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En el marco del Día Internacional de las Mujeres Afrodescendientes, dialogamos con Alejandra Pretel, activista afrocolombiana, migrante en Argentina y cofundadora de Afrocolectiva, un medio afrofeminista, antirracista y panafricanista. Desde su experiencia encarnada como mujer migrante, nos comparte sus reflexiones sobre el racismo estructural y las resistencias colectivas que emergen desde los márgenes, el cuidado y la memoria.

El pasado 25 de julio se conmemoró, como todos los años, el Día Internacional de la Mujer Afrodescendiente. Esta fecha no es una más en el calendario: implica una serie de reivindicaciones que atraviesan fronteras, y se remonta a una memoria compartida por las mujeres del Sur Global. Porque aquel día, en 1992, más de 400 mujeres negras de América Latina, el Caribe y de la diáspora africana se reunieron por primera vez en Santo Domingo. Fue un acto político y de dimensiones históricas: allí se habló de racismo estructural, sexismo, migraciones forzadas, pobreza, violencia y silencios heredados. Desde entonces, cada 25 de julio se conmemora esta fecha que no busca flores ni homenajes vacíos, sino justicia, reparación y reconocimiento.

En un continente donde las mujeres negras sostienen la vida mientras son sistemáticamente excluidas de los derechos más básicos, la conmemoración también constituye una denuncia, toda vez que ser mujer, negra y migrante en América Latina implica habitar una intersección de múltiples violencias. De ahí que resulte fundamental organizarse para resistirlas.

Para hablar de la importancia de esta fecha y sus implicancias, conversamos con Alejandra Pretel, activista afrocolombiana y migrante en Argentina. Es una de las fundadoras de Afrocolectiva, un medio de comunicación afrofeminista, antirracista y panafricanista. Tiene 26 años, estudia Filosofía en la Universidad de Buenos Aires y también participa de las luchas afrofeministas y LGBT. Sus apreciaciones resultan iluminadoras de los aspectos más importantes en relación a la lucha de las mujeres afrodescendientes.

¿Qué significa la conmemoración del Día Internacional de la Mujer Afrodescendiente?

Es una fecha clave para el movimiento de mujeres negras en América Latina. Nos organiza contra el racismo, el machismo y todas las formas de opresión que nos atraviesan. Pero además, rompe con la idea de que el activismo negro o el feminismo deben pensarse desde el Norte Global. El 25 de julio se enmarca en nuestro propio territorio, en nuestras experiencias. Nace del primer gran Encuentro de Mujeres Afrolatinoamericanas, Afrocaribeñas y de la diáspora en 1992, en República Dominicana. Desde ahí, se instala como un día para reconocer nuestra diversidad, nuestra historia y nuestras luchas, por fuera de los marcos hegemónicos que suelen narrar e historizarlos movimientos sociales desde afuera o desde arriba, mirando la diversidad como mujeres afro en América Latina y el Caribe.

Esta fecha surge desde el sur, desde mujeres negras que históricamente fuimos silenciadas, invisibilizadas y despojadas de espacios de organización por el racismo y la misoginia. Reconocer esta fecha es también transformar la narrativa sobre quiénes somos, qué pensamos, qué hacemos, cómo nos articulamos. Es una forma de nombrarnos desde nuestras propias voces, de exigir derechos y visibilizar los desafíos específicos que enfrentamos. Tiene impacto regional, pero nace de luchas particulares, locales, colectivas y profundas.

Argentina tiene una historia marcada por la negación de lo afro y por la intención institucionalizada de blanquear lo argentino. No solo nos han puesto en los márgenes, sino que nos han dejado directamente afuera del relato nacional. Incluso quienes nacimos o vivimos hace años acá somos tratadas como extranjeras. Aunque hubo avances, como la variable afro en el censo 2022 o el gesto simbólico de poner a María Remedios del Valle en el billete de 10 mil, todavía falta. El 25 de julio, en este contexto, es clave para visibilizar nuestras luchas, nuestras demandas y nuestra presencia. No es solo una fecha del movimiento negro: los feminismos y los movimientos sociales también deberían abrazarla, porque las mujeres negras hemos estado en el centro de muchas batallas, como la lucha LGBT, que en gran parte ha sido impulsada por mujeres negras y trans. Es un día de memoria, pero también de reconocimiento a quienes nos abrieron camino para pelear por una vida digna y sin discriminación.

¿Qué tipos de discriminación enfrentan las mujeres afro?

