Cinco historias de mujeres que forman parte del equipo de Refugio Latinoamericano.
Migrar nunca es un hecho unívoco. A veces comienza con una decisión planificada; otras veces nace de una ruptura, de un deseo o de una necesidad urgente de cambiar de vida o buscar un lugar seguro. En todos los casos implica dejar atrás algo conocido y comenzar a construir pertenencia en otro lugar.
En América Latina y el Caribe, cientos de miles de mujeres migran cada año dentro de la propia región. Lo hacen por trabajo, por estudios, por amor, por violencia, por proyectos personales o familiares. Sin embargo, las historias concretas de esas migraciones suelen quedar diluidas en estadísticas o discursos genéricos.
Las voces que siguen forman parte de Refugio Latinoamericano y muestran esa diversidad de trayectorias. Son cinco mujeres que llegaron desde distintos países —España, Ecuador, México, Bolivia y Venezuela— y que hoy habitan distintos lugares de la región. Sus experiencias no son iguales entre sí, pero comparten una condición: la de reconstruir la vida lejos del lugar donde nacieron.
Cada historia aborda preguntas similares —sobre autonomía, miedo, redes, identidad, maternidad o libertad—, pero las respuestas muestran caminos distintos. Migrar puede significar empezar de cero, recuperar libertades, enfrentar nuevas vulnerabilidades o descubrir aspectos de una misma que antes no habían aparecido.
Las páginas que siguen reúnen esas voces.
“Partir es siempre partirse en dos” – Ángela Gancedo Igarza (España/Buenos Aires/Brasil)

Ángela Gancedo Igarza nació en España y migró en 2012. Vivió once años en Buenos Aires y actualmente reside en São Paulo. Su historia, como muchas historias migrantes, no tiene una explicación simple ni una sola razón. Cuando intenta responder por qué migró, reconoce que incluso hoy sigue siendo una pregunta difícil de responder.
“Esa es una pregunta que a día de hoy me sigue resultando muy complicada de responder. Hay algo del buscar trabajo, hay algo de la huida, había un amor y un interés muy grande por la literatura argentina”.
Con los años, la experiencia de migrar le permitió comprender mejor qué significa vivir en un país donde la diferencia cultural —el acento, el origen, los códigos— se vuelve visible.
“No sé si interfiere en mis decisiones, pero sí tengo más conocimiento de lo que supone ser extranjera, o ser migrante, o vivir en un país donde tu acento es diferente, y por ende, se genera un juicio, que no siempre corresponde con la realidad, con tu realidad. Y ese conocimiento, ese saber, te prepara”.
Ser mujer y migrante también implica convivir con silencios que no siempre son elegidos.
“Supongo que se siguen evitando lugares, caminos, personas, conversaciones, dar la opinión en muchas, muchas situaciones. A veces, o muchas, ni siquiera es relevante esa opinión, se menosprecia o queda descalificada. Entonces, mejor callar. Pero esto concierne a mujeres, a migrantes, a todas las minorías y disidencias. Está muy claro quién manda, quién domina, quién dirige. Desde un lugar meramente migratorio supongo que uno de los grandes desafíos es el de la pertenencia, que no solo tiene que ver con los demás, tiene que ver en gran parte con una misma. Con hacerse un hueco, alzar mínimamente la voz, sentir que formas parte de eso, que puedes hacerlo. Hay que cultivar desde luego la paciencia. Hay mucho de silencio, y de soledad, en la migración”.
Cuando habla de autonomía, la describe atravesada por la incertidumbre, como “la toma de decisiones que parten y se sustentan en ese condicional incómodo que supone el ‘y si…’”.
Sin embargo, también identifica espacios donde la experiencia colectiva genera libertad y refugio:
“Me siento segura y libre en esos espacios colectivos que se crearon para refugiarnos, para compartir, para divertirnos, también. Por ejemplo, está sucediendo con La Mostra, un lugar donde se escucha, donde se baila, donde en los momentos complicados se sabe que habrá alguien, una hermana, una amiga, para ‘simplemente’ acompañarse. Siempre me cuentan cómo fue aquella noche fatídica en la que Milei salió electo. Cómo todos se juntaron, se consolaron, de alguna manera. Pero siempre me sentí muy bien, muy libre, con mis amigas en Buenos Aires; me enseñaron mucho, me permitieron volar junto a ellas, me contaminaron de esa valentía, de ese coraje, me ayudaron a expresarme, a reírme, a acercar nuestros códigos. Se convirtieron en mi familia. El miedo y la sensación de temor creo que se están expandiendo a una mayor población cada día, y supongo que no hay cómo no sentirlo con todo lo que se está originando alrededor. Entiendo que eso es lo que quieren, además. Al mismo tiempo siento que algunos temores míos, más íntimos o personales, se quedaron en la niñez o en la adolescencia; están más aparcados, o tal vez solamente algo anestesiados”.
Entre las experiencias que más orgullo le generan aparece la participación en las luchas feministas en Argentina:
“Participar de esa lucha colectiva que se vive en Argentina es una de las cosas más lindas que ya viví, y esperanzadoras. Nunca vi nada igual. Hablo de los cimientos del Ni Una Menos, de la ley del aborto, de cada #8M, por supuesto. Es un poner el cuerpo, y el alma, y un grito que no es fácil de escuchar, que no sucede en todos lados. Mi gran desafío es que mi hija de tres años se vaya empapando de todo esto. Que todo eso no se pierda, que forme parte y que le importe, que nunca nunca le sea indiferente (así un poco como la canción de Gieco)”.
