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Una investigación basada en documentos desclasificados de las Fuerzas Armadas argentinas y la correspondencia diplomática revela que ciudadanos de al menos nueve países de la región —y de otros continentes— se ofrecieron para combatir contra el Reino Unido en 1982. El hallazgo insta a releer el conflicto desde una dimensión regional y anticolonial, algo que la historia reciente ha tardado en reconocer.

El 2 de abril de 1982, cuando las tropas argentinas recuperaron Puerto Argentino e iniciaron el conflicto que durante 74 días conmocionaría al mundo, algo inesperado comenzó a ocurrir en consulados y Embajadas argentinas en América Latina y el Caribe: hombres y mujeres de distintos países —muchos sin ningún vínculo formal con la Argentina— se presentaron como voluntarios y voluntarias para combatir al Reino Unido de Gran Bretaña. Una investigación reciente, publicada en la revista académica «Malvinas en Cuestión» de la Universidad Nacional de La Plata, reconstruye por primera vez ese fenómeno a partir del análisis sistemático de más de 15.000 registros de voluntarios. Sus conclusiones contrastan con las narrativas del nacionalismo metodológico que circunscribe la causa Malvinas a las fronteras del Estado argentino y a los designios de la dictadura militar que gobernó al país entre 1976 y 1983.

El estallido de la Guerra de Malvinas en 1982 concitó el apoyo —en grados y formas diversas— de la mayoría de los gobiernos latinoamericanos. Venezuela, Perú, Bolivia, Brasil, Cuba, Nicaragua, la República Dominicana y Panamá se contaron entre los países que respaldaron la posición argentina, ya fuera mediante gestos diplomáticos o mediante asistencia militar directa. Perú, en particular, aportó aeronaves Mirage M5-P e inclusó habilitó la participación de pilotos en el conflicto; Venezuela, por su parte, ofreció respaldo logístico y político de particular envergadura.

Conviene, sin embargo, destacar que tales apoyos no implicaron, en modo alguno, un refrendo de la dictadura cívico-militar que gobernaba la Argentina ni una convalidación de sus crímenes. La explicación es de otro orden. La respuesta militar del Reino Unido de Gran Bretaña ante la recuperación de las islas proyectó sobre toda la región una advertencia geopolítica de hondo calado: ningún país latinoamericano estaba completamente a salvo de las proyecciones de poder de las grandes potencias en su propio territorio. Esa conciencia de vulnerabilidad compartida activó, en muchos casos, tanto los reflejos de supervivencia de los gobernantes como —y acaso con mayor intensidad— el impulso solidario de sus pueblos.

Es en ese contexto donde debe inscribirse uno de los capítulos menos explorados de la guerra: el de los ciudadanos latinoamericanos y de otras latitudes que, a título personal, se ofrecieron como voluntarios para combatir junto a las Fuerzas Armadas argentinas.

Malvinas y el mapa de la solidaridad civil a nivel regional

Una reciente investigación de Laura Broilo y Alejo Miguel Díaz publicada en la revista «Malvinas en Cuestión» de la Universidad Nacional de La Plata, reveló la importante adhesión que suscitó la causa Malvinas en un número importante de ciudadanos latinoamericanos (y de otros países extracontinentales) que se ofrecieron como voluntarios. La publicación constituye, hasta hoy, el primer relevamiento sistemático sobre la materia. Su corpus incluyó correspondencia recibida en unidades y organismos del Ejército Argentino, documentación interna castrense, planillas del Ministerio de Defensa y cables producidos por sedes consulares y por el Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto. A partir de ese acervo, los investigadores ponderaron variables como la procedencia geográfica, la edad, el origen social y la experiencia militar previa de los oferentes.

Del total de 15.150 registros analizados, 13.598 corresponden a hombres y 1.552 a mujeres. De ese universo, 11.675 personas —argentinas y extranjeras residentes en el país— se ofrecieron desde territorio nacional, mientras que 3.475 lo hicieron desde el exterior.

El análisis de la documentación diplomática permite reconstruir la geografía de ese voluntariado internacional. Bolivia encabeza el listado con 871 ciudadanos, seguida por Brasil con 214 voluntarios (entre ellos, 12 mujeres), Perú con 119 (15 mujeres), Paraguay con 40, Cuba con 26, Nicaragua con 14, México con 7, Uruguay con 7 y Ecuador con 3. Fuera del continente americano, se registraron 50 oferentes provenientes de Estados Unidos (cuatro de ellos mujeres) y cinco de España.

