El asesinato de Patrice Émery Lumumba inauguró una larga historia de dictaduras, guerras y éxodos forzados en el Congo. Su desafío al poder colonial le costó la vida. Adalid del panafricanismo y de la unidad nacional, su mensaje conserva una vigencia inquietante en un país atravesado hoy por conflictos internos por el control del territorio y los recursos naturales, que continúan generando desplazamientos masivos y migraciones forzadas. El Congo contemporáneo es el reflejo de una independencia traicionada y de un sistema político atravesado por la dependencia y las violencia interna.
El 17 de enero de 1961, Patrice Lumumba fue brutalmente asesinado en Katanga, una región del sureste congoleño marcada por profundas tensiones políticas y económicas alentadas por intereses coloniales. Tras una crisis política que derivó en un golpe de Estado liderado por Joseph Désiré Mobutu, su ejecución ocurrió apenas unos meses después de haber proclamado la independencia del Congo. Fue fusilado y su cuerpo fue destruido con la complicidad de fuerzas locales y potencias extranjeras como Bélgica y Estados Unidos, en un intento deliberado por borrar su existencia y garantizar la continuidad del control sobre el país. Su asesinato simbolizó la violencia estructural del colonialismo y del racismo global, que históricamente ha buscado silenciar e invisibilizar las luchas de los pueblos colonizados.
Nacido en 1925, en el entonces Congo Belga, Lumumba se vinculo desde muy joven con los círculos anticolonialistas y en poco tiempo se convirtió en una figura central del panafricanismo por su defensa de la soberanía, la unidad nacional y el control de los recursos naturales. Así, en 1958 y con apenas 33 años, fundó el Movimiento Nacional Congolés (MNC) en Léopoldville —actual Kinshasa— el 5 de octubre de 1958, con el objetivo de construir una fuerza política de alcance verdaderamente nacional. Ese mismo año participó en la Conferencia Panafricana de Accra, la primera reunión de estados independientes en 1958 convocada por Kwame Nkrumah para la unidad y descolonización. Ello significó un punto de inflexión decisivo en su formación política. Allí, además de entrar en contacto con figuras clave del movimiento anticolonial como Frantz Fanon, Álvaro Holden Roberto, Félix-Roland Moumié, Tom M’boya y el propio Kwame Nkrumah, compartió una mirada crítica sobre los efectos destructivos del regionalismo, el etnicismo y el tribalismo, a los que identificaban como herramientas funcionales al neocolonialismo, en tanto fragmentaban a los pueblos y debilitaban la unidad nacional necesaria para sostener procesos reales de liberación.

El proyecto político de Lumumba y su adhesión al panafricanismo desafiaban abiertamente los intereses coloniales y neocoloniales. Esa posición lo convirtió en un objetivo a eliminar. Fue derrocado, encarcelado y finalmente asesinado en 1961, transformándose en un símbolo duradero de las luchas africanas contra el neocolonialismo. Para entonces, contaba tan sólo con 35 años, y ya era el Primer Ministro del la República del Congo y una figura fundamental del panafricanismo.
Su compromiso con un continente independiente, justo y soberano quedó plasmado el 30 de junio de 1960, durante el acto de independencia, cuando pronunció un discurso histórico frente al rey Balduino de Bélgica. Al romper el protocolo, su discurso fue un hito en la lucha historia de la lucha anticolonial: denunció las humillaciones, los castigos corporales y el trabajo forzado impuestos al pueblo congoleño, y afirmó que la independencia no había sido una concesión, sino el resultado de la lucha y la sangre de su gente. Aquella declaración de dignidad y soberanía selló su destino político y existencial.
Durante el régimen de Leopoldo II, el Congo había sido convertido en un infierno de mutilaciones, saqueo y exterminio. Millones de personas fueron asesinadas o desplazadas para sostener el lujo europeo. Sin embargo, la independencia no logró erradicar esa violencia: la heredó y la transformó. Bajo nuevas formas —dictaduras impuestas, guerras internas y disputas por minerales como el oro, los diamantes o el coltán— el colonialismo continuó operando bajo nuevos ropajes y discursos.
El asesinato de Lumumba abrió paso a décadas de dictaduras, saqueo sistemático de recursos y conflictos internos que provocaron desplazamientos forzados y migraciones masivas. Estas movilidades no son fenómenos aislados ni coyunturales: son el resultado directo de estructuras históricas de saqueo y violencia que vulneran derechos fundamentales y niegan la posibilidad de una vida digna.

