Al cumplirse medio siglo del último golpe de Estado en Argentina, una tarde en la ex-ESMA se convierte en un viaje por cincuenta años de exilios, asilos y memorias compartidas entre Argentina y México.
Mi hija y yo hemos pasado la tarde juntas. Antes de ir a por un helado, hemos ido a la Feria del Libro de Derechos Humanos en el Espacio Memoria y Derechos Humanos de la ex-ESMA. Como cuando uno se encuentra una cara conocida en medio de un recital, entre una multitud de libros, reconoce algunas portadas familiares. Me señala algunos que leyó en el colegio. «¿Quién es el negro de París?», le pregunto, «¿su gato?». Ahí me cuenta que en realidad el protagonista del libro había tenido que dejar a su gata en Buenos Aires cuando tuvo que exiliarse con su familia en París, por la dictadura, y es recién ahí que adoptan al negro.
Así que me he puesto a leer «El negro de París» de Osvaldo Soriano con la etiqueta de «5.º grado» del año pasado. Noto que, a diferencia de mí, mi hija no raya mucho los libros. Apenas una marca que dice «aquí» con una flechita marca el inicio de la aventura del protagonista del libro con su gato, un viaje fantástico que le permite asomarse a su natal Buenos Aires desde los techos de París y mirar a Pulqui, la gata a la que extraña y que quedó a cargo de su tío. Hay también unas marquitas cohibidas, casi imperceptibles después de la frase: «Mis amigos del colegio no sabían nada de la ciudad en la que yo había nacido», y enseguida aparecen encerrados en un tímido paréntesis de tinta azul «el mate cocido», «las pastillas de menta», «los clásicos entre Boca y River», «las facturas», «la planta de ruda», «el dulce de leche», «el guardapolvo blanco de la escuela», «la campaña de San Martín» y «las tortas fritas».

Pienso en el México país de refugio español en la década de 1940, el que recordaban mis abuelos. Pienso en el México país de refugio de los países del Cono Sur en la década de 1970, con el que convivieron nuestros padres. Pienso en aquel compañero peruano que estaba un grado más arriba que el mío en el colegio; eran los noventa. Pienso en aquella misión diplomática para trasladar a Evo Morales al exilio en 2019. Pienso en el rompimiento de las relaciones diplomáticas entre México y Perú el año pasado. La memoria también está llena de exilios, asilos, refugios. Hay una generación que creció en México durante la dictadura como el niño del libro de Soriano. Son los originales argenmex. En el prólogo de Ernesto López a «México: el exilio que hemos vivido», habla de un «vínculo con los sutiles, misteriosos, amables y generosos mexicanos».
Al médico psiquiatra Ignacio Maldonado lo conocí como profesor en el Diplomado en terapias narrativas y construccionismo social. Se formó como psicoanalista en la década de 1960 en Buenos Aires. Él recuerda la década de 1970. «Estábamos en una dictadura. Había desaparecido uno de nuestro grupo de estudios y el presidente de la asociación [psicoanalítica] dijo: “No se puede denunciar porque el psicoanálisis es apolítico”». En 1974 lo invitaron a dar un curso sobre asma psicosomática en Cuba en homenaje al Che Guevara. Él pidió ir acompañado por su mujer y sus tres hijos. A la vuelta pasaron por México para visitar a Marie Langer, triplemente exiliada: primero de Viena a España con el ascenso de Hitler al poder; luego de España a Uruguay y a la Argentina, donde participó de la fundación de la Asociación Psicoanalítica Argentina, y en 1974 a México, amenazada por la Triple A. A Ignacio Maldonado lo llamaron su última noche en México para avisarle que la Triple A había pasado por su casa a buscarlo. Fue ahí que decidieron quedarse en México. En una entrevista, Nacho —como lo conocen todos— recuerda que aquella época fue una sucesión de dictaduras que generaron miedo y parálisis.

Hoy es 24 de marzo y vemos pasar y saludamos a la gente que va desde la ex-ESMA por la avenida del Libertador hacia la Plaza de Mayo. Conversamos con un vecino que hace lo mismo. «¿De dónde son?», pregunta. Nos dice que ama México, especialmente a los boxeadores… Julio César Chávez, ¡qué grande! Nos cuenta cómo vivió en los setenta. Cómo nos perseguían en la calle, nos detenían, terrible. Viste que siempre hablamos de nosotros. Hay quienes solo dicen «yo», «yo», «yo».
Y por espacio de algunos minutos seguimos conversando y siendo «nosotros» con los pañuelos, nosotros con los recuerdos de los exiliados, nosotros los «adoptados» —como le decimos a nuestro vecino— por los argentinos, nosotros tratando de ser «los sutiles, misteriosos, amables y generosos mexicanos».
Imagen de portada: Intervención de H.I.J.O.S. México en la Plaza de la Constitución (CDMX) | Foto: H.I.J.O.S. México
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Nació en el entonces Distrito Federal, esa ciudad donde —como escribió Monsiváis— “lo invivible tiene sus compensaciones, la primera de ellas el nuevo estatus de la sobrevivencia”. Creció bajo el cuidado de sus abuelos maternos: con su abuelo descubrió a Juan Rulfo y las canciones de Chava Flores, Los Panchos y Pedro Infante; con su abuela aprendió los secretos de la cocina y las artesanías. Desde 2020 vive en Buenos Aires, Argentina, donde continúa su historia como migrante.
