El Día de la Mujeres Migrantes, 10 de enero, convoca a recordar a Marcelina Meneses, asesinada junto a su hijo en un crimen de odio racista que permanece impune, y a reivindicar el legado de lucha colectiva de Reina Torres, quien transformó el dolor en organización comunitaria, defensa de derechos y dignidad para las mujeres migrantes en el territorio.
Cada 10 de enero se conmemora el Día de la Mujeres Migrantes. Una efeméride atravesada por el racismo y la xenofobia que siguen marcando la experiencia migrante en nuestro país.
En el año 2001 Marcelina Meneses, una mujer migrante boliviana de 30 años de edad, fue asesinada junto a su bebé Joshua Alejandro Torres, de 10 meses, al grito de “boliviana de mierda, volvete a tu país”, luego de ser empujados del tren en movimiento, cerca de la actual estación Darío Santillán y Maximiliano Kosteki, del Ferrocarril Roca mientras se dirigían a un chequeo médico.
Desde el comienzo, la investigación ha estado atravesada por múltiples irregularidades y, particularmente, por una lectura minimizante de lo sucedido. Testimonios y ejes de investigación sistemáticamente relegados, cargados de un componente racial. Sin embargo, el sistema judicial no pudo —o no quiso— reconstruir eficazmente el hecho y la motivación discriminatoria consolidó un escenario de total impunidad, ausente de una perspectiva de derechos humanos.
Reina Torres, cuñada de Marcelina y madrina de Joshua, recordó en distintas oportunidades que, tras el asesinato, la primera respuesta fue la negación: “Primero nos dijeron que había sido un accidente” decía. Frente a ese intento de cerrar el caso, comenzó una búsqueda colectiva de testigos, acompañamiento y organización.
El crimen ocurrió en un contexto social marcado por la estigmatización de las personas migrantes. En aquellos años, señalaba Reina, “nos decían que la culpa era de los migrantes que venían a robar el trabajo”. Ese discurso de odio no quedó en palabras, fue creciendo y habilitó la violencia extrema.
25 años después, el caso permanece inconcluso, sin responsables condenados, sin reparación. El hecho no fue un accidente, fue un acto racista, xenófobo, la expresión concreta de una jerarquización de vidas que todavía hoy persiste, una matriz que tolera la violencia contra los cuerpos migrantes, racializados y feminizados. Esa es la dimensión más grave.

¿Quién fue Marcelina Meneses?
Marcelina Meneses no migró por deseo, sino que lo hizo por necesidad. Dejó en Bolivia a su familia, a sus padres, a sus afectos y a una hija adolescente. Marcelina padecía una deformidad en la cadera que le exigía reiteradas intervenciones quirúrgicas particularmente costosas, imposibles de afrontar en su país de origen. Vino a la Argentina para trabajar, para tratarse y tener una mejor calidad de vida.
Reina Torres lo explicaba muchas veces con crudeza: “migrar no es un acto voluntario, ni deseado. Cuando los migrantes vamos a otro lugar no es porque lo deseamos, sino por necesidad”. Por salud, por el hambre, por la guerra, por contextos que expulsan y niegan condiciones mínimas de dignidad.
Pero Marcelina fue mucho más que eso. Era deportista, jugaba al tenis y provenía de una familia vinculada a ese deporte. En Cochabamba tenían un negocio que reparaba raquetas, un trabajo que también hablaba de herencias, esfuerzo y comunidad.
Además, le gustaba cocinar, especialmente postres. Su vida estaba hecha de afectos y gestos cotidianos. Reina la recordaba con una ternura particular: “En su casamiento tuvo muchas madrinas, porque es lo que se acostumbra culturalmente, y Marcelina no se olvidaba de ninguna. En cada cumpleaños, cocinaba lo que a cada una le gustaba y se lo llevaba temprano a su casa”. Ese gesto revela una forma amorosa, atenta y humana de estar en el mundo.
Conocer su historia, quién era, sus vínculos y sus deseos, también es una forma de mantenerla viva. Se trata de insistir en su humanidad como un modo de justicia frente a la violencia racista y xenófoba que terminó con su vida.
El Centro Marcelina Meneses, un espacio colectivo
A partir del dolor y la lucha incansable por la verdad y la justicia, Reina Torres transformó la tragedia y el silencio en acción colectiva.
Explicaba Reina que el objetivo siempre fue el mismo: “Desde 2001 la respuesta fue construir, crear un espacio donde el dolor se transformara en defensa de derechos. En un momento en el que ni siquiera existía una normativa que protegiera a las personas migrantes. El propósito era seguir luchando para que no haya más discriminación ni xenofobia. Poder hablar donde nadie habla, para poder recordar que las personas migrantes también son personas y tienen derecho a la salud, a la educación”.
De este modo, en Ezpeleta, partido de Quilmes, fundó el Centro Integral de la Mujer “Marcelina Meneses”, un espacio construido para acompañar, contener y fortalecer a mujeres migrantes y sus familias en situación de vulnerabilidad. Este fue gestado en la casa donde vivía Marcelina junto a su familia.
Desde entonces, el Centro se consolidó como una referencia territorial, ofreciendo acompañamientos frente a violencias, orientación para el acceso a derechos, contención comunitaria, construcción de redes, formación educativa y laboral, entre otros. Un dispositivo comunitario de resistencia, donde se articulan saberes, experiencias y redes de cuidado que desbordan la lógica de la ayuda puntual.