—La discriminación es constante. Recuerdo una vez que caminábamos por Buenos Aires con dos compañeras negras, de cuerpos grandes como el mío, y un tipo nos gritó: “¡Devuélvanse a Brasil a chupar pija!”. Esa frase lo tiene todo: racismo, misoginia, gordofobia y extranjerización. Acá nos ven como si todas fuéramos brasileñas, como si no existiera lo afro en Argentina. Hay un desconocimiento brutal sobre nuestra identidad. También es común que, si estamos en una esquina esperando a alguien, a alguna le pregunten cuánto cobra. Se asume que, por ser mujeres negras, estamos para ser consumidas. Igual una línea muy fuerte dentro de nosotras es que para nada somos policía de nuestros cuerpos, no estamos en contra del trabajo sexual, pero es muy duro que siempre se nos asocie automáticamente con ese tipo de trabajo. Hay una diferencia clara entre que una compañera elija hacerlo y que se asuma que, por ser mujeres negras, necesariamente nos dedicamos a eso. Esa estigmatización es parte del racismo y la misoginia que enfrentamos.

De igual forma pasa algo similar con otros trabajos, se piensa que somos bailarinas, trabajadoras sexuales, o que solo hacemos cocina o trabajos del hogar. Quienes elegimos caminos alejados de esos estereotipos la pasamos muy difícil, porque nadie nos cree y porque los espacios que ocupamos suelen incomodar mucho. Esa invisibilización y desconfianza es parte de la discriminación estructural que enfrentamos.

—¿Y qué pasa con los espacios académicos?

—En Argentina, donde la invisibilización de las personas negras es muy fuerte, existe la idea instalada de que no tenemos capacidades intelectuales. Eso lo he vivido en carne propia y también muchas compañeras. Es raro que una de nosotras no sea la que lave pantalones, sino la que estudia antropología, filosofía o escribe un libro. Eso incomoda en una sociedad con racismo estructural, pero para nosotras es un acto constructivo porque rompemos los márgenes que nos han impuesto y nos cuesta mucho ocupar espacios que se nos han negado históricamente.

—¿Qué significa para ti ser una mujer afrodescendiente en América Latina, en países como Colombia o Argentina, y cómo se expresa esa resistencia?

—Para mí, ser mujer afrodescendiente es reivindicar una historia, una herencia, una ancestralidad, una lucha y una resistencia que me permite estar aquí hoy de pie. Pienso en todas las mujeres negras que me precedieron, que vivieron en contextos quizás más hostiles que el actual, y eso fortalece mi compromiso y mi identidad.

Ser una persona negra y transitar el mundo, para mí es lo primero, como siempre recordar a las que estuvieron antes que nosotras y cuando digo eso no solo me refiero a las que estuvieron antes tipo: grandes mujeres de la historia, sino también, nuestras abuelas, nuestras madres, nuestras tías, o sea, ese círculo de las primeras mujeres negras que nos acompañaron y que nos ayudaron a reivindicar nuestra identidad desde un lugar positivo.

Una de las mujeres negras que más admiro y que más ha incidido en la construcción de mi identidad desde un lugar positivo es mi mejor amiga, que también fue por mucho tiempo mi trenzadora, una persona que me ayudó a reconstruir mi relación con mi cabello de muchas formas. Creo que también ese tipo de espacios y de intercambios que no necesariamente tienen que ver con la lucha como uno lo piensa en mayúsculas son súper importantes, pero también creo que los espacios de autocuidado que tenemos como mujeres negras cuando nos encontramos, cuando ella viene y me peina el pelo y yo le cocino eso que me cocinaba mi papá, que le cocinó mi abuela y se comparte un poco de eso. Yo reivindico mucho como esas maneras de cuidado y de expresar el afecto que tiene que ver con nuestra ancestralidad, los conocimientos y esas formas de resistir y de mantener nuestra cultura a lo largo del tiempo.

Así que ser una mujer negra para mí tiene que ver con eso como una entidad que se construye no solo desde mi individualidad, sino alreconocer los y las antepasados africanos y constituir esa identidad en conjunto con mujeres que me acompañan, me guían y que reconozco como protagonistas también en ese proceso de reivindicar la identidad desde un lugar positivo ya que la mayoría de personas quienes crecimos en entornos afro nuestro primer acercamiento con nuestro reconocimiento es siempre  una experiencia traumática que incluso ocurre en la infancia y que muchas de nosotras no lo sacamos hasta el día de hoy. Entonces, cuando ya uno es más grande y tiene la oportunidad de darlela vuelta y de justificar las distintas formas en que siempre se han dirigido a nosotras y todas las cargas negativas que se han impuesto sobre nuestro cuerpo, sobre nuestro cabello u otras. Hay algo muy particular que a mí me llama mucho la atención ahora que la mayoría de mis amigas son mujeres negras y tienen cuerpos como el mío y es algo que nunca experimenté antes y es que puedo compartir mi ropa con ellas. Parecen cosas mínimas, pero tiene que ver con la posibilidad de reconocerse en la otra.

