo viniendo a ver películas al festival por las instituciones en las que se hace el festival. Eso es terrible, es lamentable, obviamente no es culpa del festival, pero digo es lamentable porque bueno, cada vez, lamentándolo mucho igual, siento que hay poca gente racializada o negra que pueda venir al festival, generalmente el público es blanco, también eso es algo que me llama la atención, pero también siento que tiene que ver quizás por esto, porque muchos de los lugares donde se termina exponiendo no son tan inclusivos. Me pasó el año pasado que fuimos al Palacio Libertad —antes llamado Centro Cultural Kirchner— donde me corrió una persona por el lugar para pegarme, que bueno, no estaba muy bien, pero básicamente me gritaba y me insultaba con insultos racistas. Y también, obviamente por la extranjerización que hay hacia la gente, yo soy una persona afroargentina, pero hacia la gente negra en Argentina también te ven como que sos una persona migrante y también obviamente se suma la violencia que sufren las personas migrantes.
—Vos, ¿considerás que este festival permite la discusión? Por ejemplo, con las películas que acabamos de ver.
—Yo creo que sí. Creo que también a la gente le cuesta entender qué es lo que puede hacer en el día a día también para comprometerse en la lucha. Tanto contra el racismo como también contra la violencia sobre las personas migrantes. Siento que le cuesta todavía entender qué se puede hacer. Siento que estas películas ayudan un montón a concientizar y eso está buenísimo. Además, me llama mucho la atención que en este caso la persona que hizo el film, que se llama Karol y que es una cineasta afrobrasileña, es hija de una persona que es trabajadora de casas particulares. Entonces me parece que está buenísimo cómo se hace debate donde las propias personas tienen la voz, toman el relato, sobre las violencias que viven. No es otra persona viniendo de afuera a retratar como si fuese un zoológico, sino como desde el lugar de quien lo vive. Pero siento que todavía falta. Como que a la gente quizás le parece pintoresco, interesante, pero falta entender de qué manera pueden comprometerse con la lucha diaria y más con el momento coyuntural en el que estamos, no solo del país, sino del mundo.
Cuando regreso por la calle Combates de Los Pozos hasta la Estación Congreso de la línea A del subte, pasos más adelante de mí, reconozco a Analía. Trato de alcanzarla para preguntarle qué le parecieron las películas, pero dobla la esquina de la avenida Rivadavia y la pierdo de vista.
30 de agosto
Me bajo en la Estación Pico del Metrobús. A unos metros queda Sala Lúcida, más exactamente, en avenida Cabildo al 4740, en el barrio Saavedra. Apenas abro la puerta de la entrada la luz del techo me tiñe de violeta. Hacia arriba, por las escaleras se llega a la recepción, donde un hombre te recibe amablemente. En las paredes se exhiben carteles de películas. En uno se lee: «Producción sin apropiación, acción sin imposición de sí mismo, desarrollo sin dominación. Lao Tsé». En otro: «En Lúcida sigue latiendo el teatro Cabildo de Martín Vives». La antesala a la sala de cine está iluminada de un rojo cálido. En la puerta de la sala de cine una pizarra sobre una mesa anuncia «Festival Internacional de Cine Africano en Argentina 2026». Encima de la mesa, una lamparita de luz amarilla alumbra unas tizas de colores, unas velas apagadas y varios folletos del festival. Al otro lado, una pequeña repisa de dulces, semillas comestibles y un dispensador con agua de flor de Jamaica.

En la función de las 19 de la tarde se proyecta uno de los documentales más esperados del festival, «Les voyageurs» (2025), del realizador camerunés David Bingong.
Durante la proyección, Violeta y Jorgelina toman fotos en medio de la penumbra. Abren la puerta a personas que no saben cómo ingresar o salir de la sala o indican dónde hay sillas para sentarse a los recién llegados. Ana Fraile, directora de la Sala Lúcida, está atenta a cualquier inconveniente técnico.
Minutos después de finalizado el documental en la pantalla aparece David Bingong. Entre las preguntas y respuestas del conversatorio, dice que la película no fue concebida en sus inicios como una película sino como un recordatorio de su experiencia personal y la de sus compañeros. Una segunda aclaración que hace es que la película es el resultado de su fracaso, porque si hubiera cruzado hacia la costa española la película no existiría.
—Hacer la película me motivaba porque por una vez se trataba de una película donde los propios migrantes hablaban sin intermediarios, porque había visto muchos documentales que hablaban de la migración, pero siempre había gente que no traducía simplemente sino que interpretaba nuestra palabra —dice David Bingong.
Más tarde, Sergio y Jorgelina se reúnen alrededor de un grupo de personas para comentar la película de Bingong. Violeta habla con una mujer mientras toma un vaso de agua de flor de Jamaica.
En algún momento, una parte del público ajusta sus abrigos, mira sus celulares y baja las escaleras. Me anticipo y me quedo en la puerta. Allí, conozco a Gebre.
—¿Cómo te llamás?
—Gebre Belil, soy nacido en Etiopía. Adoptado a un año. Adoptado por mi familia, la que me ha criado, la que yo amo. He vivido toda mi vida en Barcelona, o sea, soy español, catalán. Tengo 21 años y estoy estudiando Historia en la Universidad Nacional San Martín.
—¿Estás de intercambio?
—Sí.
—¡Buenísimo! ¡Bienvenido!
—Muchas gracias.
—¿Qué te parece el festival?
—Bueno, es una pregunta que puede abarcar muchas cosas. Pero resumiendo, simplificando, es un festival que me parece primero, antes que todo, enriquecedor. Creo que es un proyecto muy enriquecedor, que puede dar mucha visibilidad al tema, al menos en la obra que he visto yo, el tema de la inmigración, sobre todo en Europa, todo lo que ha significado este proceso social migratorio que ha vivido prácticamente toda África. Pienso que el ejemplo de David, que es el ejemplo que estábamos viendo, es algo, bueno, una experiencia de resiliencia total. Buscar esa esperanza que a veces está perdida, pero que, gracias a ellos, gracias a estas películas, a estas representaciones nos damos cuenta de la realidad, nos damos cuenta de cuál es su vivencia, de cuál es su proceso, de todo el sufrimiento que padecen. Nosotros delante de las cámaras, detrás de toda esa experiencia, pienso que es algo bueno, simplemente ejemplificador y muy enriquecedor, la verdad.
Vuelvo a la antesala y hablo con Violeta antes de irme. Jorgelina está en la sala de cine y Sergio ya se fue. Miro a Violeta. Está cansada, pero contenta.
—Mañana doy clases temprano —dice Violeta y se ríe.
Imagen de portada: Charla sobre Nollywood a cargo de Sergio Miguel Napoli. A su lado, Violeta Burkart Noey y Jorgelina Barrera Pignone | Foto: Iya Moura
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Es Licenciado en Ciencia Política por la Escuela de Política y Gobierno de la Universidad Nacional de San Martín. Magister en Derechos Humanos y Democracia en América Latina y el Caribe (LATMA-UNSAM-CIEP-Global Campus of Human Rights).
Sus temas de investigación están vinculados a la ciudadanía, la migración, las violencias y los derechos humanos, en especial aquellos relacionados con problemáticas de acceso a derechos políticos y sociales en contextos de violencias.
Actualmente se desempeña como coordinador general de la ONG Bibliotecas Rurales Argentinas.