Hay una escena que recuerda con claridad, una escena que cambió su forma de pensar la idea de hogar.
“Cuando, después de un año viviendo en Sao Paulo, volví de visita a Buenos Aires (donde había vivido 11 años) y al despertarme por la mañana, mientras desayunaba, con ese sol frío y hermoso del invierno, pensé (y sentí) que estaba en mi casa, en mi hogar. No fue un despiste, ni una suerte de ‘jet lag’; para mí supuso un detalle muy revelador. Desde entonces pienso mucho en esa idea de casa, pero sobre todo, de hogar”.
Cuando piensa en conversaciones que la marcaron, no recuerda una en particular, pero sí una frase que la acompaña desde hace tiempo. Es de la escritora uruguaya Cristina Peri Rossi, exiliada desde hace más de cincuenta años: “Partir es siempre partirse en dos”.
Con el tiempo, también fue entendiendo mejor las razones de su propia migración:
“El saber que yo podía convertirme, o desplegarme, o ser, o madurar un yo que estaba tal vez escondido. El saber que tomé una gran decisión”.
En su experiencia, la migración también se entreló con la maternidad:
“Pienso que en mi caso tuvo mucho peso (y trascendencia) el hecho de tener una hija en Buenos Aires y mudarme a Sao Paulo casi al mismo tiempo. Por las noches, entre toma y toma de mamadera, pensaba en la idea de que, desde pequeña, nada más nacer, ya le imponía a mi hija el devenir extranjero”.
Cuando reflexiona sobre la libertad o la vulnerabilidad en distintos países, lo hace desde su experiencia dentro del colectivo LGTBIQ+:
“Esta pregunta la responderé desde el lugar de lo queer y del colectivo LGTBIQ+. Y pienso que la respuesta puede ser similar dependiendo del país de destino/de origen, así como el contexto. Desde chicas aprendemos a dar la mano de nuestra pareja, a mostrar o decir nuestra orientación solo en determinados lugares. En otros no. Se finge, se esconde. Lamentablemente, el insulto y destrato homofóbico resuena en Brasil, en Argentina y en España (¿a quién del colectivo no le han gritado o dicho algo por la calle?), siendo al mismo tiempo estos tres países tres lugares donde contamos, en principio, con todos los derechos y las libertades. Pero, como digo, siempre hay un tipo de persona, o familia, o espacios (muchas veces de ocio), o lugares de trabajo, donde es mejor no hablar, no mostrar. Veremos qué sucede con gobiernos como el de Milei, como el de Vox (que no deja de crecer), con el posbolsonarismo (que sigue asomando su fuerza, de la mano de su hijo Flavio Bolsonaro)”.
Cuando piensa en conversaciones que la marcaron, Ángela no recuerda una en particular, pero sí una frase que la acompaña desde hace tiempo. Es de la escritora uruguaya Cristina Peri Rossi, exiliada desde hace más de cincuenta años: “Partir es siempre partirse en dos”.
Finalmente, hay algo que siente que muchas veces no se entiende sobre la migración:
“Yo siempre digo que me fui por voluntad, y eso es algo muy diferente de un exilio. Desde esa migración, digamos voluntaria, a veces siento cierta falta de entendimiento, de comprensión. A veces me incomoda ese otro lado diciéndote ‘y por qué no te vuelves’ cuando las cosas se complican. No es tan fácil. Otra es pensar la migración en términos de ‘experiencia’. Experiencias son una pasantía, una beca de intercambio, pero la migración conlleva un desplazamiento; termina siendo una vida que de hecho, es TU vida. Y mucha gente eso no lo entiende”.
“Migrar siendo mujer en América Latina es un acto de valentía cotidiana” – Kristel Ariana Freire Llerena (Ecuador/Argentina)

Kristel Ariana Freire Llerena nació en Guayaquil, Ecuador, y migró a Argentina en 2018. Tenía 27 años cuando decidió quedarse en Buenos Aires después de haber viajado como mochilera por la Patagonia. El motivo inicial fue inesperado:
“Porque me enamoré de un argentino en Ushuaia mientras viajaba de mochilera por la Patagonia”.
Pero con el tiempo entendió que migrar implicaba mucho más que una historia romántica. Al pensar qué significa hoy ser mujer y migrante en América Latina, lo define de esta manera:
“Migrar es un acto de fe. Pero migrar siendo mujer en América Latina es, además, un acto de valentía cotidiana. Soy de Guayaquil. Crecí en una ciudad intensa, desigual, profundamente patriarcal y atravesada por una violencia que en los últimos años se volvió parte del paisaje. En Ecuador, ser mujer implica aprender temprano a cuidarse, a medir las palabras, a no volver sola, a leer el peligro en el ambiente. Implica también abrirse camino en estructuras donde muchas veces el poder tiene rostro masculino”.
Respecto a los motivos por los cuales decidió ir a la Argentina, Kristel señala:
“En 2018 migré a Buenos Aires por amor. Y aunque el amor fue el motor, la migración fue mucho más que una historia romántica: fue desarmarme y volverme a armar en otro país. Ser mujer migrante en Argentina tiene matices. Por un lado, encontré una sociedad con debates feministas mucho más visibles, con una conversación pública más avanzada en términos de derechos y autonomía. Por otro, también experimenté la fragilidad de empezar de cero: reconstruir red, demostrar capacidades, validar títulos, entender códigos culturales nuevos”.
