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Una mujer migrante venezolana y música, atravesada por la informalidad laboral de Buenos Aires, y su travesía para recibir asistencia continua en un sistema de salud pública bajo ajuste institucional.


Entre los puestos de una feria popular y los recuerdos de su contrabajo en Venezuela, Margarita transita una realidad compartida por miles de personas migrantes en la Ciudad de Buenos Aires: un ciclo de inestabilidad y explotación laboral que impacta directamente en el bienestar psicológico que se expresa a través del desmantelamiento de los esquemas estatales de contención social.

Es otoño. Sábado a la tarde. Margarita me invita a caminar por los puestos de la feria de Parque Patricios, al sur de la Ciudad de Buenos Aires. Siempre que tiene tiempo, se da una vuelta por la feria. «Hoy hay menos gente que otros días», me dice señalando el desfile de toldos amarillos. Margarita es amable y cada vez que habla sonríe. Al sol, las puntas de su pelo lacio y castaño se tiñen de ámbar. Usa anteojos, un pantalón y una camisa azul marino de enfermería. Se detiene a consultar los precios de alhajas, ropas y peluches. Anda buscando un perfume de Kriska Shock y un llavero de «Coraje, el perro cobarde». Unos metros más allá, en otro puesto, un vendedor reproduce un disco de Beethoven. Ella abre los ojos como quien recuerda.

Seis años atrás, Margarita era integrante de la Orquesta Sinfónica del Estado de Carabobo, en Venezuela. A los diez años ingresó al conservatorio de la ciudad de Valencia. A través de becas y concursos avanzó en sus estudios de lenguaje musical. Eligió el contrabajo como su lugar en el mundo. En 2018, decidió migrar a Argentina con su novia y su perrita Niki. El plan era que primero viajaría su novia y luego ella con Niki. A finales de ese mismo año partió su compañera. Durante los siguientes nueve meses, Margarita fue vendiendo su heladera, ropa y los accesorios de su contrabajo —estuche, aros, cuerdas— y con las remesas de su novia y sus amigas logró comprar el boleto de avión para ella y su perrita.

El mismo día de su vuelo, estando ya en el Aeropuerto Internacional de Maiquetía Simón Bolívar, se llevó la sorpresa de que su pasaje no incluía a Niki. El gerente del aeropuerto le dijo que si quería viajar con Niki tenía que pagar un monto extra en dólares.

Buscó por cielo y tierra el dinero que faltaba. Su novia y sus amigos le insistieron en que abandonara la idea de viajar con Niki. Margarita se negó. Unos días después, con 250 dólares en mano, habló de nuevo con el gerente del aeropuerto. Hizo el check-in y se embarcó con Niki en un avión de dos pisos que llegaba de Moscú.

Llegó una mañana de invierno al Aeropuerto Internacional de Ezeiza. Ella no podía creer que se hubiera ido de Venezuela. Temía que no la dejaran ingresar al país: «Eres de Venezuela, no puedes entrar», pensó. Se tranquilizó cuando vio el sello de entrada en su pasaporte y a Niki entre sus brazos.

«Es mi hija», ríe.

Afuera de la Terminal A de Arribos Internacionales, la esperaba su novia. Hay una foto de ese primer día en la que Margarita aparece muy delgada, pálida y con la mirada ojerosa y extrañada, pero contenta.

«Tú llegas y no lo puedes creer. No te crees que estás ahí. Tú tienes que llegar, dormir, pasar un día, otro día y como al tercer día tú dices: Ah, mirá, sí migré. Es como que no te lo puedes creer. Estás en un estado de shock», reflexiona.

La llegada

Una de las primeras sensaciones que tuvo fue la del frío. No estaba acostumbrada al invierno. El primer recuerdo que tiene de la ciudad es el de la fiesta que se hace los domingos en el barrio San Telmo. «Llegué a un lugar en la calle Defensa. Cuando salí me dije: ¿Dónde estoy?», recuerda: «Fue: “Mirá todo lo que hay. Mirá toda la arquitectura. Mirá toda la gente. Mirá los migrantes que hay, guau, llegar acá y ver que puedes comer con condimentos, con sal, con otras cosas, comer carne”. Comer fue como “guau”».

No pasó una semana y Margarita ya tenía el turno para regularizar su situación migratoria. A las dos semanas ya estaba trabajando como vendedora en una tienda de ropa en el barrio Balvanera, en la zona de Once, uno de los centros de la economía popular de la Ciudad de Buenos Aires.

