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A través de sus proyectos, el artista chileno Máximo Campos explora cómo el desplazamiento y el intercambio cultural son motores fundamentales de la creación. Desde sus estudios en la UBA hasta su presente en Melbourne, Campos analiza la música electrónica no solo como ritmo, sino como una red de colaboración que transforma las ciudades.

Migrar es cambiar de territorio y, con ello, el movimiento que va por dentro. Correrse del lugar desde donde solías ver las cosas, escuchar, observar desde otra mirada e ir construyendo una relación de transformación con el entorno. No es una integración pasiva, es un intercambio constante. No es solo quien migra quien simplemente se adapta o cambia por el entorno; es también el entorno que cambia por la persona migrante.

Máximo Campos es un chileno de 43 años con dos experiencias migratorias a cuestas: primero, Argentina y después, Australia. Es documentalista de arte, investigador cultural y creador de proyectos artísticos como Ciudad Sonora (ahora AUCH), una serie de entrevistas a artistas internacionales que busca visibilizar la música electrónica desde su comunidad y raíces migrantes. En su historia, el desplazamiento aparece como una fuerza constante, como pulsión de vida que habilita la creación, la conexión con otros y otras y, desde allí, la producción de cultura.

Máximo entiende la migración no como una excepción, sino como una condición humana natural y una constante histórica: “Para mí, migrar parte de mi curiosidad por descubrir, de salir de lo conocido y abrir las posibilidades para mi proyecto personal artístico, pero también para sentirme mejor, como condición vital. Si lo pensás, el ser humano siempre se ha movido. Gracias a eso existe cultura”, cuenta Máximo.

Salir del barrio como primer desplazamiento

Máximo Campos nació y se crió en Santiago de Chile. Aunque desde joven quería estudiar Diseño Gráfico, la falta de recursos económicos hizo que ese proyecto quedara postergado. Como alternativa, e incentivado por un amigo, comenzó un curso de gastronomía. Y si bien no llegó a terminar la formación, rápidamente logró insertarse en el mundo laboral trabajando como cocinero, haciendo sushi.

Este primer empleo marcó un punto de inflexión: “Empecé a trabajar en barrios altos y ahí me di cuenta de que había un montón de cosas que no existían en el barrio pobre del que vengo, que la gente tenía más acceso a la cultura y posibilidades”. Desde esta experiencia, tomó la decisión de que sus deseos creativos no iban a quedar limitados por su lugar de origen.

Registro de Ciudad Sonora 360. | Foto: cortesía de Máximo Campos

Migrar por primera vez: Argentina como ampliación de horizonte cultural y proceso de autovalidación

A los veinticortos años, Máximo migró por primera vez. Postuló a una beca para estudiar Diseño Gráfico en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Tener familiares en Argentina y el español como idioma compartido hizo que el cambio pareciera menos abrupto, aunque igual de contundente:

“Porque tú llegas a un lugar donde nadie te conoce y tú no conoces a nadie, no sabes cómo es el ambiente, cómo se desarrolla la sociedad. Entonces uno empieza de observador: llegas y empiezas a observar cómo funciona la cosa, empiezas a hablar con gente, integrarte y de a poco adaptarte”, relata.

Buenos Aires le ofreció una escena cultural que lo descolocó. Calles activas de madrugada, restaurantes abiertos a las tres de la mañana, personas reunidas ocupando el espacio público sin restricciones: “Sentía que la gente vivía, en contraste con Chile, que me resultaba más restrictivo, estructurado, aún atravesado por consecuencias sociales no sanadas de la dictadura”, dice.

Ese entorno tuvo un efecto inmediato en su desarrollo creativo. Comenzó a pintar, a trabajar con estarcido (stencil) y a producir sus propias remeras. Lo que más le sorprendió no fue solo la diversidad cultural, sino la respuesta de los demás: “La gente valoraba lo que hacía, lo apoyaba”, recuerda. Esa validación externa, que sentía menos frecuente en Chile, fue determinante para su confianza.