Para Kristel, migrar siendo mujer es habitar una doble conciencia: la de quien extraña y la de quien aprende:
“Es sostener la identidad sin dejar de transformarse. Es llevar la memoria del lugar del que venís —con sus dolores y sus fortalezas— mientras intentás construir estabilidad en otro territorio. También es descubrir que muchas veces tu resiliencia no empezó cuando cruzaste una frontera, sino mucho antes. Empezó en la ciudad donde aprendiste a sobrevivir. Empezó en el contexto donde ser mujer ya implicaba negociar espacios. Hoy, vivir en Buenos Aires me dio herramientas, oportunidades y una comunidad distinta. Pero mi historia no es lineal ni idealizada. Migrar no borra las desigualdades de género; las resignifica. Ser mujer y migrante en América Latina es sostener el deseo de una vida más libre, incluso cuando el entorno se vuelve incierto. Es convertir el movimiento en identidad. Es elegir, todos los días, no reducirse al miedo. Y, sobre todo, es entender que migrar no fue huir: fue una forma de buscar un lugar donde poder crecer”.
Con el paso del tiempo, algunas decisiones que antes parecían imposibles empezaron a formar parte de su vida cotidiana.
“Hay decisiones que hoy tomo con naturalidad y que hace unos años hubieran sido casi impensables. Vivo en pareja sin estar casada. Y aunque para muchas personas eso puede parecer algo simple o cotidiano, para mí tiene un peso cultural enorme. Vengo de Guayaquil, una ciudad donde todavía se espera que las relaciones sigan un orden: noviazgo, matrimonio, hijos. Donde la convivencia sin papeles no siempre se mira con neutralidad. Donde el qué dirán pesa más de lo que a veces queremos admitir. Hace algunos años, incluso si lo deseaba, probablemente no lo hubiera hecho. No por falta de convicción, sino por contexto. Porque cuando creces en un entorno más conservador y patriarcal, aprendés que ciertas decisiones tienen costo social, familiar, simbólico. Hoy tomo decisiones más alineadas con lo que quiero y no con lo que se espera. Decido convivir desde el deseo y no desde la presión. Decido priorizar mi proyecto profesional sin sentir que estoy ‘corriendo contra el reloj’. Decido moverme por la ciudad sin la misma sensación constante de amenaza con la que crecí. Decido elegir mis vínculos con mayor autonomía. Migrar me dio distancia. Y la distancia da perspectiva. Me permitió cuestionar mandatos que antes sentía naturales. Me permitió entender que muchas normas no eran universales, eran culturales. No es que ahora todo sea fácil o que no existan juicios. Pero el margen de libertad es distinto. Y cuando una mujer amplía su margen de decisión, cambia su forma de habitar el mundo. Hoy mis decisiones no están guiadas por el miedo ni por la expectativa social, sino por coherencia personal. Y eso, más que cualquier documento, es una forma de emancipación”.
Aun así, Kristel advierte muchas cosas siguen ocurriendo en silencio.
“Seguimos adaptándonos más de lo que se adaptan a nosotras. Seguimos trabajando el doble para que no nos cuestionen por ser mujeres y, además, migrantes. Seguimos explicando de dónde somos, por qué estamos acá, qué hacemos, si pensamos volver. Seguimos cuidándonos en el espacio público. Aunque cambie la ciudad, el hábito queda: mirar alrededor, mandar mensaje cuando llegamos, evitar ciertas zonas o ciertos horarios. Seguimos negociando expectativas familiares. Por ejemplo, vivir en pareja sin casarnos puede ser normal en Buenos Aires, pero no necesariamente en Guayaquil. Y aunque una esté convencida de su decisión, igual aparece la necesidad de justificarla. Seguimos gestionando la culpa: por habernos ido, por no estar presentes, por elegir un proyecto propio. Seguimos callando comentarios machistas para no generar conflicto. Seguimos moderando el tono en reuniones laborales para no parecer confrontativas. Migrar amplía libertades, pero no borra estructuras. Muchas cosas cambian; otras se trasladan con nosotras. La diferencia es que ahora podemos verlas con más claridad. Y cuando algo deja de ser invisible, empieza a poder discutirse”.
La autonomía, dice, también tiene un costo:
“La autonomía tiene un costo real. No es solo una consigna ni una idea romántica. Tiene el costo de ir en contra de expectativas familiares y sociales. Cuando tomás decisiones propias —sobre tu carrera, tu cuerpo, tu forma de vivir— siempre hay alguien que siente que debería opinar. Tiene el costo de la distancia. Migrar implica perder red inmediata, rituales compartidos, apoyo cotidiano. Implica reconstruir pertenencia desde cero. Tiene el costo económico. La independencia requiere estabilidad, trabajo constante, planificación. No siempre hay margen para fallar. Tiene el costo emocional de hacerse cargo. Cuando eliges, también asumes las consecuencias. No hay un sistema al que culpar completamente si algo no funciona. Tiene el costo de la incomodidad social. Una mujer autónoma todavía es leída, en muchos contextos latinoamericanos, como alguien ‘difícil’, ‘intensa’ o ‘demasiado’. Pero también tiene una contracara: coherencia. La autonomía permite vivir con menos autoengaño. Permite que las decisiones respondan más al deseo que al mandato”.