Su jornada de trabajo era de trece horas seguidas y estaba mal remunerada. Me cuenta que el dueño promovía un ambiente competitivo. Quien más vendía, ganaba más beneficios.

A una chica de Brasil que era vendedora en la tienda contigua también le hacían trabajar a destajo. En los espacios muertos se fueron conociendo, alentando y contando historias de sus países. «Me sorprendió porque me dijo que en Brasil no se escuchaba reggaetón, sino funk», sonríe.

Me dice que a su compañero de trabajo le daban un trato diferente por hacer la misma actividad: «Por ser hombre, argentino, le pagaban mejor. Él comía tranquilo, sentado, trabajaba ocho horas, no lo presionaban, iba relajado».

El tiempo libre lo dedicaba a su novia, a Niki y a buscar la forma de retomar su carrera musical. Averiguó en orquestas de tangos, orquestas sinfónicas. Me dice que no tuvo suerte por dos cosas: necesitaba una recomendación y el contrabajo para practicar y audicionar. En un momento se contactó con un director que estaba formando una orquesta sinfónica con músicos venezolanos. Habían empezado a ensayar en el ex Centro Cultural Kirchner (ahora llamado Palacio «Libertad»). Sin embargo, el proyecto no logró salir a la luz. Al final, el director regresó a Venezuela y los otros músicos se dedicaron a otros trabajos o emigraron.

«Así que me olvidé. Dije: ya no se puede», dice.

Unos meses más tarde renunció al puesto de vendedora en Once después de conseguir otro trabajo en una tienda de accesorios telefónicos en la calle Florida, en la zona de Microcentro. Las condiciones de informalidad eran casi iguales. Allí trabajó hasta que llegó la pandemia y fue despedida.

Margarita en el Parque Florentino Ameghino en el barrio Parque Patricios | Foto: Helver Acosta Suárez.

La pausa

Para el momento del encierro, Margarita se había mudado con su novia y Niki y compartía departamento con dos compañeros. Era un espacio amplio, con dos pisos y paredes de colores pastel, en la calle Carlos Calvo en Monserrat.

Gracias a su novia, que contaba con un contrato formal en el supermercado «DÍA» y los ingresos de uno de los roomies, lograron salir adelante con la comida, los servicios y el alquiler.

La pandemia para Margarita fue una desconexión del mundo, pero no por una decisión propia sino porque no tenía celular ni computadora. Tampoco DNI.

De los primeros días recuerda las tardes que subía con Niki a la terraza y miraba la ciudad silenciosa. Recuerda a los vecinos de Salta que le regalaban alfajores. Recuerda la tienda de los chicos de Haití donde conseguían agua de coco. Recuerda el merengue y la bachata de los vecinos de República Dominicana. Recuerda a la señora peruana de la tienda de verduras y frutas que le fiaba y le traía plátano y guanábana. Pero, sobre todo, recuerda a Sergei, delgado y alto, con bastón o andaderas, saludándola en la puerta de la entrada del edificio.

Sergei había nacido en Ucrania y vivía con su esposa en el primer piso. Tenía ochenta años y la mitad del mundo recorrida. Hablaba cuatro idiomas. A veces le contaba historias sobre la guerra. Otras sobre el desarraigo.

«Una vez le dije: “¿No quieres regresar?” Me contestó: “No puedo. Ya estoy viejo”», me narra el diálogo prodigiosamente.

Margarita le dijo a Sergei que le enseñara alemán. Así que se hizo costumbre que la saludara en alemán: «Iba a comprar algo al mercado y de vuelta lo encontraba en la puerta». Me decía: «Buenos días, buenas tardes y buenas noches» en alemán. Yo le respondía. Y me corregía la pronunciación.

Una tarde, Margarita le dio a probar tequeños.

Hacia el final de la pandemia —de un día para otro— se tuvo que mudar con su compañera y Niki a otro barrio y no tuvo la oportunidad de despedirse de Sergei. A veces piensa en él.

El mundo de Sísifo

Apenas reabrieron las puertas de los comercios y la gente volvió a pisar el asfalto, Margarita recibió su DNI temporario. Retomó la búsqueda laboral con ahínco. A través de un amigo envió su CV a dos empresas de gestión de recursos humanos: Adecco y Randstad.