Máximo también vincula esta diferencia con los procesos históricos. Describe a Chile como una sociedad marcada aún por la desconfianza y la fragmentación heredadas de la dictadura de Augusto Pinochet (1973–1990), un período que, a su entender, nunca terminó de resolverse ni repararse socialmente. Para él, esta herencia impacta en las relaciones cotidianas y en las formas en que se apoya y teje comunidad.

En la Universidad de Buenos Aires, en un curso vinculado al urbanismo y diseño, desarrolló una obra que proponía una metáfora de la relación entre Chile y Argentina. Partía de la idea de que ambos países compartían una experiencia traumática común: las dictaduras cívico-militares. Ambos regímenes —tanto en el caso chileno con Augusto Pinochet (1973-1990), como en el argentino con el proceso iniciado por Jorge Rafael Videla (quien presidió entre 1976 y 1981 una dictadura que se extendió hasta 1983)— se caracterizaron por la represión sistemática, la censura, la persecución política, la detención ilegal, la tortura y la desaparición forzada de personas. Compartieron, además, la coordinación represiva regional a través del Plan Cóndor, un acuerdo entre dictaduras del Cono Sur para perseguir a quienes consideraban opositores más allá de las fronteras nacionales.

“En ese dolor encontré una cercanía”, explica. La pieza representaba dos estructuras que, tras atravesar fragmentaciones iniciales, terminaban uniéndose y recomponiéndose. El proyecto trascendió el aula. Fue presentado ante autoridades académicas y, al finalizar el año, Máximo fue invitado a exponer en el Aula Magna de la universidad: “A pesar de estar nervioso y hablar con acento chileno que nadie me entendía, el estar ahí y compartir mi proceso creativo ante estudiantes y docentes hizo que algo cambiara. Empecé a confiar en mí y en lo que me gustaba. ¿Así de potente fue, cachái?”, afirma.

La experiencia de esta primera migración a la Argentina aparece en la vida de Máximo como un proceso de autovalidación y confianza, resume. 

Ciudad Sonora: visibilizar la música electrónica desde su comunidad y raíces migrantes

De regreso en Chile en el año 2012, la experiencia migratoria le había dado una herramienta para volver a su propio país desde nuevas perspectivas: “En Santiago, la escena de la música electrónica existía, pero no tenía espacio de visibilidad ni relato propio. Había fiestas, productores, djs, sellos independientes, pero fuera del nicho casi nadie sabía que esa comunidad estaba activa”, cuenta Máximo.

Con esa idea nació Ciudad Sonora, un podcast de entrevistas a DJ’s y artistas que tenía como objetivo documentar y ampliar la música electrónica chilena. En un contexto que describe como restrictivo —limitaciones legales para tocar en ciertos espacios, precariedad técnica, equipos costosos e inaccesibles para muchos— la comunidad se sostiene por colaboración: “Lo primero que me sorprendió fue la cantidad de gente en ese mundo; había una red que se apoyaba entre sí”, señala. Y esa lógica de cooperación fue también el motor del proyecto.

Tiempo después, un amigo realizador audiovisual lo invitó a que el proyecto mutara hacia lo audiovisual y así se fundó Ciudad Sonora 360. Las entrevistas dejaron de centrarse exclusivamente en el artista y comenzaron a incorporar visualmente el territorio como forma de transmitir que es imposible pensar la obra desligada del entorno. La ciudad es clave en el desarrollo artístico: las leyes, las libertades, los límites, quienes viven en ella. “El lugar donde se vive, sea el barrio de Palo Alto o el más pobre, siempre atraviesa inevitablemente la producción cultural. Cuánta verdad hay en tu obra también va a depender de cuánto de tu ciudad o entorno pongas en ella, ¿cachái?”, afirma Máximo.

“Siempre me acuerdo de que empezaba las entrevistas a los artistas con la misma pregunta: ¿Tú crees que hay sonido chileno o latinoamericano en la música electrónica?”, cuenta Máximo.

