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(Por Ralph Thomassaint Joseph para Documented NY) – Era una cálida mañana de primavera cuando Donna Lamb percibió por primera vez que algo no estaba bien. Inquilina desde hacía muchos años del edificio de diez pisos de Murray Hill, había pasado incontables veces frente al angosto mostrador de la recepción del lobby, donde solía estar Eduardo, el portero de 58 años. Desde el pequeño atril de madera que funcionaba como su escritorio, ubicado cerca de la entrada, saludaba todos los días a los residentes con un gesto amable y una gran sonrisa.

Se movía con paciencia: sostenía la puerta a quienes entraban cargados con bolsas de compras, se agachaba para decirle una palabra cariñosa a un niño o se detenía a preguntar, con genuino interés, cómo estaba alguien en realidad.

Pero un día, al bajar al lobby, Lamb vio un volante que decía: “Fondos para Eduardo”.

Lamb conocía a Eduardo Ernesto Pardave Dulanto desde que comenzó a trabajar como portero en el edificio de Murray Hill en 2022. En ese momento, muchos edificios residenciales de Nueva York tenían dificultades para sostener a su personal debido a los cierres por la pandemia y la escasez de mano de obra.

Durante la pandemia, Eduardo perdió su trabajo como pulidor de joyas y su esposa perdió el suyo como empleada de limpieza. Estuvieron desempleados durante casi un año y medio. No recibieron ningún tipo de asistencia estatal y tuvieron que recurrir a sus ahorros, enviando parte de ese dinero para ayudar a su familia en Perú. Con el tiempo, lograron volver a trabajar: ella, realizando tareas de limpieza; él, como encargado de mantenimiento en un edificio, hasta que finalmente consiguió el puesto de portero en Murray Hill.

Eduardo Pardave se toma una foto en el lobby del edificio residencial de Murray Hill | Foto: gentileza de Eduardo Pardave para Documented

“Era una de esas personas que te hacían sentir visto”, dijo Lamb. “Llegabas a tu casa y ahí estaba él, sonriendo, preguntándote cómo había sido tu día. Se preocupaba por todos en el edificio”.

Stockton Bullitt, otro inquilino y miembro del consejo de administración del consorcio, recordó que Eduardo solía cubrir turnos extra, reemplazar a compañeros y recordar los pequeños detalles de la vida de los residentes.

“Eduardo era increíblemente profesional”, dijo Bullitt. “Hacía que la vida de todos a su alrededor fuera un poco mejor. Siempre estaba brindándose a quienes lo rodeaban”.

Los inquilinos de Murray Hill Stockton Bullitt y Donna Lamb están sentados juntos en un sillón y recuerdan el cuidado y la presencia que Eduardo Pardave tuvo en sus vidas | Foto: Ralph Thomassaint Joseph para Documented

Un par de meses antes, en febrero, Eduardo había dejado Nueva York. Después de más de 30 años en Estados Unidos —sin haber visto a su familia en Perú durante todo ese tiempo— tomó la difícil decisión de regresar a Lima para una visita. Su madre había enfermado gravemente y necesitaba que él estuviera a su lado en el hospital.

Ese momento lo obligó a enfrentar una decisión que había evitado durante años. Le costó tomarla, porque salir de Estados Unidos no era algo simple para él. Su situación migratoria irregular había vuelto su vida cotidiana cada vez más difícil, ya que vivía con el temor constante a ser deportado.

Eduardo contó que nunca regularizó su situación porque le preocupaba entrar en contacto con cualquier organismo oficial y creía que no existía un camino posible para regularizar sus papeles migratorios. En cambio, junto a su esposa, esperaron durante años la implementación de un programa amplio de regularización o una amnistía, como la que se aplicó durante el gobierno del presidente Ronald Reagan en 1986. Con el paso del tiempo, mantuvieron la esperanza de que otros presidentes impulsaran una medida similar, pero nunca ocurrió.

La esposa de Eduardo también necesitaba atención médica, algo que resultaba inalcanzable para ellos en Estados Unidos sin seguro de salud. Por eso, ella también decidió regresar a Perú.

A pesar de la esperanza que había sostenido durante años de construir un futuro más seguro en Estados Unidos, Eduardo dejó Nueva York después de 33 años para ver a su madre en Perú. La última vez que la había visto había sido en 1992.

Bullitt recordó que Eduardo presentó el viaje como algo “temporal” y que pidió garantías al edificio de que podría tomarse varias semanas sin poner en riesgo su trabajo. Incluso Bullitt le dio algo de dinero para el viaje, convencido de que regresaría al mes.

Semanas después, Eduardo envió un correo electrónico diciendo que estaba “teniendo problemas para volver a ingresar al país”.

El edificio se moviliza

En el edificio de Murray Hill, la situación de Pardave se difundió rápidamente entre los inquilinos después de que Bullitt colocara un volante. Lamb recuerda que el mensaje explicaba que Eduardo había viajado para cuidar a su madre enferma —quien luego falleció— y que ahora no podía regresar a Estados Unidos debido a las normas migratorias. El volante también pedía ayuda, señalando que Eduardo se había quedado sin trabajo y debía afrontar tanto las cuentas médicas de su madre como las propias.

