El investigador Matías Araujo analiza la transformación del acceso a la vivienda en Argentina, donde el alquiler ha pasado de ser una etapa transitoria a un destino permanente. A través de sus libros, examina la relación entre movilidad urbana, informalidad y las barreras que enfrentan las comunidades migrantes para acceder a un hábitat digno.
Matías Araujo es un investigador especializado en movilidad, vivienda y urbanismo que ha publicado libros abordando la temática migrante. Actualmente, asociado a la Fundación Tejido Urbano, cuenta que pensar el hábitat hoy exige abandonar cualquier idea de quietud. La vivienda ya no es un punto de llegada, sino un tránsito constante; el alquiler dejó de ser un escalón y se volvió una forma de vida; migrar —desde el interior del país o desde otros territorios de América Latina— ya no responde a un relato de progreso lineal, sino a una necesidad atravesada por la incertidumbre. No lo plantea desde una distancia técnica: su mirada nace de una biografía marcada por el desplazamiento y se afina en el trabajo de campo, allí donde las políticas públicas se vuelven experiencias tan ausentes como cotidianas.
La llegada a la capital
Llegó a Buenos Aires en 2018 desde Corrientes con una expectativa que todavía conservaba algo del viejo pacto argentino: estudiar, insertarse, construir un futuro. Su primer alojamiento fue una residencia en la zona de Corrientes y Libertad, un espacio de paso donde convivían estudiantes del interior y migrantes latinoamericanos, en especial venezolanos que huían de una crisis profunda. La residencia funcionaba como una estación intermedia: nadie estaba del todo instalado y nadie sabía cuánto tiempo se quedaría. Por las noches, después de llamadas a familiares que habían quedado lejos, aparecía un llanto silencioso, casi ritual. No era un gesto dramático, sino la manifestación íntima de una distancia que pesaba. Ese detalle, mínimo y repetido, fue para Araujo una primera señal: la ciudad recibía, pero no abrazaba.
Con el tiempo, se mudó a Caballito junto a Alexandra, una migrante venezolana. El departamento estaba subalquilado por un joven chileno. Tres trayectorias migrantes, tres historias de desplazamiento, compartiendo un espacio sin contrato formal, sin garantías, sin certezas. Esa convivencia condensaba un fenómeno extendido: el alquiler informal como única puerta de entrada a la ciudad. Durante la pandemia, la fragilidad se volvió explícita. La convivencia se rompió y Alexandra tuvo que irse. Buscar otro alquiler formal era prácticamente imposible. La residencia apareció nuevamente como refugio forzado. No era una elección: era el límite que imponía el mercado.

La problemática de los alquileres
Ese recorrido personal se cruza con su trabajo territorial en conventillos y barrios populares como Ciudad Oculta, donde las trayectorias migrantes se repiten con otros nombres y otros acentos, pero con la misma estructura. Familias de Tucumán, de Paraguay, de Bolivia, de provincias del nordeste argentino llegan a la ciudad empujadas por la expectativa de mejorar sus condiciones de vida y se encuentran con un escenario hostil: alquileres caros, requisitos excluyentes, informalidad normalizada. La vivienda deja de ser un derecho y pasa a ser una negociación permanente.
En primer lugar, dice Araujo, la migración debe entenderse como un proceso estructural y no como una excepción urbana. La Ciudad de Buenos Aires y su área metropolitana ya no funcionan como el gran imán del siglo XX. Entre 2012 y 2022, la región registró un saldo negativo de migración interna cercano a las 200 mil personas. Por primera vez en décadas, más gente se fue hacia otras provincias de la que llegó desde el interior, según informes de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM). Ese vacío fue compensado, en parte, por la migración internacional —especialmente venezolana— y por la llegada de estudiantes extranjeros. El resultado no es solo un cambio demográfico, sino una transformación profunda del mercado de vivienda y del tejido urbano. Este corrimiento poblacional impacta directamente en el alquiler. La demanda se fragmenta, los precios se disparan, el alquiler temporario gana terreno y la informalidad se consolida como regla. En este escenario, el alquiler deja de ser un puente hacia la propiedad y se convierte en destino permanente. Es lo que Araujo desarrolla en Nación Inquilina, una genealogía del alquiler en la Argentina que muestra cómo se rompió el pacto intergeneracional que articulaba trabajo formal, crédito y acceso a la vivienda. Durante décadas, alquilar era parte de un recorrido ascendente. Hoy, para amplios sectores, es un punto final.