Cuando piensa en qué parte de su vida no siempre entra en los discursos feministas dominantes, responde:
“La ambivalencia. No todo en mi historia encaja en consignas claras. Migré por amor, y durante mucho tiempo sentí que eso no sonaba lo suficientemente ‘autónomo’ o ‘político’. Como si las decisiones afectivas no pudieran convivir con una narrativa de independencia. Tampoco encaja del todo mi relación con el miedo. Vengo de un contexto atravesado por violencia y narcotráfico, donde ciertas formas de cuidado no eran opresión simbólica sino supervivencia concreta. A veces el feminismo más urbano y académico no termina de dialogar con esa experiencia más cruda. No encaja del todo mi necesidad de estabilidad económica. Hay momentos donde el discurso celebra el riesgo, el emprender, el romper con todo. Pero para quienes migramos, la estabilidad no es conservadurismo: es seguridad básica. Tampoco siempre entra mi contradicción. Hay decisiones que tomo por deseo y otras por cálculo. Hay días en que me siento fuerte y otros en que simplemente estoy cansada. No todo es empoderamiento visible. A veces siento que el feminismo dominante tiene un tono homogéneo, muy porteño, muy universitario, muy de clase media estable. Y mi experiencia mezcla otras capas: migración, adaptación cultural, miedo aprendido, ambición profesional y responsabilidad afectiva a la distancia. No lo vivo como una oposición al feminismo, sino como una ampliación necesaria. Porque la experiencia de las mujeres en América Latina no es una sola narrativa. Es un mapa lleno de matices, tensiones y contextos distintos. Y quizás lo más feminista que puedo hacer es no simplificar mi propia historia”.
Según Kristel, “Migrar no borra las desigualdades de género; las resignifica. Ser mujer y migrante en América Latina es sostener el deseo de una vida más libre, incluso cuando el entorno se vuelve incierto. Es convertir el movimiento en identidad. Es elegir, todos los días, no reducirse al miedo. Y, sobre todo, es entender que migrar no fue huir: fue una forma de buscar un lugar donde poder crecer”.
También recuerda una escena que cambió profundamente su forma de entender la violencia y la fortaleza.
“Estaba en Agra, en India. El calor era espeso, el aire denso, y yo entré a un espacio donde trabajaban mujeres sobrevivientes de ataques con ácido. Sabía, en abstracto, lo que eso significaba. Pero no estaba preparada para mirarlas a los ojos. Lo que me impactó no fueron solo las cicatrices físicas. Fue la normalidad con la que me recibieron. La hospitalidad. La risa. La forma directa en que hablaban de lo que habían vivido, sin pedir lástima. En un momento, una de ellas me sostuvo la mirada más tiempo de lo habitual. No fue incómodo, fue firme. Sentí que algo se desordenaba adentro mío. Hasta ese día yo pensaba la violencia contra las mujeres como una estadística, una causa, una consigna. Ahí tomó cuerpo. Tomó nombre. Tomó piel. Me di cuenta de que mi idea de fortaleza estaba mal calibrada. Yo creía que ser fuerte era resistir. Ellas me mostraron que también era reconstruirse sin esconderse. Ese día cambió mi escala de prioridades. Cambió la forma en que entiendo el miedo. Y, sobre todo, cambió la forma en que entiendo la dignidad”.
Y en ese contexto, recuerda una conversación con una mujer llamada Anju:
“Ella había sido atacada con ácido por una pelea de tierras. Lo decía sin dramatismo, casi como si estuviera contando un dato administrativo de su vida. Yo esperaba encontrar enojo. Rabia. Algo que encajara con mi idea de lo que ‘debería’ sentir alguien que atravesó una violencia así. Pero no. Anju estaba tranquila. Incluso alegre. Me habló de lo que significaba para ella trabajar en Sheroes Café: un espacio seguro, un lugar donde no era mirada con lástima sino con respeto. Me habló de independencia económica, de rutina, de compañerismo. De sentirse útil. En un momento le pregunté si sentía bronca. Me respondió que durante mucho tiempo sí, pero que no quería que su vida quedara definida por eso. Que ahora prefería enfocarse en lo que podía construir. Esa conversación me desarmó. Yo entendía la justicia desde la indignación permanente. Ella me mostró otra forma: dignidad sin estridencia. No era negación. Era decisión”.
Finalmente, cuando piensa en lo que cambió en su vida por ser mujer y migrante, resume:
“Cambió la forma en que entiendo la seguridad. Ser mujer ya implica aprender a cuidarse; migrar agrega la capa de no conocer del todo el entorno. Durante un tiempo, todo requiere más cálculo: barrios, trabajos, vínculos. Cambió mi relación con la estabilidad. Como migrante, nada se siente completamente garantizado. Como mujer, además, sabés que tu autonomía depende en gran parte de tu independencia económica. Cambió mi identidad. En mi país era simplemente ‘yo’. Afuera, pasó a ser ‘la ecuatoriana’. Esa etiqueta te obliga a representar, explicar, traducir”.
“Los feminismos son tan amplios que una siempre encontrará dentro de ellos el lugar donde se siente cómoda” – María Huesca (México/Argentina)

María Huesca nació en México y migró a Argentina en 2020 junto a su esposo y sus tres hijas. La decisión de migrar estuvo atravesada por un contexto muy concreto:
“Por la situación de violencia en México”.
