El exilio de sus padres europeos, las mudanzas de la infancia y la migración de Venezuela a la Argentina en 2019 ordenan los tres tiempos de la historia de Alexis Pérez-Luna. Nacido en Caracas en 1949, el fotógrafo construyó durante más de cinco décadas una obra documental que en 2017 recibió el Premio Nacional de Cultura de Venezuela. Desde Buenos Aires, donde vive desde noviembre de 2019, vuelve sobre esos desplazamientos mientras presenta en el Palacio Barolo su primera muestra individual desde que vive en el país.
«Prefiero decir que soy un caminante. Soy alguien sin un territorio definido», afirma Alexis Pérez-Luna, cuya primera muestra formal en la Argentina, Teorema del binomio (y un exceso), se presenta en el Palacio Barolo hasta el 1 de diciembre de 2026. La exposición reúne una calibración minuciosa de más de cincuenta años de una obra ligada a sus recorridos por distintas geografías. En diálogo con Refugio Latinoamericano, el fotógrafo reconstruye una historia migrante que comienza con el exilio de sus padres, continúa con las mudanzas de la infancia y lo trae de regreso a la Argentina el 5 de noviembre de 2019, junto con su compañera, Marisela Fuentes, ante la violencia, la crisis venezolana y la dispersión familiar. Enlaza esas partidas y regresos con una obra poblada de caminos, pueblos, casas abandonadas, parques sin niños, letreros y maniquíes.
De Europa a Venezuela, con una escala en Córdoba
El día de la entrevista, miércoles 7 de octubre, no paró de llover. Nos encontramos en una librería de Cabildo y Juramento y subimos a la cafetería del primer piso. Alexis Pérez-Luna había llevado varios libros que, lejos de funcionar como un catálogo de méritos, funcionaban como un archivo portátil. Abría uno para buscar una fotografía, otro para precisar una fecha y otro para recuperar el nombre de alguien conocido décadas atrás. Sobre la mesa, los volúmenes trazaban el mapa de una vida que pasó por Venezuela, la Argentina y numerosos países sin separar el viaje de la fotografía. Mientras recorría esas páginas, Pérez-Luna resumió su manera de pensar los territorios: «La idea de que los territorios y las fronteras son el resultado contingente de poderes, guerras e invasiones».
Antonio Pérez-Luna, padre de Alexis, provenía de un pueblo pobre del sur de España. Había estudiado hasta cuarto grado, participó en la Guerra Civil Española y mantuvo durante toda su vida una formación anarquista. Después de la derrota republicana huyó a Francia. Según el relato que le transmitió a su hijo, pasó por cárceles y campos de concentración y logró escapar de Mauthausen junto con otros prisioneros españoles a través de las cloacas.
Muchos años después, Alexis viajó a España para buscar documentos sobre el cautiverio y la fuga que su padre le había relatado. El nombre de Antonio no apareció en los registros consultados. Según relata Alexis, en un centro de investigación le explicaron que una fuga podía haber quedado fuera de la documentación oficial. Sin un documento contundente, la fuga persiste en la versión del padre.
Natasha Kaloujsky, la madre, era rusa. Su padre, abogado y partidario del comunismo, había apoyado el proyecto soviético hasta que las purgas estalinistas quebraron aquella convicción. La familia huyó y terminó en Francia, donde Natasha estudió Periodismo en la Sorbona. Allí conoció a Antonio, un español alto y autodidacta que había aprendido francés en el exilio y alemán en el cautiverio. Se casaron quince días después de conocerse, contra la voluntad de los padres de ella.
Un anuncio callejero les ofreció otro destino. Venezuela recibía trabajadores europeos y la pareja embarcó hacia América. El barco tenía previsto tocar puertos de Cuba, República Dominicana, Venezuela, Brasil y la Argentina. «En cada escala se anunciaba el destino y se preguntaba quién desembarcaría allí. Mi padre decidió bajar en Venezuela». Era 1946. Alexis nació en Caracas el 3 de diciembre de 1949.
En la Venezuela de la posguerra crecían la riqueza petrolera y la desigualdad. Antonio consiguió trabajo y abrió distintos negocios. Su hijo lo resume con una frase: «Podía vender hielo en Alaska». La estabilidad económica no borró los resabios y recuerdos de la guerra que reaparecía en las conversaciones familiares y en los objetos cotidianos. Natasha rechazaba los productos alemanes y protestó el día en que Alexis llegó con un auto Volkswagen.