Recuerdo una vez que caminábamos por Buenos Aires con dos compañeras negras, de cuerpos grandes como el mío, y un tipo nos gritó: “¡Devuélvanse a Brasil a chupar pija!”. Esa frase lo tiene todo: racismo, misoginia, gordofobia y extranjerización. Acá nos ven como si todas fuéramos brasileñas, como si no existiera lo afro en Argentina. Hay un desconocimiento brutal sobre nuestra identidad. También es común que, si estamos en una esquina esperando a alguien, a alguna le pregunten cuánto cobra. Se asume que, por ser mujeres negras, estamos para ser consumidas.

—¿A qué movimientos sociales o colectivos perteneces?

El principal colectivo es Afrocolectiva, somos una organización mediática y digital: feminista, antirracista y panafricanista, conformado solo por mujeres y personas negras de la diáspora que hablamos español o aprendimos español con el tiempo (publicamos en español). Es mi organización principal donde también soy fundadora. Y creemos en la comunicación como una estrategia de transformación social y en la importancia de ocupar las plataformas digitales, a fin de tener incidencia territorial en la lucha antirracista. Como Afrocolectiva también hacemos parte de la Red de Mujeres Afro Latinoamericanas, Caribeñas y de la Diáspora. Precisamente esta Red se crea a partir del 25 de julio 1992, así que de alguna manera también es parte de la historia de resistencia de nuestra América Latina. También tuve la oportunidad de acompañarme con otras organizaciones y estar en procesos con una perspectiva racial, feminista e interseccional.

También hago parte de Afros LGBT, que es un colectivo y organización afro acá en Argentina conformado pues por personas LGBT que luchamos contra la discriminación histórica que ya tiene la comunidad afro-argentina, pero también exigimos nuestro lugar y reclamamos pues nuestras luchas como personas que además somos disidentes de género.

Hemos podido impulsar acciones súper importantes como el primer camión afro en la marcha del orgullo hace 2 años, y este año algo que realmente nos voló la cabeza fue participar en la Comisión Organizadora de la Marcha del Orgullo y la fecha de la marcha el 8 de noviembre, que es el Día Nacional de los Afroargentinos, las Afroargentinas y la Cultura Afro. Lo hicimos a través de una articulación de nuestra organización y la comisión  organizadora. Escribimos una carta y conseguimos que cambiaran la fecha y respetaran nuestra efeméride, algo que en un contexto como Argentina que históricamente ha negado lo afro es un triunfo para el movimiento negro.

—Desde tu experiencia como militante, como mujer afro, como qué cambios sociales consideras urgente para mejorar la vida de las personas y de las mujeres afrodescendientes.

La mayoría de mujeres negras no tienen oportunidades que muchas de nosotras hemos tenido, por ejemplo, el acceso a la educación, a la salud sexual y reproductiva, que son grandes temas de los feminismos en general y que en el caso de nosotras esos derechos han sido vulnerados por el lugar en el que viven.

En el contexto colombiano, lo primero es garantizar que las mujeres negras que habitan zonas rurales puedan ejercer sus derechos en sus propios territorios, sin verse forzadas a migrar para acceder a lo mínimo. Por el racismo estructural, muchas terminan llegando a las grandes ciudades en busca de oportunidades, pero lo que encuentran es la periferia: lo único que se les ofrece. Aun así, las mujeres negras que crecen en esos territorios —aun en medio del conflicto armado y la violencia que atraviesa muchas zonas afro— mantienen un vínculo profundo y afectivo con su tierra. No se quieren ir; son obligadas. Como mujer negra urbana, que mira desde otro lugar pero acompaña procesos de amigas que han vivido toda su vida en lo rural, creo que ahí está la clave: el derecho a quedarse, a permanecer, a construir vida digna sin tener que desplazarse.

Para quienes habitamos otros espacios, las violencias institucionales se sienten en lo más básico: el acceso a derechos, a representación, a ser escuchadas. Por eso creo que es fundamental ocupar espacios de decisión, porque nuestras demandas suelen quedar en los márgenes. En 2020 escribí sobre la representación política de las mujeres negras en Colombia, pensando en cómo las políticas unidimensionales nos dejan siempre al final. En los discursos de género rara vez cabemos. Analicé entonces una Ley que buscaba aumentar nuestra presencia en las listas al Congreso, pero en la práctica seguíamos siendo minoría frente a los hombres blancos. En los territorios con alta población afro, la ausencia era más evidente. Solo una curul, la del Chocó —donde más del 90% de la población es afrodescendiente— estaba ocupada por una mujer negra. Otra senadora, Victoria Sandino, llegó por el Acuerdo de Paz, no por voto popular. En departamentos como el Valle, Bolívar, Cauca o San Andrés, con fuerte presencia afro, las curules eran ocupadas por mujeres no afro. Esto evidencia una fractura: hay organización, hay resistencia negra de base, pero el acceso real a los espacios institucionales sigue siendo una deuda histórica.