Al reflexionar sobre lo que significa hoy ser mujer y migrante en América Latina, María señala que la experiencia migratoria depende en gran medida de las redes que se logran construir al llegar a un nuevo lugar:
“Migrar requiere de redes de apoyo y contención. Cuando llegamos a Argentina nos encontramos con muchas personas migrantes venezolanas y colombianas que fueron nuestra primera red de apoyo. Me parece distinto el proceso de migrar dentro de América Latina a aquel de quienes desde América Latina migran hacia Estados Unidos, Canadá o Europa. Operan simbolismos y lógicas distintas. No tenemos una barrera de idioma. Considero que pertenezco a un grupo de mujeres migrantes privilegiadas porque tuve tiempo de planear mi migración, de elegir en cierta medida el país de destino y de tener los recursos para comenzar de nuevo. Soy consciente de que no es igual para todas las mujeres migrantes”.
Con el paso del tiempo, algunas decisiones y experiencias que antes parecían imposibles empezaron a cambiar:
“He recuperado la confianza de salir a la calle, especialmente he recuperado poco a poco la noche. Era impensable para mí estar en la calle en la noche en México. Por otro lado, hoy tenemos una ley de interrupción legal del embarazo y eso nos cambia a nuestra generación y las que vienen”.
Cuando piensa en los costos o tensiones de la autonomía, responde con una frase breve e irónica, tomada de una referencia cultural conocida:
“Estoy cansado, jefe”.
Sobre el feminismo y las formas en que las mujeres encuentran su lugar dentro de él, reflexiona:
“Me parece que los feminismos son tan amplios que una siempre encontrará dentro de ellos el lugar donde se siente cómoda”.
Al hablar de libertad, miedo y silencio, María vincula su experiencia personal con procesos colectivos.
“Las mujeres hemos sido educadas y socializadas para callar muchas cosas, y algunas de estas se convirtieron en una cuestión de supervivencia. Algo que nos enseñó el Ni una menos, por ejemplo, fue a nombrar cosas que nos pasaban a todas, con las que nos sentíamos incómodas o que nos habían lastimado y que no podíamos nombrar. La capacidad de nombrarlas nos ha ido sacando el miedo de a poco. Con el ascenso de las ultraderechas noto que hay un deseo de volver a silenciarnos y eso más que miedo, me da bronca”.
Hay una escena que resume un cambio profundo en su vida y en su manera de pensar la libertad.
“Un cambio abismal fue la educación que recibí de mi madre y la que yo ejerzo —en crianza compartida— con mis hijas. Pienso que ellas son más libres y eso para mí lo es todo”.
Migrar también transformó su relación con el país de origen y con la identidad:
“De niña pensaba que nunca dejaría de vivir en México; sentía incluso que irse era como una traición. Con el tiempo pude hacer las paces con esa idea y también a entender a quienes preguntan siempre ‘¿cuándo vuelven?’. No he dejado nunca de sentirme mexicana —y lejos pareciera que todavía más—, pero ahora también me siento parte de Argentina y no hay conflicto ahí (¡excepto cuando juegan México vs. Argentina en el Mundial de Fútbol!)”.
En su experiencia, la maternidad atraviesa profundamente la vida migrante:
“Más que el ‘ser mujer y migrante’ por sí solo, agregaría mi decisión de ser madre. Decidir criar siendo migrante ha sido difícil. No tenemos una red de familiares en la cual apoyarnos en el día a día, pero al mismo tiempo hemos encontrado amigas y amigos con quienes formamos comunidad y se han convertido en nuestra familia”.
Respecto a su historia migratoria, María afirma: “Considero que pertenezco a un grupo de mujeres migrantes privilegiadas porque tuve tiempo de planear mi migración, de elegir en cierta medida el país de destino y de tener los recursos para comenzar de nuevo. Soy consciente de que no es igual para todas las mujeres migrantes”.
También identifica una tensión frecuente en la experiencia migratoria: la convivencia entre mayor libertad y nuevas vulnerabilidades.
“Hay más libertades en muchos sentidos (la educación es distinta, la sociedad es distinta y hasta hace algún tiempo me parecía más abierta) y se es más vulnerable en lo administrativo, lo legal, lo institucional, lo financiero”.
Finalmente, al pensar qué aspectos de la experiencia migrante no se escuchan lo suficiente, subraya la importancia de construir vínculos nuevos.
“Es muy importante tejer redes, hacer nuevos vínculos rápidamente. Hay quienes migran y no logran desprenderse de su país de origen, siguen hablando con las mismas personas a la distancia, buscando a la misma gente, pensando qué hora será allá y una termina atrapada en un limbo donde no perteneces a ninguna parte. Así que me parece vital tomarse el tiempo de salir, de conocer gente, de abrirse, de buscar actividades que nos gusten para conocer a personas que piensan como nosotras y crear nuevos vínculos”.
“Orgullo es saberme viva, libre y con un propósito firme en marcha” – Patricia Chulver (Bolivia)

Patricia Chulver migró desde Bolivia a finales de 2024 junto a su hijo. La decisión de irse no fue repentina ni simple: fue el resultado de un proceso largo, atravesado por experiencias de violencia estructural, conflictos institucionales y un profundo desgaste personal.