«Crecí en un ambiente triste», recuerda. Sus padres eran personas «vitales, positivas y luchadoras», pero cargaban con la separación de sus familias. «Una de las experiencias más difíciles de la migración es la ruptura de la estructura familiar», dice. Los afectos habían quedado del otro lado del océano y esa dispersión persistió en las generaciones siguientes. Antonio murió en Venezuela y Natasha, en Estados Unidos. Las hermanas de Alexis se radicaron en otros países y, décadas después, también partieron sus hijos.
La infancia transcurrió entre mudanzas. En 1953, durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, la familia vivió un año en México. De regreso en Venezuela se instaló en una hacienda de Villa de Cura, estado Aragua, y luego residió en Calabozo, estado Guárico, entre 1957 y 1958. Alexis recuerda los caminos rurales, los ríos, un caballo blanco con manchas negras y las casas de los campesinos, a quienes su padre cedía tierras para cultivar dentro de su propiedad. Esa Venezuela rural ocupa después series enteras de su archivo, como «Pueblos de Venezuela» y «Paisajes venezolanos».

Una carta llevó a los Pérez-Luna a la Argentina. Un amigo le había confiado a Antonio un sobre para darle a una familia de Alta Gracia, Córdoba. Hacia 1960 llegaron a Buenos Aires y continuaron el viaje hasta Córdoba en un tren de madera. Buscaron a los destinatarios, entregaron la carta y el recibimiento fue una fiesta. Alexis recuerda: «Nos quedamos aquí un tiempo, a ver qué pasa». Alexis tenía once años y era un chico asmático; en las sierras, dice, «se respiraba de otra manera».
La cronología del fotógrafo ubica la estadía en Alta Gracia entre 1960 y 1961, pero él recuerda tres años. «Esa parte de mi infancia fue inmensamente feliz», dice. Con los chicos del pueblo adaptaron el deporte de moda a lo que tenían: «Como no teníamos caballos, inventamos una especie de polo en bicicleta».
Cuando le pido una escena precisa que recuerde de aquellos años, elige un paseo con su padre. Se internaron en un sendero sin saber adónde conducía. «A ambos lados crecían pinos muy altos que formaban una especie de túnel», recuerda. Al final del recorrido apareció una casa del pueblo «muy modesta y muy hermosa». «Nunca olvidé esa escena», dice.
La familia regresó a Venezuela porque Antonio tenía dificultades para trabajar y desconfiaba de la situación política argentina. En 1962 ya estaba nuevamente en Villa de Cura. «Yo había incorporado el habla cordobesa y seguí hablando como cordobés durante un tiempo», cuenta Alexis. Once años después, en 1973, volvió a Alta Gracia, ahora como fotógrafo, después de recorrer los países de Colombia, Ecuador, Perú y Chile en un auto prestado, con amigos que no quisieron dejarlo viajar solo. Cruzó la cordillera por un antiguo túnel ferroviario, cuando los vehículos todavía circulaban sobre la traza del tren en horarios fijos. Cuarenta o cincuenta años más tarde se reencontró con algunos amigos de la infancia.
La Argentina ocupó tres momentos precisos de su vida: la infancia en Alta Gracia, el regreso de 1973 y la radicación en Buenos Aires, a punto de cumplir setenta años. Esa continuidad explica su elección por la palabra «caminante» y expresa un nomadismo vital que evita fijar su identidad en una sola pertenencia nacional.
La cámara frente al país
Natasha había practicado fotografía en su juventud. Alexis hizo sus primeras imágenes en Villa de Cura con una cámara sencilla de su madre. Hacia 1960 ella le regaló una cámara propia, con la que registró reuniones familiares y paisajes. En 1963, ya alumno del Liceo Andrés Bello de Caracas, colaboraba con fotografías en el periódico mural Órbita 100, que dirigía su hermana Elisabeth. En 1967 mostró Viaje a la montaña en el mismo liceo e inició su formación académica en el Departamento de Fotografía del Ministerio de Educación.