Reina, junto a otras mujeres migrantes, fueron el resultado de mucho tiempo de organización, de lucha. Lograron constituir un espacio vivo para la comunidad, donde el Estado no había llegado.
En el territorio, es un lugar clave para visibilizar las distintas vulneraciones que suelen quedar por fuera de las estadísticas oficiales, como por ejemplo la explotación laboral, la violencia institucional, el racismo cotidiano en cuanto al acceso a derechos y muchos de los obstáculos que enfrentan las mujeres migrantes a la hora de denunciar violencia de género.
El Centro Marcelina Meneses es muchas cosas: es una forma de recordar su historia en el territorio, de no olvidar, de mostrar que las vidas migrantes —todas— importan. Es una respuesta concreta a la violencia estructural, la prueba fehaciente de que la comunidad organizada puede convertirse en una herramienta de transformación social. Y que funcione en la casa donde Marcelina vivió evidencia la importancia y la necesidad de convertir un lugar históricamente asociado a las mujeres, en un territorio abierto, colectivo, político y disputado.
Reina Torres y el compromiso que no busca reconocimiento
Reina transformó el dolor familiar en una lucha colectiva que fue sostenida en el tiempo y de una manera particular: sin discursos grandilocuentes y sin ocupar el centro de la escena para dejar marca. Su voz y su nombre comenzaron a formar parte de diversos espacios institucionales, sin alzar la voz para hacerse escuchar. Lo hizo con su constancia, con su escucha atenta, con el compromiso cotidiano y con la convicción de que el camino es la humildad como práctica.
Su camino y militancia se encontró atravesada por el amor, por la comunidad y la familia. Las mujeres migrantes se acercaban a ella en busca de ayuda y encontraban mucho más que respuestas, una presencia honesta con acciones concretas.
Fue la primera Directora de Migrantes del Municipio de Quilmes, asumiendo el rol con la misma lógica e identidad con la que caminaba el territorio. No necesitó de honorarios, jerarquías, ni reconocimientos. Entendía que la función pública tenía sentido sólo si se pone al servicio de quienes lo necesitan. No obstante ello, no debemos olvidar que era una mujer migrante en un ámbito político, muchas veces atravesado por disputas de poder y protagonismos.
En el mes de junio del 2025, de forma repentina, una enfermedad le quitó la vida. Su fallecimiento dejó un vacío profundo, no sólo en su familia y en quienes han caminado con ella, sino también en todo el entramado comunitario que con mucha convicción y paciencia supo tejer.
Este es el primer 10 de enero sin Reina y su ausencia no pasa inadvertida. Falta su cuerpo en el territorio, su escucha atenta, su modo de hacer sin llamarse imprescindible. Hoy falta su presencia, pero no su legado. Reina aún sigue estando en los vínculos que cuidó y en cada mujer migrante que encontró en ella y en el Centro un lugar donde no estar sola.
Ella y su vida nos ha dejado a todos y todas la enseñanza de que la transformación social se construye desde las prácticas más pequeñas, persistentes y humanas, en lo concreto cada día.
Recordar a Reina es reivindicar una militancia que no busca reconocimiento pero que deja huella. Una militancia que, en tiempos de discursos excluyentes y duros, sigue apostando por la dignidad, la justicia y el cuidado colectivo.

Reconocimiento del Día de las Mujeres Migrantes
Es importante destacar que esta fecha fue instituida por la Ley N.º 4.409/12 en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires en el año 2012. Sin embargo, en el conurbano bonaerense, es reconocida y resignificada en pocos municipios, particularmente en aquellos que cuentan con una fuerte presencia migrante como Quilmes, Avellaneda, Lomas de Zamora, Lanús y La Matanza.
Este reconocimiento formal —pero parcial— no fue producto o iniciativa del poder político, sino que fue el resultado de muchos años de reclamo por parte de diversas organizaciones e instituciones migrantes, de derechos humanos y feministas, con el objetivo de que el asesinato de Marcelina Meneses no quedara silenciado.
Cada 10 de enero, las ciudades mencionadas, como también universidades públicas, organizaciones y colectivos migrantes, llevan adelante actividades comunitarias, encuentros políticos, de memoria y de reflexión sobre las condiciones de vida de las mujeres migrantes. Asimismo, se visibilizan las múltiples violencias estructurales que atraviesan sus trayectorias, se acercan derechos e información clave.
En una dimensión mucho más amplia, el Día de las Mujeres Migrantes busca entender la migración como una cuestión de derechos humanos y no como un problema de seguridad.
Memoria, lucha y dignidad migrante
El asesinato de Marcelina Meneses fue un crimen de odio. Sin embargo, su historia no quedó atrapada en la violencia que intentó callarla. Esa tragedia, con el paso del tiempo, se transformó en un símbolo colectivo, sostenido por organizaciones y comunidades migrantes que, desde hace más de dos décadas, se niegan a aceptar la impunidad.
Cada 10 de enero, la memoria de Marcelina y el legado de luchas como la de Reina Torres ponen en el foco una sola verdad: las mujeres migrantes no sólo migran, también sostienen. Recordar no es un gesto pasivo, es una forma de exigir justicia, dignidad y visibilidad. Es afirmar, cada día, que ninguna vida es descartable.
Mientras esas demandas sigan vigentes, cada enero será un modo de seguir luchando y de no olvidar. Esa convicción de Reina de “seguir luchando para que el racismo y la xenofobia no maten más” atraviesa, hasta hoy, cada conmemoración del 10 de enero.
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Abogada del sur del conurbano bonaerense. Escribe y acompaña procesos vinculados a la movilidad humana y a las desigualdades de género, con enfoque en derechos humanos.