“Migrar no fue fácil, pero era necesario en todo sentido. Entre 2022 y finales de 2024 atravesé un proceso interno muy fuerte para reconocer y asimilar que mi contexto ejercía distintas formas de violencia y abuso estructural: desde el Estado y mi entorno laboral hasta mi círculo íntimo de origen familiar. Desde 2018 me vi obligada a ignorar y soportar situaciones de abuso de autoridad que, desde dentro del Ministerio de Gobierno durante la gestión de Luis Arce Catacora, derivaron en mi inclusión en listas negras y en el boicot de financiamientos y gestiones estatales que ya tenía en curso con distintas entidades en mi país. Tengo más de diez años de trayectoria como defensora de derechos humanos, y ese acoso —sumado a algunas experiencias de abuso laboral dentro de mi propia organización por parte de dos administradores poco éticos— terminó provocando un deterioro repentino de mi salud. En ese momento entendí que necesitaba tomar distancia para poder respirar y volver a caminar. Por eso decidí cerrar ese ciclo de violencia estructural y abrir otro: uno que me permitiera escribir, analizar y comprender, desde mi propia experiencia, las relaciones entre cuerpo, poder y memoria, desde espacios que históricamente no habían estado atravesados por mi presencia. Tomar distancia me permitió recuperar lucidez y claridad para trabajar un tema en el que hoy me especializo: la incidencia del trauma colectivo en sociedades estructuralmente narcisistas y la forma en que estos ciclos se repiten desde el hogar hasta proyectarse en las elecciones políticas de todo un pueblo. Se manifiestan en los liderazgos que las sociedades eligen y celebran, cuyos perfiles suelen replicar dinámicas que ya existen en la vida familiar y social. Cada migración nace de una búsqueda o un quiebre y en mi caso: migrar es sinónimo de transmutar”.
Cuando piensa en lo que significa ser mujer y migrante en América Latina, Patricia describe la experiencia como un proceso de descubrimiento personal y de fortaleza inesperada.
“Ser mujer migrante implica aprender a reconocer partes de ti misma que antes no habías explorado. Implica tomar la vida sin miedo, muchas veces porque simplemente no tienes otra opción, y descubrir lo increíblemente fuerte y valiente que una puede ser en situaciones inimaginables. Ser mamá migrante es, quizá, una de las experiencias más hermosas. Te enseña que la maternidad no se delega y que el amor entre madre e hijo se fortalece y se renueva hasta volverse incondicional. Si el ser humano está hecho de experiencias, cruzar fronteras se convierte en una experiencia determinante: te obliga a decidir con firmeza hacia dónde quieres mirar y qué cosas no estás dispuesta a volver a aceptar. Mirar hacia adelante no significa negar el pasado; significa reconocer tu historia, hacer las paces con ella y seguir avanzando”.
Con el tiempo, también cambió la forma en que decide relacionarse con otras personas:
“Hoy me he vuelto intolerante a contextos y situaciones de abuso. Hoy decido relacionarme desde la reciprocidad y alejarme de quienes abusan, miran a otro lado o toleran el abuso hacia otros. Me he vuelto completamente consciente de que para romper ciclos hay que salir de esas estructuras, y eso muchas veces implica comenzar solo y de cero”.
Entre las cosas que le preocupan del contexto social y cultural de la región menciona una tolerancia peligrosa hacia ciertas formas de poder:
“Me preocupa la alta tolerancia e incluso la fascinación cultural por los perfiles autoritarios y egocéntricos, precisamente porque suelen ser quienes difaman, escalan y buscan reconocimiento a toda costa. También me preocupa cómo nuestra cultura termina valorando la falta de empatía como un atributo para alcanzar el éxito. Es un síntoma de que, en gran medida, muchos de nuestros problemas políticos, sociales y culturales no son otra cosa que el reflejo de nuestro propio espejo”.
Sobre la experiencia de migrar, Patricia señala: “Si el ser humano está hecho de experiencias, cruzar fronteras se convierte en una experiencia determinante: te obliga a decidir con firmeza hacia dónde quieres mirar y qué cosas no estás dispuesta a volver a aceptar. Mirar hacia adelante no significa negar el pasado; significa reconocer tu historia, hacer las paces con ella y seguir avanzando”.
La reflexión sobre la autonomía ocupa un lugar central en su relato.
“Uno puede ser autónomo sin ser libre, pero no se puede ser verdaderamente libre sin ser autónomo. La libertad, que en las sociedades democráticas se presenta como su atributo último, hoy también puede convertirse en un producto vendido en lata. Byung-Chul Han señala que en la sociedad del rendimiento (de la que todos formamos parte) la autoexplotación se convierte en una máxima para alcanzar esa supuesta libertad, mientras que el concepto capitalista de libertad se reduce al disfrute de la vida sin restricciones económicas. Aprender esto me costó mucho. Tuve que desprenderme de todo (de mi familia de origen, de la estabilidad laboral y de muchas certezas materiales) para comprender que mi autonomía se sostiene únicamente en dos pilares: quién soy y la familia que quiero construir. A partir de ahí todo cambia: las cosas llegan, las estructuras se rearman y las prioridades dejan de ser las mismas”.
Cuando reflexiona sobre su relación con ciertos discursos feministas, menciona un tema que está desarrollando en su obra literaria.
“Sobre esto tengo muchísimo que decir y, de hecho, es un tema que abordo en mi nueva novela, ‘Historias de amor y hambre’. En ella exploro la faceta oscura de ciertos liderazgos carismáticos dentro de algunas organizaciones feministas, que muchas veces se alimentan del dolor y de la búsqueda de sublimación del trauma de miles de mujeres. También analizo cómo estos espacios gestionan su imagen frente a la cooperación internacional y al Estado para ganar financiamiento y posicionamiento en la arena política. Incluso cuando se presentan como profundamente anarquistas o antisistema, existe un componente político muy fuerte en la forma en que se construye y se administra la imagen dentro del activismo”.
Sobre el miedo y la libertad en su vida actual dice:
“Aún hay cosas que desde mis labios y mis letras tendrán su momento y su lugar; por ahora mi lugar seguro es la familia que estoy construyendo”.