Estudiaba Economía en la Universidad Central de Venezuela, pero en 1968 abandonó la carrera para dedicarse a la fotografía y se incorporó al grupo Cobalto. Para sus padres la decisión fue «terrible». En 1969 ingresó al Instituto de Diseño Neumann como asistente del fotógrafo José Sigala y más tarde dirigió la cátedra de Fotografía. A comienzos de la década de 1970 viajó a Nueva York desde Caracas para estudiar en la School of Visual Arts. Esos estudios los pagó su padre, que había terminado de aceptar la decisión: «Si vas a ser fotógrafo, tienes que hacerlo bien». En la escuela conoció la obra de Jacob Riis (1849-1914) y Lewis Hine (1874-1940). Riis, que había llegado a Nueva York como inmigrante desde Dinamarca, había documentado las condiciones de vivienda de las comunidades inmigrantes de la ciudad; Hine había fotografiado a los recién llegados a Ellis Island, y la explotación laboral infantil. Las imágenes de niños trabajadores de Hine influyeron en el debate público e impulsaron reformas en la legislación laboral estadounidense. Pérez-Luna encontró allí un antecedente para pensar la fotografía en una tradición documental de denuncia sin abandonar su construcción estética. Entre 1982 y 1983 regresó a Nueva York para formarse en el International Center of Photography.
De regreso en Venezuela, entre 1973 y 1977 trabajó en Venezuela desnutrida a partir de sus conversaciones con el pediatra Enrique Pérez Guanipa, entonces director del Hospital de Niños J. M. de los Ríos. Fotografió la desnutrición infantil mientras Venezuela atravesaba uno de los períodos de mayor ingreso petrolero de su historia. La serie confrontó la imagen de la «Venezuela saudita», como se llamó a la bonanza del primer gobierno de Carlos Andrés Pérez, con las huellas del hambre en los cuerpos de los niños. El trabajo surgió junto a un grupo de médicos vinculados con la psiquiatría infantil que relacionaban la salud mental con los problemas de la salud pública. Pérez-Luna cuidó la composición y la luz sin atenuar la gravedad de las escenas. «No quería una imagen que provocara solamente un choque. Quería que conmoviera», explica. Esperaba, como Hine, que esa conmoción llegara adonde pudiera modificar las condiciones que las fotografías mostraban.
En 1975 fotografió durante una jornada las condiciones de las personas internadas en el Psiquiátrico de Nirgua. Entregó las imágenes a instituciones y profesionales de la salud mental para que circularan como denuncia. «Las imágenes circularon, pero no pasó nada». Nunca comercializó copias de esa serie ni de Venezuela desnutrida. «Es una tensión que, para mí, no termina de resolverse», afirma. «El fotógrafo debe actuar con un sentido ético y asumir una enorme responsabilidad por el uso posterior de las imágenes».
En 1976 integró El Grupo junto con Vladimir Sersa, Ricardo Armas, Luis Brito, Jorge Vall y Fermín Valladares. El colectivo recorrió Venezuela y fotografió carteles comerciales, anuncios pintados, grafitis y otras formas populares de comunicación. Letreros que se ven se expuso en 1979 y después se publicó como libro. Las paredes decían lo que muchas veces no aparecía en los medios.
En Parques infantiles, publicado en 1982, la denuncia se concentra en espacios vacíos. Hamacas, toboganes y estructuras oxidadas ocupan el lugar de los niños. El deterioro registra el abandono de la infancia a la que esos juegos estaban destinados. Las casas vacías, los automóviles cubiertos por la vegetación, los altares y los maniquíes prolongaron luego su trabajo sobre la ausencia. Desde 1980 fotografió los pueblos de Ortiz y Parapara. Los retratos, la arquitectura y las tradiciones que reunió en esos recorridos integraron Mirando el tiempo que resiste, publicado en 2008.
El archivo creció con los viajes. En 1974, después de una breve estadía con una comunidad gitana en Madrid, mostró en Caracas la serie Los gitanos. En 1979 viajó a Nicaragua a fotografiar a Ernesto Cardenal en Solentiname. Más tarde trabajó en Marruecos, en otros países de África y en la India, pero Venezuela siguió siendo el centro de su obra documental.
En una entrevista con Nelson González Leal publicada en su sitio web, Pérez-Luna se definió como «fotógrafo documentalista autoral de calle». La cámara registra una situación concreta, pero el encuadre, la distancia, la luz y el instante responden a quien fotografía. «Toda foto es una imagen de ti como autor, con todo lo complejo que tú puedas ser, así sea la más inmediata que hagas», dijo entonces. En 2007 compró una cámara digital y viajó a África para trabajar en color; en 2009 cerró temporalmente el laboratorio, pero su método no cambió: «Evito recomponer la escena y trato de no recortar la fotografía».
