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Agustina Mariani (33) es argentina y licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Buenos Aires, donde también cursó el Programa de Actualización en Comunicación, Géneros y Sexualidades. Se especializó en comunicación digital en Éter y cuenta con trayectoria profesional en comunicación para políticas públicas en Argentina. Actualmente vive en Melbourne, Australia, donde se desarrolla como freelance en comunicación para distintos proyectos.

Mi nombre es Agustina Mariani, tengo 33 años y nací en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina. A los ocho años escribí mi primer libro de poesía, y durante toda mi infancia y adolescencia llené al menos quince diarios íntimos. Cuando terminé la secundaria, supe que quería ser escritora y contribuir a la justicia social. El periodismo parecía el camino más cercano, así que comencé a estudiar Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires.

A mitad de la carrera, durante una clase, una profesora dijo algo que cambió para siempre mi manera de ver la profesión. Explicó que para comunicar, primero debemos comprender el contexto social. Y que para comprender un contexto no alcanza con estudiar los grandes sistemas políticos o modos de producción: también debemos analizar la cultura del mismo modo. Pero la clave era evitar un error habitual: enfocarse únicamente en la cultura elitista —en los grandes pensadores y en narrativas accesibles solo para una parte de la sociedad—.

Entonces, el desafío era abrir la puerta a la cultura popular y masiva: salir de nuestro lugar snob de estudiante universitario y prender la televisión, conversar con los vecinos, mirar telenovelas y acercarnos a expresiones culturales tan diversas como las revistas de chismes, los bailes de moda o la astrología. Es decir, escuchar las historias cotidianas de las personas. Porque nuestra tarea como comunicadores no es juzgar si esas prácticas culturales son buenas o malas, “si hacen bien o no”, sino comprender los sentidos compartidos que dan forma a una cultura y explican una época. Y cuanto más cercana es una historia a nuestra experiencia vivida, más universal se vuelve y con más fuerza conecta con una audiencia.

El segundo gran punto de inflexión de mi vida —personal y profesional— fue uno que crucé casi sin darme cuenta, guiada por la curiosidad y la invitación de una amiga. Ella estaba cursando una formación para convertirse en acompañante terapéutica en el Hospital Psiquiátrico Borda de Buenos Aires. Me habló de un espacio único dentro del hospital: el Centro Cultural Borda, un lugar donde el arte y la comunidad se encontraban con la salud mental. Fui una tarde, sin muchas expectativas. Y terminé quedándome ocho años.

Me sumé al taller de teatro —primero como espectadora, luego como participante y finalmente como parte activa del grupo—. En ese espacio vibrante y honesto, donde el movimiento, la risa, pero también la precariedad y el dolor conviven, empecé a mirar el mundo con otros ojos. En ese entorno —donde muchas personas viven aisladas, fuertemente medicadas y a menudo sin que nadie realmente las vea o las reconozca— me quedó una pregunta que todavía me acompaña: ¿Es posible existir sin comunicar? ¿Quién soy si no lo expreso? Aprendí que la salud mental no es solo un asunto clínico o individual, sino que está profundamente marcada por los contextos sociales y políticos. Que no podemos pensar el sufrimiento psíquico sin considerar la pobreza, la exclusión, la violencia estructural o el abandono. Que lo que llamamos “locura” es, a veces, una forma desesperada —y profundamente humana— de resistir a un mundo que duele. También comprendí que el encierro institucional, con su lógica manicomial, muchas veces deshumaniza más de lo que cuida. Y que la respuesta no está solo en los diagnósticos o los medicamentos, sino en la conexión, en la comunidad, en la escucha y en la creación compartida.

En ese contexto, el teatro no era solo un taller: era un acto de resistencia. Un espacio donde los cuerpos podían volver a hablar, donde las voces encontraban nuevas formas de existir. Era una manera de recuperar la subjetividad, de ponerse de pie y decir: “Estoy acá. No soy un número ni un caso clínico. Soy una persona con una historia, con deseo, con imaginación”. Esa experiencia me transformó para siempre. Me mostró que sanar también puede significar reír, crear, improvisar, abrazar. Y, claro, encontrarse con otres. Podría seguir contando sobre mis experiencias profesionales en planificación y gestión de comunicación para distintos programas de políticas públicas. O sobre mi podcast de salud mental y género, inspirado en la especialización que completé en Comunicación, Géneros y Sexualidades —donde el feminismo me dio otra lente para pensar la identidad—.

Pero, por encima de todo, lo que quiero transmitir es que soy comunicadora y que mi trabajo siempre estuvo orientado por una convicción: la comunicación es una herramienta para ampliar derechos y fortalecer la justicia social. Comunicar implica asumir una posición, leer los contextos y entender cómo las desigualdades atraviesan las historias que contamos y las que se silencian. Desde una perspectiva comunitaria, de salud mental y de diversidad, aprendí que comunicar no es adornar mensajes, sino construir sentido junto a otres, habilitar voces y visibilizar lo que suele quedar fuera de agenda. Esa mirada es la que me permitió conectar con distintos públicos y participar de proyectos donde la comunicación funciona como puente, como política pública y como práctica transformadora. Porque las historias no solo se cuentan: también modelan la realidad en la que vivimos.

Hoy migré para conocer el mundo y escribir desde esa experiencia: desde el desarraigo, la curiosidad y la posibilidad de reinventarse lejos de casa. Actualmente vivo en Melbourne, Australia, donde trabajo como freelance en comunicación para distintos proyectos y, en paralelo, continúo explorando mi voz como escritora migrante y aportando a que otras voces también puedan ser escuchadas.

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