Esto tiene que ver con el acceso a derechos, que para muchas de nosotras siempre ha sido limitado. En Argentina, la lucha histórica del movimiento afro ha permitido avanzar hacia la visibilización, reconociendo algo básico: que las personas negras existimos acá desde siempre, como en cualquier territorio atravesado por la colonización y la trata esclavista. El reconocimiento debe ser no solo institucional, sino también social y cotidiano. El día en que pueda salir a la calle sin que nadie me pregunte de dónde soy, ese día estaremos un paso más cerca. Después de ocho años en este país, acompañando luchas y procesos colectivos, creo que ese reconocimiento —cultural, social, humano— todavía es una deuda, pero una que, de a poco, se empieza a saldar.

También es ver cómo somos representados de otras maneras en los medios, si empezamos a ocupar espacios que no sean solo desde lo afro y donde seamos protagonistas no solo de nuestras propias luchas, porque también algo que ocurre mucho es que las personas afro estamos solo hablando de lo afro, solo por ahí en el único proyecto afro que tiene una organización es la experiencia de varias compañeras hay que seguir trabajando por romper la brecha.

En el contexto colombiano, lo primero es garantizar que las mujeres negras que habitan zonas rurales puedan ejercer sus derechos en sus propios territorios, sin verse forzadas a migrar para acceder a lo mínimo. Por el racismo estructural, muchas terminan llegando a las grandes ciudades en busca de oportunidades, pero lo que encuentran es la periferia: lo único que se les ofrece. Aun así, las mujeres negras que crecen en esos territorios —aun en medio del conflicto armado y la violencia que atraviesa muchas zonas afro— mantienen un vínculo profundo y afectivo con su tierra.

—¿Qué personas afrodescendientes admiras o consideras referentes en esta lucha?

Una mujer negra que admiro profundamente en Argentina es Miriam Gomes. Académica, activista, descendiente de caboverdianos, licenciada en lenguas. Cada vez que la escucho, me emociona. Miriam ha sido clave en la lucha por la visibilización del pueblo afroargentino, y una referente indiscutible de los feminismos negros en el país. Fue la primera mujer en presidir los movimientos caboverdianos, y su trabajo —como investigadora, escritora y militante— ha incidido en los procesos de reconocimiento institucional de la presencia afro en Argentina. Si estuviera en otro contexto, su figura sería reconocida también a nivel regional o mundial. Pero acá, la historia negra se sigue negando o se lee como algo extranjero. Incluso muchas personas que migramos, al llegar, pensamos que no hay población afro. Y eso también hay que desmontarlo. El reconocimiento tiene que venir desde lo argentino, sí, pero sobre todo desde una voluntad colectiva de asumir lo que la historia ha intentado borrar.

En el caso de Colombia, habiendo tantas mujeres, voy a irme a lo cliché; voy a decir que admiro a Francia Márquez. Ella es una persona de las bases, de los movimientos populares y que haya alcanzado un cargo político como el de vicepresidenta en un país como Colombia es un hecho sin precedentes. Ahora si pudiera pasar de admiración a modo un poco fan, diría Yuderkys Espinosa-Miñoso, que es una filósofa afro de Republica Dominicana y activista lesbiana. Sigo su trabajo porque me gustaría ser tan inteligente como ella.

—¿Qué es necesario para las niñeces negras?

Un sueño para las niñas negras del futuro, después de tantas conversaciones con quienes han crecido en territorios profundamente negros, es simple y enorme: una infancia libre de racismo. Puede sonar utópico, pero deseo que llegue un tiempo en que ninguna niña afro tenga como primer recuerdo el momento en que alguien le hizo saber —con burla, con desprecio— que era negra. Que su identidad no se construya desde el dolor, sino desde el orgullo, desde un recuerdo hermoso, desde la ternura. Porque cuando el primer contacto con lo que somos está marcado por la violencia simbólica o verbal, esa herida se queda, incluso si después aprendemos a sanar, a reivindicarnos, a amar lo que somos. Sueño con una infancia sin anécdotas tristes que contar en la escuela. Con niñas negras que puedan crecer libres, dignas, sin racismo, y con pleno acceso a todos sus derechos. Porque la libertad empieza ahí: en no tener que sobrevivir al color de tu piel.

Imagen de portada: Instagram de Alejandra Pretel.


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Equipo periodístico |  + notas

Licenciada en Filosofía por la Universidad Pedagógica Nacional de Colombia con experiencia en procesos socio-jurídicos y formativos en torno a los derechos humanos y la movilidad humana. Especialista en migración UNLa y actual maestranda en comunicación y derechos humanos UNLP.


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