“Lo primero que intentamos fue comprender cabalmente su situación legal”, dijo Bullitt. “Hablamos con abogados de inmigración en Houston y Baltimore, pero todos dijeron lo mismo: no había un camino viable”.

Lamb contactó a la orden agustiniana de la Iglesia Católica después de recordar que un primo suyo había estudiado en la Universidad de Villanova y que el presidente de esa institución tenía vínculos con el clero en Perú. Le escribió directamente, con la esperanza de que alguien pudiera ayudar a Eduardo a encontrar trabajo fuera del país.

“Me respondió con una nota escrita a mano”, contó. “Dijo que iba a comunicarse con frailes que conocía y que tenían contactos en Perú”.

Nunca supo si eso dio algún resultado. “El otro día Eduardo me deseó feliz Día de Acción de Gracias”, agregó. “Sigue teniendo problemas para conseguir trabajo, así que no creo que haya prosperado nada”.

Los inquilinos también comenzaron a juntar dinero. Bullitt estimó que las contribuciones enviadas directamente a Eduardo sumaron entre 1.500 y 3.000 dólares en dos rondas de donaciones. Siete residentes participaron de la iniciativa.

“Somos un edificio chico”, dijo Bullitt. “No hubo una gran campaña, solo personas intentando ayudar a alguien que dio tanto de sí a este lugar”.

Lamb lo definió como “un acto silencioso de decencia vecinal”.

“No era solo un portero”, dijo. “Era parte de nuestra vida cotidiana. A alguien así no se lo olvida”.

Un futuro incierto

Cuando Documented habló por primera vez con Pardave, describió su vida en Lima como extremadamente difícil.

Contó que le cuesta adaptarse y que enfrenta serios obstáculos para conseguir trabajo debido a su edad. Vive con su esposa, de 61 años, y sus dos hijos en un pequeño departamento, sin una red de apoyo local.

“Acá no existe algo como lo que tenés en Nueva York”, dijo. “Fui a algunos lugares a contar mi historia, pero mentalmente eso ayuda solo un poco. No pasa nada”.

Al llegar, pasaba la mayor parte de sus días cuidando a su madre y buscando trabajos ocasionales. Dijo que habría puesto un pequeño puesto de comestibles o trabajado como chofer si hubiera podido comprar un auto. “Sin dinero, no hacés nada”, afirmó. “Acá mi edad es un problema. Nadie te contrata”.

La salud de Pardave también se deterioró. “Hace poco tuve arritmia cardíaca”, contó. “Estuve tres días internado. Ahora tomo medicación. Mi salud no está bien”.

A pesar de las complicaciones, dijo que todavía mantiene la esperanza de volver a Estados Unidos.

“Sigo buscando una forma de regresar”, dijo. “Porque la situación acá es muy difícil”.

Debido a que Pardave permaneció durante décadas en Estados Unidos sin estatus legal, al salir del país se activó automáticamente una prohibición de reingreso por diez años, según la ley migratoria estadounidense. Sin una exención aprobada —extremadamente difícil de obtener— no puede regresar legalmente al país una vez que lo abandona.

Esta foto fue tomada el primer día de Eduardo en Nueva York, en 1993 | Foto: gentileza de Eduardo Pardave para Documented

Eduardo Pardave llegó a Estados Unidos en 1993, cuando tenía apenas 28 años. Ingresó con una visa de tránsito de corta duración, que solo le permitía una estadía breve. Decidió quedarse, dando inicio a más de tres décadas de vida sin estatus legal.

Dejó Perú con la esperanza de encontrar un trabajo estable y una forma de sostener a su familia, sin ver un horizonte de estabilidad económica en su país de origen. En Nueva York trabajó en distintos empleos mal remunerados —en restaurantes, talleres de joyería y servicios de limpieza— mientras intentaba saldar la deuda de su viaje.

Su esposa se reunió con él unos 18 meses después. Juntos construyeron una vida en la ciudad, mudándose con frecuencia, evitando llamar la atención de las autoridades y dependiendo de trabajos informales mientras intentaban salir adelante. Eduardo creía que Estados Unidos podía ofrecerle la estabilidad y las oportunidades que no encontraba en Perú, y que también podía ayudarlo a construir un futuro mejor para su familia.

En Nueva York, Pardave y su esposa vivieron en los márgenes. Pasaron por Queens, Jamaica, Flushing y Long Island City, mudándose cada uno o dos años para evitar el control migratorio.

Trabajó en todo lo que pudo: como lavaplatos, preparador de ensaladas, pulidor de joyas y encargado de limpieza, hasta conseguir finalmente un empleo estable como portero.

“Vivíamos en las sombras”, dijo Pardave. “Nunca nos sentíamos seguros. Sabíamos que estábamos rompiendo la ley, así que nos mudábamos casi todos los años. Personas como yo nunca estamos en paz”.

Contó que trabajaban todo el tiempo. “Trabajo, casa; trabajo, casa”, dijo. “Mi esposa se cansó. Decía que nuestros hijos no tenían mucha vida acá. Que era mejor volver”.