Durante varios meses trabajó como moza y cajera en el sector gastronómico. Un día la llamaron de Adecco para una entrevista y consiguió el puesto de vendedora en una sucursal de la tienda de moda Isadora. Era un trabajo formal y pagaban bien. Sin embargo, con los días las condiciones de trabajo se tornaron difíciles debido a la alta rotación del personal.

«Si tenías dos semanas en esa tienda, tenías que renunciar y después te volvían a contratar para moverte a otra tienda. Tenías que hacer lo que decían porque, si no renunciabas, no te llamaban nunca más. Entonces, tenía que hacer lo que decía la empresa. Iba al Correo Argentino, renunciaba, esperaba unos cuatro días y me volvían a llamar: “Ahora te llamamos para Isadora de avenida Corrientes”. Después de los tres días te decían: “Tienes que renunciar”».

El trabajo se redujo a cubrir vacantes en restaurantes, supermercados como Día, tiendas de ropa como Todomoda, eventos para el Centro Cultural Konex por algunas horas o días y luego renunciar. El ciclo se repitió una y otra vez.

Margarita me dice que las personas a las que conoció eran de Venezuela, Perú, Colombia, Brasil y en el caso de Argentina la mayoría era de la provincia de Buenos Aires.

En un momento, Margarita cayó en un estado de estrés y ansiedad. «A veces te mandaban a lugares muy lejos que quedaban al otro lado de la ciudad y aun así no tenías derecho a rechazarlo —cuenta—. No tenías derecho a elegir. Las empresas te contaban las veces que rechazabas la oferta de trabajo y te pasaban a una lista negra con el número de tu DNI y ya no podías volver a trabajar».

«Me comencé a deprimir, me empecé a sentir sola; obviamente, no tenía tiempo para socializar, me aislaba. Ya no tenía ganas de nada. Pensé que todo mi problema era sobrevivir a una dictadura; te das cuenta de que no es así. Llegué a Argentina con la expectativa de que iba a poder hacer mis cosas, que iba a poder ser yo quien ayudara a esos vecinos que me ayudaron. Que iba a ser yo quien le mandara dinero a mi hermano. Que iba a ser yo quien le mandara dinero a mi tía. Y ves que no puedes. Te das cuenta de que no te alcanza».

Durante aquel año Margarita decidió buscar una salida y concentró su energía en los cursos del Programa Codo a Codo que ofreció el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. «Tengo que salir de estos negocios donde solo explotan», se decía a sí misma. Estudió los cursos que pudo de lenguajes de programación e inglés. La cantidad suficiente como para llenar un CV.

«A veces se me cruzaban los cursos que estaba haciendo con el trabajo y decía: “¿Qué es más importante? Si pierdo este curso, te ponen un tiempo limitado, obviamente de inasistencia. Si pierdo este curso, no me dan el certificado y no voy a poder hacer algo mejor”. Entonces, a veces rechazaba los trabajos, por ejemplo, cuando eran de un día. Me decía, o sea: “Es más importante que asista al curso y pierda este día de trabajo porque el certificado me va a servir para ganar a futuro”».

Margarita continuó atenta a las convocatorias que publicaban en LinkedIn y grupos de trabajo en WhatsApp. Esperaba que la llamaran para una entrevista de algún trabajo relacionado con programación. Mientras tanto, aceptaba los trabajos temporales de Adecco y Randstad.

La búsqueda

«Llegó un momento en que tú empiezas a ver a la cultura distinta y a entender que todo lo malo que viviste, como que empiezas a procesar todo lo malo que viviste en Venezuela después que ya pasó, porque ya no estás en modo: tengo que comer, tengo que bañarme, tengo que agarrar agua, tengo que esperar a que llegue la luz. Cuando el cuerpo dice: Ah, bueno, ya salimos del modo supervivencia; ahora sí puedes sacar todo lo malo que te pasó. Y ahí me derrumbé».

Margarita traza una cronología sobre sus búsquedas en clínicas y hospitales. Me dice que en Venezuela llevaba un tratamiento médico. Pero debido a la inestabilidad social y económica del país tuvo que interrumpir —varias veces— su medicación y apoyo terapéutico.

A través de su tía accedió a diez sesiones terapéuticas virtuales y gratuitas que se realizaban desde Colombia.

En Buenos Aires se informó sobre las sesiones gratuitas que ofreció Psicoven, una asociación de psicólogas y psicólogos venezolanos radicados en Argentina. Margarita asistió a más de ocho sesiones gratuitas presenciales. Me cuenta que le dieron «mucha contención», herramientas para su presente inmediato y la acompañaron con información sobre lugares de salud y programas sociales en los que pudiera recibir un tratamiento continuo.