Cuando piensa en el orgullo y los desafíos de su experiencia como mujer, lo expresa así:
“Orgullo es saberme viva, libre y con un propósito firme en marcha. Saber que nadie ni nada puede tocar ni juzgar mi maternidad, aunque a veces intenten valerse de ella para amenazarme o difamarme. Orgullo también es saber que sola, desde niña, pude; y que hoy, más que nunca, también puedo. La diferencia es que ahora la soledad es una opción, no un imperativo”.
Hay una escena que recuerda como un momento decisivo:
“Una conversación con una amiga, una mujer a la que admiro profundamente, que hoy lucha por salir de un sistema de justicia corrupto: un sistema que protege a su agresor (que es el agresor de sus hijas) y que la ha dejado sin fuerzas y con la vida desestructurada. Aun así, la veo más fuerte, más sabia y nunca vencida”.
Al hablar de renuncias, recuerda una muy temprana.
“A mis diez años renuncié a vivir en paz debido a mi contexto familiar. Sin embargo, esa paz la he recuperado desde que salí de Bolivia, así que hoy creo que nada es absolutamente irrenunciable”.
Entre los privilegios que reconoce en su experiencia menciona uno muy particular:
“La maternidad consciente”.
Y entre los límites que aprendió a poner con el tiempo señala uno fundamental:
“Al abuso”.
En relación con los prejuicios que enfrentan las mujeres migrantes, su experiencia es ambivalente.
“No he sentido muchos prejuicios, la verdad. Pero sí he percibido algo muy fuerte: que ciertos actores del entorno —como abogados migratorios o personas de quienes depende tu estatus legal— intentan aprovecharse de tu situación cuando te ven sola”.
La distancia también le permitió comprender algo importante sobre sí misma.
“Que soy capaz de amar sin condiciones y de seguir adelante sin rencores”.
Finalmente, cuando reflexiona sobre lo que cambió en su vida por ser mujer y migrante, dice:
“Todo. Me permitió darme cuenta del enorme poder que tengo para lograr lo que me proponga: ir, venir y volver si quiero; extrañar y también aprender a olvidar. Mi libertad no tiene precio. Entendí que mi valor no radica en lo que tuve o tengo, ni en mi linaje o en mis contactos, sino en lo que soy y en la infinidad de cosas que puedo ofrecer desde lo intelectual, lo artístico y lo emocional”.
Por último, al pensar qué partes de la experiencia migrante no se escuchan lo suficiente, reflexiona:
“Demasiado. El miedo, la incertidumbre, los tiempos, las certezas, pero por otro lado el espacio, la serenidad, la amplitud y flexibilidad que te da la vida de seguirte moviendo a donde tú elijas”.
“Ser orgullosamente una mujer lesbiana sin miedo de caminar en la calle” – Arianna Isabel Monagas Boada (Venezuela/Argentina)

Arianna Isabel Monagas Boada nació en Venezuela y migró a Argentina en 2012. Tenía 25 años cuando decidió venir a estudiar una maestría en Comunicación y Cultura Contemporánea en la Universidad Nacional de Córdoba.
Cuando piensa en lo que significa hoy ser mujer y migrante en América Latina, su respuesta está atravesada por varias dimensiones de su identidad:
“A veces siento que es un habitar riesgoso, además soy lesbiana de izquierda, y es mucho más riesgoso. Sin embargo, me siento más segura de serlo en Argentina. Venezuela es un país que vive en las antípodas del feminismo y los derechos de la comunidad LGTBIQ+, por lo que acá en Argentina he logrado también tener la posibilidad de habitar mis identidades desde un lugar seguro y desde el cual puedo militar. Creo que también la ultraderecha nos lleva a nuevamente luchar por cuestiones que ya hace un par de años parecían aseguradas”.
Migrar también implicó tomar decisiones que antes no parecían posibles:
“Ser orgullosamente una mujer lesbiana sin miedo de caminar en la calle. También en no quedarme callada desde mi lugar e ir siempre con una concepción del patriarcado y cómo eso antes podría silenciarme”.
En la vida cotidiana, algunas prácticas siguen ocurriendo en silencio o naturalizadas:
“Acusar las prácticas del mansplaining, por ejemplo. A veces seguimos considerando como normal y hasta ‘chistoso’ que un varón hetero cis quiera explicarnos cuestiones. Creo que siempre que podamos es importante exponerlo, pues desde esas concepciones podríamos encontrar voces que en esos espacios se sientan protegidas. Muchas actividades que aún siguen rondando la doctrina del varón, como ir a la cancha a ver un partido de fútbol y gritar con igual fuerza que el tipo que tenés al lado. Muchas quizás se siguen callando en esos espacios que se siguen escribiendo en clave machista”.
La autonomía, explica, también implica sostenerse por cuenta propia:
“Tener que depender de vos misma desde pagar vivienda, hasta tener que sobrellevar tus preocupaciones por cuenta propia. Salir del seno familiar, de un país en el que conoces todo para arrancar de cero, te lleva a perder diferentes privilegios, que te llevan hasta tener constantemente que defender tu identidad de estereotipos y todo ello es un proceso que creo que, en mi caso, no tuvo un costo negativo. Los primeros años tuve que hacer cualquier tipo de trabajo, desde bachera hasta operadora de call center, y todas esas cosas también me hicieron abrazar mi autonomía, por más difícil que fuese. Hoy ese mismo ‘costo’ me permite también estar para mis ma/padres y poder proveerles económicamente”.