En Venezuela recibió premios en salones y bienales desde la década de 1980, entre ellos, el Premio Eladio Alemán Sucre (1985) y el Premio Henrique Avril del Salón Arturo Michelena, que obtuvo tres años seguidos (1995-1997), entre muchas otras distinciones..
En 2007 el Centro Nacional del Libro le otorgó el Premio Nacional del Libro de Fotografía, y en 2017 recibió el Premio Nacional de Cultura de Venezuela, mención Fotografía. En 2018 obtuvo una mención especial del Premio Nacional del Libro por Cantes de ida y vuelta y presentó Quiebres y fragmentos, su serie de maniquíes, en el Festival Off de PHotoESPAÑA, en el Centro de Arte Moderno de Madrid. Al año siguiente, Ausencias ganó el primer premio del XXV Concurso Latinoamericano de Productos Gráficos Theobaldo De Nigris.
Su producción incluye Ernesto Cardenal en Solentiname, Letreros que se ven, Parques infantiles, Venezuela desnutrida, Alexis Pérez-Luna. Colección Armando Reverón, Mirando el tiempo que resiste, El ojo en el plato, Cantes de ida y vuelta, Las paredes no mienten, Ausencias y Alegorías. Una pared fotografiada en Caracas puede encontrarse, muchos años después, con una señal improvisada en Buenos Aires. Una casa venezolana y otra argentina comparten el abandono, aunque relatan partidas diferentes.

Volver a la Argentina
La decisión de dejar Venezuela reunió el deterioro político y económico, la violencia sufrida por la familia y la dispersión de los hijos. Pérez-Luna había apoyado inicialmente el proyecto de Hugo Chávez. Con los años, dice, observó el crecimiento de la corrupción, la concentración del poder y el empeoramiento de las condiciones de vida. En Caracas, la familia vivía en estado de alerta.
La violencia los alcanzó de manera directa. Para entonces, dos hijos se instalaron en España; otro pasó por Panamá y se radicó en Estados Unidos. Gabriela, hija de Marisela, vivía en Buenos Aires. Cuando falleció la madre de Marisela, la pareja se preguntó: «¿Qué hacemos aquí? Nos hemos quedado solos». Conocían la Argentina por viajes anteriores, tenían familia en Buenos Aires y Alexis conservaba, además, el recuerdo de Alta Gracia.
Aterrizaron en Ezeiza el 5 de noviembre de 2019, menos de un mes antes de que Alexis cumpliera setenta años. El reencuentro familiar, el reconocimiento de la ciudad y la búsqueda de vivienda ocuparon las primeras semanas. Pocos meses después comenzó la pandemia. Fotografió perros que miraban la calle detrás de las rejas: el encierro agregó un motivo nuevo a una obra que ya estaba marcada por la espera y el aislamiento. También persistió el miedo sufrido en Caracas. «Esa paranoia no desaparece con la migración. Nosotros la trajimos», dice. Cuando camina con su nieta, observa el entorno, cambia de vereda si desconfía y le enseña a reconocer una situación extraña.
La migración de Pérez-Luna ocurrió dentro de un desplazamiento regional de una escala inédita. Según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), a fines de 2024 había 7,74 millones de personas venezolanas viviendo fuera de su país, de las cuales 6,59 millones residían en América Latina y el Caribe.[1] Las partidas, las separaciones familiares y los reencuentros que Alexis recuerda al contar su historia forman parte de esa experiencia colectiva.
Cuando retomó las caminatas por Buenos Aires, empezó a fotografiar las señales improvisadas de las paradas de colectivo: números pintados en una pared, carteles atados a un árbol e indicaciones talladas en la corteza. El motivo retoma, en otra ciudad, el trabajo que inició en Letreros que se ven. Desde 2021 también recorre pueblos del interior con la cámara. En su sitio web agrupa esas imágenes en las series «Argentina» (2021-2026) y «Alta Gracia de Córdoba».
En la Argentina publicó Alegorías, una edición de cien ejemplares con 115 fotografías en blanco y negro. Los protagonistas son maniquíes encontrados en distintos países y épocas. Algunos conservan un rostro; otros perdieron la cabeza, los brazos o las manos. Cuando ya no sirven para exhibir ropa, aparecen rotos, amontonados o abandonados. Pérez-Luna encuentra en esas figuras una historia de la incomunicación y la deshumanización.