Con el apoyo económico de su compañera, accedió a un psiquiatra y psicoanalista. Asistió una vez por semana durante 3 años. Sin embargo, Margarita me dice que continuó en un estado de ansiedad y depresión.

En su búsqueda conoció Casa FUSA, un centro de salud integral que promueve los derechos de acceso al sistema de salud pública. Me cuenta que en el espacio le brindaron acompañamiento e información. Profundizaron en su pasado. A través de una cadena de personas de «Casa FUSA» y búsquedas en clínicas y hospitales llegó al «Hospital Nacional en Red Lic. Laura Bonaparte, especializado en Salud Mental y Consumos Problemáticos».

Margarita esperando a su trabajadora social. Pasillo del Hospital Nacional en Red Lic. Laura Bonaparte | Foto:  Helver Acosta Suárez

«Hospital Nacional en Red Lic. Laura Bonaparte»

Es miércoles. Once de la mañana. Caminamos por las escalinatas de la entrada del Hospital Nacional en Red Lic. Laura Bonaparte, en la calle Combate de Los Pozos al 2133.

Margarita me cuenta que obtuvo el cupo en el hospital meses antes de las elecciones presidenciales de 2023. Ella presenció cómo se fue apagando el hospital: «Antes de que despidieran a las 250 personas, el hospital estaba lleno de vida. Tú llegabas y te atendían».

En ese mismo año, el entonces candidato y actual presidente Javier Milei negaba el derecho al acceso a la salud mental de la siguiente forma: «Quien quiera reventarse consumiendo droga o suicidándose, puede hacerlo sin asistencia del Estado», porque «cada individuo decide qué hacer con su vida».

En la sala de espera, Margarita me señala la farmacia. En un momento me señala a su psiquiatra. Es un hombre de unos cincuenta y pico de años, barba gris y mirada afable y cansada. Camina —casi corre— de un lado a otro de la sala. A veces se detiene para sonreír y saludar a uno de sus pacientes; seguido endereza las piernas y retoma el trote. «Despidieron a muchos profesionales: a los psiquiatras, psicólogos, trabajadoras sociales, a los de la cocina y la limpieza, ginecólogas, enfermeras. A los que continúan en planta les hacen firmar contratos de tres meses».

En la sala van y vienen las personas. Margarita saluda a varias compañeras. Me presenta a Nataly, una amiga de Perú que asiste al «Hospital de día». Me explica que «Hospital de día» es un programa de atención para personas que necesitan asistencia diaria,pero no internación.

Margarita cuenta con el apoyo de un equipo interdisciplinario de profesionales que la acompañan semana a semana.

«Este hospital es una bendición», afirma.

Unos minutos después, Nataly se despide: «Es hora del almuerzo», sale por la puerta que da al jardín. La vemos alejarse por un camino de piedras. Detrás de ella, un gato grande y melenudo asoma entre los árboles y las plantas tropicales.

En unos instantes, el psiquiatra llamará a Margarita. Después la trabajadora social. Por medio del acompañamiento social accedió al programa «Fortalecimiento» que brinda el hospital y al programa de asistencia social: «Ticket social» de la Ciudad.

Hace unos meses tramitó la «Ciudadanía porteña». Ella espera que en pocos días pasen a visitarla al lugar donde vive y así finalizar el proceso de tramitación para que le asignen el subsidio.

La ciudadanía porteña es un programa de asistencia económica que otorga la Ley N° 1.878 de la Ciudad de Buenos Aires a las personas en situación de inseguridad alimentaria y con residencia de más de dos años. Consta de una tarjeta con un determinado monto mensual que puede ser utilizada en tiendas o supermercados adheridos al programa para la compra de productos de primera necesidad.

Los médicos se acercan y saludan con familiaridad a las personas que esperan en las sillas metálicas de tres puestos. La sala se vacía lentamente. Cuando regresa Margarita me muestra la receta y el turno para la farmacia. Tiene el número 35.

«Corrieron a mucha gente de la farmacia, ahora cierra a las cuatro de la tarde, así que sí o sí tienes que estar a esas horas para poder recibir medicación. Antes el hospital funcionaba hasta las ocho de la noche, ahora no», señala el turnero digital.