Como investigador cultural, Máximo relata que la experimentación electrónica en Chile comenzó mucho antes de lo que suele reconocerse. A finales de los sesenta, el país fue uno de los primeros en América Latina, y uno de los pocos a nivel mundial, en investigar el sonido electrónico, junto con Alemania y Japón. El nombre clave es el de José Vicente Asuar, ingeniero civil y pionero en la creación del primer computador destinado a producir música electroacústica en los años sesenta. Asuar fue investigador y docente, impulsó la relación entre tecnología y música en la universidad y abrió uno de los primeros espacios formales de estudio en el área. Ese proceso, sin embargo, fue abruptamente interrumpido por la dictadura. La persecución política y el cierre de espacios académicos desarticularon una escena que estaba en plena expansión.

Esta idea atraviesa Ciudad Sonora. Máximo insiste en reconstruir una historia borrada, cuestionando la noción de que la electrónica llegó desde afuera sin mediaciones locales. Para él, la música electrónica es también una historia de desplazamientos, interrupciones y reapropiaciones. Cuenta cómo el house y el techno nacieron en contextos de exclusión, ligados a comunidades migrantes, racializadas y disidentes. En Detroit, Estados Unidos, comunidades afroamericanas y latinoamericanas reutilizaron máquinas descartadas para crear nuevas formas de baile y encuentro. Lo mismo ha sucedido en Berlín, cuenta, donde la cultura rave surgió como respuesta a restricciones urbanas y controles estatales: “La rave nace de tomarse un espacio ilegal para poder bailar. Es resistencia pura”, afirma.

Finalmente, con Ciudad Sonora 360, en total grabaron 19 capítulos audiovisuales que se emitieron durante tres años en la Universidad de Chile. 

Entrevista a artista en Melbourne. | Foto: cortesía de Máximo Campos

Australia: segunda migración y la consolidación de AUCH

Después de varios años entrevistando artistas en Chile, Máximo sintió que el proyecto necesitaba otro idioma y continente. Quería seguir haciendo entrevistas, pero en inglés. La decisión de migrar a Australia apareció en ese contexto. Si bien cuenta que ya se sentía mucho más seguro y preparado por ser esta su segunda migración, de igual manera hubo nuevos obstáculos que sortear. Así llegó primero a Sidney, Australia y después de un año se mudo a la ciudad de Melbourne. 

“El choque cultural y de idioma es duro. Al principio no entendía absolutamente nada, estaba perdido. Las primeras tres semanas fueron terribles: con la diferencia horaria no podía dormir. A las cinco y media de la tarde yo estaba zombi, tenía que salir a caminar”, cuenta. A esto se le sumó la inestabilidad económica y habitacional: trabajos temporales y viviendas precarias, pago de alquileres “de palabra” sin contrato a precios muy elevados por habitaciones en malas condiciones, compartiendo casa con gente de todas partes del mundo.

En el proceso de adaptación, la comunidad latinoamericana fue clave para su integración en Melbourne: “Durante los primeros meses no conseguía trabajo hasta que fui a una entrevista para un restaurante y me entrevistó un chileno que entendió mi situación. A la semana ya estaba trabajando”, cuenta. Más allá de este episodio puntual, destaca la red que funciona entre chilenos y chilenas como grupos de WhatsApp, contactos laborales y datos de vivienda: “Hay apañe”, resume.

En su relato, Máximo expone que Melbourne es reconocida como la ciudad más cosmopolita de Australia y esta característica influyó en su decisión de migrar. Pero a su vez, visibiliza en su testimonio la contradicción de que, si bien la ciudad se sostiene gracias a estudiantes internacionales y trabajadores con visas temporales (especialmente en el arte, la gastronomía y la hospitalidad), la estabilidad migratoria de estas personas es frágil: “Siempre estás pendiente de la visa. Tenés que estar pensando en cuánto cuesta renovarla y son permisos temporales”, explica. A su entender, la ciudad celebra su diversidad, pero al mismo tiempo impone barreras administrativas que condicionan la permanencia.