Más de seis décadas después, las consecuencias de esa estructura colonial siguen expulsando a millones de personas de sus territorios. La riqueza del suelo congoleño continúa siendo el epicentro de conflictos armados, donde grandes corporaciones internacionales se benefician del despojo y grupos armados se disputan el control territorial. Mientras tanto, miles de familias se ven obligadas a huir para sobrevivir. Se trata de una migración forzada por la violencia, la explotación y la codicia global.
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Las venas abiertas del Congo, hoy: conflictos internos, disputas por los recursos naturales y migraciones forzadas
En el este del Congo, la crisis humanitaria persiste. Más de cien conflictos armados se superponen en una región estratégica por su riqueza mineral. Grupos como el M-23 (March 23 Movement) disputan el control de territorios ricos en oro, diamantes, coltán y estaño —minerales clave para la industria tecnológica—. El gobierno congoleño acusa a Ruanda de fomentar a este grupo armado para apropiarse de los recursos naturales, en una dinámica que hunde sus raíces en el genocidio de Ruanda de 1994. La huida masiva de población tutsi hacia el este congoleño generó un foco de inestabilidad que Ruanda busca controlar desde entonces a través de grupos armados.
El M-23, que se identifica como un grupo mayoritariamente tutsi, acusa al gobierno de Kinshasa de incumplir acuerdos de paz previos. Desde la capital, en cambio, lo señalan como un proxy de intereses externos —principalmente de Ruanda y Uganda— que buscan capturar los recursos minerales del país. Los intentos de pacificación, incluso aquellos mediados por Naciones Unidas, han fracasado reiteradamente desde 2013.
Este escenario explica la actual crisis humanitaria marcada por desplazamientos masivos, hambrunas y migraciones forzadas. Aunque desde febrero de 2025 rige una tregua formal —de carácter frágil y posiblemente táctico—, la violencia cotidiana y el éxodo de la población no se han detenido.
Según la Matriz de Desplazamiento de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), más de seis millones de personas se han desplazado internamente como consecuencia del conflicto. La FAO advierte que, a enero de 2026, más de 26 millones de personas sufren inseguridad alimentaria. Por su parte, ACNUR estima que más de un millón de personas congoleñas se encuentran refugiadas o solicitando asilo en países vecinos.
Las rutas migratorias africanas están profundamente atravesadas por esta historia. Desde el Sahel hasta el Mediterráneo, e incluso hacia América Latina, quienes migran desde África cargan con la memoria de siglos de desposesión. Cada cuerpo desplazado es un testimonio del fracaso del sistema internacional para garantizar justicia, reparación y autodeterminación.

Por eso, recordar a Patrice Lumumba no es un gesto simbólico ni nostálgico. Es un acto político. Su asesinato no solo arrebató la vida de un líder anticolonial, sino que consolidó un orden económico y racial que continúa expulsando pueblos enteros de sus territorios. Comprender su legado implica también reconocer una de las lógicas centrales del poder neocolonial: la promoción de conflictos internos desde los centros de poder global para perpetuar el control sobre África. En palabras del propio Lumumba, en aquel famoso discurso que indignó al rey Balduino: “Les pido a todos que entierren sus riñas tribales: nos debilitan y pueden hacer que nos desprecien en el exterior”.
A pesar de todo, el panafricanismo mantiene su vigencia. El llamado a la unidad de los pueblos africanos frente al dominio externo sigue siendo una herramienta política fundamental en el siglo XXI. La experiencia reciente de Mali, Burkina Faso y Níger —con la creación de la Alianza de Estados del Sahel (AES) y su ruptura con el dominio francés—, (definida por el historiador argentino Kevin Bryan como “La Revolución de las Boinas”), demuestra que aún es posible rebelarse frente al orden neocolonial: construir modelos de desarrollo soberanos, unir a los pueblos africanos y recuperar el control de los recursos naturales.
Hablar hoy de movilidad humana a la luz de la historia y el legado de Patrice Lumumba implica reconocer que la migración africana no puede comprenderse sin colonialismo, racismo estructural y violaciones sistemáticas de los derechos humanos. La libertad no debería ser un privilegio de unos pocos, sino un derecho universal. La historia del Congo —como la de tantas otras geografías— recuerda una verdad esencial: nadie abandona su tierra por placer. Se migra para huir de heridas profundas, del despojo y la explotación, de conflictos inducidos entre pueblos hermanos y, en muchos casos, para evitar la propia muerte. Migrar es, así, una afirmación de la vida y, al mismo tiempo, un intento desesperado por preservar la dignidad frente a la devastación.
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Abogada del sur del conurbano bonaerense. Escribe y acompaña procesos vinculados a la movilidad humana y a las desigualdades de género, con enfoque en derechos humanos.

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