Caminamos por el pasillo. De un lado están los consultorios y del otro la farmacia. Margarita entrega el turno y la receta en la ventanilla.

Al rato, salimos al jardín. Allí, le pregunto si le puedo tomar una foto escoltada debajo de un árbol portentoso.

Margarita en uno de los espacios verdes del Hospital Nacional en Red Lic. Laura Bonaparte | Foto: Helver Acosta Suárez

La espera

Miramos el reloj. Son las 13:30. En 30 minutos cierra la Dirección General de Atención Integral Inmediata. Estamos en la Avenida Entre Ríos al 1492. Hay una fila de personas que dobla en la esquina de la calle Pavón. Por la misma calle hay otra fila. Nos apresuramos a llegar hacia el final de ella. Margarita me dice que necesita un comprobante para acceder al subsidio habitacional.

En los últimos meses, Margarita averiguó habitaciones en hoteles, casas familiares y albergues transitorios. En la mayoría de los casos le cerraron la puerta cuando habló sobre la firma de un comprobante para el subsidio habitacional. «Hay un tabú cuando hablas sobre el subsidio habitacional», cambia su tono de voz: «o si tienes mascota, ese es otro problema».

Las personas que solicitan el subsidio deben justificar el lugar donde viven con una factura emitida por el propietario. Margarita me explica que muchas veces las personas no logran justificar una habitación por mes porque actualmente una habitación cuesta mínimo unos 400.000 pesos. Este monto trae dificultades para las personas que viven en situación de calle o que directamente no pueden alquilar un departamento.

Me quedo en la fila mientras Margarita se acerca a uno de los trabajadores de la sede que acaba de abrir la puerta. El hombre entrega los DNI a varias personas mientras dice quién puede cobrar o no.

Margarita le comenta su situación. El hombre le pide su DNI y el de otras personas. Cierra la puerta. Vuelve unos minutos después y le comenta que hay chance de que pueda cobrar el siguiente mes si trae el cambio de domicilio. El hombre le indica amablemente que se dirija a la ventanilla para que pueda solicitar un turno.

Un día a la vez

Un día Margarita empezó a salir a museos, teatros, librerías y conciertos gratuitos de la Ciudad.

Tiempo atrás se postuló para colaborar en una ONG que se dedica a promover los derechos culturales. Asiste como voluntaria una vez por semana.

Un amigo de trabajo la invitó a ir a una iglesia adventista en Parque Patricios. Participa los sábados. Me dice que allí construyó nuevas amistades.

Hace un año comenzó a trabajar como cuidadora. Abandonó las ofertas de trabajo temporales. Ahora mismo estudia el curso «Ayudante gerontológico» que ofrece la Ciudad y el curso de «Cuidador domiciliario» de la AMIA.

«Hasta ahora sigue siendo un reto. Igual me contrata una familia, pero sigue siendo un reto mantenerse y llegar a fin de mes y ahora no solo yo, ahora un montón de gente».

Margarita se separó de su compañera y ahora vive con Niki en la Comuna 4, al suroeste de la Ciudad.

Una tarde

Es domingo y en la calle Carlos Calvo hay poca luz para guarecerse del frío. Una semana atrás, Margarita me pidió que la acompañara a visitar a Sergei. Llego quince minutos tarde.

Me espera en la puerta del edificio envuelta en una bufanda, un gorro y un abrigo color marrón. Me dice que habló con una inquilina. Le dijo que Sergei murió hace un año. El viento gélido nos sacude.

Abandonamos la calle vacía en silencio hacia la Avenida 9 de Julio. Subimos al colectivo 70.

Una hora después conozco a Niki. Primero me ladra y resopla. Después toma confianza y bate la cola. Le paso mis manos por su lomo liso. Paseamos por la plaza. Margarita saca un juguete para hacer pompas de jabón. Sopla. Las burbujas levitan. Niki corre tras ellas.


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Equipo periodístico |  + notas

Es Licenciado en Ciencia Política por la Escuela de Política y Gobierno de la Universidad Nacional de San Martín. Magister en Derechos Humanos y Democracia en América Latina y el Caribe (LATMA-UNSAM-CIEP-Global Campus of Human Rights).
Sus temas de investigación están vinculados a la ciudadanía, la migración, las violencias y los derechos humanos, en especial aquellos relacionados con problemáticas de acceso a derechos políticos y sociales en contextos de violencias.
Actualmente se desempeña como coordinador general de la ONG Bibliotecas Rurales Argentinas.


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