Más de 140 de estos extranjeros acreditaron experiencia militar en sus países de origen, lo que confería a sus solicitudes un carácter operativo concreto. Entre ellos se contaban dos veteranos paraguayos de la Guerra del Chaco —un oficial y un suboficial—; exoficiales y suboficiales cubanos del Ejército de Fulgencio Batista que, exiliados en Estados Unidos, habían combatido posteriormente en Vietnam; dos generales retirados —uno brasileño, uno paraguayo— que ofrecían asesoramiento estratégico; un excomandante de la Armada egipcia; un veterano español de la Guerra Civil; pilotos civiles y militares de diversas nacionalidades; y un combatiente italiano de la Segunda Guerra Mundial radicado en Norteamérica.

El caso más singular en términos de rango político-militar fue el del expresidente boliviano de facto, Hugo Banzer Suárez, quien se presentó personalmente en Santa Cruz de la Sierra ante las autoridades consulares argentinas para ponerse a disposición del Gobierno en cualquier gestión que se le encomendara, tanto civil como militar.

Una causa anticolonial

Los registros consulares depararon hallazgos igualmente llamativos fuera del ámbito latinoamericano. Según consignan Broilo y Díaz, en la sede de Ankara, Turquía, un número no precisado de oficiales iraníes que habían servido bajo el régimen del sah Reza Pahleví —antes de la Revolución Islámica de 1979— ofrecieron sus servicios a la causa argentina. En San José de Costa Rica, un ciudadano nicaragüense se presentó junto a otros veinte veteranos de las fuerzas de Anastasio Somoza; simultáneamente, un militar costarricense manifestó poder reunir a otros veinte camaradas de armas dispuestos a combatir. En Santo Domingo, en tanto, fueron las propias autoridades del Frente de Excombatientes Constitucionalistas —veteranos de la guerra civil dominicana de 1965— quienes se apersonaron en la embajada argentina para ofrecer una unidad de 500 hombres seleccionados por edad y experiencia de combate.

En cuanto a las razones que impulsaron ese voluntariado transnacional, Broilo y Díaz identifican un abanico de motivaciones que va desde lo personal hasta lo ideológico. Muchos extranjeros mantenían vínculos familiares y afectivos con ciudadanos argentinos; otros, con trayectoria militar, encontraron en el conflicto un espacio para ejercer una solidaridad de armas. Pero fue la dimensión anticolonial la que, según los investigadores, operó como un factor de convocatoria significativo: la percepción de la causa Malvinas como una lucha contra el colonialismo y el imperialismo de las potencias hegemónicas conectó con una tradición de resistencia arraigada en amplios sectores de la sociedad latinoamericana y caribeña, independientemente de las ideologías de sus dirigentes o de las características del Gobierno argentino de entonces.

La Guerra de Malvinas suele narrarse, todavía, como un episodio circunscripto entre la Argentina y el Reino Unido de Gran Bretaña, con el telón de fondo de la dictadura militar y como antesala de la transición hacia la democracia en nuestro país. Sin embargo, los documentos analizados por Broilo y Díaz revelan una dimensión que esa narrativa ampliamente difundida todavía soslaya: la de una causa que, para miles de personas en América Latina y más allá, trascendió las fronteras del Estado argentino y las responsabilidades de su dictadura para encarnar algo más antiguo y más persistente: el rechazo a que una potencia extracontinental decida arrebatar por la fuerza lo que le pertenece a un pueblo del sur. Que esa convicción haya animado a voluntarios de perfil tan dispar —desde generales retirados hasta exiliados de dictaduras enemigas entre sí— dice menos sobre la guerra en sí misma que sobre la realidad histórica de un sentimiento de soberanía profundamente arraigado en nuestros pueblos.


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Director general |  + notas

Consultor en comunicación estratégica. De raíces criollas y mestizas, sus antepasados se remontan a la historia del Alto Perú y también a la llegada de migrantes españoles en el siglo XIX. Apasionado por la historia y cultura latinoamericana.


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