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La política antiinmigrante y represiva de Donald Trump no da tregua. Esta vez, firmó una orden ejecutiva para deportar a todos los estudiantes universitarios extranjeros que participaron en manifestaciones a favor de los palestinos. Pero va más allá: para el nuevo inquilino de la Casa Blanca, protestar es sinónimo de terrorismo. Trump vinculó a quienes repudiaron las más de 46 mil muertes en Gaza con el yihadismo y los considera  «simpatizantes de Hamás». Una narrativa peligrosa que convierte la deportación en un arma de castigo político.

“A todos los extranjeros residentes que se unieron a las protestas yihadistas, les advertimos: en 2025, los encontraremos y los deportaremos”, reza el documento emitido en las últimas horas por la Casa Blanca. Además el gobierno advierte que cancelará “rápidamente los visados de estudiante de todos los simpatizantes de Hamás en los campus universitarios infestados de radicalismo como nunca antes”.

En el mismo documento el  nuevo gobierno de los Estados Unidos  sostiene que los estudiantes judíos viven una “ola sin precedentes de vil discriminación antisemita, vandalismo y violencia”, que atribuye a los ataques del Hamás en territorio israelí y responsabiliza al mandatario saliente Joe Biden por su impotencia para evitarlo.

Con la deportación como doctrina, el líder republicano, recargado en su regreso, ordenó a los secretarios de Estado, Educación y Seguridad Nacional que exijan a las universidades estadounidenses monitorear e informar sobre las actividades de estudiantes y profesores extranjeros que puedan ser calificadas como antisemitas. El objetivo: aplicar las medidas legales correspondientes y, si es necesario, proceder con su expulsión del país. Vigilar y castigar.

El anuncio de la nueva orden ejecutiva se da poco después de que se confirmara la invitación de Trump al primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, a la Casa Blanca el próximo martes. Netanyahu, quien ya agradeció al expresidente por la deportación de alumnos y docentes extranjeros propalestinos, será el primer mandatario extranjero en visitar oficialmente Estados Unidos en este segundo mandato.

La obsesión de Trump por criminalizar la disidencia y fortalecer su alianza incondicional con Israel no es nueva. Durante su primer mandato, su política exterior en Medio Oriente se basó en el respaldo absoluto a Benjamin Netanyahu y en el aislamiento de Palestina. Los Acuerdos de Abraham, que presentó entonces como un avance hacia la paz, no hicieron más que consolidar un orden regional donde la causa palestina quedó marginada. 

Donald Trump junto a Benjamin Netanyahu en su primera visita a Israel en 2017 | Imagen: IsraelMFA  (licencia bajo CC BY-NC 2.0, sin cambios)

¿Trump, el pacificador?

Si bien el nuevo presidente se atribuye el alto el fuego en Gaza desde antes de regresar a la Casa Blanca, su primer mandato estuvo lejos contribuir con la estabilidad en medio oriente y, por el contrario, profundizó tensiones históricas. Su decisión de trasladar la embajada de Estados Unidos a Jerusalén, el reconocimiento de la soberanía israelí sobre los Altos del Golán y la retirada del acuerdo nuclear con Irán rompieron con décadas de diplomacia estadounidense y socavaron cualquier pretensión de equilibrio.

Los Acuerdos de Abraham, presentados como un avance en la reconciliación regional, fueron una serie de tratados de normalización de relaciones diplomáticas firmados en 2020 entre Israel y varios países árabes, con la mediación de Estados Unidos durante la primera gestión de Donald Trump.

Estos convenios inauguraron relaciones diplomáticas, comerciales y de cooperación entre Israel y países del mundo árabe: Emiratos Árabes Unidos y Bahrein en principio. La intervención de Washington en este acercamiento marcó un cambio significativo en la política de Medio Oriente alejando cada vez más la propuesta de los dos Estados.

Los acuerdos significaron un cambio en las relaciones geoestratégicas, en los que Palestina se quedó sin los apoyos políticos, económicos y diplomáticos necesarios de los países árabes para alcanzar sus objetivos.

Además la intervención de los Estados Unidos para el avance de la  firma de los Acuerdos de Abraham fue en contra de la Iniciativa de Paz Arabe de 2002, uno de los esfuerzos más amplios y ambiciosos para resolver el conflicto israelí-palestino en el marco de una solución regional y global.  Estos acuerdos debilitaron la unidad árabe en torno a la cuestión palestina, redujeron el apoyo diplomático y no lograron avanzar en los temas clave del conflicto palestino-israelí. 

Pese al alto el fuego en Gaza, el conflicto entre Palestina e Israel lleva más de 70 años, en más de medio siglo la mediación internacional no ha logrado una solución pacífica y duradera que contente a las partes. Las posiciones irreconciliables en torno a Jerusalén, las fronteras, los refugiados y la seguridad han sido y son al día de hoy factores persistentes de bloqueo en las negociaciones.

Ingeniero del caos

El intento de Trump de erigirse como un gran “mediador global” contradice cualquier noción de paz. Aunque pretenda adjudicarse un rol clave en el alto al fuego  en Gaza y busque mediar en Ucrania, su pasado lo condena: Trump es un agente de desestabilización. Su política exterior ha estado marcada por decisiones que profundizaron conflictos, alentaron ocupaciones y desdibujaron cualquier intento de equilibrio en Medio Oriente.  

La premisa “América Primero”, legitima la supremacía estadounidense y castiga a quienes no se alinean con su visión del mundo. Su virulencia y radicalización ya la sufren miles de migrantes en Estados Unidos sometidos a la amenaza constante de ser deportados en aviones militares. Las imágenes que recorren el mundo  reflejan la brutalidad de un gobierno que hace de la expulsión masiva un espectáculo de poder.

La cruzada de Trump contra los estudiantes extranjeros pro palestina no es solo un síntoma de su retórica autoritaria, sino un “principio de revelación”: en su gobierno, no hay lugar para voces críticas ni para desafiar su narrativa.  La caza de brujas está en marcha, y si la historia reciente sirve de advertencia, esto es solo el comienzo.

Imagen de portada: Andrew S (licencia bajo CC BY-NC-ND 2.0, sin cambios)

Directora periodística |  + notas

Licenciada en comunicación, maestrando en Sociología Política Internacional. Se dedica al periodismo político pero busca entender cómo la Argentina se inserta en un mundo determinado por dinámicas de desarrollo desiguales. Tiene raíces eslavas, italianas, españolas y alemanas.


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