En todo Estados Unidos, millones de personas viven en situaciones similares a la de Eduardo, trabajando en empleos informales al margen de la economía formal. Estimaciones recientes del Pew Research Center indican que en 2023 unas 14 millones de personas vivían en el país sin estatus legal pleno, incluyendo alrededor de 825.000 en Nueva York. Estas personas suelen carecer de protecciones legales estables y de acceso a muchos beneficios públicos.

En 2023, después de que la pandemia agotara sus ahorros y la salud de su madre comenzara a deteriorarse, la esposa de Pardave regresó a Lima junto a sus dos hijos.

Eduardo se quedó un año más en Nueva York, ahorrando lo que podía y enviando dinero a su familia.

En enero, se enteró de que la salud de su madre había empeorado. Fue internada y las cuentas médicas comenzaron a acumularse.

Para entonces, su esposa —que había regresado a Lima desde Nueva York un año antes— también necesitaba una cirugía. La decisión de volver a Perú no fue fácil, pero dijo que no tenía alternativa.

“No quería irme”, dijo. “Pero mi madre estaba muy enferma. No había podido verla antes. Pensé que todo iba a ser distinto. Pero cuando llegué, vi que era peor”.

Una vez en Lima, Pardave se encontró sin trabajo y cargando con deudas hospitalarias. “Acá tenés que pagar todo: médicos, estudios, medicamentos”, dijo. “Si no pagás, te morís”.

Postuló a decenas de empleos, pero fue rechazado una y otra vez por su edad. “Te dicen: ‘sos viejo, ¿qué podés hacer?’”, contó. “Hace ocho meses que busco trabajo y nadie me llama”.

Sus ahorros se agotaron. Vendió lo poco que tenía y dependió del dinero que le enviaban amigos e inquilinos desde Nueva York. “Gracias a Dios tengo gente muy buena como el señor Stockton y la señora Lamb”, dijo. “Me ayudaron. Pude pagar la operación de mi esposa, pero todavía tengo deudas”.

Finalmente, en medio de todo ese estrés, su madre murió.

Lamb contó que el grupo envió fondos de emergencia apenas se enteraron del fallecimiento. “Se quedó con las cuentas médicas de su madre, las propias y sin trabajo”, dijo. “Sabíamos que no podíamos traerlo de vuelta, pero tampoco podíamos no hacer nada”.

El regreso de la familia a Perú marcó un quiebre en la vida de Eduardo: de una relativa estabilidad en Nueva York pasó a una lucha diaria en Lima, sin apoyo local y con oportunidades muy limitadas.

Una ausencia que persiste

Durante los meses en que Eduardo estuvo fuera, el lobby al que le daba vida quedó vacío. Aunque se fue en febrero, el edificio no contrató a un nuevo portero hasta octubre. Durante ese tiempo, otros empleados cubrieron turnos extra y los residentes sintieron su ausencia de inmediato.

“Recibí muchas preguntas sobre dónde estaba”, dijo Bullitt. “La gente estaba preocupada por él. Prácticamente todos lo extrañaban”.

Un joven portero se encuentra en el lobby del edificio de departamentos de Murray Hill donde trabajó Eduardo Pardave | Foto: Ralph Thomassaint Joseph para Documented

El edificio finalmente contrató a un portero más joven, a quien los inquilinos describen como correcto y amable. Sin embargo, aseguran que el espacio se siente distinto.

“Fue como perder a un capitán”, dijo Bullitt. “Él marcaba gran parte de la cultura del lugar”.

Hoy, Eduardo lamenta profundamente haber dejado Estados Unidos. Dijo que cometió “un error enorme” y cree que todavía estaría trabajando en Nueva York si se hubiera quedado.

“Estoy desesperado por encontrar una forma de volver a Nueva York”, dijo. “Acá es imposible criar a mi familia. Cada día, cada semana, cada mes se me hace muy difícil conseguir comida”.

Eduardo Pardave se toma una selfie en Columbus Circle, en Manhattan | Foto: gentileza de Eduardo Pardave para Documented

Recuerda el miedo y el estrés de vivir en Estados Unidos sin estatus legal, pero dice que se fue porque no podía soportar la idea de no volver a ver a su madre. En Perú, se siente atrapado por las consecuencias de esa decisión imposible.

Desde Lima, Pardave contó que sigue en contacto con Bullitt y otros residentes. Intenta mantenerse optimista, aunque sus circunstancias dejan poco margen para la esperanza.

“A veces pienso que no sé si tomé la decisión correcta o la equivocada”, dijo. “Si me hubiera quedado en Nueva York, quizá podría haber seguido ayudando a mi familia. Pero necesitaba ver a mi madre. Ahora solo pienso en cómo sobrevivir. Todavía me siento fuerte”, dijo Eduardo. “Solo necesito una oportunidad”.


Artículo original publicado en Access Denied: Tenants Rally Around Beloved Doorman Who Cannot Return to the U.S.

Imagen de portada: Ralph Thomassaint Joseph para Documented.

Traducción: Maximiliano Mendoza


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