Al reflexionar sobre su relación con ciertos discursos feministas, plantea una crítica específica:
“Lamentablemente, muchas feministas son biologicistas. No sé si es el discurso dominante, pero sí he vivido recientemente discusiones donde lo que se tiene entre las piernas es lo que para algunas feministas es prioridad, y para nada coincido con ello”.
Migrar le permitió a Arianna “…Ser orgullosamente una mujer lesbiana sin miedo de caminar en la calle. También en no quedarme callada desde mi lugar e ir siempre con una concepción del patriarcado y cómo eso antes podría silenciarme”.
Cuando piensa en el orgullo y los desafíos de su experiencia como mujer, lo expresa así:
“Creo que cada aspecto de mi ser mujer lesbiana me llena de orgullo, sobre todo después de tanto silencio y clóset. Los desafíos quizás pasan más cuando vuelvo a Venezuela, donde siento que debo volver al clóset, pues es una sociedad escrita en clave homofóbica”.
Hay una escena que identifica como el momento en que su vida cambió:
“Cuando tomé la decisión de venirme a Argentina a estudiar. Es lo más cercano en ese sentido. Siento que desde ese día comenzó mi vida, ya que antes vivía muy reprimida y tenía pocos conocimientos de lo que hoy me identifica, sobre todo en lo político”.
Entre las conversaciones que más la marcaron menciona una relación muy cercana:
“Las conversaciones con mi madre siempre han sido enriquecedoras”.
También recuerda que adaptar su forma de ser para que sea más femenina y por ende adaptarse al concepto de mujer venezolana, que es altamente hegemónico, fue una renuncia que tuvo que hacer en su vida:
“Por ejemplo, acostumbrarme a usar maquillaje. Por ende quizás renuncié a estar más en sintonía con mi lado masculino”.
Entre los límites que aprendió a poner con el tiempo, menciona uno fundamental.
“Decir no a lo que me incomoda”.
En relación con los prejuicios que ha enfrentado como mujer migrante, recuerda algunos estereotipos frecuentes:
“Siempre se me asocia a venir de un país caribeño donde hace calor y por ende estoy acostumbrada al verano. También, en su momento, un prejuicio estaba vinculado con el ‘bailar salsa’, las caderas, los pechos, siempre me decían ‘¡Ah! De Venezuela como la Fulop’ y recuerdo que me resultaba particularmente molesto”.
La distancia de su país de origen, dice, también le permitió entender mucho mejor algunas cosas sobre sí misma:
“Desde el privilegio que tuve en mi adolescencia al ser hija única de padres con un alto nivel adquisitivo, hasta vivir lo opuesto. Siento que acá aprendí realmente a conocerme, a aprender a vivir, a sufrir, a valerme por mí misma y, a la vez, a velar por mis padres quienes ya habían dejado de ganar un buen sueldo porque los profesores universitarios no han vivido un aumento de sueldo desde el 2007. Así que creo que, en general, aprendí a comprender la vida en sí, aunque sea un pedacito de ella”.
Ser mujer y migrante al mismo tiempo también transformó su identidad.
“La capacidad de habitar dos identidades a la vez y hacer valer cada una a la vez, al mismo tiempo que las abrazo y me permito crecer y ser mejor persona con ellas”.
Finalmente, al pensar qué partes de la experiencia migrante no se escuchan lo suficiente, menciona un tema que la atravesó directamente:
“Al principio me costaba ser escuchada en cuestiones políticas argentinas, era como ‘no sos de acá, no podés opinar’. Esto puntualmente porque milité en Izquierda Socialista y me costaba defender mi postura. Ya después de 13 años siento que es algo que gané: mi opinión”.
Epílogo: Migrar siendo mujer
Las cinco historias reunidas en esta nota muestran que la experiencia de migrar no puede reducirse a una sola narrativa.
Para algunas, migrar fue una decisión atravesada por el amor o por un proyecto personal. Para otras, fue una forma de escapar de contextos de violencia o de romper ciclos de abuso. Para todas, implicó reconstruir redes, redefinir identidades y aprender a habitar un nuevo lugar.
Pero estas historias también recuerdan algo más: migrar siendo mujer implica atravesar desafíos específicos. La autonomía económica, la maternidad en contextos migrantes, los prejuicios sociales, la violencia, las expectativas culturales sobre el rol de las mujeres o la posibilidad —a veces recién conquistada— de vivir la propia identidad con libertad aparecen una y otra vez en sus relatos.
En ese sentido, las experiencias que comparten estas cinco mujeres vuelven visibles las desigualdades que atraviesan la vida de las mujeres, pero también las formas en que esas desigualdades se enfrentan, se discuten y se transforman colectivamente.
Como muestran estas voces, migrar implica mucho más que habitar un nuevo espacio físico. Es también rehabitar la propia vida, renegociar los vínculos y reconstruir un nuevo sentido de pertenencia. Cuando quien migra es una mujer, a ese proceso muchas veces se le suma un plus: el de disputar y legitimar espacios, ampliar márgenes de libertad y cuestionar mandatos históricamente sedimentados.
En ese camino, cada historia es distinta. Pero todas comparten algo en común: la necesidad de construir autonomía y ganar terreno en espacios que muchas veces no estaban pensados para ellas.
En un nuevo 8 de marzo, estas historias recuerdan que la experiencia de migrar también está atravesada por el género y por las distintas formas en que, incluso lejos del lugar de origen, las mujeres siguen luchando por un lugar más justo en el mundo.
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