En segundo lugar, él plantea que el problema habitacional no puede leerse solo en términos de déficit cuantitativo. No se trata únicamente de cuántas viviendas faltan, sino de cómo se habitan las que existen y bajo qué condiciones. En su último libro, Cuadernos de Hábitat y Migración, el foco se desplaza hacia las experiencias concretas: habitaciones alquiladas por semanas, hogares extendidos, convivencias forzadas, autoconstrucción en contextos de informalidad. Allí aparece lo que Araujo define como estrés migrante-habitacional: una acumulación de tensiones que atraviesa la vida cotidiana.
Ese estrés tiene múltiples capas: es económico, porque una parte cada vez mayor del ingreso se destina al alquiler o a la mejora precaria de la vivienda; es convivencial, porque el hacinamiento y la inestabilidad erosionan los vínculos; es laboral, porque la sobreocupación y la informalidad se vuelven estrategias de supervivencia; es administrativo, porque los cambios constantes en las normativas migratorias y en los requisitos de acceso a derechos generan incertidumbre; y es, sobre todo, un estrés de futuro: sin estabilidad habitacional, proyectar se vuelve un privilegio.
Las historias que atraviesan el libro desarman categorías clásicas del urbanismo. La vivienda ya no aparece como un objeto fijo, sino como una red de relaciones. En algunos casos, el alquiler de una habitación deficitaria es una decisión estratégica: permite ahorrar, enviar remesas, sostener a quienes quedaron atrás. El hogar no siempre coincide con el lugar donde se duerme. A veces está en otro país, en otra provincia, en una videollamada semanal. Pensar el hábitat desde esta perspectiva obliga a correrse de la idea de vivienda ideal y atender a las trayectorias reales.
Finalmente, Araujo advierte que cuando el Estado se retira de la regulación del suelo y del alquiler, otros actores ocupan ese espacio. El crimen organizado no crea la precariedad, pero la administra. Controla terrenos, alquileres informales, talleres clandestinos, sistemas de crédito ilegal. En ese entramado, las personas migrantes no son responsables, sino las primeras víctimas. La estigmatización que las asocia con la inseguridad oculta el problema de fondo: la ausencia de políticas que garanticen acceso al hábitat en condiciones dignas.
En este escenario, las organizaciones comunitarias y las colectividades migrantes adquieren un rol central. No solo acompañan trayectorias, sino que producen conocimiento urbano desde el territorio. Conocen las reglas no escritas del alquiler informal, los tiempos de la autoconstrucción, las estrategias de cuidado colectivo. Incorporar esas voces no es un gesto metodológico, sino una decisión política: reconocer quiénes tienen derecho a pensar la ciudad.

Una construcción política
Nación Inquilina y Cuadernos de Hábitat y Migración dialogan como dos caras de un mismo diagnóstico. Por un lado, la historia larga de un país que construyó su identidad sobre la promesa de acceso a la vivienda y hoy ve cómo esa promesa se desvanece. Por otro, las experiencias presentes de quienes siguen llegando, moviéndose, insistiendo en habitar a pesar de todo. Migrar y alquilar se vuelven experiencias inseparables: ambas implican negociar, adaptarse, resistir.
Esta no es solamente una descripción de la precariedad como un paisaje inevitable, sino una interpelación para una construcción política. En una región atravesada por desplazamientos forzados, crisis económicas recurrentes y fronteras cada vez más selectivas, el derecho a migrar con dignidad es inseparable del derecho a habitar. No alcanza con permitir la entrada: es necesario garantizar condiciones de permanencia.
Habitar no es solo tener un techo donde vivir; es mucho más que ello, seas migrante o un ciudadano nacido en estas tierras. Habitar es poder proyectar, cuidar, arraigarse sin miedo a la expulsión constante. Cuando la vivienda se convierte en mercancía pura y el alquiler en destino obligatorio, la ciudad deja de ser un espacio de encuentro y se transforma en una frontera cotidiana. Pensar el hábitat desde la migración es, en última instancia, preguntarse qué tipo de sociedad queremos construir: una que tolere el tránsito permanente como forma de exclusión elegante, o una que asuma el recibimiento como responsabilidad colectiva.
Migrar nunca fue rendirse. Es insistir cuando quedarse ya no es posible. Y garantizar el derecho a un hogar —aunque sea transitorio, aunque sea precario— no es un gesto asistencial: es la condición mínima para que el futuro no vuelva a ser, una vez más, un privilegio.
Imagen de portada: Matías Araujo en la presentación de su libro “Nación Inquilina”. | Foto: cortesía
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Es periodista, escritor, guionista y ex vicepresidente de la Sociedad Argentina de Escritores. Nació en Rosario y reside en Mar del Plata desde 1984. Actualmente publica artículos de opinión en el diario Nueva Tribuna y en Público, ambos medios gráficos de Madrid, España. Además, colabora con la sección Cultura del diario La Capital de Mar del Plata.