El libro continúa la investigación presentada en Madrid en 2018 con Quiebres y fragmentos. Alegorías se imprimió en la Argentina. Hacerlo circular no fue sencillo. Pérez-Luna quiso distribuirlo como hacía en Venezuela, ofreciéndolo en consignación a las librerías, y no todas lo recibieron. Él mismo lo matiza: «El libro de fotografía ocupa un lugar particular. No interesa a todos los lectores y su producción es costosa. Puedo comprender las dificultades de una librería».
«Resulta más fácil fotografiar fuera del propio territorio», sostiene. Una vivienda abandonada en Venezuela le hace pensar en la familia que tuvo que irse y en una historia que nadie continuó. En la Argentina imagina otros recorridos, entre ellos el desplazamiento del campo hacia las ciudades. «En la imagen intervienen la historia del sitio y mi propia historia», explica.

Pérez-Luna continúa fotografiando en la Argentina y quisiera reunir esas imágenes en un libro. Por ahora es un proyecto: «Conseguir una editorial resulta muy difícil y los costos de producción aumentaron muchísimo», dice. Calcula que su archivo contiene entre cincuenta y sesenta mil fotografías y todavía lo está ordenando. Lo piensa con una definición escolar: «¿Qué es una línea? Una sucesión de puntos». Y agrega: «Los pequeños fragmentos terminan por configurar una trayectoria».
Teorema del binomio (y un exceso), inaugurada en estudio hören el 13 de agosto de 2026 en el Palacio Barolo, es su primera muestra individual desde que vive en el país y se extiende hasta el 1 de diciembre de 2026. Organizada por el estudio hören, dirigido por Betina Barrios Ayala, representante de Pérez Luna en el país, la exposición repasa más de cincuenta años de trayectoria y reúne imágenes de distintas épocas, técnicas y geografías. Allí se venden algunos de los libros que el fotógrafo pudo traer de Venezuela y se gestionan contactos con galerías, instituciones y personas interesadas en su archivo.
En España, cuenta Alexis, lo representa el Centro de Arte Moderno de Madrid, dirigido por dos argentinos, que reúne una librería, una editorial y una programación cultural. Allí se conservan obras suyas para la venta, entre ellas copias de época impresas por el autor.
Al final de la entrevista, en la cafetería de la librería, le pregunté qué fotografía elegiría para presentarse ante otra persona migrante. Pensó en un paisaje rural venezolano, una casa antigua, con una arquitectura «muy influida por la tradición española». La escena cierra el movimiento iniciado al comienzo de la entrevista: entre libros que viajaron con él, la imagen elegida reúne el país donde nació, la herencia europea de sus padres y la ciudad argentina desde la que hoy ordena su archivo.
Cuando terminó el encuentro, guardó los libros y bajó las escaleras de la librería. Afuera seguía lloviendo. Buenos Aires ya forma parte de su archivo. El caminante vuelve a ponerse en movimiento.
[1] Organización Internacional para las Migraciones. (s. f.). IOM’s appeal towards the Regional Refugee and Migrant Response Plan (to the Venezuela situation) 2025. Global Crisis Response Platform. Página oficial de OIM, apartado «Context analysis».
Imagen de portada: Alexis Pérez-Luna retratado por el fotógrafo venezolano Roberto Donoso. Fotografía incluida en el libro Alegorías (2020).
Contenidos relacionados:
Enraizar en dos tierras: Fernanda Guevara y la cerámica como arraigo en la errancia
El legado de Sebastião Salgado: dignidad y esperanza frente a la tragedia del mundo moderno
La historia de Noemí Fleitas, cineasta paraguaya: migrar para afirmar la memoria
Profesora de Lengua y Literatura, magíster en Literatura Argentina y doctoranda en Literatura y Estudios Críticos por la Universidad Nacional de Rosario y Fonoaudióloga (USAL). Su práctica articula docencia, investigación y escritura crítico-académica. Participa en congresos nacionales e internacionales y publica reseñas y artículos. Su intervención académica se centra en la literatura argentina y latinoamericana contemporáneas, con eje en migraciones, desplazamientos y configuraciones de género.