La migración como motor cultural y, a la vez, como situación precaria se convirtió en uno de los ejes centrales de su trabajo en Australia. Al llegar, su intención fue continuar Ciudad Sonora, aunque decidió renombrar el proyecto como AUCH (Australia-Chile), marcando el cruce identitario. Durante los primeros meses buscó contacto a través de redes sociales. Envió mensajes a músicos y djs locales presentándose como realizador y entrevistador. La mayoría no respondió.

Frente a eso, optó por el mismo método que había aplicado en Chile: empezar solo. Organizó sus primeras entrevistas de manera independiente. La consolidación llegó cuando conoció a un DJ escocés radicado en Melbourne que realiza transmisiones semanales desde el club New Guernica, uno de los espacios históricos de la electrónica local. A partir de este vínculo, logró establecer un espacio fijo para grabar entrevistas. Durante un año registró más de 40 encuentros con DJ’s y productores de la ciudad.

Basado en los datos oficiales más recientes de la Oficina Australiana de Estadística (ABS) en la zona de la Ciudad de Melbourne, la proporción de población nacida en el extranjero alcanza el 54,8%. Para Máximo, ese dato no es estadístico sino estructural: la migración atraviesa inevitablemente la producción cultural El eje de sus entrevistas se mantuvo constante: indagar cuánto de la identidad y del origen cultural se filtra en la música.

De esa experiencia surge ARTEFACT, una serie documental de formato breve centrada en comunidades creativas independientes de Melbourne. El proyecto combina entrevistas con registro observacional del artista tocando, grabando o componiendo y pone el foco en los trabajadores culturales que suelen quedar fuera de los relatos oficiales. La serie propone seis episodios dedicados a creadores de distintos orígenes: artistas con herencia latinoamericana, músicos de segunda generación, productores vinculados a escenas afrocaribeñas y DJ’s que trabajan desde perspectivas de diversidad e identidad. El criterio es deliberado: documentar el under y ampliar el archivo cultural más allá del perfil tradicional de DJ masculino y blanco que históricamente dominó la narrativa.

Melbourne aparece como actor activo en la formación de esas trayectorias. La ciudad aparece moldeada por flujos migratorios, intercambios culturales y redes independientes que sostienen su vida artística. Para Máximo, el proyecto representa una continuidad. Desde Chile hasta Australia, el eje ha sido el mismo: documentar escenas invisibles, entender por qué las personas crean y registrar cómo las migraciones y el territorio influyen en lo que producen.

“El ser humano siempre se ha movido. Gracias a eso existe la cultura”

Para Máximo, la migración es un movimiento que no se detiene: “La historia humana se construyó a partir del movimiento. Sin migración no habría las culturas que ahora existen. La diversidad también surge del desplazamiento, del encuentro”, afirma.

También distingue entre migrar por decisión y por obligación. Reconoce el privilegio de haber podido elegir. Entiende que hay migraciones forzadas, atravesadas por violencia y expulsión. Justamente por esto, insiste en revisar los discursos que convierten al migrante en amenaza; “La figura del inmigrante como chivo expiatorio es pura ignorancia”, afirma. Para él, esa mirada omite algo central: el aporte cultural de las comunidades migrantes. La música, el arte y la vida urbana no serían lo mismo.

En ciudades como Melbourne, buena parte de la escena cultural se sostiene gracias a personas que llegan de otros lugares. Por eso decide contar estas historias: para mostrar que la migración no vacía, construye; no amenaza la cultura, la produce. Y que, sin ese movimiento constante, muchas ciudades y escenas culturales no existirían como tal.

Imagen de portada: Máximo Campos. | Foto: cortesía de Máximo Campos


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Autora |  + notas

Licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Buenos Aires, donde también cursó el Programa de Actualización en Comunicación, Géneros y Sexualidades, se especializó en comunicación digital en Éter y cuenta con una trayectoria profesional vinculada a la comunicación para políticas públicas en Argentina. Actualmente reside en Melbourne, Australia, donde se desempeña como comunicadora freelance en diversos proyectos.


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